3.2 Material and methods
3.4.2 Spatial variability in putative allochthony
mirada. Le sonrío a Harrick, otra vez agradecida por sus habilidades y fuerza, pero el olor me congela. El aire está viciado aquí, tranquilo y un poco acido. Con un rápido manotazo de mi mano, quito medio centímetro de polvo de la mesa de la cocina.
—Quizás huyeron. Mucha gente lo ha hecho —ofrece Nix rápidamente.
Algo atrae mi atención, el más pequeño susurro. No una voz, sino un destello. Apenas ahí, tan suave que casi me lo pierdo. Procedente de la canasta junto a la chimenea, cubierto con un paño rojo sucio. Me dirijo hacia eso, atraída por el pequeño faro.
—No me gusta esto. Necesitamos reagruparnos en la casa de Ellie. Harrick recupérate y prepárate para otra ilusión —gruñe Farley lo más suave que puede.
Mis rodillas raspan la piedra mientras me arrodillo sobre la canasta. El olor es más fuerte aquí. También lo es el brillo. No debería estar haciendo esto. Sé que no me gustará lo que encuentre. Lo sé, pero no puedo evitar sacar el paño. La tela está pegajosa y jalo, revelando lo que hay debajo. Después de un entumecido segundo, me doy cuenta lo que estoy viendo.
Caigo hacia atrás, gateo, jadeando, casi gritando. Las lágrimas bajan más rápido de lo que nunca pensé que podrían. Farley es la primera a mi lado, envolviéndome en sus brazos, sosteniéndome firme.
—¿Qué es? Mare, qué…
Se detiene brevemente, ahogándose con las palabras. Ve lo que yo veo. Y los otros ven lo mismo. Nix casi vomita, y estoy sorprendida que Harrick no se desmaye.
En la canasta hay un bebé, no más de un par de días de nacido. Muerto. Y no por abandono o negligencia. El paño está empapado de su sangre. El mensaje es asquerosamente claro. Los Marchers también están muertos.
Un pequeño puño, clavado con la rigidez de la muerte, sosteniendo un diminuto artefacto. Una alarma.
—Harrick —siseo a través de mis lágrimas—. Escóndenos. —Su boca cae abierta, confundido, y tomo su pierna en desesperación—. Escóndenos.
Desaparece ante mis ojos, y en el momento preciso.
Oficiales aparecen en las ventanas, estallando a través de cada puerta, con las armas levantadas, todos disparando.
—¡Estás rodeada, chica rayo! ¡Sométete al arresto! —gritan en sucesión, como si repetirse hiciera alguna diferencia.
En silencio, me meto cuidadosamente debajo de la mesa de la cocina. Sólo espero que los otros tengan el juicio de hacer lo mismo.
No menos de veinte oficiales entran, pisando fuerte. Cuatro se separan, avanzando hacia las escaleras, y un par de botas se detienen en el bebé. La mano libre del oficial se retuerce y sé que debe estar mirando el pequeño cuerpo. Después de un momento muy largo, vomita en la chimenea.
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—Relájate, Myros —dice uno de ellos, apartándolo—. Pobre cosa —añade,moviéndose y pasando al bebé—. ¿Alguien arriba?
—¡Nadie! —replica otro, volviendo abajo—. La alarma debió haber funcionado mal.
—¿Estás seguro? El gobernador nos despellejará si nos equivocamos. —¿Ve algo aquí, señor?
Casi jadeo cuando el oficial se agacha justo frente a mí. Su mirada barre de atrás hacia delante bajo la mesa, buscando. Siento una pequeña presión en mi pierna, uno de los otros. No me atrevo a responder con un empujón propio, y sostengo mi respiración.
—No —dice el oficial finalmente, poniéndose de pie—. Falsa alarma. Vuelvan a sus puestos.
Se van tan rápido como se abalanzaron, pero no me atrevo a respirar hasta que las pisadas están muy lejos. Entonces jadeo, mientras Harrick deja caer la ilusión, y todos regresamos a la vista.
—Bien hecho —exhala Farley, palmeando a Harrick en el hombro. Como yo, apenas puede hablar, y se pone en pie con ayuda.
—Pude haberlos atrapado —se queja Nix, rodando desde debajo de las escaleras. Cruza hasta la puerta con cortas zancadas, una mano lista en el pomo—. De todas formas no quiero estar aquí si regresan.
—¿Mare? —El toque de Farley en mi hombro es suave, especialmente para ella. Me doy cuenta que estoy parada frente al bebé, mirando. No había bebés en la lista de Julian, no había niños por debajo de los tres años. Este no era un nuevasangre, no según nuestros registros o alguno que Maven pudiera poseer. El niño murió simplemente porque ella estaba aquí. Por nada.
Con determinación, me quito la chaqueta. No voy a dejarla aquí así, con sólo su propia sangre por sábana.
—Mare, no lo hagas. Sabrán que estuvimos aquí… —Déjalos que sepan.
La pongo encima de ella… y lucho con todo lo que tengo, contra la urgencia de recostarme a su lado y nunca levantarme. Mis dedos rozan su pequeño y frío puño. Hay algo debajo. Una nota. Suave y rápidamente la deslizo en mi bolsillo antes que alguien más pueda verla.
Cuando finalmente estamos de regreso con Ada y el avión, me atrevo a leerla. Está fechada de ayer. Ayer. Estuvimos tan cerca.
22 de Octubre.
Un crudo sobre, lo sé. Pero necesario. Tú debes saber lo que estás haciendo, lo que me estás forzando a hacerles a estas personas. Cada cuerpo es un mensaje para ti, y para mi hermano. Ríndete ante mí, y me detendré. Ríndete, y ellos vivirán. Soy un hombre de palabra.
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Maven.
Llegamos a Notch al anochecer. No puedo comer, no puedo hablar, no puedo dormir. Los otros discuten lo que pasó en Templyn, pero nadie se atreve a preguntarme. Mi hermano lo intenta pero me alejo, más profundo en las madrigueras de nuestro refugio. Me encojo de miedo en el estrecho agujero de la habitación, convenciéndome que necesito estar sola por ahora. En otras noches, odio esta solitaria habitación, estando separada de las otras. Ahora la odio incluso más, pero no me atrevo a unirme a los demás. En su lugar, espero a que todos se duerman antes de dejarme deambular. Tomo la manta, pero no hace nada por el frío, dentro y fuera.
Me digo que es el frío del otoño lo que me envía hasta su habitación, y no el sentimiento de vacío en mi estómago. Ni el frío abismo que crece con cada fracaso. Ni la nota en mi bolsillo, quemando un agujero directo a través de mí.
Fuego baila en el piso, confinado en una nítida pendiente rodeado de piedras. Incluso en las extrañas sombras, puedo ver que está despierto. Sus ojos parecen vivos con llamas, pero sin furia. Ni siquiera confundidos. Con una mano, saca la manta de su cama, y se desliza para hacerme espacio.
—Está frío aquí —le digo.
Él sabe lo que realmente quiero decir.
—Farley me contó —murmura cuando me acomodo. Cruza su brazo por mi cintura, suave y cálido, significando nada más que consuelo. Presiona la otra contra mi espalda, sus palmas aplanan mis cicatrices. Estoy aquí, dice.
Quiero decirle de la oferta de Maven. ¿Pero qué bien puede hacer? Podría sólo rehusarse como lo he hecho, y tengo que sufrir el remordimiento de ese rechazo conmigo. Esto sólo le causaría dolor, el verdadero objetivo de Maven. Y en esto, no permitiré que Maven gane. Ya me ha vencido. No vencerá a Cal.
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e aquel día en adelante, su recámara se convierte en nuestra. Es un acuerdo no verbal, dándonos a ambos algo a lo que aferrarnos. Estamos muy cansados como para hacer algo más que dormir, aunque estoy segura que Kilorn piensa lo contrario. Deja de hablarme e ignora a Cal completamente. Parte de mí quiere unirse a los otros en los grandes dormitorios, donde los niños susurran en la noche y Nanny los calla a todos. Los ayuda a unirse. Pero los asustaría, me quedaría con Cal, la única persona que realmente no me teme.
No me mantiene despierta adrede, pero cada noche lo siento removerse. Las pesadillas son peores que las mías y sé exactamente de qué está soñando. El momento en que separó la cabeza de su padre de los hombros. Aunque finjo dormir, sabiendo que no quiere que le vean en ese estado. Pero siento las lágrimas en mis mejillas. A veces creo que me queman, pero no me despierto con ninguna cicatriz nueva. Al menos no del tipo visible.
Incluso aunque pasamos todas las noches juntos, Cal y yo no hablamos mucho. No hay mucho que decir a parte de nuestras obligaciones. No le hablo de la primera nota o la siguiente. Aunque Maven está lejos, aún se las arregla para meterse entre nosotros. Puedo verlo en los ojos de Cal, un sapo ocupando la cabeza de su hermano, tratando de envenenarlo del interior al exterior. No sé por qué, pero no puedo destruir a ninguno de los dos y no le cuento a nadie su existencia.
Debería quemarlos, pero no lo hago.
Encuentro otra carta en el Corvium, durante otro reclutamiento. Sabemos que Maven estaba en camino a esta área, visitando la última ciudad clave antes de los alrededores de Choke. Pensamos que podíamos vencerle allí. Sin embargo nos encontramos con que el rey ya se había ido.
31 de octubre
Te esperaba en mi coronación. Parecía el tipo de cosa que a tu Guardia Escarlata le encantaría tratar de arruinar, incluso aunque era bastante pequeña. Aún se supone que estemos de luto por padre, y algo grande parecería irrespetuoso. Especialmente con Cal aún allí, corriendo de un lado a otro contigo y tu gentío. Muy pocos le tienen lealtad, según madre, pero no te preocupes. Lo están abordando. No llegará ninguna crisis de sucesión Plateada y apartará a mi hermano de tu cadena. Si puedes, deséale un feliz cumpleaños por mí. Y asegúrale que será el último.
Pero el tuyo está cerca, ¿no es cierto? No tengo dudas que lo pasaremos juntos. Hasta que volvamos a vernos,
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Maven
Su voz habla cada palabra, usando la tinta como cuchillos. Por un momento se me revuelve el estómago, amenazando con echar mi cena sobre todo el suelo de tierra. La náusea dura el tiempo suficiente para salir de la cama, del abrazo de Cal, hacia mi caja de suministros en la esquina. Como en casa, mantengo mis adornos escondidos y hay dos notas más de Maven arrugadas en el fondo.
Cada una lleva el mismo final. Hasta que volvamos a vernos.
Siento como unas manos rodean mi cuello, amenazando con quitarme la vida. Cada palabra aprieta el agarre, como si la sola tinta pudiese estrangularme. Por un segundo, temo no poder volver a respirar. No porque Maven aún insiste en atormentarme. No, la razón es mucho peor.
Porque le echo de menos. Echo de menos al chico que pensé que era.
La marca que me hizo quema con el recuerdo. Me pregunto si también puede sentirlo.
Cal se remueve en la cama detrás de mí, no por una pesadilla sino porque es hora de levantarse. Apresuradamente, guardo las notas y me marcho de la habitación antes que abra los ojos. No quiero ver su compasión, aún no. Eso será mucho para soportar.
—Feliz cumpleaños —susurro al pasillo vacío.
He olvidado el abrigo y el frío de noviembre me pincha la piel mientras salgo de la casa de seguridad. El claro está oscuro antes del amanecer, así que apenas puedo ver los tejados en el bosque. Ada se sienta al lado de las brasas de la fogata, encaramada a un tembloroso montón de mantas y bufandas de lana. Siempre es la última en vigilar, prefiriendo levantarse antes que el resto. Su acelerado cerebro le permite leer los libros que le llevo y, al mismo tiempo, mantener un ojo en el bosque. Muchas mañanas, está adquiriendo una nueva habilidad en el tiempo que el resto se está levantado. Solo la semana pasada, aprendió Tirax, el lenguaje de una extraña nación al sureste, también cirugía básica. Pero hoy, no sostiene ningún libro y no está sola.
Ketha está de pie junto al fuego de brazos cruzados. Mueve rápidamente los labios, pero no puedo escuchar lo que está diciendo. Y Kilorn se acurruca cerca de Ada, sus pies casi en las brasas. Mientras me acerco cautelosamente, puedo ver que frunce el ceño con gran concentración. Con un palo en la mano, dibuja líneas en la tierra. Letras. Un trazo bruto y deprisa, formando palabras rudimentarias como bote,
arma y casa. La última palabra es más larga que el resto. Kilorn. La vista casi lleva
lágrimas nuevas a mis ojos. Pero son lágrimas de felicidad, algo desconocido para mí. El vacío hueco en mi interior parece encogerse, aunque solo un poco.
—Difícil, pero lo estás consiguiendo —comenta Ketha, alzando la esquina de la boca en una sonrisa ladeada. Una profesora de verdad.
Kilorn me nota antes de poder acercarme mucho más, golpeando su ramita de escribir con un sonoro golpe. Sin mucho más que un asentimiento, se levanta del tronco y se echa la mochila de caza al hombro. Su cuchillo destella en la cadera, frío y afilado como los carámbanos de hielo de los árboles.