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La revolución debía aportar, también en el campo económico, las bendiciones de la libertad. Aunque sus beneficios no hubiesen sido acompañados por inesperados inconvenientes, aunque su aplicación hubiese sido más constante y sincera, no se ve cómo el triunfo del libe- ralismo económico hubiese bastado para borrar las consecuencias ne- gativas que el mismo proceso revolucionario comportaba. ¿Cuáles eran esas consecuencias? En primer término la mutilación y fragmentación del hinterland comercial de Buenos Aires; en segundo lugar la transfor- mación profunda del comercio ultramarino, colocado ahora bajo el sig- no de la hegemonía británica. Y habría que añadir aun el peso de un fisco empobrecido y exigido de nuevos esfuerzos por la guerra, la gravi- tación creciente que alcanzaban sobre toda la economía las necesidades financieras de un estado lanzado por las circunstancias a una agresiva mendicidad.

mutilación y fragmentación del espacio económico virreinal

La revolución comenzó a mutilar el hinterland comercial que la geogra- fía y la política borbónica habían creado para Buenos Aires: desde 1810 comienza a faltar en él una pieza esencial, que es el Alto Perú, en manos realistas hasta 1825, salvo dos breves paréntesis, el primero en 1810-1811 y el segundo en 1814-1815. Quedaba así cerrada la ruta del norte, que ha- bía sobrevivido anteriormente a los más variados cambios coyunturales. Todo el Interior mercantil, crecido sobre esa ruta, sufrió de inmediato las consecuencias; he aquí a un mercader de Jujuy, don José Rodrigo y Aldea, que ha partido en 1811 para un viaje de los tantos que hacía por el Altiplano, a donde llevaba productos del Tucumán y de donde traía tucuyos y otras telas baratas. Aferrado por la tormenta, ya no volverá a su ciudad; las escuetas notaciones de su libro de gastos1 nos lo muestran

errante por el Alto Perú, fugitivo a caro precio de los ejércitos patriotas, recalado finalmente en el sur de Chile, empeñado en vagos tráficos para proveer de paraguas a las tropas realistas. Sin duda, un destino fuera de serie; pero también los que han quedado de este lado de la línea de ba- talla sienten muy duramente las consecuencias de la ruptura, reflejadas por ejemplo en las cifras constantemente decrecientes que para el co- mercio de efectos ultramarinos registran los libros de alcabalas de Salta; esta es una de las razones por las cuales la revolución y la guerra fueron recibidas en las ciudades del norte, sobre todo por las clases acomoda- das, con sentimientos contradictorios.

Indudablemente la ruptura no podía ser total; el poder realista en el Alto Perú –sobre todo desde que estuvo representado por el gene- ral Olañeta, emparentado con viejas familias salteñas y ansioso de hacer fortuna– estaba dispuesto a tolerar e ignorar; una tradición persistente en Salta afirma que también la resistencia local halló en parte recursos gracias a la tolerancia no gratuita del tráfico clandestino. Aún en 1824 un testigo poco complaciente, el futuro general Paz, podía dejarnos en sus

Diarios de marcha una imagen incisiva del grupo mercantil tucumano, más

ansioso de ganar la benevolencia de las autoridades realistas altoperua- nas que de testimoniar fervor patriótico; en plena calle podía verse cómo se cargaba un piano destinado (no era secreto) a la esposa de Olañeta, como tributo de un comerciante tucumano para ganar la protección dis- creta de su poderoso marido.2 Pero, detrás de los comerciantes, eran

todas las fuerzas económicas regionales las que buscaban salvar algo de esa vinculación altoperuana; no sólo por venalidad o por falta de espíritu patriótico los gobernantes locales toleraban el tráfico con el enemigo.

Dicho tráfico alcanzó bastante intensidad para dar vida a una ruta antes poco transitada –la de los Despoblados– que atravesaba Salta al oeste de la tradicional; el mismo Paz pudo advertir cómo había crecido la actividad comercial en las aldeas catamarqueñas de donde esa ruta partía.3 Pero sin duda no fue suficiente para paliar las consecuencias de

la interrupción del comercio lícito. Si bien es imposible medir la inten- sidad del tráfico clandestino, las consecuencias de su insuficiencia son sin embargo perceptibles; y esto no sólo en el sector más directamente vinculado con el comercio altoperuano.

La primera de esas consecuencias fue la escasez de metálico; más allá de la línea de ruptura cuyo cruce era azaroso, el Potosí sufría por su parte las consecuencias de la guerra: en los quince años posteriores a 1810 la producción de plata sufrió una disminución muy grave; la re- cuperación posterior a 1825 no iba a devolverla al nivel de las últimas

décadas coloniales.4 El Interior, esa zona de tránsito entre los dos polos

de la economía virreinal, se transforma en un callejón sin salida; por mo- desto que sea su nivel de consumo de productos ultramarinos (y, como veremos enseguida, el nuevo estilo comercial tendía a aumentarlo) basta para provocar la emigración de la moneda que no hace sino continuar, con la fuente cegada, el flujo de metálico que en los años virreinales había cruzado ininterrumpidamente el Interior. La escasez de moneda lleva a su apreciación local, que explica el entusiasmo provocado por las tentativas de acuñación provincial en el Interior; en Mendoza, en 1823- 1824, es una suerte de manía la que invade a los dueños de objetos de plata, ansiosos de enviarlos a la recién fundada casa de moneda.5 Pero

esa apreciación local es consecuencia de la que encuentra en Buenos Ai- res la moneda de plata; el puerto emisario de la economía metropolitana atrae hacia sí –más todavía que hasta 1810– el circulante. En ese Interior de moneda escasa las aventuras monetarias de los gobiernos provinciales no sólo despiertan la esperanza de los que les entregan confiadamente la vajilla familiar: sus pésimas acuñaciones, inocultablemente defectuo- sas, logran difundirse más allá del ámbito de la fuerza política que las respalda. Desde fines de la primera década revolucionaria es la moneda salteña, “moneda de Güemes”, la que invade todo el norte. Cuando estos rústicos discos demasiado ricos en cobre sean retirados por disposición del gobierno central, se los encontrará difundidos hasta los llanos rio- janos y hasta Santiago del Estero.6 El ejemplo de Güemes será seguido

por su rival tucumano Aráoz; sus “pesetas federales” de un inequívoco tono cobrizo avanzan también triunfalmente por ese de sierto moneta- rio. En todas partes se las persigue; los fiscos provinciales, sobre todo, encuentran inaceptable recibirlas por el valor que pretenden tener. Pero también se las imita: Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, realizará una guerra implacable contra la moneda tucumana; una vez que ha lo- grado eliminarla de la provincia, funda él también una ceca que emplea los vasos sagrados de la iglesia mercedaria como escasa materia prima, enriquecida de nuevo con cobre. Y por otra parte, el retiro de la mone- da rival se realiza de un modo muy curioso: el cabildo santiagueño, tras descubrir que tiene en sus arcas demasiada moneda federal, renuncia –obedeciendo a las nuevas prohibiciones– a devolverla a la circulación en la provincia, pero se dispone a venderla en bloque a un comerciante dispuesto a gastarla allí donde aún es recibida.7 A medida que avanza la

segunda década revolucionaria las acuñaciones se hacen más frecuen- tes. En Mendoza, cuya ceca produce moneda particularmente pobre en plata, el gobierno tropieza bien pronto con la rivalidad de un equipo

de falsificadores al parecer sólidamente arraigado en la economía local. Pero ese frenesí acuñador se apaga lentamente en la segunda parte de la década del veinte; aun la ceca de La Rioja, dotada sin embargo de las ven- tajas que proporcionaba una fuente de mineral, alcanzó un bajo ritmo de actividad. Es que desde 1825 volvía a estar abierta la ruta altoperuana; en el viejo baluarte realista las victorias habían erigido la República de Bolivia… Para el Interior –y salvo interrupciones que tampoco aquí falta- ron– lo peor había pasado. Pero después de 1825 las relaciones entre el Alto Perú y el resto del antiguo virreinato no se habrían de reconstruir sobre las líneas heredadas de la colonia: el altiplano (del mismo modo que Chile) ha escapado a la órbita atlántica en que lo había instalado la política borbónica; a la espera de que reviva la ruta de Panamá, es utili- zada por la navegación ultramarina la del Cabo de Hornos, cuyos peli- gros potenciales para la hegemonía porteña habían sido ya advertidos en tiempos prerrevolucionarios, y Valparaíso se transforma en el centro del comercio británico para el Pacífico Sur; los pequeños puertos del sur del Perú –y en primer término Arica– se transformaron en tributarios de la plaza chilena, y a través de ellos es firmemente captado por la vertiente del Pacífico el comercio ultramarino de Bolivia.

El Interior será entonces para Bolivia proveedor de ganados y de al- guna otra producción local; no será ya el intermediario entre el altipla- no minero y Buenos Aires, emisaria de la economía metropolitana. Los más avisados comerciantes porteños advirtieron muy bien que no les era posible volver a dominar desde el puerto atlántico a la que había sido parte principal de su zona de influencia: en 1829 encontramos que la más poderosa casa comercial porteña, la de Lezica, ha abierto sucursales en Valparaíso y Arica. Pero esta iniciativa, acaso excesivamente audaz, implicaba entrar sin las ventajas que daba el arraigo local, en concurren- cia con el aparato comercial británico directamente vinculado con los nuevos centros exportadores. El Alto Perú está perdido para siempre para los grandes comerciantes porteños.

Y la rivalidad comercial de Valparaíso amenaza aún su predominio en comarcas menos remotas. A fines de la segunda década revolucionaria, un mercader de fuerte giro como Miguel Burgoa –activo desde Mendoza y San Juan hasta Catamarca y Santiago del Estero– lleva por todas estas provincias telas inglesas que compra en Chile.8 Hacia la misma época, en

un Interior implacablemente marginado por la renovación de las rutas mercantiles, un comandante de la frontera cordobesa, Manuel López, necesitado de una droga que falta en las farmacias de Córdoba, vuelve muy característicamente los ojos a Santiago antes que a la más cercana

Buenos Aires: solicita a su colega mendocino que la haga comprar más allá de los Andes.9 Y en 1835, el peligro de una disgregación del área

económica, ya mutilada por la crisis revolucionaria, es una de las razones que mueven a Rosas a prestar alguna atención a las exigencias de las pro- vincias interiores en la Ley de Aduanas para 1836.

En las provincias interiores termina por establecerse un equilibrio en- tre las influencias rivales de Valparaíso y Buenos Aires, a la espera de que luego de 1852 la salida atlántica reconquiste su total predominio. Mientras tanto, los peligros de limitación creciente del hinterland comer- cial porteño son acrecidos por la fragmentación de ese espacio econó- mico. Esta no se debe tanto a la retracción –que sería esperable– del Interior, dificultad de participar en el ciclo del comercio mundial por la fragilidad de su economía, de la que la penuria monetaria no era sino un síntoma; por el contrario, pese a todas las dificultades, el Interior no puede resistir a la presión importadora acrecida por la renovación de las estructuras comerciales luego de la revolución. La fragmentación econó- mica está más directamente vinculada con la fragmentación política (y sólo a través de ella con otras innovaciones de la economía). También en este aspecto, si bien no podemos decir que la política tuerza el rumbo de los procesos económicos, sí podemos afirmar que aparece por lo menos gobernando su ritmo de avance.

Bien pronto comienzan a aparecer en el campo revolucionario nuevos centros de poder político, rivales del de Buenos Aires; la primera década revolucionaria estará signada por la rivalidad entre la capital virreinal y el Litoral artiguista; la apertura de la segunda década estará marcada por una fragmentación aún más extrema: ni la vencida y humillada Buenos Aires ni el Litoral empobrecido y despojado de sus jefes más decididos, debilitado además por la disensión interna, eran ya capaces de mantener el control sobre el Interior; sólo luego de un complejo ciclo de guerras civiles la hegemonía porteña podría volver a afirmarse luego de 1841, y aun entonces no sin enfrentar nuevas oposiciones armadas.

Mientras tanto, las disensiones políticas iban acompañadas nece- sariamente de efectos comerciales. Las tierras artiguistas de la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes –aún privadas de su salida alternativa de Montevideo– buscan prescindir del intermediario por- teño para su comercio ultramarino; las provincias federales quieren golpear a Buenos Aires mediante prohibiciones de intercambio y clau- sura de puertos. Medidas intermitentes sin duda; en primer término, porque así son las rupturas totales con la metrópoli revolucionaria; en segundo lugar, porque también las tierras dominadas por el Protector

de los Pueblos Libres sufren duramente las consecuencias de la ruptura comercial.10

Al alcanzar a Santa Fe, la disidencia artiguista comienza a gravitar sobre el comercio con el Interior. El deterioro en la defensa de la frontera indí- gena en los tiempos revolucionarios hará peligrosas las rutas alternativas a la tradicional que en las últimas etapas virreinales habían conocido una expansión de tráfico: la del sur, que bordeando la frontera meridional comunicaba directamente a Buenos Aires y Cuyo: la de los Porongos que, en peligrosa cercanía de la frontera del Chaco, comunicaba a Santa Fe con Santiago del Estero. Con ello se devolvía la casi totalidad del tráfico comercial a la ruta cordobesa; esto significaba que apenas alcanzaban in- tensidad suficiente las alteraciones políticas en esa provincia o en Santa Fe, aislaban por entero a Buenos Aires del Interior. Ya en la primera década revolucionaria comienzan las clausuras, que luego se reiterarán cíclicamente; tienen como consecuencia la reunión de centenares de ca- rretas a un lado y otro del Arroyo del Medio, a la espera de un retorno así fuese temporario de la paz. Así ocurrió en 1820, con gran alarma del go- bernador Bustos;11 así volvió a ocurrir en 1828-1829, luego que Lavalle se

alzó con el poder en Buenos Aires. En 1830, prudentemente, tanto Rosas como Paz prefirieron esquivar la ruptura comercial, y sólo en sus últimas etapas la guerra civil entre la Liga Federal y la del Interior alcanzó esa extrema consecuencia. Pero esta volvió a darse en 1835-1836 (ruptura con los Reinafé, dominantes en Córdoba y responsables de la muerte de Quiroga), en 1838 (ruptura con Cullen, efímero gobernador de Santa Fe), en 1840 y 1842. Esas clausuras intermitentes pesan menos, sin em- bargo, que otros rasgos más duraderos del clima posrevolucionario. La guerra civil va necesariamente acompañada de una forma de economía destructora, de rapiña y saqueo; más adelante ha de verse cómo incide en la vida de la nueva nación en su conjunto. Para la estabilidad de las corrientes comerciales, sus consecuencias son particularmente graves: los comerciantes deben atravesar con su tentadora carga de mercancías y dinero por esas provincias convulsionadas; deben dejarla en almacenes que ofrecen una excepcional concentración de botín para los soldados; son entonces las víctimas de signadas del saqueo. Publicistas que no lo querían bien se han encargado de inmortalizar las hazañas de Facundo Quiroga en sus reiteradas conquistas de Tucumán. Si acaso esos publi- cistas cometan una injusticia al particularizar en exceso lo que era una suerte de rasgo profesional, sus alegatos están lejos de ser infundados. En efecto, los comerciantes de la gran plaza norteña (la más importante lue- go de que la decadencia del comercio altoperuano produjo la de Salta

como centro mercantil) tuvieron que afrontar más que los otros sectores locales las duras contribuciones impuestas por el vencedor; este terminó por no satisfacerse con ellas y, con notable falta de inhibiciones, se in- cautó de las mercaderías acumuladas en las barracas que su socio Braulio Costa se encargó de vender a Buenos Aires; todavía veinte años después de la muerte de Quiroga, comerciantes ingleses seguían gestionando in- demnizaciones por las mercaderías que habían tenido consignadas en Tucumán en esas jornadas febriles.12 Las grandes rapiñas tucumanas se

hicieron célebres sobre todo porque la riqueza de la ciudad las hizo par- ticularmente rendidoras; estaban lejos de ser excepcionales. El mismo Quiroga, cuando marchó a San Juan para restaurar la unidad de la fe, lo hizo acompañado de un ominoso séquito de varios centenares de ca- rretas vacías; a su retorno estaban llenas, a pesar de que la ciudad había sufrido la visita previa del mendocino Aldao, llegado a su vez a este lugar para restaurar la hegemonía del partido ilustrado. La pérdida de sus car- gas no era lo peor que el mercader debía temer; el propio Quiroga, en un momento de duda sobre su capacidad para aplastar a sus adversarios, creyó oportuno prevenir a su habilitado, el comerciante Miguel Burgoa: haría bien en marcharse lo más rápidamente que pudiese de Santiago del Estero, antes de caer en manos de los enemigos de su comitente, que sin duda no respetarían su vida.13

Pero el comercio interregional no sólo era afectado por los golpes directamente orientados contra él; en regiones sometidas a experien- cias tan azarosas, si bien no solía ser difícil encontrar vendedores (por ejemplo, entre los hacendados dispuestos a vender rápidamente su ga- nado, antes de que bandas armadas lo robasen y sacrificasen; o aun esas mismas bandas, que luego de saciar su hambre se encontraban con un inesperado botín de cueros) no era igualmente fácil hallar compradores. En Entre Ríos, en la de sierta y alarmada Gualeguay de 1816, Isidro de Urquiza escribe sus lamentaciones de vendedor frustrado: “Me duelen los huesos de galopear por aquí y por allí”. La imposibilidad de hacer negocios es parte de un clima general que el visitante percibe muy bien; también él se siente invadido por la incertidumbre ante el futuro, de la que es expresión la reticencia de los pobladores de Gualeguay: “De día a día advierto un no sé qué –escribe a su padre al que supone más infor- mado–, no omitas decirme algo”.14

Estos episodios clamorosos –ávidamente recogidos por las versiones facciosas de los partidos en lucha, que gustan de ver en los rivales tan sólo grupos de bandoleros– son acaso menos importantes por sí mismos que por lo que significan como continuación de un clima destinado a

durar aun en los intervalos de paz. Porque aun durante esta, las rivali- dades interregionales permanecen: en 1825 Catamarca aún está en paz con La Rioja, pese a que sus gobernantes aborrecen al hombre fuerte de los Llanos riojanos, Facundo Quiroga. Pero, en medio de la paz los ca- tamarqueños que son sorprendidos emigrando clandestinamente, atraí- dos por el auge minero riojano, sufren crueles castigos; sus gobernantes no renuncian a frustrar en lo que pueden los avances económicos de la provincia vecina y rival. En este juego peligroso las represalias son fáciles y las finanzas se transforman en las continuadoras de la violencia; San Luis, que ve pasar sin fruto para ella un tráfico destinado a enriquecer a