CHAPTER THREE Research Methodology
3.2 Semi-Structured Interviews
En este apartado procederemos a una breve revisión de ciertos aspectos centrales de la configuración programática de la Cultura Pirenaica. Concretamente afrontaremos el reto de ver si dos (el que afirma la centralidad de la ganadería por lo que respecta a las prácticas económicas y el referido al concepto de espacio aislado) de los tres pilares (a los que deberíamos sumar el de la unidad étnica de la población presente a lo largo de la cordillera) que constituyen el núcleo duro del concepto presentan una importancia destacada en el registro empírico.
Si bien es cierto que puede resultar pretencioso eliminar a lo largo de un sencillo trabajo de investigación la poderosa influencia de los paradigmas histórico – culturales por lo que respecta a la cordillera, la verdad es que el ejercicio tiene una mayor intención en abrir puertas más que en derribar castillos; con él tan solo se pretende ofrecer datos que permitan poner en duda ciertos elementos inamovibles del término cultura pirenaica. La manera de proceder se basará únicamente en la enumeración ordenada de toda esa serie de datos empíricos que son susceptibles de cuestionar el monolitismo de la cultura pirenaica. Con ello intentaremos observar si las afirmaciones expresadas en torno a la centralidad de la ganadería y el continuo aislamiento atienden a una realidad material.
Caracterización de la economía de montaña
De manera habitual se ha opinado que las prácticas económicas, y las formas sociales derivadas, desarrolladas a lo largo de la fase de estudio en el Pirineo Central se vinculan de manera preferente a la ganadería en función de la presencia de unas realidades geográficas concretas (por ejemplo Yáñez y Llovera, 1997: 85). Esta situación de preferencia económica nunca ha sido sugerida en función de un registro arqueológico explicito y siempre se ha apelado, en el mejor de los casos, a razones vinculadas a un medio ambiente riguroso donde la ganadería se constituye como la única alternativa adaptativa para superar la rigidez impuesta por el entorno y obtener productos
alimentarios derivados de la gestión de especies domésticas (Llovera, 1984: 277; Llovera et alii, 1994: 13). En el peor de los casos no ha habido tan siquiera una justificación medio – ambiental y se ha identificado, siguiendo los postulados de M. Tarradell, asentamiento en altura con funcionalidad ganadera (Tarradell, 1982: 103;).
Acompañando a esta dedicación preeminente a las prácticas ganaderas se le asocian formas agrícolas subordinadas, otra vez, en función de las características del medio – ambiente (Bernabeu, 1996). Estas han sido caracterizadas además como subdesarrolladas técnicamente, poco evolucionadas, obligando con ello a sus practicantes a formas de explotación itinerantes (Cots, 2003 y 2005; Esteban, 2003; Pèlachs, 2004) incluso para periodos históricos (Pons, 1979: 116).
Partiendo de estas premisas, la intención de este apartado es ofrecer un listado de todos los elementos arqueológicos que podrían constituirse como indicadores de las prácticas económicas desarrolladas por los grupos sociales presentes en la zona de estudio a lo largo del periodo VI – II milenio ane. Se consideran indicadores económicos aquí tanto los artefactos arqueológicos y estructuras arqueológicas que remitan a los procesos de obtención y procesado de biomasa animal y vegetal localizados en los yacimientos estudiados (lítica tallada, macrolítico de transformación, estructuras), objetos realizados sobre soporte óseo (útiles y objetos de decoración), todos aquellos elementos vegetales (carbones y polen, básicamente) que hacen referencia a los procesos tanto de aprovechamiento directo de los estratos arbóreos y arbustivos (carbones de origen social) como a aquellos que se depositan tanto en asentamientos como en espacios no estructurados de manera directa por los grupos sociales (polen procedente de sedimentos de yacimientos o de espacios de turberas o paleolagos).
La intención no es otra que ofrecer una imagen ordenada del abanico de elementos disponibles en el registro que pueden constituirse como indicadores objetivos para la definición tanto de las prácticas como, en un plano superior de abstracción y descripción, los modelos socio - económicos predominantes en estos espacios a lo largo de la prehistoria. Para ello ofreceremos los datos atendiendo a su posible inclusión dentro de los sistemas de producción
ganaderos o agrícolas. Por lo que respecta a los sistemas ganaderos se ofrece la información disponible que tan solo remite a las evidencias de consumo de las especies animales (domésticas y salvajes) y los procesos de reciclaje de los restos óseos para la construcción de artefactos (punzones y objetos de decoración).
De los sistemas agrícolas ofrecemos información en primer lugar de todos los artefactos arqueológicos implicados en la producción, transformación y almacenamiento de los productos vegetales. En segundo lugar ofreceremos información sobre las evidencias de los productos vegetales producidos y/o consumidos. En tercer lugar ofreceremos los datos procedentes de las analíticas de los restos vegetales procedentes de niveles de origen social o natural (carbones y polen) que indican la presencia de actividades agrícolas (Indicadores Antrópicos Primarios como el taxón Cerealia) o de actuaciones de origen social que han provocado una distorsión y/o cambio de los conjuntos vegetales (Indicadores Antrópicos Secundarios). Debido que en muchas ocasiones es difícil distinguir las evidencias propias de los sistemas ganaderos de las procedentes de las actividades agrícolas se ofrecen todos los datos de manera conjunta y su posterior comentario en las conclusiones pertinentes.
Evidencias documentales presentes en la zona de estudio. Sistemas de producción ganaderos.
El reconocimiento de la presencia de sistemas ganaderos, y su definición estructural y morfológica, debería pasar por la identificación arqueológica de aquellas estructuras muebles e inmuebles vinculadas a su práctica (medios de trabajo), a las que debería sumárseles las evidencias de los resultados de su producción (productos) y de las consecuencias de su presencia continuada pero cambiante (circundatos de orden natural). En la situación actual de conocimiento arqueológico y desarrollo metodológico de la disciplina esta intención se torna quimérica al disponer únicamente de una batería de datos basada en la presencia de dos conjuntos faunísticos (uno de los cuales no ha sido estudiado) y algunos artefactos realizados sobre hueso animal. A ello debería sumársele los indicios (Indicadores Antrópicos Secundarios) procedentes de las columnas sedimentarias localizadas en la
zona de estudio (tres muestras) que pueden aportar cierto grado de información complementaria.
Pasamos a enunciar a continuación dichas pruebas.
a) Evidencias de consumo de productos animales. La zona de estudio presenta únicamente dos conjuntos faunísticos para el periodo VI – II milenios ane (Balma Margineda, Aixovall y el Cedre, Andorra la Vella). De ambos solo disponemos información procesada del de la Balma Margineda, por lo que se refiere a la composición específica, estado, información derivada (Geddes, 1985; 1995), ya que el otro conjunto, El Cedre, tan solo constituye una noticia de la que se deriva cierta información inicial y la promesa de estudio pormenorizado (Llovera, 1984: 119).
El conjunto de la Balma Margineda. El yacimiento de la Balma Margineda ha ofrecido un conjunto178 de restos faunísticos asociados a las diferentes etapas registradas. Presenta una muestra de fauna salvaje, fruto de las actividades cinegéticas, y de restos vinculables a fauna de tipo doméstico, que se asocia a niveles con presencia de cerámica impresa y también a conjuntos de fauna salvaje (Geddes, 1995: 84). El estudio concreto de todo el conjunto ha posibilitado la aportación de información que hace referencia a la gestión de los recursos animales (domésticos o salvajes) a lo largo de una secuencia temporal amplia, y a las diferentes composiciones faunísticas asociadas a los cambios medio ambientales observados a lo largo de las fases holocénicas (Geddes, Carrere y Robert, 1985: 28; 1988: 97 - 98; 1995: 88). Esto ha sido posible a pesar de las enormes dificultades presentes vinculadas a la correcta identificación de la especie, y por tanto condición doméstica o salvaje, de ciertos individuos, sobre todo cuando se trata de jóvenes de las especies rumiantes (ovejas, cabras, cabras pirenaicas y/o rebecos), debido a alto índice de fragmentación de los restos (no vinculado este índice a actividades de carnívoros) (Geddes, 1995: 84). Ello ha provocado que tan solo se haya podido proceder a una determinación concreta, por lo que respecta a la especie de los animales, en un 10 % del conjunto (Geddes, 1995: 89).
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No disponemos de una cifra absoluta de restos faunísticos recuperados y tan solo tenemos acceso al conocimiento de cantidades parciales de tal o tal otra especie (Geddes, 1995)
A partir de estas limitaciones, se afirma la posibilidad de establecer dos grandes asociaciones faunísticas que remiten a dos fases estratigráficas diferenciadas:
- De la capa 8 a la 6. Se contempla un dominio de las especies salvajes aportadas fruto de las actividades cinegéticas donde domina de manera destacada la Capra pyrenaïca (con un 73 – 94%). Su predominio se vincula a las condiciones climáticas y vegetales (rigurosas, frías y secas) que se conforman en un predominio de esta especie en los espacios, y en el registro, cercanos a los bosques subalpinos situados en las cercanías de la Balma Margineda (Geddes, 1988: 98; 1995: 89).
- De la capa 5 a la 3. En dicha asociación se reconoce dos situaciones diferenciadas. Por un lado la presencia de especies salvajes representativas de unas condiciones climático – botánicas menos estrictas que permite un avance las masas forestales del tipo robledal supramediterráneo y la aparición en la zona y en el registro de especies salvajes como el jabalí (Sus scrofa scrofa) y el ciervo (Cervus elaphus). Posteriormente y de manera coetánea y estratigráfica se observa la presencia de formas animales domésticas (Ovis aries, Capra hircus, Bos taurus, Sus scrofa domesticus) y elementos cerámicos a lo largo de la capa 3 (Geddes, 1988: 98; 1995: 89).
De todo ello se ha derivado una lectura que indicaría la presencia de procesos de transformación en las formas de gestión de los recursos animales a lo largo de la secuencia estratigráfica.
En primer lugar, y por lo que respecta a la caza, se ha afirmado su presencia a lo largo tanto de periodos mesolíticos como neolíticos. De ello se deriva que la presencia de especies animales domésticas no implicó la desaparición de las actividades cinegéticas (Geddes, 1995: 84). Por otro lado podemos hablar de una especialización en la caza de ciertas especies de manera asociada a su disposición en función de los condicionantes ambientales y climáticos (cabras pirenaicas para las fases más frías y ciervos y jabalís para épocas más cálidas). De igual manera, se ha podido establecer cierto patrón de actuación respecto a las piezas cazadas (Geddes, 1995: 89). Dicho procedimiento está caracterizado por la aportación completa de la pieza su posterior sangrado y despiece de las diferentes partes, transporte de las
partes escogidas (parte axial del animal, extremidades) y consumo in situ de partes residuales como el tuétano o la casquería (cráneo, antebrazo, píes, hígado, lengua, corazón).
En segundo lugar, con el advenimiento de los materiales característicos de las formas neolíticas (cerámicas) se aprecia la presencia de formas animales domésticas, dominadas principalmente por las especies rumiantes (cabra también, pero sobre todo oveja) y con evidencias también, en numero menor, de bóvidos y cerdos domésticos. La presencia de especies animales domésticas en el abrigo se ha relacionado con las actividades de estabulación de ganado destinado a la obtención exclusiva de recursos cárnicos (sacrificio de las piezas entre los 18 y 36 meses) (Geddes, 1995: 84).
Por lo que respecta al reconocimiento de formas domésticas en el registro se anuncia la ausencia de este tipo de especies en fases o capas que no se asocien a periodos neolíticos. También se anuncia la ausencia de elementos óseos que puedan hacer pensar en la presencia de cabras de talla reducida (entendido esto como indicador de procesos de domesticación) a lo largo de las fases mesolíticas (Geddes, 1995: 84). Además tampoco se han localizado restos de perro (Canis familiaris) y el lobo solo está representado en una ocasión en la capa 4 (Canis lupus).
Con todo ello se está vinculando la novedad de las formas domésticas a procesos de transferencia tecnológica y no ha formas de desarrollo local (Geddes, 1995: 84).
El conjunto del Cedre. A lo largo de las diferentes intervenciones que la solana de la Vall de la Valira ha conocido, a la altura del espacio conocido como el Cedre, se han recuperado diferentes conjuntos materiales asociados mayoritariamente a espacios catalogados como habitacionales, situados en el fondo de valle y asimilables a periodos diferenciados a lo largo de toda la Edad del Bronce (Llovera, 1984; 107; Llovera y Colomer, 1989: 42). Uno de estos espacios, el Cedre VI, ha proporcionado, a lo largo de sus cuatro focos, un conjunto destacado de elementos cerámicos (7000 fragmentos), objetos de ornamento (unos pendientes realizados sobre colmillos del jabalí) objetos broncíneos inidentificables y un conjunto faunístico importante. Este último es el resultado de un sondeo (C. VI – 2 – 1984) donde se localizaron, a parte de
2300 fragmentos de cerámica a mano, 1254 fragmentos de fauna doméstica. De todo el conjunto tan solo conocemos la intención de realizar un estudio profundo (del cual a día de hoy no tenemos noticia) y unos datos iniciales que hablaban del predominio de especies de ovicápridos, con presencia de cerdo y perro o zorro (Llovera, 1984: 119)
b) Objetos realizados sobre hueso. Ya hemos visto que estos artefactos, que constituyen elementos materiales que hacen referencia a un aprovechamiento no subsistencial de los recursos animales, son los únicos indicadores artefactuales que ofrecen información sobre la presencia y consumo de ciertas especies animales. Concretamente, para nuestro caso, el conjunto se conforma con punzones, básicamente, y alguna espátula y algunos adornos procedentes de los yacimientos de la Feixa del Moro y la Cova de la Toralla.
La Feixa del Moro. En el yacimiento de la Feixa del Moro se localizó un importante conjunto de elementos arqueológicos y restos antropológicos asociados a estructuras funerarias (cistas) y de habitación vinculados a fases del llamado Neolítico Medio – Reciente (Llovera, 1986: 15, Martín y Vaquer, 1995: 48). Una parte de los elementos recuperados hacen referencia a objetos realizados sobre huesos de fauna pero que ha sido reconocida como salvaje; concretamente son punzones (45 unidades), agujas y colgantes (4 unidades) realizados sobre rebeco y/o jabalí (Llovera y Colomer, 1989: 37).
La Cova de la Toralla. Asociados a los estratos C, D y F del sondeo realizado en la entrada media de la cueva intervenida por Maluquer (Maluquer, 1945: 41 – 54) se reconocen la presencia de diferentes objetos (punzones y ornamentos) realizados sobre hueso. Concretamente, en la base de la capa – estrato C, y asociado a conjuntos de cerámicas con decoraciones a base de relieves (cordones plásticos con digitaciones y incisiones fuertes en los bordes), se localizan tres punzones realizados sobre hueso que conservan la articulación para el mango junto con un colgante de doble perforación con decoración grabada a fuego por una de sus caras. Este elemento en concreto presenta la duda de su adscripción o bien a la capa – estrato C (asignables a cronologías de la Edad del Bronce) o bien a la capa – estrato D donde se localizan los vasos campaniformes del sondeo; Maluquer soluciona la duda con la adscripción del colgante a la capa – estrato D ya que se hallaba en contacto
con los dos vasos cerámicos decorados (Maluquer, 1945: 46). También asignable a la capa – estrato D se identifica la presencia de una punta de flecha sobre hueso de forma lanceolada de 0’07 m. de longitud, dos botones cuadrados y piramidales con perforación en “V” uno de los cuales está realizado sobre hueso y una pieza discoidal plano convexa con la parte superior decorada con 8 circulitos con punto central situados alrededor de otro círculo (Maluquer, 1945: 50). En el estrato – capa F aparecen de nuevo elementos realizados sobre hueso, 4 punzones, que presentan una confección mejor que los localizados en la capa – estrato C (Maluquer, 1945: 52).
A parte de la descripción morfológica y de la localización estratigráfica de todos los elementos realizados sobre hueso, no se ofrece más información sobre dichos objetos y así desconocemos que especies animales fueron aprovechadas para la realización de estos artefactos.
Sistemas de producción agrícolas.
De igual manera que con los sistemas ganaderos, procederemos en esta sección a ofrecer toda la información disponible de manera ordenada en función de su clasificación como medios de producción, productos o informaciones derivadas de análisis paleo ambientales.
En esta ocasión presentamos mayor número de evidencias y así, a las muestras de consumo directo de especies vegetales de tipo doméstico (cereales y leguminosas), se le suman artefactos y estructuras vinculadas a su producción y transformación (hachas, azadas, molinos y manos de molino, silos) y datos directos (Indicadores Antrópicos Primarios) procedentes de las columnas polínicas (reconocimiento del taxón Cerealia). De igual manera hay que anunciar que las evidencias presentan una mayor dispersión a lo largo de toda la zona de estudio pero también presentan un mayor grado de imprecisión cronológica al responder en muchas ocasiones a artefactos localizados en superficie.
a) Artefactos arqueológicos y estructuras arquitectónicas vinculadas a la
transformación o almacenamiento de productos vegetales. De manera
muebles o inmuebles que pueden vincularse a labores de producción, tratamiento y/o conservación de los elementos vegetales. Se trata, en primer lugar de artefactos (molinos, manos de molino, hachas, azadas) que pueden asociarse a las labores de producción o transformación de los productos vegetales. En muchos de los casos los elementos han sido localizados o bien en superficie, y caracterizándose así por su condición de “hallazgo aislado”, o bien en compañía de otros elementos arqueológicos (cerámicas) que presentan un grado alto de indefinición como demarcador cronológico.
Por otro lado, la presencia de elementos arquitectónicos implicados en la producción de especies vegetales se reduce a la presencia de dos posibles silos en Balma Margineda y algunos recipientes cerámicos, localizados en asentamientos en cueva o al aire libre, que han sido considerados por algunos autores como recipientes almacenadores de productos agrícolas (Maya, 1977; González et alii, 1991; Llovera y Bertran, 1991).
a. 1) Instrumental macrolítico implicado en la creación o transformación de productos vegetales.
Balma Margineda. Asociado al contenido que amortiza las dos posibles fosas (ver infra) y el resto de unidades estratigráficas que conforman las fases neolíticas del yacimiento (la capa 3) se recupero utillaje pesado (macrolítico) que se cree que podría vincularse al procesamiento de productos vegetales o el mantenimiento de éste. Concretamente se trata de molinos (8 de granito, 2 de roca volcánica, 4 fragmentos), manos de molino (7) y una posible hacha sobre roca corneana179. La presencia de estos elementos de carácter pesado y grandes dimensiones ha sido la razón, junto con la localización de los dos posibles silos, de que se considere que, para las fases finales de la Balma Margineda, la agricultura presencia un aumento de su importancia dentro los grupos que utilizan la cavidad (vinculado quizás a una presencia más continuada de los grupos humanos en los valles andorranos) (Guilaine, 1995: 262)
Feixa del Moro. También la Feixa del Moro ha aportado restos muebles asociados a la transformación de vegetales (ya sean éstos bellotas o cereales);
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Este recuento es fruto de la suma de los diferentes elementos de macrolítico localizado en las diferentes capas estratigráficas que forman a la capa 3 (Guilaine y Martzluff, 1995: 133 – 141)
concretamente se habla de la presencia de un conjunto destacable de molinos y manos de molino (Llovera, 1986: 24; Llovera y Colomer, 1989: 39). Concretamente son 21 piezas fijas y tres móviles, realizados sobre esquisto, granito y arenisca, que presentan altos niveles de desgaste. Las piezas presentan unas medidas variables (entre 0’15 y 0’49 m.; entre 0’08 y 0’31 m.) pero una morfología similar. Uno de los elementos más que un molino parece ser un mortero. Todos estos artefactos se localizaron en situación de relleno de alguna de las cubetas o en su exterior y siempre asociados a cerámicas caracterizadas como de almacenamiento.
De igual manera el yacimiento presenta otro conjunto de elementos sobre piedra pulida que aparecen de manera indiferenciada en cistas o cubetas: son 4 hachas (a las que hay que sumar las ocho que habían sido expoliadas), 5 destraletes, el filo de otra y una azada (con evidentes muestras de uso y/o redefinición de su función) a los que se les suman elementos picadores, afiladores y pulidores (mantenimiento de los elementos líticos) (Canturri y Llovera, 1985: 34; Llovera, 1986: 24.
Roc d’enClar. En el yacimiento del Roc d’enClar se localizó un conjunto destacable de elementos realizados sobre piedra pulida en posiciones secundarias (Canturri et alii, 1985: 65) y que han sido vinculados al uso del enclave a lo largo del Bronce Inicial (Bartrolí y Doce, 1997: 204).
En total son 27 objetos con una morfología clara y 83 fragmentos que presentan restos que presentan restos de pulido y que posiblemente debían formar parte de piedras de afilar. Todos ellos han sido localizados en situaciones secundarias que refieren a las diferentes remociones observadas a lo largo del uso dilatado, y discontinuo, del yacimiento (desde la Edad del Bronce hasta el siglo XIX). Algunos de los elementos de este conjunto han sido vinculados a fases prehistóricas; prácticamente son todos menos aquellos que hacen referencia a prácticas vinculadas al afilado de metales (asignados a