2. Proposal
2.4. Description, application and analysis of the proposal results
2.4.3. Session three
Edwin Madrid:
Todos los Madrid, el otro Madrid (Antología poética)
Valencia, Pre-Textos, 2016 276 páginas, 24 €
todos los cielos. En suma, llena el ser: justi- fica la vida. De esta presencia omnímoda se derivan algunas de sus características prin- cipales. La más destacada acaso sea la plu- ralidad, sin fin aparente, de formas, temas, estilos y registros empleados. Muchos poe- tas despliegan unas obsesiones concretas y labran una manera definida de crear, y se ciñen a ese molde desde su primer hasta su último verso: son autores de cauce único, hondos quizá pero previsibles y repetitivos. Madrid, en cambio, invade todas las juris- dicciones de la poesía, echa mano de todas las técnicas y exhibe una panoplia inagota- ble de preocupaciones y asuntos. Cada li- bro suyo pone el foco en algún aspecto de la realidad o la conciencia, y lo hace con un estilo, esto es, con unas fórmulas retó- ricas singulares, diferentes de las utiliza- das en sus demás obras. En general, pue- de decirse que sus primeros poemarios be- ben más perceptiblemente de los esquemas vanguardistas –acentos irracionales, discur- sos cartilaginosos y enrabietados, incursio- nes oníricas; es revelador que cite a Breton en «Rabito», de ¡Oh! Muerte de pequeños
senos de oro– y que, conforme avanza en su
producción, la expresión se reconcentra, se ajusta a una realidad más reconocible, se aleja, aunque nunca se desliga del todo, de la experimentación y la ruptura.
Junto a la omnipresencia de la poesía, otra preocupación es constante en la obra de Edwin Madrid, y definitoria de su natura- leza: la fascinación por las mujeres y las re- laciones sentimentales que se establecen (y se rompen) con ellas. El propio Madrid resu- me ambos leitmotivs en el fragmento 83 de
Levantar el vuelo: «Crecí / entre los murmu-
llos de [las] mujeres y la furia de la poesía». Muchos de los poemas recogidos en Todos
los Madrid, el otro Madrid narran peripecias
amorosas, acercamientos y separaciones, fantasías y decepciones, o bien encuentros eróticos. Mordiendo el frío, una apócrifa au- tobiografía sexual, es el poemario más vi- siblemente pasional del conjunto, pero in- cluso en los poemas o libros más luctuo- sos, como ¡Oh! Muerte de pequeños senos
de oro, la parca –elemento imprescindible
del clásico binomio Eros y Tánatos– aparece voluptuosa, con esos pechos áureos por los que el poeta siente comprensible propen- sión. «El manjar más antiguo del mundo», de Pavo muerto para el amor (2012), poe- tiza, en prosa, un cunnilingus –una prácti- ca, por cierto, poco reflejada en la poesía occidental–, aunque disimulado en un re- lato gastronómico (o una receta culinaria), sobre la exquisitez de la ostra, bajo la advo- cación de Giacomo Casanova: «Poco a po- co, deslice los dedos. Cuando lo tibio sea calor abrasador, retírese con elegancia y ex- hiba la concha sobre una almohada blanca y blanda como una nube. Échele suficien- te vino e inmediatamente recójalo a sorbos largos y profundos. Moviendo la lengua de arriba abajo, sentirá que toda se retuerce de placer. Entonces deje de lado la boca y ac- túe como si fuera el mismísimo Casanova». Para equilibrar las cosas, en «Nuestra seño- ra de la biblioteca», de Mordiendo el frío, lo descrito es una felación.
Pivotando alrededor de estos ejes, la re- lación de intereses y objetos de atención de Edwin Madrid es muy amplia: Pavo muerto
para el amor repara en la comida y la gastro-
nomía (e incluye un poema autofágico, cuyo protagonista, después de devorarse a sí mis- mo, queda «reducido a una boca inmensa que querría comerse el mundo»); De puer-
tas abiertas (2000) reflexiona sobre la ca-
sa, metáfora de la existencia y la identidad;
título se plasma otra de las constantes de la poesía de Madrid: el juego verbal– prac- tica la sátira, al modo latino, contra los poe- tas de su país, y quizá también de otros lu- gares: como un Marcial contemporáneo, es- cribe: «Te confieso, Lelio, que, aunque para todos seas el gran poeta ecuatorial, para mí no eres más que un hombre con facha de tendero que en los recitales quiebra la voz en trémolos atiplados como putita de aca- demia»; Caballos e iguanas (1993) recrea el mundo indígena e imita –y, a la vez, des- mitifica– el relato de la conquista, en oca- siones con su propio lenguaje, lo que alum- bra algunas de las mejores composiciones de la antología, en las que se mezcla la pa- rodia, la epopeya y la crítica histórica, co- mo «De cómo y por qué se llegó a destas tierras» o «El almirante desde la tierra más hermosa», en cuya última estrofa leemos: «destas tierras es para desear para nunca dejar / en la cual todos los hombres de nos sean contentos / con hasta veinte mujeres de cabellos correndios / e oro cuanto ouie- re menester / y esclavos cuantos pudieren escoger / especería y algodón cuanto pu- dieren cargar / y almastica y lignáleo cuan- to ouiere / e creo también roibarbo y cane- la e otras mil especias / ques harto y eterno lo que nuestro Redentor / dios a Vuestras Altezas Rey e Reyna»; en fin, Celebriedad (1991) –otra paronomasia– constituye un largo y vigoroso discurso en el que se en- trelazan el sueño, el alcoholismo y la locu- ra: «Beber nunca es obediencia / beber nun- ca es sumisión / beber es bibir». En otros poemarios aparecen cuentos infantiles –a los que Edwin Madrid da la vuelta como un calcetín: subvertir el orden establecido, o al menos zarandearlo, es una de las funciones ineludibles del poeta–, fábulas americanas, poemas sobre los toros (cuya voz es la del
toro: otra subversión), escenas urbanas –de una Quito poliédrica, ásperamente amable– y composiciones sobre la historia de la evo- lución, carentes de signos de puntuación. Merece la pena resaltar la dimensión reivin- dicativa de Edwin Madrid, que se plasma en las piezas americanistas, entregadas al can- to de la naturaleza del Nuevo Mundo o de su atormentada historia; en la incorporación de las culturas indígenas a su cosmos poé- tico; y en la inquietud social, de hoy mis- mo, como la que se refleja en «La encendi- da», de Al sur del Ecuador, que ensalza la figura de la mujer trabajadora, de la mujer que no se rinde, sostén de todo, y cuyo fi- nal casa con la ola de ira ciudadana que ha barrido tantos países: «Llegar a la cima del Cotopaxi y abandonar el pueblo para / pa- tear la ciudad. Quito, fría y sucia, pero suya, no la venció / ni hoy ni nunca y le puso hijos para que brinquen y pataleen / por sus en- trañas, incendiando, rayando las montañas / […]. Mujer macho, mujer de cojones como tantas que nos han / enseñado a movernos, agitarnos, sacudirnos, reclamar, remover, / vibrar, hormiguear. Por todos los cielos: ¡in- dignarse!».
Muchos poemas de Edwin Madrid son relatos líricos; sucesos con un sustrato o una estructura narrativa, pero cincelados con los instrumentos de la poesía: transfor- mación lingüística, vínculos analógicos y asociaciones musicales, y emparejamien- tos, esto es, repeticiones, permutaciones, enumeraciones y paralelismos. A estas he- rramientas, Madrid añade el humor, aun- que con visos negros. Su lenguaje es ac- cesible, coloquial, pegado a la calle, al mundo, pero también crujiente, conscien- te de sí: nunca pierde intensidad. Se perci- be elaborado, pero también natural, y esa es una de sus mayores virtudes: el artificio
no le resta espontaneidad. Su vocabulario, sensual, vivo, no rehúye lo anómalo: des- de los juegos verbales hasta el léxico indí- gena que enrarece –y enriquece– el texto o el francés macarrónico que emplea en un largo trecho de Celebriedad. Siempre preo- cupado por la recreación de lugares o –me- jor– de atmósferas, Madrid cultiva lo mate- rial y no lo abstracto; y, si lo hace, es siem- pre una abstracción tangible: un concepto metamorfoseado en cosa, o en recuerdo de cosa. Muchas formas están presentes en
Todos los Madrid, el otro Madrid, aunque
siempre que garanticen la libertad expre- siva: no hay apenas escansión ni rima, ni poema estrófico alguno. Con el espíritu vo- raz y multitudinario que lo caracteriza, el poeta recurre al poema breve y al poema torrencial; al poema en prosa y al poema en verso; al monóstico y al versículo.
Levantar vuelo, que cierra el libro, es
un compendio significativo de la poesía de Edwin Madrid. Largo pero fragmentario, y ordenado en estrofas numeradas, de exten- sión variable, recorre todos los territorios del lenguaje, como un explorador sin prejui- cios ni limitaciones. Es un bildungsroman, pero también una road tale; es una historia
erótico-sentimental, pero igualmente una broma gongorina, una relativización o bur- la de los procedimientos retóricos. Cómico y monorrimo al principio («Tú eres mi amor,
mi dicha y mi tesoro; / irte es dejar mis días
sin el brillo del oro, / y es allí cuando el llan- to me causa atoro / pues cuerpo y mente en- tran en deterioro»), cobra después un tono nerudiano, épico-cívico: «Me veo acostado en mi tienda de viaje / y toda Latinoamérica entrevista desde el lomo / de los camiones a toda máquina. Las ruedas echando / chis- pas a velocidades inauditas, enredándo- se con los sueños, / girando y haciendo fla- mear la camisa de mis sueños. / Llegué a Tuluá, Riosucio, pasé por León. / Me detu- ve en Sonora, volví para Rosario, fui hasta / Arica, recorrí mi país de cabo a rabo y sé / de sus montañas, selvas, de sus indios y muje- res. / País maltrecho y saqueado como cada Estado / de América Latina». Levantar vue-
lo concluye, hasta el momento, una de las
más amplias y audaces líricas de Ecuador, y de toda Hispanoamérica, de las últimas dé- cadas, movida por una arraigada creencia en la necesidad de la poesía y en su carác- ter salvador.
De manera cinematográfica, a lo largo de cinco imaginadas secuencias, el escritor Leonardo Padura (La Habana, 1955) y el cineasta Laurent Cantet (Melle, Francia, 1961) desgranan su fructífera y gozosa ex- periencia común en un libro altamente re- comendable, pues nos demuestra cómo dos artistas pueden complementarse a la per- fección cuando el respeto, la admiración y el amor por dos lenguajes en principio dis- tintos presiden un proyecto común.
El punto de partida es La novela de mi
vida, uno de los textos más celebrados de
Padura. Con el exilio como eje argumen- tal de los dos periodos temporales que al- ternativamente estructuran la novela (el del poeta independentista cubano José María de Heredia y el de un profesor de la
Facultad de Letras de la Universidad de La Habana, Fernando Terry, que se queda en España aprovechando una salida al ex- terior), Padura levanta una obra plena de emoción e inteligencia. Dos pequeños frag- mentos del periodo contemporáneo de esta novela (reproducidos en la secuencia quin- ta del libro que comentamos), centrados en una reunión de viejos amigos en la te- rraza habanera donde se celebra el regreso de Fernando a la isla, dan pie al guión que Padura elabora para uno de los episodios de la película Siete días en La Habana (2012) y que se reproduce en la secuencia cuarta. Cantet, lector entusiasta de Padura, uno de los directores implicados en ese proyecto, se da cuenta de que el material dramático del que parte es tan rico («Una historia tan