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7. Product development and design from the operations management point

7.2 Design as transformation

7.2.1 Sequential design

jandro lo había fundado en el Oriente, año 281, (cf. 1, 38).

113 El hecho se narra más ampliamente en Plut., P in., 21.

114 Cf. 1,40; III, 16.

115 Su nombre completo era L. Marcio, hijo de Quinto Filipo. Cf. I, 108; II, 59; II, 73. Cónsul en 91; censor en 86, como orador, Brut., 173.

butarias, sin devolverles el dinero por el que habían comprado su inmunidad. El Senado aprobó su propuesta. ¡Fue una ver­ güenza para nuestro Imperio! Resultan más leales los piratas que el Senado. «Pero nuestras rentas se acrecentaron, luego fue útil». ¿Cuándo acabarán de comprender que no es útil nada que no sea honesto?

¿Pueden acaso ser útiles para algún imperio, que debe estar apoyado en la gloria y en la benevolencia de los socios, el odio y la infamia?116. Yo disentí muchísimas veces de mi querido Catón. Juzgaba yo que defendía con demasiada obstinación el erario y las rentas: lo negaba todo a los publicanos, muchas cosas a los socios, siendo así que debíamos ser benéficos para con ellos y proceder con ellos como solemos con nuestros colo­ nos, y tanto más cuanto que la armonía de los dos órdenes (el Senado y los caballeros) era sumamente útil para la salvación de la República117. Mal hablaba también Curión, cuando reco­ nocía que la causa de los transpadanos era justa, pero añadía siempre: «¡La utilidad sobre todo!»118.

XXIII. El sexto libro de Hecatón sobre los deberes119 está lleno de cuestiones como éstas: «Si es propio de un hombre bueno el no alimentar a la servidumbre de su casa en una gran carestía de alimentos». Pesa los pros y los contras, pero al final orienta más el deber por razones de interés que de sentimien­ tos de humanidad. Pregunta si, cuando en caso de tempestad hay que arrojar algo al mar, debe echarse primero un caballo de gran precio o un siervo de ningún valor. Aquí el cuidado de nuestra hacienda nos lleva a una determinación, y el sentido de la humanidad a otra. «Si en un naufragio un necio se ha apode-

116 Nótese la antítesis: la gloria interior/la infamia del mism o imperio; la benevolencia de los socio s/el odio de los aliados.

117 Esa obstinación de Catón fue una de las causas de la ruptura de la con­ cordia ordinum tan buscada por Cicerón; cf. Héroe de la Libertad, I, pp. 280-288.

118 Cayo Escribonio Curión, cónsul en el 76. Enemigo de César. Cuando los transpadanos pidieron el derecho de ciudadanía, se opuso a ello, porque lo defendía César, con el pretexto de que la Galia Transpadana era una región muy rica, y concediéndosele la ciudadanía dejaría el Estado de percibir buenos tributos. Los deseos de este pueblo los satisfizo César en el año 49. Curión había muerto en el año 53.

204 SOBRE LOS DEBERES

rado de una tabla, ¿se la arrebatará el hom bre sabio, si puede?». Lo niega porque sería injusto. «Y el dueño de la nave, ¿podría apoderarse de lo suyo? De ninguna forma, sería igual que si al dueño de una barca se le ocurriera arrojar al mar a un pasajero, porque es suya. Hasta que no se ha llegado al punto de destino, la barca alquilada no es del patrón, sino de los viajeros».

90 «Y si no hay más que una tabla y dos náufragos entrambos

sabios, ¿procurará cada uno quitársela al otro, o se la cederán mutuamente?».

«Que se la ceda, pero en favor de aquel que tenga más inte­ rés en vivir, o bien para sí, o bien para utilidad de la patria».

«¿Y si ambos están en paridad de condiciones?».

«Que no luchen, que la echen a suertes, o que se la jueguen a la morra, y el que pierda que la ceda al otro».

«Y si el padre saquea los templos120 o roba el erario público por una galería subterránea que ha practicado, ¿lo denunciará el hijo a los magistrados?».

«Sería un delito contra la naturaleza, porque incluso debe defender a su padre, si es acusado».

«Pero los deberes para con la patria, ¿no priman sobre los demás deberes?».

«Al contrario, la mayor utilidad de la patria es tener hijos piadosos con sus padres».

«Y si el padre aspira a la tiranía, si prepara una traición a la patria, ¿se callará el hijo?».

«Yo creo que rogará al padre que no lo haga. Si no obtiene resultado alguno, lo reprenderá, lo amenazará incluso; en el último extremo, cuando vea que está de por medio la salvación de la patria, antepondrá ésta a la salvación de su padre». 91 Sigue preguntándose Hecatón: si un sabio recibe unas

monedas falsas por buenas, una vez que lo ha averiguado, ¿las dará como buenas en pago de alguna deuda? Diógenes dice que sí; Antipatro, que no. Creo que tiene razón el segundo. Quien sabe que el vino que vende está algo picado, ¿debe decirlo? Diógenes no lo cree necesario; Antipatro piensa que es

un deber decirlo. Éstas son poco más o menos las controversias de los estoicos en el campo del derecho.

«En la venta de un esclavo, ¿hay que declarar los defectos, no precisamente lo que si no declaras debe volver el esclavo al vendedor; pero sí éstos: si es mentiroso, si es jugador, si es ladrón o si es borracho?» Al uno le parece obligación el decla­ rarlos, y al otro que no.

Si uno está vendiendo oro, pensando que es bronce lo que 92

vende, ¿al comprarlo el hombre de bien le descubrirá que aquello es oro puro, o comprará por un denario lo que vale hasta mil? Ya parece claro lo que yo pienso, y cuál es la contro­ versia de los filósofos que he nombrado.

XXIV. Hay que observar siempre los pactos y las promesas que se han hecho «sin violencia y sin mala intención (dolo malo)»121, como dice la fórmula de los pretores. Si una persona receta a otra una medicina contra la hidropesía con la condi­ ción de que, si quedaba curado con aquella medicina, no la usaría nunca más, y algunos años después recae en la misma enfermedad y no consigue de aquel con quien había hecho el pacto que le permita usarla de nuevo, ¿qué debe de hacer el enfermo? Siendo inhumano el que no se lo conceda, no causán­ dole injuria ninguna, tiene que atender a su vida y a su salud.

Otro caso: si a un sabio le deja el testador cien millones de 93

sestercios con la condición de que para recibir la herencia debe bailar en pleno día en el foro, y él lo prometió porque de otra forma no le dejaría ni un sestercio, ¿debe cumplir la promesa o no? Yo preferiría que no lo hubiera prometido, y esto habría manifestado su dignidad. Pero ya que lo prometió, si le parece cosa vergonzosa el bailar en el foro, más honorablemente man­ tendrá su promesa no recibiendo nada de la herencia que si lo recibe; a no ser que destine aquel capital para bien de la Repú­ blica, si se ven en una gran calamidad, porque en ese caso ni bailar en el foro es indecoroso en bien de la patria.

XXV. Tampoco hay que cumplir las promesas que no son 94

útiles a los mismos a quienes se hicieron122. Volviendo a las

12’ Cf. III, 60.

206 SOBRE LOS DEBERES

fábulas: El Sol prometió a su hijo Faetón que le concedería lo que desease. Deseó subir al carro de su padre y subió. Pero antes de aposentarse en él quedó abrasado por un rayo. ¡Cuán­ to mejor habría sido que no se hubiera cumplido la promesa en este caso! ¿Y qué diremos de que Teseo se empeñó en que se cumpliera la promesa de Neptuno? Habiéndole propuesto Neptuno tres gracias, deseó la muerte de su hijo Hipólito, por­ que le resultaba sospechoso en las relaciones con su madrastra. Conseguida la promesa, Teseo se encontró en el más grande dolor.

95 ¿Y qué pensar de Agamenón, que, habiendo prometido a

Diana lo más hermoso que hubiera nacido aq u el añ o en su reino, inmoló a su hija Ifigenia porque nada había nacido más hermoso que ella? Era preferible no cumplir la promesa que cometer un crimen tan atroz123. Luego alguna vez no deben cumplirse las promesas, como no deben devolverse los depósi­ tos. Si alguien te ha confiado en plena lucidez de la mente la custodia de una espada y te la pide cuando está fuera de sí, es un crimen el devolverla; el deber es no entregarla. Y si el que te ha entregado en depósito dinero declara la guerra a la patria, ¿le devolverás el depósito? No lo creo, porque obrarás contra la República, que debe ser el principal objeto de tu amor. Así pues, muchos actos que parecen por naturaleza honestos cam­ bian de carácter por las circunstancias: cumplir las promesas, observar los pactos convenidos, cuando lo útil se convierte en perjuicio dejan de ser honestos. Pero en torno a estas aparentes utilidades contrarias a la justicia, y que se cubren con la másca­ ra de la prudencia, creo que ya he dicho bastante.

96 Pero, como hicimos derivar los deberes de las cuatro fuen­

tes de la honestidad en el libro primero12*1 tengamos presente esta misma división cuando debamos enseñar cuán enemigos son de la virtud estas cosas que parecen útiles y no lo son. He tratado también de la prudencia a la que quiere imitar la mali­ cia125, y también de la justicia, que siempre es útil. Quedan por estudiar dos partes de la honestidad, una de las cuales se

123 Cf. Ovid., Met., 12,28-31; Cicerón, Tuse., 1,116.

124 Cf. 1,18.

observa en la grandeza y prestancia del alma; la otra, en la con­ formación y moderación de la continencia y de la templanza.

XXVI. Parecía útil a Ulises, según algunos poetas trágicos, 97

pues en Homero, autor de primera categoría, no se hace men­ ción de tal cosa, evitar ir a la guerra fingiéndose loco. Determi­ nación poco honesta, pero útil como quizás diga alguien: reinar y vivir tranquilamente en ítaca con sus padres, con su mujer, con su hijo. ¿Crees tú que hay gloria alguna conseguida con los trabajos y los peligros diarios comparable con esta tranquili­ dad? -Pero yo digo que esa tranquilidad debe despreciarse y alejarse de sí, porque no siendo honesta, tampoco la juzgo útil.

¿Qué piensas que habría oído Ulises si hubiera perseverado 98

en aquella simulación? A pesar de haber realizado las mayores proezas en la guerra, oye estas palabras que le dirige Áyax: Él solo se apartó del cumplimiento del juram ento,

que todos conocéis, habiendo sido el primero en aconsejarlo. Fue obstinado en sim ular la locura, para no reunirse con los otros. Y si la sagaz inteligencia de Palamedes

no hubiera advertido su m aliciosa imprudencia,

habría faltado siempre al derecho del sagrado juram ento126.

Le fue mucho mejor luchar con los enemigos e incluso con 99

las olas del mar, como efectivamente lo hizo, que abandonar la Grecia conjurada a hacer la guerra a los bárbaros. Pero dejemos ya las fábulas y las cosas extranjeras, y vengamos a lo sucesos reales y nuestros.

XXVII. Marco Atilio Régulo, en su segundo consulado127, fue cogido prisionero en una emboscada dispuesta por el lace- demonio Jantipo, que luchaba bajo las órdenes de Amílcar, padre de Aníbal. Después de haberlo obligado con juramento, lo enviaron al Senado de Roma con la condición de que, si no les eran devueltos a los cartagineses unos prisioneros principa­ les, volviera él a Cartago. Apenas Régulo llegó a Roma, veía la

126 Los versos son de una tragedia de Accio, Armorum indicium, 109-114 Warm.

127 En realidad, no por abandonar la guerra Atilio no presentó su candida­ tura al consulado; se quedó en el África al terminar el año en calidad de p ro­ cónsul.