CHAPTER 7 INTERPRETATION OF TEST RESULTS IN TRANSMISSION
7.3 Sensitivity Analysis of DEA Control Parameters on Dynamic Transmission
No dicen una palabra y yo tampoco.
Hernán me deja en el porche con delicadeza y luego mira a M artín a los ojos. Por unos instantes permanece ahí, y luego sigue su camino rumbo a la laguna.
Este glorioso amanecer es digno de ser contemplado reflexionando pero yo no me puedo dar ese lujo.
Parece que M artín quisiera decirle algo, así que aprovecho la ocasión y entro a buscar mis cosas y mi perro.
Cuando vuelvo a la cocina cinco minutos después, que es lo que demoro en lavarme los pies, vestirme y agarrar mi bolso, me encuentro con M artín en ella.
Zoccolino está en sus piernas, y él mira fijo una de mis huellas ensangrentadas.
—M e voy —anuncio tontamente. Cómo si no fuese obvio…
—¿Te lavaste las heridas? —pregunta con un hilo de voz.
“Estas heridas no se lavan y van a dejar huella” pienso, pero no lo digo. M e limito a asentir y a llevar las cosas al auto.
Cuando regreso él está en la misma posición, y le acaricia la cabeza a mi perro. M iro sus manos grandes deslizarse por el brillante pelaje rojizo, y el corazón comienza a latir con más fuerza.
—No te vayas… Dejame contarte.
—Creo que ya tuviste oportunidades para eso y el asunto de Analía jamás apareció.
—Entendeme, Ana. M e moría de la vergüenza… Es algo que nunca debió pasar. Un error que terminé pagando caro, muy caro…
—Así que no era tu altruismo, tu nobleza, lo que hacía que no le echaras la culpa a Hernán. Era esto…
M artín traga saliva.
—¿No te vas a cansar de “cuidarlo” de esta forma, M artín? —agrego sin poder controlar mi dolor y mi maldad. —Las Anas van a ser tu perdición y también la de tu primo.
Él permanece inmóvil.
—No sabés cuánto te estás equivocando—murmura y luego de un par de segundos, baja la vista y sus manos se aferran a Zoccolino.
—M e lo ocultaron deliberadamente ambos. Y no dudaste en llamarla cuándo te pedí ayuda con el perro… —le espeto llena de furia. —Yo me creía perversa, pero vos me ganás. Hernán es un pusilánime y vos sos…
Y ahí me quedo. No sé qué decir porque lo cierto es que M artín es muchas cosas.
Es el único hombre que me enamoró por su personalidad, y no por lo que esperaba de él. Es la persona más resiliente que conozco. Es una inyección de alegría y a la vez es paz. Está lleno de luz, y ahora también descubro que también lo está de sombras.
M e atrae de una forma que me avergüenza. Porque acabo de descubrir que también puede ser cruel y egoísta, y aún así me sigue atrayendo.
Es más que eso… M ucho más que una atracción.
¿Cómo puede ser que aún sabiendo que me utilizó pueda sentir estas cosas por él?
Y la pregunta emerge sola. ¿Qué tiene para ganar? ¿Un polvo? No parece que sea eso lo que lo motive a tal extremo. ¿Demostrar que valgo menos que Analía? Él sabe que ese tipo de lecciones pueden costarle muy caro.
¿Entonces por qué? ¿Por qué tomaría revancha si siente vergüenza por lo que hizo?
Estoy flaqueando, me doy cuenta. M i psiquis busca desesperadamente algo que me lleve directo al sitio donde ahora descansa mi perro.
Carraspeo, incómoda. Tengo que irme, tengo que estar sola y pensar.
M i GPS interior me dice que es hora de recalcular la ruta. Ni M artín es tan bueno, ni Hernán es tan ruin, pero yo estoy en el medio de todo esto, y eso me hace sentir acorralada.
—Dámelo. M e voy a mi casa —le digo tendiéndole los brazos para que entregue a Zoccolino.
No hace ni un gesto, sólo me mira.
—Dámelo, M artín.
Pestañea y abre la boca, pero parece que se le dificulta hablar.
—No te vayas, Ana.
—M e voy a ir ahora mismo. Dame a …
—Ella dijo que no lo movieras por cuarenta y ocho horas porque puede vomitar y…—intenta argumentar para retenerme, pero yo lo interrumpo.
—Lo que ella diga, a la luz de los acontecimientos, vale muy poco. No le daría ningún crédito a esa mujer.
—Y no te equivocás en eso. No vale nada en ningún aspecto…
—Igual que yo ¿no? Y tenías que demostrárselo a Hernán. Sólo espero que esta vez, los daños sólo tengan que ver con mi perro vomitando —le digo, insidiosa.
Y en ese momento escuchamos un grito.
Es Celina.
Viene corriendo por el pasillo en camisón, y llega a la cocina casi sin aliento.
—¡El pibe está haciendo una locura! —grita mientras señala la ventana.
M artín y yo corremos a mirar y ahí vemos lo que seguramente vio Celina desde el balcón de su dormitorio.
Lo que vemos es algo que estoy segura forma parte de nuestros miedos más profundos. Lo que vemos es algo que jamás hubiésemos querido ver. Lo que estamos viendo es el peor desenlace para esta triste situación, y lo que hará que nuestra vida, a partir de ese instante, se transforme en un verdadero infierno de culpa, de culpa de verdad.