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viajes por el país. Es claro, por tanto, que es mejor que la propiedad sea privada, pero para su utilización que se haga común. El modo de tal realización, eso es tarea propia del legislador. Además, desde el punto de vista del placer, es indecible cuánto importa considerar algo como propio. Pues no en vano cada uno se tiene [1263 b] amor a sí mismo, y ello es un sentimiento natural. Se censura con razón el egoísmo, pero esto no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo que se debe, como el caso del amor al dinero, ya que todos, por decirlo así, aman cada una de estas cosas. Por otro lado, el hacer favores y ayudar a los amigos, huéspedes o compañeros es la cosa más agradable, y esto solo se hace si la propiedad es privada. Estos placeres ciertamente no se dan si se hace la ciudad demasiado unitaria, y además se destruye evidentemente la práctica de dos virtudes: la continencia respecto de las mujeres (pues es una bella acción abstenerse de la m ujer ajena por continencia) y la generosidad en el empleo de las propiedades, ya que nadie podrá mostrarse generoso ni realizar ninguna acción generosa, pues en el uso de los bienes se ejercita la generosidad.

Así pues, tal legislación podría parecer atractiva y filantrópica; el que oye hablar de ella la acoge contento creyendo que habrá una amistad admirable de todos para con todos,5 especialmente cuando se critican los males actuales que existen en los regímenes, en la idea de que se han producido por no haber comunidad de bienes; me re­ fiero a los procesos de unos contra otros por los contratos, juicios por falso testimonio, y adulaciones a los ricos. Pero nada de esto ocurre por la falta de com unismo, sino por la maldad de los hombres, pues­ to que vemos que los que tienen sus propiedades en común y parti­ cipan de ellas discrepan mucho más que los que tienen los bienes separados; pero observamos que son pocos los que tienen litigios por los bienes de la com unidad, si los comparamos con los muchos liti­ gios de los que poseen propiedades privadas.

5. Probablemente, Aristóteles se refiere a los predicadores cínicos, los cua­ les debieron de aceptar con entusiasmo ciertas páginas de Platón muy acordes a su ideología.

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Adem ás, es justo no hablar solo de cuántos males se suprimirían con la práctica comunista, sino también de cuántos bienes se verán privados. Se ve claro que la vida será totalmente imposible. Y la cau­ sa del error de Sócrates es necesario pensar que está en la incorrec­ ción de su hipótesis: la casa y la ciudad deben ser unitarias en cierto sentido, pero no totalmente. Progresando en esta tendencia, en efec­ to, puede dejar de ser ciudad, o podrá serlo, pero una ciudad que casi no lo es, una ciudad de rango inferior, como si se hiciese de la sinfo­ nía una hom ofonía, o del ritmo un solo pie. Pero siendo una m ulti­ plicidad, como se ha dicho antes, hay que hacerla una y común m e­ diante la educación. Y es absurdo que el que se dispone a introducir la educación y cree que mediante ella la ciudad llegará a ser digna, piense enderezarla con tales medios, y no con las costumbres, la filo­ sofía y las leyes, de la m isma manera que en Lacedem onia y en C re­ ta el legislador [1264 a] estableció la com unidad de bienes en las co­ midas en común.6

N o hay que desconocer tampoco que debe tenerse en cuenta el largo tiem po y los m uchos años en que no habría pasado desaper­ cibido, si tal solución fuera buena; casi todo está ya descubierto, pero algunas ideas no se han recogido, y otras, aunque se conocen, no se ponen en práctica. Pero, sobre todo, resultaría claro si uno pudiese ver realmente tal régim en organizado. Pues no se podrá hacer la ciudad sin d ivid ir y separar a los ciudadanos, ya para las com idas en com ún, ya en fratrías y tribus. De modo que de lo le­ gislado no resultará ninguna otra cosa excepto que los guardianes no cultiven la tierra. L o cual intentan también ahora im plantar los lacedemonios.

Por otra parte, tampoco ha dicho, ni es fácil de decir, cuál es la modalidad de régimen en conjunto para los que viven en com uni­ dad. A unque casi la totalidad de la ciudad está form ada por la m ul-

6. Una de las razones por las que se introdujeron las comidas en común, llamadas «sisitias», fue la voluntad de influir en los caracteres de sus partici­ pantes.

Iai critica a Platón 1K5

titud de los demás ciudadanos, acerca de los cuales no se ha definido nada: ni si las posesiones de los agricultores deben ser comunes, o cada uno las suyas, ni tampoco si sus m ujeres e hijos han de ser pri­ vados o comunes. Porque si todas las cosas son comunes a todos de la misma manera, ¿en qué se diferenciarán estos de aquellos guardia­ nes? ¿Q ué ventaja tendrán los sometidos al m ando de estos últimos? ¿Con qué pretexto se someterán al mando, a no ser que se Ies emplee algún procedimiento hábil, como el de los cretenses? Estos conceden a sus esclavos sus mismos derechos, y solo les prohíben los ejercicios físicos y la posesión de armas.

Pero si tales cosas son para los agricultores como en las demás ciudades, ¿cuál será el carácter de esa com unidad? H abrá necesaria­ mente dos ciudades en una misma, y estas contrarias entre sí, pues de un lado, hace a los guardianes como defensores, y, de otro, a los agri­ cultores, artesanos y demás ciudadanos.

Denuncias y procesos y cuantos otros males reconoce que existen en las ciudades, todos existirán también entre ellos. A unque Sócrates dice7 que no necesitarán muchas leyes, a causa de su educación, por ejem plo las relativas a la policía urbana, a los mercados y otras seme­ jantes, sin embargo solo da educación a los guardianes. Adem ás hace a los agricultores dueños de sus propiedades mediante el pago de un tributo; pero, como es lógico, serán más difíciles de m anejar y esta­ rán llenos de más pretensiones que en ciertas ciudades los hilotas, los siervos y los esclavos. Pero si estas cuestiones son igualmente necesa­ rias o si no, hasta ahora no se ha definido nada, ni tampoco sobre cuestiones conexas: cuál será su gobierno, su educación y sus leyes. N o es problema fácil de descubrir, ni tampoco de poca importancia, cuáles sean las clases subordinadas para conservar segura la com uni­ dad de los guardianes.

11264 b] Y si se establece la com unidad de m ujeres y la propiedad

privada, ¿quién adm inistrará la casa, como los hombres los trabajos del campo? ¿Y si son comunes las propiedades y las mujeres de los

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agricultores? Es absurdo deducir de la comparación con los animales que las mujeres deben ocuparse de las mismas cosas que los hombres, porque los animales no tienen que adm inistrar la casa. Y es arriesga­ do establecer las magistraturas como lo hace Sócrates:8 los gobernan­ tes son siempre los mismos, y eso llega a ser causa de sediciones incluso entre los hombres que no poseen ningún relieve, y mucho más entre hombres impulsivos y belicosos. Que se ve obligado a que ejerzan las magistraturas, es evidente, pues el oro que procede del dios no está mezclado unas veces en las almas de unos y otras veces en las de otros, sino siempre en las de los mismos. Dice que en el mismo momento de su generación, el dios mezcla en unos oro, en otros plata, y bronce y hierro en los que han de ser artesanos y agricultores.

Adem ás, aunque suprime la felicidad de los guardianes, afirm a que el legislador debe hacer feliz a la ciudad entera. Pero es imposi­ ble que sea feliz toda, si la m ayoría o no todas sus partes o algunos no poseen la felicidad. Pues el ser feliz no es lo mismo que ser par: esto puede existir en el todo, sin existir en ninguna de sus partes; en la felicidad es imposible. Por otra parte, si los guardianes no son felices, ¿qué otros lo son? Ciertam ente, no existir en el todo, sin existir en ninguna de sus partes; los artesanos ni la m uchedum bre de los obre­ ros manuales. A sí pues, el gobierno del que Sócrates ha hablado tie­ ne estas dificultades y otras no menores.

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LA CRÍTICA A LAS «LEYES»

Especialmente interesante es la crítica de Aristóteles a las Leyes, el último diálogo de Platón, en el que este renuncia a la ciudad ideal concebida en la República para describir la mejor constitución o régimen político posible. Aristóteles se siente muy próximo a la doctrina de las Leyes, si bien critica algunos aspectos, como el número excesivo de habitantes que prevé para la ciudad, la extensión de la propiedad y la falta de una limitación de los na-

cimientos. Aristóteles acerca el tipo de constitución que Platón propone en este diálogo a lo que él llam a politia (o «república»), esto es, una constitu­ ción que es una m ezcla de oligarquía y dem ocracia, aunque critica a P la­ tón y asegura que este la habría concebido com o una m ezcla de dem ocra­ cia y tiranía.

El texto que sigue procede de Política, op. cit., cap. 6, págs. 103-110.

6. Y más o menos sucede lo mismo respecto a las Leyes, escritas más tarde; por eso es m ejor también hacer un breve examen sobre el ré­ gim en en ellas propuesto. De hecho, en la R epública, Sócrates sobre pocas cosas ha dado precisiones completas: sobre cómo se debe esta­ blecer la com unidad de mujeres e hijos, la propiedad y la ordenación del régimen político. D ivide, en efecto, la multitud de habitantes en dos partes: una la de los agricultores, y otra, la de los defensores, y de estos últimos saca una tercera, la que delibera y es soberana de la ciudad.9 Sobre los agricultores y los artesanos, Sócrates no ha preci­ sado en absoluto si participan de alguna m agistratura o de ninguna, y si también ellos deben poseer armas y participar en la guerra o si no. Pero piensa que las mujeres deben participar en la guerra y com­ partir la misma educación que los guardianes. El resto de la obra está lleno de explicaciones ajenas al tema y acerca de la clase de edu­ cación que debe darse a los guardianes.

[1265 a] Las Leyes, en su m ayor parte, son, justamente, leyes; poco se dice en ellas del régimen político, y aunque quiere hacerlo más adaptable a las ciudades actuales, poco a poco lo reconduce de nuevo a la otra R epública. Aparte de la com unidad de las mujeres y de la propiedad, en lo restante asigna las mismas disposiciones a am ­ bos regímenes: la educación es la mism a, y la vida libre de los traba­ jos necesarios, y acerca de las comidas en común igualmente, excep­ to que en las Leyes dice que deben existir comidas en común también