Chapter 4. Reliability, availability, and serviceability
4.5 Manageability
4.5.1 Service user interfaces
Hay un hecho en la vida del Salvador, eficaz como pocos, para movernos a amarle y a entregarnos a él (Lc 10, 17ss; Mt 11, 25ss).
Era el tercer año de su predicación, cuando había ya reunido en torno suyo, además de los Apóstoles, a los setenta y dos discípulos para que les ayudasen en los ministerios apostólicos. Al cabo de poco tiempo volvieron los discípulos llenos de gozo: todo, según decían, les había salido bien,
gracias al poder que les había dado, y aun los demonios se les habían sometido. Se alegró el Salvador al oír las humildes palabras de sus discípulos, y les contestó que debían alegrarse no solamente por este feliz resultado, sino por otra cosa más alta y de mayor importancia, cual era, el que sus nombres estuviesen escritos en el libro de la vida. Que mucho más
importante aún que ayudar a otros a salvarse era tener asegurada la propia salvación, como la tenían ellos, en virtud de haber sido predestinados desde toda la eternidad, y estar sus nombres escritos en el libro de la vida.
Con esta ocasión da el Salvador una ojeada al misterio de la predestinación. Mira por una parte la sabiduría y prudencia mundana que, desde los ángeles rebeldes hasta el fin de los tiempos, llena de soberbia y presunción se aleja de Dios y se precipita en su perdición; y por otra, a los humildes y pequeños que sometiéndose a Dios perfectamente, consiguen la felicidad eterna. Muestra además la causa de donde proceden estas dos suertes tan distintas, que es él mismo y su eterno Padre. De sí propio dice:
Todas las cosas me las ha entregado el Padre, y ninguno conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo. Y en otra parte: Ninguno viene a mí si el Padre no le trajere (Jn 6, 44).
Con estas palabras manifiéstase el Salvador como causa que coopera y perfecciona, como intermediario y punto céntrico del magnífico misterio de la predestinación. Como Verbo y Sabiduría increada del Padre y como Hombre-Dios es en realidad la fuente de todos los conocimientos divinos y de toda salvación y la señal que divide los diversos caminos de las criaturas. Quien quiera salvarse, tiene necesariamente que ir al Padre en él
y por él. Él es realmente el libro de la vida en que están escritos los
predestinados. Y por eso este misterio es una magnífica demostración de la gloria, de la divinidad y majestad del Salvador como centro adonde todo confluye. Por eso se alegra él en el Espíritu Suato y da gracias a su eterno Padre, y no únicamente por lo que a sí atañe, pues su amor le mueve también a dar gracias en nombre de los Apóstoles y de cuantos han de ser predestinados por la fe y el amor a su persona.
De las palabras arriba citadas saca el Salvador la consecuencia. Si solamente por él podemos salvarnos y llegar hasta el Padre, se sigue necesariamente que debemos someternos y unirnos a él por completo. Por eso dice: Venid a mí; es decir, uníos a mí por la fe y el amor; tomad sobre
vosotros mi carga y mi yugo, a saber, el yugo de mis enseñanzas, de mis
mandamientos, de la sujeción a mi dominio. Aprended de mí, haceos mis discípulos en la humildad y en la mansedumbre. En otros términos, debemos ser como los niños y los pequeños a quienes alaba y promete la vida eterna. Debemos, por consiguiente, alejar de nosotros toda complacencia propia y toda confianza en nuestras fuerzas, buscar sólo en Jesús la dicha temporal y eterna y sujetarnos a él con plena humildad y prontitud. Sólo así podemos esperar que el Padre nos muestre a Cristo y
que Cristo nos conduzca al Padre; sólo entonces podemos contarnos en el número de los predestinados y ser inscritos en el libro de la vida, pues, es a lo que el Salvador nos invita.
Y para que sigamos su invitación, añade algunas razones hermosísimas y de suma eficacia. Y, en primer lugar, a ello nos debe mover nuestra grande y omnímoda indigencia. Tenemos una inclinación natural e irresistible al conocimiento de la verdad, al amor y a la felicidad perfecta. Pero, ¿dónde encontrarlos? No ciertamente en nosotros, ni en el mundo, ni en las criaturas; únicamente en Dios, en Jesucristo, verdad, bondad y hermosura infinita, único que puede hacernos completamente felices. — Todos estamos, por otra parte, llenos de miserias, de trabajos y de padecimientos en el cuerpo y en el alma, en el orden natural y en el sobrenatural. Gemimos bajo el imperio de las pasiones desordenadas, del pecado y de los males y penalidades de la vida. ¿Dónde hallar auxilio, consuelo y satisfacción sino en el Salvador? Sus palabras, sus ejemplos nos confortan, y su gracia nos lo hace todo posible y llevadero. Por eso nos dice: Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados, que yo os
aliviaré.
La segunda razón para unirnos a Cristo es su misma persona y amabilidad. Demasiado conocemos nuestra insuficiencia y ove tejemos necesidad de quien nos rija. Ahora bien: sólo podemos escoger entre Cristo y el mundo; ¡y cómo resalta la benignidad, la mansedumbre, la fidelidad y el desinterés de Cristo comparado con la codicia, la soberbia y la tiranía del mundo! Su doctrina, tan conforme con la recta razón. ennoblece y consuela; pocos son sus mandamientos, abundante la gracia y magníficas las recompensas que nos promete. Él es sabio, rico y poderoso y quiere ser en persona nuestro galardón; sólo en él encontraremos la verdadera paz del alma.
Siendo esto así, ¿no exclamaremos con San Pedro: Señor, ¿a quién
iremos, Tú tienes palabras de vida eterna? Quien quiera salvar su alma
tiene que unirse a Cristo por la fe y el amor. Él es el camino que nos conduce al Padre, la verdad que satisface al alma, la vida que nos hace verdaderamente felices. ¿Qué buscamos, pues, en el cielo ni en la tierra, qué deseamos sino a Dios, al Dios de nuestro corazón, nuestra herencia por toda la eternidad? ¡Cuán bueno es allegarse a Dios y poner en él toda su esperanza! (Sal 72, 25ss)