2. Text Mining
2.3. Natural Language Processing
2.3.1. Sentence Splitting
principios del siglo XVI la más ardua tarea de España consistía en adaptar su organización política, social y económica, esencialmente medieval, a las necesidades, sin precedentes, creadas por la responsabilidad de regir un imperio universal. En gran parte, consiguió hacer frente a estas necesidades en el plano institucional, gracias quizá a la experiencia adquirida por los aragoneses en el tratamiento de problemas semejantes durante los siglos anteriores. Pero ¿podía solucionarse con igual éxito el problema económico planteado por la adquisición de posesiones ultramarinas potencialmente ricas y productivas? En otras palabras, ¿tenían los castellanos la decisión y la capacidad necesarias para explotar su conquistas americanas, de tal modo que se fomentara el desarrollo económico de su propio país?
El Nuevo Mundo podía ser una fuente de beneficios para Castilla como suministrador de unos artículos que en la metrópoli eran escasos o inalcanzables y como mercado para los productos castellanos. En el primer arrebato de excitación creado por los descubrimientos, existía,
naturalmente, un gran desconcierto acerca de los mejores medios de explotar las magníficas posibilidades del comercio transatlántico. La primera reacción instintiva ante los descubrimientos consistió en considerar el Nuevo Mundo como propiedad exclusiva de los castellanos. En 1501 la emigración de extranjeros a las Indias fue prohibida de modo formal. Más tarde, en 1503, se creó en Sevilla la famosa Casa de Contratación. Este organismo, probablemente inspirado en el Consulado de Burgos y en el sistema comercial monopolístico portugués, había sido proyectado para que ejerciera un control absoluto sobre el comercio con el Nuevo Mundo. Pero, pocos años después, la idea de un monopolio sevillano, e incluso español, sobre el comercio americano, empezó a ser abiertamente combatida. Ya en tiempos de Cisneros se había visto claramente que España necesitaría capitales extranjeros para sus costosas aventuras colonizadoras y, hacia 1520, en los emocionantes años iniciales del imperialismo carolino, se produjo una efímera fase de legislación liberal. En 1524 Carlos V, ante las presiones de las bancas alemanas, permitió a los comerciantes extranjeros comerciar con las Indias, aunque no establecerse en ellas. En 1525 y 1526 los súbditos de cualquiera de los dominios del emperador obtuvieron el derecho de trasladarse a América, y, en 1529, la Corona llegó a autorizar a diez puertos castellanos el comercio directo con el Nuevo Mundo, si bien en el viaje de regreso sus barcos debían hacer escala en Sevilla, para que sus cargamentos fuesen registrados. Pero parece ser que este decreto, revocado en 1573, fue prácticamente siempre letra muerta, posiblemente porque los vientos y las corrientes eran adversos a la navegación directa entre el Norte de España y las Indias. Los decretos anteriores tampoco se cumplieron dada la creciente indignación de los comerciantes españoles ante el aumento de la competencia extranjera, y en 1538 la emigración de extranjeros fue nuevamente prohibida, aunque muchos de ellos siguieron obteniendo permisos, ya fuese mediante licencias especiales, ya naturalizándose como ciudadanos castellanos.
A pesar de las numerosas deficiencias de la legislación, queda claro que, a partir de 1530, el principio del monopolio había triunfado: un monopolio favorable a la Corona de Castilla y. sobre todo, al puerto de Sevilla. Desde este momento hasta 1680, año en que cedió su primacía a Cádiz, Sevilla fue dueña del Atlántico español. En Sevilla se almacenaban, para su transporte a las Indias, las mercancías españolas y extranjeras, y a Sevilla regresaban los galeones cargados de productos del Nuevo Mundo. Las importaciones más cotizadas de América —de donde llegaban tintes, perlas y azúcar—, eran, naturalmente, el oro y la plata. La búsqueda de metales preciosos, de los que existía en Europa, a fines del siglo XV, una escasez desesperante, había sido el principal impulso conductor de las aventuras coloniales, y la fe de los conquistadores se vio ampliamente recompensada en América. Ya en los primeros años se habían hallado pequeñas cantidades de oro en las Antillas, suficientes para excitar el apetito de muchos aventureros. Las conquistas de Méjico y el Perú trajeron consigo el descubrimiento de minas de oro y plata, descubrimiento que culminó en 1545 con el hallazgo de las fabulosas minas de plata de Potosí, al sudeste del lago Titicaca. La explotación a gran escala de los enormes recursos de Potosí sólo empezó realmente hacia 1560, cuando se descubrió un nuevo método para el refinado de la plata mediante una amalgama de mercurio, mineral suministrado principalmente, en aquella época, por las minas de Almadén. A partir de este momento, la producción de plata superó ampliamente la de oro, y de 1503 a 1660 llegaron a Sevilla unos 16 millones de kilos de plata —casi el triple de las reservas europeas— frente a 185.000 kilos de oro, cantidad que venía a aumentar en una quinta parte las existencias de oro en Europa.
Los cargamentos de metales preciosos que llegaban a Sevilla pertenecían, en parte, a la Corona, y en parte a particulares (véase cuadro IV). De acuerdo con las leyes promulgadas por Alfonso X y Alfonso XI, todas las minas descubiertas en tierras pertenecientes al patrimonio real eran
consideradas como parte integrante de éste, pero los riesgos y las dificultades inherentes a la explotación de las minas americanas indujeron a la Corona española a renunciar a sus derechos y a arrendar o transferir aquélla, a cambio de una participación en los beneficios, fijada finalmente en una quinta parte. Parece ser que la Corona se quedaba con cerca de un 40 por ciento del total de los cargamentos de metales preciosos que llegaban a Sevilla, ya que estos beneficios procedían en parte de los intereses citados y en parte de las sumas enviadas en pago de las contribuciones introducidas por la Corona en las Indias. Una parte de las importaciones pertenecientes al sector privado era propiedad de particulares que habían hecho fortuna en el Nuevo Mundo y regresaban con ella a España, pero probablemente la mayor parte del oro y la plata fuese remitido a los comerciantes sevillanos por sus colegas americanos, para pagar los cargamentos enviados al Nuevo Mundo, ya que, a pesar de que la posteridad se ha fijado casi exclusivamente en las espectaculares importaciones de metales preciosos, el comercio español con las Indias fue siempre bilateral.
Los primeros colonos americanos tenían que importarlo prácticamente todo de la metrópoli: armas, vestidos, caballos, trigo y vino. Aun después de haberse establecido definitivamente en su nuevo país, los colonizadores siguieron dependiendo estrechamente de la metrópoli en muchos productos esenciales. Aunque los granos europeos se introdujeron rápidamente, la agricultura se desarrollaba lentamente en las Indias y la demanda creció vertiginosamente con el aumento de la población blanca o mestiza. Las cifras a este respecto
son aún objeto de grandes especulaciones, pero, hacia 1570, debía haber unos 118.000 colonos en el Nuevo Mundo. Estos colonos se aferraban con nostalgia a los modos de vida españoles: ansiaban los lujos del Viejo Mundo, sus tejidos, sus libros, sus especias. Algunos de estos artículos llegarían a producirse, con el tiempo, en el Nuevo Mundo, pero, mientras tanto, los barcos llegaban de Sevilla, cargados de paños castellanos o catalanes, y de vino, aceite y trigo de Andalucía, y llevaban de regreso la plata y otros apreciados productos coloniales.
El número de barcos que hacían anualmente la travesía del Atlántico variaba considerablemente según las circunstancias económicas y políticas del momento y oscilaba entre sesenta y más de cien. Desde una etapa temprana, la mayoría de estos barcos navegaban agrupados en convoyes o flotas,
según el modelo veneciano o portugués. Existían varias razones para ello. La travesía del Atlántico, que duraba unos dos meses, era peligrosa y los buenos pilotos escaseaban. Por otra parte, con el aumento de los cargamentos de metales preciosos enviados a Sevilla, se hizo imprescindible una escolta, y el registro de cargamentos, que era necesario para tasar el oro y para cobrar el
almojarifazgo —el impuesto del siete y medio por ciento con que estaban gravadas las mercancías
importadas de América—, era mucho más fácil de realizar mediante un sistema de convoyes regulares, que partían de Sevilla o Cádiz rumbo a uno de los tres principales puertos del Nuevo Mundo: Vera Cruz, Cartagena o Nombre de Dios. A pesar de estos tempranos intentos de control, que sometía la organización de la Carrera de las Indias en manos de la Casa de Contratación y de los comerciantes sevillanos (que en 1543 se organizaron en un Consulado calcado del modelo burgalés), el sistema de las flotas sólo alcanzó su forma definitiva hacia 1560. A partir de esta fecha, no siempre en la práctica, pero sí en teoría, dos convoyes zarpaban cada año de Andalucía, uno rumbo a Nueva España y el otro a Tierra Firme. El primero que tomó más tarde el nombre específico de la
Flota, se hacía a la vela, en abril o mayo, del Golfo de Méjico, mientras que el otro, que, debido a su
escolta de seis u ocho navíos de guerra, era conocido por el nombre colectivo de los Galeones, salía en agosto del istmo de Panamá y recogía a su paso las naves zarpadas de los puertos de la costa septentrional de Sudamérica. Ambas flotas pasaban el invierno en América y se unían en marzo, en La Habana, a la flota de guerra, para su viaje de regreso a Europa. El sistema de convoyes era muy costoso, pero en cuanto a la seguridad resultó plenamente eficaz. Las únicas ocasiones en que los galeones del tesoro cayeron en manos enemigas fueron en 1628, cuando el holandés Piet Heyn se apoderó de todas las naves menos tres, y en 1656 y 1657, cuando la flota fue destruida por Blake.
El impacto sobre la economía castellana de este comercio que, gradualmente, se iba desarrollando entre Sevilla y el Nuevo Mundo, es todavía muy difícil de determinar. Dos problemas se plantean aquí: cómo medir el estímulo proporcionado a la vida económica castellana por el naciente mercado americano y cómo calcular las consecuencias para Castilla del flujo de la plata americana. El primero de estos problemas debe ser estudiado, mucho más de lo que lo ha sido, sobre una base regional. La España de Carlos V no comprendía una, sino tres, economías, relacionadas en varios aspectos, pero no por ello menos distintas. Existía por un lado Sevilla con su hinterland, encarada hacia América; existía la Castilla del Norte, tradicionalmente orientada hacia Flandes y la Europa septentrional; y existía finalmente la Corona de Aragón, mucho más interesada por sus mercados mediterráneos.
De estas tres regiones económicas fue naturalmente la andaluza la que primero y con más viveza reaccionó ante la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Hacia 1500 Sevilla contaba con unos 60.000 o 70.000 habitantes. Durante las dos o tres décadas siguientes estas cifras se vieron reducidas por las epidemias y por la emigración de hombres sanos a las Indias, pero, a partir de 1530, no sólo volvieron a ser alcanzados, sino que empezaron a aumentar vertiginosamente hasta llegar a 150.000 en 1588. Este crecimiento espectacular hizo de Sevilla una de las mayores ciudades del siglo XVI, mucho más que cualquier otra ciudad española y superada tan sólo por París y Nápoles. Era una ciudad bulliciosa, floreciente, con todas las señales de la nueva prosperidad, que provenía de su contacto con el exótico mundo de las Indias; una ciudad que, como decía Guzmán de Alfarache, tenía “un olor de ciudad, un no sé qué, otras grandezas”. Pululaban por ella los comerciantes extranjeros: italianos, flamencos, portugueses, y actuaba como un imán irresistible sobre los habitantes del Norte y el Centro de España, que la consideraban, como una especie de El Dorado y como la puerta de acceso a las incontables riquezas de América.
Durante el siglo XVI los habitantes del Norte de España se dirigieron hacia el Sur por millares, viajando por tierra y por mar desde Cantabria. Este gran movimiento de colonización interior, que, lentamente, hizo inclinar hacia el sur la balanza demográfica de Castilla, era en cierto modo la fase final de la Reconquista, ese gran éxodo de los castellanos hacia Andalucía, en pos de la riqueza. Estos inmigrantes llegaban a una tierra teñida por los colores de la prosperidad. Mercaderes sevillanos sembraron el valle del Guadalquivir, hasta Sierra Morena, de cereales, vid y olivos para su venta en Sevilla y para la exportación al Norte de Europa y a las Indias. Muchos campesinos andaluces se hicieron ricos con la venta de sus cosechas y se convirtieron en dueños de extensas tierras. Había señales también de vitalidad industrial, lo mismo que agraria, en el desarrollo de la producción textil en ciudades como Úbeda y Baeza y en el florecimiento, cada vez mayor, de las sederías granadinas, de las que existía una demanda creciente en Flandes, Francia e Italia.
La Corona de Aragón participó sólo marginalmente en esta nueva prosperidad. Durante el reinado de Carlos V los catalanes solicitaron varias veces, sin éxito, la autorización para establecer cónsules en Sevilla y Cádiz y para conseguir privilegios especiales en relación con el comercio americano. Sin embargo, se beneficiaron directamente de él con la venta cada vez mayor de sus tejidos en las ferias de Castilla (las tres cuartas partes de estos tejidos eran compradas para ser enviadas al Nuevo Mundo). En cambio, las relaciones de Sevilla con el Norte —tan distinto del Este — de España eran muy estrechas. Los barcos construidos en los astilleros norteños desempeñaron un importante papel en la Carrera de las Indias, y existieron un movimiento y un intercambio constante entre los tres grandes centros comerciales de España: Burgos, Medina del Campo y Sevilla.
Si las ciudades del Norte y Centro de Castilla estaban tan íntimamente asociadas a la vida económica andaluza, se debía ante todo a su propia vitalidad económica, que hacía esencial la cooperación de los comerciantes sevillanos. Sevilla necesitaba la habilidad de constructores de navíos y la experiencia de navegantes de los vascos y toda la maquinaria del crédito internacional, que había sido montada, con tanto cuidado, en las ferias castellanas, del mismo modo que éstas necesitaban la plata que sólo Sevilla podía proporcionarles. Medina del Campo se convertiría más tarde en la esclava, más que en la pareja, de Sevilla y la excesiva dependencia de la pronta llegada de la flota del tesoro la conduciría al desastre. Pero en el reinado de Carlos Y, cuando las transacciones financieras aún no habían monopolizado su actividad en perjuicio de cualquier otro tipo de intercambios, Medina podía contar con los recursos económicos de la región circundante para asegurarse su independencia.
En realidad, la prosperidad del Norte de Castilla durante la primera parte del siglo XVI iguala o supera a la de Andalucía. Esta prosperidad, aunque reforzada por los beneficios procedentes de su asociación con la economía en desarrollo del Atlántico español, se basaba esencialmente en los sólidos cimientos establecidos durante el siglo XV. La espectacular expansión del comercio exterior castellano durante este siglo había procedido, en gran parte, de la demanda flamenca de lana merina española, demanda que siguió aumentando a principios del siglo XVI. Hacia 1525 los rebaños de la Mesta alcanzaron su cifra máxima: unos tres millones y medio de reses. Pero existían también otros productos de exportación aparte de la lana. Francia importaba considerables cantidades de hierro de Vizcaya, donde la industria metalúrgica, en los inicios del siglo XVI, se hallaba, según parece, muy adelantada técnicamente. Existía también una gran demanda, tanto en el Norte de Europa como en Italia, de los productos de las industrias de lujo españolas: cerámica, cuero repujado, seda, hojas toledanas.
Así pues, durante el reinado de Carlos V, la industria castellana se benefició de una mayor demanda europea en una época de expansión económica internacional. Pero la industria que sufrió una mayor expansión fue la textil, especialmente importante en Segovia, Toledo, Córdoba y Cuenca, y, en este caso, la demanda era, sobre todo, española y americana. Salvo la exportada a las Indias, la mayor parte de la producción textil castellana abastecía el mercado interior. Sin duda alguna, este mercado interior estaba creciendo: la población de Castilla había alcanzado los 6.270.000 habitantes hacia 1541 y la década de 1530-1540 conoció un ritmo de crecimiento muy rápido. Este incremento
de la población presentó una dificultad para la industria y agricultura locales y ambas dieron pruebas de querer colocarse a la altura de las circunstancias. Se roturaron nuevas tierras y se crearon nuevas industrias textiles. Sin embargo, a pesar de los evidentes signos de expansión, tanto la industria como la agricultura se resentían de ciertas debilidades internas y estaban expuestas a coacciones exteriores que disminuían el ritmo de sus progresos y destruían parcialmente sus realizaciones.
A la agricultura castellana, perjudicada durante largo tiempo por una política real que favorecía los intereses laneros, se le pedía ahora no sólo que hiciese frente a la creciente demanda interior, sino que cubriese también las necesidades del mercado americano. Los beneficios de la venta del vino y el aceite a las Indias, tendían, en el Sur de España, a desviar capitales y recursos del cultivo de los cereales hacia la vid y el olivo. Esto hubiera requerido esfuerzos aún mayores de los productores de trigo de Castilla la Vieja. Pero en su mayoría eran pequeños campesinos sin recursos ni capacidad técnica para vencer el principal obstáculo que se oponía al amplio incremento de la producción triguera: el problema de la sequía. Los sistemas de riego requerían un capital que en aquella época estaba, casi por completo, invertido en el comercio, y el campesino, abandonado a sus propios recursos, aumentaba su producción por el único método que conocía: la roturación de nuevas tierras. Éstas tenían que ser arrendadas a sus propietarios aristócratas, quienes las cedían, a menudo por períodos muy cortos, a unos intereses que hacían caer sobre los hombros de los campesinos una carga más pesada que los viejos derechos feudales. Además, tenían que pedir en préstamo a algún ciudadano rico la suma necesaria para mejorar la tierra. Esto se efectuada por medio del censo al quitar, un préstamo a corto plazo a un interés, a veces, del 7,14 por ciento (una catorzava parte del capital), asegurado mediante una hipoteca sobre las tierras del solicitante del préstamo. En teoría, el campesino debía haberse beneficiado del alza de los precios agrícolas y del derecho legal, concedido en 1535, de redimir el censo siempre que lo quisiera, pero, en la práctica, sus beneficios se veían reducidos por la tasa sobre los precios de los granos, que se volvió a imponer definitivamente en 1539 y, normalmente, no se hallaba en situación de poder redimir el censo. Aunque durante el reinado de Carlos V el agricultor castellano ganaba lo justo para su mantenimiento, el constante incremento de sus deudas hacía presagiar que las perspectivas futuras distarían mucho de ser brillantes: dos o tres malas cosechas o una caída de los precios agrícolas podían muy fácilmente conducir al desastre.
La industria textil, aunque se beneficiaba de un boom semejante al de la agricultura castellana, se mantenía también sobre unas bases muy precarias. Existía, en primer lugar, un problema de calidad. Aunque la industria pañera castellana estaba minuciosamente —e incluso excesivamente— reglamentada por el control gremial, la preparación técnica de los tejedores planteaba ciertas dificultades y se desencadenó un interminable coro de protestas por la baja calidad de los géneros