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Short breaks: the rationale for excluding certain cases from the

Chapter 4 Methods

4.4 Short breaks: the rationale for excluding certain cases from the

El yodo. Efectos de su carencia: bocio, cretinismo

Es uno de los constituyentes de la hormona tiroidea

El yodo ha sido uno de los primeros oligoelementos cuya importancia capital se reconoció, y ello muy en especial en países montañosos, aislados del mar, como Suiza, algunas regiones del Medio Oriente, sudeste de Asia, del Himalaya, América Latina y América Central, etcétera. En efecto, el suelo de estas regiones es en determinados lugares muy pobre en yodo, elemento indispensable para el buen funcionamiento de la glándula tiroides y cuya carencia provoca la aparición de bocio. En Suiza, por ejemplo, la distribución del bocio, considerada endémica, ha coincidido con las zonas en las cuales la intensa erosión, producida después de la glaciación del cuaternario (hace diez millones de años), empobreció el suelo en yodo, elemento muy soluble y que es arrastrado con facilidad por las aguas del deshielo. Como los habitantes de ciertos valles poco accesibles han vivido de manera casi exclusiva de los productos de su suelo, se vieron sometidos a la influencia directa de la composición de éste. En las regiones en las cuales la tierra era particularmente pobre en yodo, aparecía el bocio en un niño de cada cinco. El bocio es un aumento del volumen de la tiroides, vinculado con una insuficiencia de su función.

Las personas afectadas por esta enfermedad experimentan una falta de crecimiento óseo y sufren por lo tanto de enanismo. Su piel es seca y edematosa y las facciones de su rostro son abultadas. Se parecen todos como hermanos, y tienen el aspecto de pertenecer a una raza particular. Se encuentran afectados de cretinismo. La deficiencia tiroidea se caracteriza por una reducción del metabolismo basal, y por ende, del conjunto de las combustiones corporales, así como de todas las funciones vitales, entre ellas la inteligencia.

De tal manera, un suelo pobre en yodo y una existencia vinculada en forma demasiado estrecha con ese suelo provocan una alteración profunda del organismo. Ha bastado con dar a los niños de esas regiones un miligramo de yodo por semana para que su crecimiento y su desarrollo se realizaran en forma normal y el bocio no apareciera.

El yodo es un metaloide presente en todos los vegetales. Las algas marinas contienen hasta 1 gramo por cada 100 gramos de peso seco. ¡De tal modo, 100 gramos de algas secas proporcionan 1.000 miligramos de yodo, cantidad suficiente para cubrir las necesidades de un hombre durante 20 años! Las plantas terrestres, en cambio, contienen un máximo de 0,04 miligramos por cada 100 gramos de peso fresco, o sea, 0,2 miligramos por cada 100 gramos de peso seco. Las más ricas contienen, por lo tanto, 5.000 veces menos, y las más pobres, 200.000 veces menos yodo que las algas marinas. Una ración cotidiana normal de 2 kilogramos de frutas y legumbres no cubre, entonces, la necesidad del organismo.

En los animales, el yodo está presente en todas las células. Nuestro cuerpo contiene, normalmente, de 20 a 50 miligramos, de los cuales el 20 al 40 por ciento se encuentran en la tiroides, que apenas pesa 20 gramos. En tanto que en el resto del organismo la concentración de yodo es de 0,05 miligramos por kilogramo, en la tiroides, es de 500 miligramos por kilogramo, o sea, 10.000 veces mayor.

El yodo forma parte de las hormonas tiroideas que controlan las oxidaciones celulares, el crecimiento y el desarrollo físico y mental. Sin hormonas tiroideas, todas las funciones se tornan más lentas. Un aporte de 0,1 a 0,2 miligramos (100 a 200 gammas) de yodo por día es necesario para la producción normal de esas hormonas.

Se ha calculado que en una región del cantón de Berna, donde el bocio es frecuente, la ración alimenticia cotidiana sólo contiene 13 gammas de yodo, es decir, la décima parte, en promedio, del aporte normal.

Un suplemento moderado de yodo aumenta la vitalidad. Un exceso de yodo se vuelve tóxico por sobreactivación de la tiroides. Los veterinarios han comprobado que un pequeño aumento de yodo en el forraje de la vaca provoca un aumento de la producción de leche en un 50 por ciento, y que las gallinas que recibían algo de yodo, producían, con muy poco alimento, huevos más grandes.

Las mejores fuentes alimenticias de yodo son los frutos y los pescados de mar, el aceite de hígado de bacalao y las algas marinas.

El flúor. Efecto de su carencia: osteoporosis

Desempeña un papel en la mineralización de los tejidos duros.

El flúor (F) figura en el decimoséptimo lugar en el orden de abundancia de los constituyentes de la corteza terrestre. Se encuentra en todas las rocas volcánicas. El agua de mar lo contiene en la proporción de 1 miligramo por litro. Es un elemento de elevada toxicidad, del cual, sin embargo, algunos vestigios resultan indispensables para la vida.

El flúor es detectable en todos los tejidos y líquidos de los seres vivientes. El plasma sanguíneo contiene 28 gammas por 100 mililitros, y el cuerpo humano, 800 miligramos en total. Su presencia en forma de vestigios es necesaria para la mineralización normal de los tejidos duros. En los animales, su concentración es muy elevada, en particular en los huesos y los dientes, que contienen el 95 por ciento de todo el flúor del organismo. Lo mismo que el plomo, este elemento tiene la propiedad de depositarse de manera más o menos definitiva en esos órganos, que a lo largo de los años se enriquecen cada vez más con él. Si se suprime el aporte de flúor, los huesos, a pesar de ello, conservan durante mucho tiempo una concentración elevada. El flúor activa la síntesis del colágeno, o dicho de otro modo, de la trama fibrosa cuya formación precede a la calcificación y que constituye la primera etapa de la reparación de las fracturas.

La osteoporosis senil es una afección causada por el empobrecimiento paulatino del esqueleto en colágeno y en calcio; se traduce por una gran fragilidad ósea y ocasiona la clásica fractura del cuello del fémur como consecuencia de traumatismos mínimos y deslizamientos vertebrales con disminución de la talla. Se observa con mucha más frecuencia en las regiones pobres en flúor que en las que son ricas en este elemento. Por lo tanto, se ha llegado a tratar esa afección mediante el aporte de fluoruro de sodio (40 miligramos por día, de los cuales es retenido alrededor del 30 por ciento).

La calcificación de la aorta, más frecuente en el hombre que en la mujer, es testimonio de una aterosclerosis grave. Entre los habitantes de las regiones ricas en flúor, esta calcificación es menos frecuente. Parecería, pues, que el flúor contribuye a conservar el calcio en los tejidos duros del organismo -dientes y huesos-, e impide su fijación en los tejidos blandos. Por otra parte, tiene la propiedad de acumularse en esas calcificaciones patológicas, donde su tasa puede llegar hasta diez veces más que el tenor tisular normal.

Bajo la influencia de un aporte de flúor, la pérdida de calcio con la orina disminuye y el nivel de fosfatasa alcalina aumenta como testimonio del predominio de la fijación del calcio sobre su absorción. La neoformación ósea, provocada por un aporte importante de flúor, no es, sin embargo, fisiológica. De 20 a 30 miligramos de flúor ingeridos todos los días durante diez a veinte años alteran el esqueleto en el cual se fija: la densidad ósea aumenta, las inserciones tendinosas y los ligamentos articulares se osifican y los cartílagos se calcifican. El resultado de ello son rigideces, compresiones nerviosas y deformaciones invalidantes y dolorosas a nivel de las vértebras. Los huesos contienen entonces más de 0,6 por ciento de flúor (concentración normal: entre 18 y 35 años: 0,094 a 0,27 gramos por 100 gramos de sustancia fresca). Esas intoxicaciones crónicas han sido observadas en obreros que trabajaban en acerías y en fábricas de aluminio, de fertilizantes y de tejas, pero también en ciertas regiones de la India y de América, bajo la acción combinada de una tasa elevada de flúor en el agua de la bebida, el calor del clima, la desnutrición general y el consumo de sal marina y de grandes cantidades de té, producto rico en flúor (10 miligramos por 100 gramos).

El hombre lo recibe principalmente con el agua, los pescados y los frutos de mar, el té, la cerveza, las menudencias, las espinacas, el perejil y la zanahoria. Se concentra en la cáscara de las patatas, que contiene 100 veces más que la carne.

A principios de este siglo, el fluoruro de sodio se utilizó para la conservación de los productos alimenticios y luego esta práctica se abandonó a causa de la toxicidad de esa sustancia.

Necesidad: en Suiza, el aporte alimentario promedio del flúor se calcula en 0,5 miligramos por día.

La ingestión de magnesio acrecienta la excreción fecal del flúor. En la rata, la administración de flúor aumenta la biosíntesis de la vitamina C. Este elemento ejerce, además, una acción sobre la hipófisis, y la carencia de flúor provoca una disminución de la reproducción.

Toxicidad: de 5 a 10 gramos de fluoruro de sodio tomados de una vez provocan una intoxicación aguda mortal, con gastroenteritis hemorrágica y nefritis tóxica, pero tales envenenamientos han sido observados también después de la absorción de sólo 0,2 a 0,7 gramos. Dosis menos elevadas, pero todavía muy altas, provocan una alteración del metabolismo de los hidratos de carbono, al bloquear la actividad enzimática, y daño miocárdico y hepático.

En dosis fisiológicas, entre tanto, el flúor activa a la adenilciclasa, enzima indispensable para el desarrollo normal de diversos metabolismos hormonales.

Se sabe que la caries dental es una enfermedad degenerativa que adquiere proporciones catastróficas entre los pueblos denominados civilizados. Se observó que la absorción de agua que contiene una parte de flúor por millón, es decir, un miligramo por litro, hace que la caries dental en los niños pequeños, resulte menos frecuente. A los cinco años la protección puede llegar del 50 al 60 por ciento, pero por desgracia esa proporción disminuye con la edad y es sólo del 20 al 50 por ciento en los niños de diez años y aún menor en la adolescencia.

Según Ch. Leimgruber, en Norteamérica, el flúor no hace otra cosa que retardar la aparición de las caries. Diez a quince años después, los niños tratados tienen tantas caries como los otros: todavía se discute acerca de la utilidad de la administración sistemática de flúor a los niños. Es necesario que el flúor no sea aportado en dosis excesivas. La primera señal de sobredosificación es la aparición en los dientes de manchas blancas opacas, como de porcelana, que se producen cuando el aporte cotidiano llega a los 2 miligramos. Después, estas manchas empalidecen y se forman en su lugar excavaciones.

La mejor protección contra la caries (60 por ciento) parece haberse obtenido con 1 miligramo de flúor por día. En el esmalte forma la fluoroapatita, más resistente a la acción disolvente de los ácidos que la hidroxiapatita, a la cual reemplaza. El esmalte normal contiene 0,01 por ciento y la dentina 0.02 por ciento de flúor. Entre los niños tratados en forma óptima ese valor se duplica, y el esmalte se vuelve más duro, pero también más quebradizo.

Para luchar contra la caries dental, el cantón de Zurich introdujo en el mercado, en 1955, sal que contenía 200 miligramos por kilogramo de fluoruro de sodio (es decir, 90 miligramos de flúor), y ello además de los 10 miligramos de yoduro de potasio destinados a la prevención del bocio. El cantón de Vaud agrega desde 1968, en forma de fluoruro de potasio, flúor a la totalidad de la sal de cocina proporcionada a la población, y esto a razón de 100 miligramos por kilogramo de sal. De tal modo se obtiene un enriquecimiento del pan en flúor: 1 kilogramo de pan contiene normalmente 20 gramos de sal, es decir, 2 miligramos de flúor. De tal modo se espera asegurar un suplemento alimenticio de 1 miligramo de flúor por habitante.

En Basilea se practica una fluoración del agua con silicofluoruros. Esta práctica parece no influir en el tenor de flúor en las legumbres: en efecto, un riego intensivo no aporta más de 200 litros de agua por metro cuadrado y por año; además, se produce un lavado de arrastre por la lluvia. El esmalte dental tiene también la propiedad de enriquecerse en flúor a partir de la saliva, a pesar del muy débil tenor de ésta última en flúor, y de ahí el empleo de pastas dentífricas fluoradas.

En lo que se refiere a la caries dental, remitimos al lector a los trabajos de Weston Price, quien comprobó que la vuelta a la alimentación sana y equilibrada detenía la formación de nuevas caries entre sus pacientes. Estos trabajos fueron reanudados en nuestros días, en Alemania, por el odontólogo Johann Georg Schnitzer, con el mismo resultado. Mis pacientes que adoptaron la alimentación que les recomiendo también pudieron comprobar, por sus odontólogos, una estabilización de su dentadura.

Es posible pensar que, bajo la influencia de nuestra alimentación moderna, deficiente, rica en azúcar refinado, la composición de la saliva se modifica. Un precipitado calcáreo -el tártaro- se forma alrededor de los dientes y alberga los microbios destructores del tejido dental. La saliva normal es rica en lisosima, sustancia que ataca y destruye a los microorganismos. ¿Qué ocurre con la saliva de quienes se alimentan mal?

El cromo. Efectos de su carencia: diabetes del hombre de edad. Cataratas. Arteriosclerosis

Activa la insulina

El cromo (Cr) es un oligoelemento esencial. Por un lado el organismo contiene de 10 a 20 miligramos en forma inorgánica de iones trivalentes en los núcleos celulares, y por el otro, el cromo se halla incorporado a una molécula orgánica muy activa, denominada "factor de tolerancia a la glucosa", o FTG.

Una misma estructura cíclica, llamada "núcleo de porfirina", forma parte de la clorofila verde, si tiene magnesio y de la hemoglobina roja si tiene hierro en su centro; de la vitamina B12 si tiene cobalto en su centro, y del FTG si tiene en su centro cromo, sustancias biológicas todas ellas de primerísima importancia.

Fórmula del núcleo de porfirina

El cromo se deposita en el hígado en forma de FTG.

Después de la absorción de hidratos de carbono, el nivel de cromo aumenta en la sangre paralelamente al de la insulina y disminuye con ella. Este aumento no ocurre en el diabético. El FTG no puede reemplazar a la insulina, pero ésta es en todo sentido ineficaz en su presencia sobre los receptores insulínicos de las superficies celulares. En esos lugares, la molécula de insulina reacciona con el cromo (por medio de sus puentes de disulfuro) y se vuelve activa. El cromo acentúa, además, el efecto de la insulina sobre la conversión de la glucosa en grasa, dado que la deja en reserva. Algunas diabetes de las personas de edad avanzada se caracterizan por un exceso de insulina inactiva en la sangre y por una disminución de la tolerancia a la glucosa, acompañados a menudo por un peso superior al normal. Se debería a una falta de cromo activo (FTG) en el organismo.

La carencia de cromo activo no favorece sólo a la diabetes del anciano, sino también la arteriosclerosis vinculada con la hiperinsulinemia. Según todas las probabilidades es un factor esencial en la génesis de esas enfermedades. En efecto, las ratas que reciben una alimentación artificialmente empobrecida en cromo presentan trastornos del metabolismo muy semejantes a los de una diabetes.

El cristalino necesita glucosa para mantenerse normal. Para que pueda hacerlo, es indispensable la insulina activada por el cromo. Los estudios han revelado una insuficiencia de cromo en las personas aquejadas de cataratas, y los experimentos en animales demostraron que una carencia de cromo provoca a largo plazo la aparición de opacidad del cristalino y en ocasiones de la córnea.

El FTG es indispensable para el crecimiento normal del feto; este factor atraviesa la placenta, no así las sales de cromo inorgánicas.

La ingestión de hidratos de carbono va acompañada de una liberación de FTG a partir del hígado. Luego es metabolizado por los riñones, y el cromo se elimina en forma de sales inorgánicas con la orina. La pérdida de cromo es de 10 a 40 gammas por día; debe ser compensada en forma de FTG (presente en la pimienta negra, el germen de trigo, el queso, el hígado, los riñones, los cereales integrales, el azúcar de remolacha o de caña, la melaza). El FTG es absorbido en un 20-25 por ciento en el intestino y el cromo inorgánico sólo en un 9,5 por ciento.

La levadura de cerveza es muy rica en cromo biológicamente activo (FTG). Sería una fuente ideal, a no ser por su tenor elevado de ácidos nucleicos; 10 a 20 gramos de levadura de cerveza por día bastan para elevar en proporciones indebidas la concentración de ácido úrico en sangre, con el riesgo consiguiente de gota.

La necesidad global de cromo -entre 0,1 y 0,3 miligramos por día- sería cubierta con facilidad por una alimentación equilibrada, excepto por la práctica desmedida de la refinación de nuestros alimentos básicos. La harina integral y el azúcar de caña o de remolacha son los únicos alimentos vegetales que contienen cantidades importantes de FTG activa. La harina blanca y el azúcar refinado casi no lo contienen. Su consumo favorece, pues, la aparición de la diabetes y de las cataratas.