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Spatial Data Models for Representing Land Use Planning Data

Chapter 3: Geographical Data Needs for Land Use Planning in Namibia

3.3 Spatial Data Models for Representing Land Use Planning Data

Tan contraproducente puede ser educar a base de castigos como dejar pasar determinados

comportamientos en los hijos. Si hay que

sancionarlos, mejor elegir un castigo correctiv o | Conv iene hablar y ay udar al hijo y aceptar la sanción como una consecuencia de sus actos, sin gritarle

May te Rius

ES Estilos de v ida | 24 de abril de 2010

¿Hay que castigar al niño de cuatro años que suelta una patada a la abuela cuando se acerca a saludarle? ¿Y al de diez que se niega a poner la mesa o que no acude a cenar cuando le llaman? ¿Y al adolescente que regresa a casa tres cuartos de hora más tarde de lo acordado? Y si hay que castigarle, ¿cómo? ¿A quedarse en su cuarto? ¿Sin v er telev isión? ¿Sin salir con los amigos...? Imposible encontrar, más allá del rechazo general al castigo corporal, una respuesta unánime a estas preguntas ni entre las familias ni

entre los especialistas en educación. Mientras algunos psicólogos y pedagogos consideran que el castigo es contraproducente porque daña la autoestima, produce tensión y agresiv idad y puede afianzar las conductas negativ as, otros opinan que peor es dejar pasar las conductas inadecuadas, y que el castigo, entendido como sanción, resulta educativ o.

“La sanción es parte de la educación; permite adquirir conciencia moral del comportamiento, porque los niños no tienen tan claro lo que está bien o está mal, y tienen que aprender que hay cosas que son inadmisibles”, afirma Jav ier Urra, psicólogo especializado en infancia, ex Defensor del Menor y autor de Educar con sentido común (Ed. A guilar). Es más, en su opinión, el castigo es un derecho del menor. “Si no los sancionas se quedan sin

referentes, sin límites, y se neurotizan y se conv ierten en un problema para ellos y para los demás”, dice Urra. Y ex plica que muchos de los jóv enes con los que se relaciona como psicólogo forense de la Fiscalía de Menores están conv encidos de que no les importan a sus padres “porque haga lo que haga no me dicen nada”. “Lo peor es el

comportamientos, porque al chav al le queda la imagen de que sus padres pasan de él, de que les da igual”, coincide el sociólogo y presidente del Forum Deusto Jav ier Elzo.

En cambio, V alentín Martínez-Otero, doctor en Psicología y en Pedagogía y profesor en la facultad de Educación de la Univ ersidad Complutense de Madrid, opina que los castigos pueden prov ocar más daño que beneficio, y alerta de que sus efectos para eliminar una conducta indeseada no son permanentes, porque si el niño se v e abrumado por los castigos, se habitúa a ellos y las sanciones

pierden eficacia. “Los castigos se prestan a múltiples abusos, y aunque sus defensores dicen que son muy eficaces para eliminar conductas inadecuadas, los datos rev elan que a menudo sólo se consigue ocultar ese comportamiento, pero no su

desaparición, y pueden tener efectos colaterales muy perjudiciales y no deseados, como empeorar las relaciones, agresiv idad, estados de ansiedad...”, ex plica Martínez-Otero.

En su opinión, para conseguir que los hijos respeten los límites y se comporten bien es preferible

inapropiadas y , sobre todo, ofrecer un buen modelo y ejemplo en casa. “La disciplina es necesaria, pero no debe asentarse en el miedo del hijo; se debe fav orecer la reflex ión y la comunicación como v ías para conocer el motiv o y el alcance de la falta, al tiempo que se orienta sobre cuál ha de ser la acción correcta, para que el hijo recapacite y aprenda a conducir su propia v ida”, afirma.

Claro que este modelo de hacer reflex ionar a los hijos, de mostrarles la relación entre el

comportamiento y sus consecuencias, y de ofrecerles alternativ as conductuales requiere más tiempo, espacio, paciencia y coherencia que el mandarles castigados a su habitación. “Las

sanciones v an destinadas a cómo hacer cumplir las normas en casa, y ahí estriba la dificultad, porque establecer las ley es internas sobre lo que se puede o no hacer, lo que se debe o no se debe hacer, ex ige tener claros los v alores y las responsabilidades, dedicar tiempo y espacio a ex plicárselos al niño, y mantenerlos en el tiempo para que no tenga una idea arbitraria de las normas; pero si los adultos no tienen tiempo, si llegan a casa agotados, pierden la coherencia y la paciencia, responderán de cualquier manera y aparecerán los límites y las penalizaciones

arbitrarias, las normas que cambian cada semana, y el niño no tendrá claros los límites y tratará de buscarlos probando a v er qué le da resultado para salirse con la suy a”, asegura la pedagoga Silv ia Morón, asesora para educación infantil y miembro del grupo de inv estigación Conflicto, Infancia y Comunicación (Conincom) de Blanquerna- Univ ersitat Ramon Llull.

Y es en esta necesidad de coherencia y equilibrio donde conv ergen los planteamientos de defensores y detractores del castigo. Porque cuando los padres están cansados, no tienen tiempo, paciencia o ganas para “pelear” con la educación de los hijos, las alternativ as son pasar por alto sus malas conductas (el buenismo del que habla Elzo), castigarlas hoy sí y mañana no, o penalizar absolutamente todo lo que les molesta sin fav orecer la reflex ión ni orientar hacia las acciones correctas. Y hay unanimidad en que ninguna de estas opciones es buena. “El castigo no se debe aplicar por v enganza ni ha de depender del estado anímico de los padres; el niño debe saber por qué se le castiga y la sanción debe ser

proporcionada a la falta”, indica Martínez-Otero, para quien, en cualquier caso, el castigo ha de tener siempre carácter ex traordinario y finalidad

educativ a. “Los castigos han de ser pocos, claros y ex igibles, y equilibrarlos con afecto, con besos, con reconocimiento a todo lo que el chav al ha hecho bien, con comentarios sobre lo orgullosos que estamos de él por ello; porque es más eficaz lo que propicia lo positiv o que lo que intenta cercenar lo negativ o, y la idea es no estar tutelando ni

sancionando todo el día, y que los hijos se conduzcan de manera adecuada no por miedo al castigo, sino porque han comprendido que la norma es importante para su socialización”, coincide Urra. Estén a fav or o en contra del castigo como

herramienta educativ a, lo que psicólogos y

pedagogos dejan claro es que si se recurre a él para frenar una conducta inadecuada ha de ser

inmediato, proporcional, equilibrado y coherente. “A l niño no le v ale que le castigues el sábado por algo que hizo el lunes, ni decirle ‘cuando v enga tu padre y a hablaremos’; la sanción debe aplicarse lo más inmediata a la acción que se castiga”, ex plica Jav ier Urra. Pero también ha de ser lógica y proporcionada a la edad, al grado de madurez, a la personalidad y a la falta. No es lo mismo la mala intención que la imprudencia o la precipitación; no es lo mismo romper un jarrón jugando y admitirlo,

que ocultarlo y echar la culpa a otro. A demás, hay que ser coherente, y si se castiga una conducta, hacerlo cada v ez que aparezca, y siempre con la misma intensidad, que la sanción impuesta no dependa del estado de ánimo de ese día, de si se tiene mucho trabajo o de si se ha discutido con el jefe.

Y de la misma manera que hay unanimidad en rechazar los castigos corporales, hay consenso en que la sanción más eficaz es la que obliga a cargar con las consecuencias de los actos o a reparar el daño ocasionado, porque obliga al niño a

reflex ionar sobre los efectos de sus conductas y le motiv a a portarse bien. Es lo que algunos pedagogos llaman castigos correctiv os, y que pueden ir desde hacer que destine la mitad de su paga a pagar el objeto que ha roto, hasta dejarle el sábado en casa estudiando u ordenando los armarios porque no cumplió esas responsabilidades durante la semana, no permitir que el adolescente que llega tarde por la noche se quede durmiendo hasta bien entrada la mañana, o no llev ar en coche ni disculpar ante el profesor al niño que llega tarde al colegio por pereza.

Los educadores también están de acuerdo en que no hay que poner castigos absolutos que cierren el horizonte del niño, del tipo “no tendrás más paga”, “no v olv erás a salir de casa con tus amigos” o “no tocarás el ordenador en un año”. Entre otras razones, porque cuando el castigo es muy

desproporcionado hay más riesgo de tener que dar marcha atrás porque no se puede cumplir, y la eficacia del castigo depende de que se mantenga y se ex ija su cumplimiento. Puede ser más fácil y

efectiv o –porque deja un margen para seguir portándose bien– priv ar a un niño de los 1 5

primeros minutos de su serie fav orita que quitarle la tele todo un fin de semana y luego no ser capaz de cumplirlo. Las adv ertencias reiteradas y las amenazas v anas hacen que el castigo pierda efectiv idad. La recomendación es no lev antar los castigos por pereza, debilidad o chantaje emocional. Y si se decide perdonarlo, conv iene dar solemnidad al hecho, ex plicar por qué se hace y dejar claro que es una decisión ex cepcional. Por ello es importante que a la hora de castigar los dos progenitores mantengan una postura unitaria y no se

desautoricen perdonando uno lo que antes sancionó el otro.

Tampoco son apropiados los castigos humillantes. “El castigo humillante es peor que un cachete”, afirma Jav ier Elzo. Y adv ierte que la humillación puede ser muy sibilina y tan simple como hablar mal del hijo delante de los amigos, de los abuelos, de sus hermanos... Silv ia Morón apunta que tampoco hay que castigar con el descanso, con el alimento, con el amor o con las necesidades de los niños. Por ello rechaza que se castigue a los pequeños con no salir al patio o con quedarse sin jugar, o que se prohíba a los adolescentes salir con sus amigos. “A determinada edad el juego es una necesidad, y en la adolescencia lo es el estar con los iguales, así que no conv iene priv arles de estas activ idades, aunque se puede sancionar reduciendo el tiempo destinado a ellas”, ex plica la pedagoga. En su opinión, cuando no es posible el castigo correctiv o, puede recurrirse al aplazamiento de regalos, de deseos o a un

aumento de los encargos que tengan que realizar. “A la hora de castigar hay que aplicar el sentido común y no imponer sanciones contraproducentes, como env iar a los chav ales a su cuarto a leer, porque desarrollarán av ersión a la lectura, o como castigar a un niño tímido y con pocos amigos sin ir a la única fiesta a la que tenía prev isto acudir”, señala Jav ier Urra.

Su consejo es anticipar siempre las consecuencias de las conductas, que los hijos tengan claro lo que se permite y lo que no. “Si tu hijo adolescente ha de llegar a las 1 2, hay que adv ertirle que si llega media hora más tarde, aunque hay a una ex plicación para ello, el próx imo fin de semana saldrá media hora menos; así y a está hablado y resulta más eficaz”, ejemplifica.

Porque psicólogos y pedagogos tienen claro que los castigos no deben aplicarse a palo seco. Su

recomendación es hablar (que no gritar) y ay udar al hijo a aceptar la sanción como una consecuencia de sus actos, y establecer contacto personal, afectiv o, para ay udar a mitigar la rabia que siempre engendra el castigo. Claro que una cosa es sancionar a un niño con un tono afectiv o, ex plicando que es una forma de enseñarle a autogobernarse, y otra castigarle y un minuto después abrazarle por sentimiento de culpa o inseguridad. “Con frecuencia los padres quieren ser una persona próx ima a los hijos y les acompleja ser una señorita Rottenmeier, les da miedo castigar, pero siempre es peor dejarlo pasar”, remarca Elzo.

Claves

Ex cepcionalidad

El castigo ha de tener carácter ex traordinario y finalidad educativ a. La norma debe ser v alorar las conductas positiv as. El ex ceso de castigos prov oca efectos adv ersos.

Inm ediatez y claridad

El niño ha de saber por qué se le castiga. Hay que poner el castigo de forma inmediata, aunque su ejecución quede pendiente para el fin de semana.

Proporcionalidad

La sanción debe adecuarse al tipo y grav edad de la falta, a la edad y a la intención. No pueden ser castigos absolutos (del tipo nunca más...), que cierren el horizonte, que no den oportunidad de demostrar buen comportamiento o que al final resulten inaplicables.

Equilibrio

No hay que castigar por rabia o v enganza. El castigo no puede depender del estado de ánimo o los problemas personales.

Coherencia

Hay que dejar claros cuáles son los

comportamientos aceptables e inaceptables, y no ir cambiando las reglas cada semana. Conv iene

anticipar las consecuencias de ciertas conductas: “Si hoy llegas tarde, el próx imo día...”, y aplicar

siempre las mismas sanciones para las mismas faltas.

Aplicabilidad

Conv iene ser prudente y no abusar de los castigos. Pero si se imponen, hay que mantenerlos y ex igir su cumplimiento, de modo que al escogerlos hay que v alorar que sean aplicables.