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El carácter dialéctico del desarrollo social consti- tuye una segunda causa de la aparición de tendencias dife- rentes en el movimiento obrero. La importancia del filóso- fo Hegel está en que fue el primero en reconocer clara- mente que la evolución del mundo se efectúa a través de los contrarios y que las contradicciones internas constitu- yen las fuerzas motrices de todo desarrollo. Hay que com- prender la naturaleza del mundo únicamente como la uni- dad de los contrarios, los cuales se excluyen si se atiene uno al concepto y, por tanto, se presentan al pensamiento ingenuo como contradicciones inconciliables; por esta ra- zón tampoco existen tranquilamente uno al lado del otro, sino que empujan a la anulación de la contradicción por el desarrollo de nuevas situaciones. Esta contradicción no constituye, pues, más que una etapa transitoria del desarro- llo; pero toda la historia no está formada más que de tales etapas, que se siguen y se suceden. Gracias a esta manera dialéctica de pensar le fue posible a Marx explicar com- pletamente la naturaleza del capitalismo como un desarro- llo contradictorio, que produce sin cesar nuevas contra- dicciones y que es arrastrado por ellas.

El capitalismo no puede existir más que si desplie- ga cada vez más enérgicamente sus fuerzas productivas y se extiende de manera cada vez más gigantesca; pero, al mismo tiempo, de este modo se hace cada vez más frágil.

Su ley vital es al mismo tiempo la causa de su muerte. Ca- da vez que se desarrolla poderosamente gracias a una co- yuntura económica, se hunde poco después en una crisis, a causa de la siguiente contradicción: la producción no se efectúa para el consumo, sino para la ganancia, pero, no obstante, depende del consumo. No puede remontar esta crisis más que por una extensión de su dominio, por un nuevo vuelo hacia un estadio superior y, por tanto, por el medio que prepara una nueva crisis más vasta todavía. Ca- da aumento de sus fuerzas productivas le acerca a su de- clive. Cada manifestación de una vida vigorosa y llena de brotes es al mismo tiempo una manifestación de su agonía; cada esfuerzo por apartar o retrasar su ocaso sella con tan- ta más seguridad su destino. Todas estas contradicciones provienen de que el capitalismo no es un orden eterno que permanece idéntico a sí mismo, sino simplemente una fase en una serie de estadios de evolución. No es algo determi- nado, un estado determinado, sino un proceso. No sólo es- tá, sino que por eso está, en camino de transformarse, de morir.El capitalismo produce por sí mismo la fuerza que lo abatirá, el movimiento obrero revolucionario; cuanto más vigorosamente se desarrolla, más fortifica a su ene- migo mortal; él mismo pone en sus manos las armas de lu- cha, le enseña a utilizarlas hasta que finalmente sea venci- do por él.

La naturaleza dialéctica del capitalismo determina a su vez el carácter contradictorio del movimiento obrero moderno, el cual sigue siendo por eso completamente in- comprensible a los observadores que razonan a la manera burguesa. Unas veces conciben el movimiento socialista

como un intento artificial de incitar a hombres pacíficos a sustituir un orden social absurdo por otro orden, imagina- do por la sagacidad humana; otras veces intentan conven- cerse: la socialdemocracia no es, ciertamente, más que un partido de reformas que, como representante de los inter- eses de los trabajadores, forma parte de la existencia nor- mal del capitalismo, que aspira a suprimir algunos abusos pero que, después de la supresión de éstos, desaparecerá por sí mismo, en una palabra, “un fenómeno pasajero”. En la primera concepción, se descuida el hecho que el nuevo orden nace de modo orgánico del antiguo; en la segunda, se olvida que esta lucha por los intereses de los obreros y las reformas conducirá a una revolución completa de la sociedad. Estas dos concepciones son falsas porque no toman en consideración más que un lado del movimiento obrero y, por tanto, excluyen al otro como su contrario. La realidad del movimiento obrero reúne en una unidad los dos lados, los cuales, si se atiene uno a una apariencia su- perficial, se excluyen mutuamente.

El socialismo nace como un fruto natural de la rea- lidad del capitalismo y, sin embargo, es al mismo tiempo

su enemigo mortal que lo mina y lo aniquila. No es una potencia exterior que atacará y derrocará un día al enemi- go, sino que vive en su interior y recibe toda su fuerza de él. Su lucha no es de ningún modo artificial, sino que du- rará, por el contrario, tanto tiempo como el capitalismo mismo. Su práctica es un trabajo diario, un trabajo de hormiga, que, no obstante, sólo tiene sentido como parte de un todo. A causa de la miseria intolerable que engen- dra, el capitalismo incita a la clase obrera a luchar contra esta miseria y no puede impedir que obtenga así mejoras de sus condiciones de vida. Pero al mismo tiempo, el capi- talismo intenta siempre hacer que se hunda de nuevo en la miseria, y la conservación de las ventajas adquiridas re-

quiere frecuentemente luchas todavía más duras que las que originaron la consecución misma de estas ventajas. Aun cuando a primera vista pueda parecer que se trata simplemente de eliminar deformidades, y de transformar así el capitalismo en un estado soportable y, por consi- guiente duradero – como creen los reformadores burgue- ses – el curso de la lucha no tarda en demostrar que estas “deformidades” constituyen la esencia del capitalismo y que, para combatirlas, se necesita llevar la lucha contra el conjunto del sistema.

Estos dos lados, que están soldados de esta manera en el socialismo en una unidad armoniosa, pueden ser de- signados como el lado reformista y el lado revolucionario. El socialismo intenta conseguir todas las ventajas momen- táneas posibles y, sin embargo, no encuentra su fin más que en la revolución futura, el derrocamiento del modo de producción. Por eso no descuida el más pequeño trabajo de hormiga; el trabajo cotidiano lo es todo para él; pero al mismo tiempo su objetivo final revolucionario lo es también todo para él. Utiliza para su combate todas las instituciones de la sociedad capitalista que le ofrecen una posibilidad de aumentar su poder y, sin embargo, se opone duramente a ellas por razones de principio. Se sitúa total- mente en el terreno de lo que existe y, al mismo tiempo, se mantiene en un terreno completamente nuevo, a partir del cual rechaza y critica todo lo que existe. Vive en la exalta- ción entusiasta por su magnífico ideal de futuro, exalta- ción que hace que sus partidarios sean capaces de los actos más abnegados, más desinteresados, más heroicos; y, al mismo tiempo, practica el realismo más frío, que sólo ac- túa sobre el terreno sólido de la ciencia, de los hechos, y para el que la práctica lo es todo. Que el socialismo reúna en un todo unitario estos rasgos que, según la representa- ción habitual, se contradicen y se excluyen, reside en el

hecho que es un movimiento natural que nace de la reali- dad, que es un eslabón, una etapa en un proceso incesante de devenir.

Pero está en la naturaleza del espíritu humano, a causa de una experiencia limitada, no ver bien constante- mente más que uno de los diferentes aspectos de un asun- to, acentuarlo y atribuirle una validez general y exclusiva, sin reconocer debidamente en su justo valor los otros as- pectos opuestos. Por esta razón, los dos aspectos que van paralelos con el movimiento obrero son vistos como dos contrarios que se excluyen mutuamente y que aparecen como los caracteres generales de dos orientaciones opues- tas. En función de la situación económica, de circunstan- cias personales y sociales, resalta la una o la otra. Allí donde la situación de los obreros es favorable – ya sea por circunstancias locales, como en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, o por condiciones momentáneas, co- mo en una buena coyuntura – y allí donde los intentos por mejorar esta situación son coronados por el éxito, se pier- de la conciencia del carácter revolucionario del movimien- to pues se cree fácilmente que se puede provocar una transformación gradual de la sociedad por medio de mejo- ras progresivas, con la ayuda, o, al menos, sin la resisten- cia seria, de las clases poseedoras y sin una revolución violenta. Lo contrario ocurre en tiempos de crisis, cuando grandes catástrofes políticas traen consigo la agitación y el descontento en amplios círculos; entonces se cree fácil- mente poder derrocar el capitalismo de un golpe vigoroso, por una acción revolucionaria única, sin que sea necesario el paciente trabajo preparatorio de hormiga.

Una de las dos tendencias, en las que estas disposi- ciones de espíritu y estas concepciones han tomado cuer- po, constituye el revisionismo. Éste no pone el acento más que en el trabajo práctico de reformas y tiene todas las

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