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Stakeholder Interview Notes (Continued)

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M. Stakeholder Interview Notes (Continued)

fui a lo que se llamaba el Ciclo Básico, cuando estaba el 4to.grado, tendría 10 años, además vivía cerca de Bellas Artes, con lo cual iba caminando, en esa época no ha- bía problema de ningún tipo, e hice esos cursos iniciales. En aquella época muchas familias de clase media-baja como era la mía, mandaban a sus hijos a escuelas “su- puestamente” mejores, entonces en 4to., 5to. Y 6to. grado me enviaron al Sagrado Corazón. Después lo hablé con otro chico que fue al San José y que es absolutamente neoliberal, él reconoció que en esa época era mejor la escuela Nº 65, que las dos que habíamos empezado. Era una cuestión propia de la clase media de aquella época, antiperonista sobre todo.

Este tema de Bellas Artes tuvo sus bemoles. En 1955 cuando se produce la Revolución Libertadora tenía 10 años, gran parte de ese barrio era antiperonista… Había excepciones, por ejemplo los padres de José Lanzilotta, el resto eran todos “gorilas”, todos antiperonistas, a mí se me prendió eso, entonces cuando terminaba la escue- la primaria quería ir al Liceo Naval. Tanto fue así, que di los exámenes correspondientes, que fueron inolvidables

por la magnitud, porque ahí en Río Santiago era un mar de pibes con los padres, había que ir allí a dar los exá- menes… Finalmente no entré, por ahí había una carta de la Marina donde decía que no obstante haber sido sa- tisfactorios los exámenes no había cupos para ingresar. El problema era que como esos exámenes en el Liceo Naval eran en diciembre, había perdido la posibilidad de anotarme en el Colegio Nacional o en cualquier otro co- legio, porque había que anotarse inmediatamente y en el Sagrado Corazón por estar dentro de un cierto orden de mérito, tenía una beca para poder seguir el secundario ahí. Un cura que había sido profesor mío en el Sagrado Corazón me dice “que vas a hacer ahora que terminás”, “voy a ir al Liceo Naval” “mirá que es muy difícil entrar ahí, porque acá tenés una beca”. Cuando le dije que quería ir a Bellas Artes, sacó un crucifijo y dijo “es un antro de per- dición, llamá a tu papá que quiero hablar con él”. Mi papá había estado cinco años pupilo en otra escuela de los salesianos, en Capital Federal, donde aprendió a ser li- notipista, entonces tenía toda la conciencia de lo que era la escuela de los curas y la odiaba. Le dijo algo así como “si mi hijo eligió Bellas Artes va ir a Bellas Artes”. Ahora le hago un monumento a mi viejo, porque a él le hubiera re- portado económicamente. Así que como había hecho el curso de ingreso entré bien, no me acuerdo bien si dimos algún examen de dibujo, o algo por el estilo. Una vez me lo encontré a Roberto Rollié y hablamos de esa escuela maravillosa, sigue siendo muy buena. El problema de Be- llas Artes era que eran seis años y además había clases los sábados, salía de mi casa pasaba por la plaza España y me iba para la escuela. Ahí pasaba y estaban todos mis amigos jugando al fútbol, entonces me agarraban unas

angustias terribles, más de una vez me quedé en algún partido. Ese era el único inconveniente que tenía. Del dibujo y de Bellas Artes a la Arquitectura ¿qué fue lo que te influyó, algún profesor, algo?

JG: Ahí tuvimos profesores extraordinarios, había uno de caligrafía que se llamaba Pío Guardia, en determinadas ocasiones se iba con el violín y lo tocaba en lugar de dar clases y nosotros nos matábamos de risa, nos burlába- mos, tenía esa especie de necesidad no satisfecha, ha- bría sido un violinista frustrado. Entonces utilizaba el aula como auditorio cautivo. Eso para mí fue mucho después cuando lo pensé, me pareció extraordinario que pudiera abrirse de esa manera a los alumnos. Había profesores de dibujo que eran pintores como Algarte, Pacha el “viejo” De Santo, Aragón. Aparte en esa época se mezclaba con el curso superior, estábamos los pibitos que íbamos al bar y escuchábamos las conversaciones de los grandes, ahí por ósmosis se produce una especie de química. Una situación única, en el país no sé si existe algo pa- recido a lo que existió entre 1956 cuando se crea el ba- chillerato y el ´75 que lo separan. Fueron 20 años muy enriquecedores.

JG: Si hay algo que uno rescata de esa época, que por otro lado fue bastante nefasta para el país, durante el peronismo había una especie de freno a determinadas actividades culturales, después eso se liberó… esa es la famosa época del cine Select, de Cine Club, del Grupo Si, Lida Barragán, había un pintor que se llamaba Blanco que ganó el premio Braque, se fue a París. Me acuerdo que pintaba gatos. Esa es la etapa secundaria mía. Lo tuve por ejemplo como profesor al viejo Almeida, en una materia que se llamaba dibujo arquitectónico, nos

hacía dibujar las obras de él. Había toda una especie de tendencia… tan es así que varios compañeros seguimos Arquitectura. De mi división Eduardo Crivos, Julio Pue- yo, Juan Carlos Delfino, el flaco Widi, Sobrero, la gorda Stella Becker.

Cuando estaba finalizando el secundario tuve la duda de seguir una carrera humanística, por ejemplo Literatura o Arquitectura, por la que me decidí, vaya a saber por qué. Compañeros cuyos hermanos, por ejemplo el caso de Eduardo Castells, un muchacho que está en Brasil hace muchos años, se fue en la época de la represión. Fue alguien importante en mi vida, porque me aconsejó ano- tarme con Bidinost, no tenía ni idea en dónde me metía, porque vos entrás en la Facultad y hay varias cátedras, había un sistema de dos opciones. Yo no estoy muy de acuerdo con la opción absolutamente abierta, me pa- rece que no está bien porque entre otras cosas dibuja una Facultad a futuro. Si tenés un taller que tiene 600, 700 alumnos (por ejemplo el Taller de Bares, no lo critico a él en particular) y otro taller que tiene en primer año 10 alumnos, eso se multiplica por todo el desarrollo de la Facultad. Antes del Plan de Estudios nuevo (hace unos años) se habló bastante de esto, en reuniones de claus- tro. Se decís por ejemplo hacer un ingreso repartido en primer año y que de la opción se produzca a partir de segundo año, entonces el alumno tiene una idea. Hoy en día es una cuestión de proselitismo, de publicidad, que alternativa existe de elegir correctamente, ninguna. En aquel momento cuando yo entré en el año 1964, hice la carrera sobre la base fundamental de esos dos primeros años con Bidinost, después vino todo el marasmo que fue después de 1966, hasta los concursos del año 1970.

Nosotros más o menos nos defendíamos porque había- mos tenido esos dos primeros años, creo que Bidinost ha sido como profesor de Arquitectura extraordinario, so- bre todo en los primeros años. Eso que comentábamos si me gusta o no me gusta, con él uno se daba cuenta enseguida. Otra persona extraordinaria con la que cursé era Kleinert, otro que recuerdo con mucho afecto es Chu- te, fui alumno de él en una materia que se llamaba Teoría de la Arquitectura. A Zalba yo ya no lo conocí, cuando entré a la Facultad estaba Bidinost, Molina y Vedia, Soto, Eithel Traine, ¡que tocaba muy bien el bombo!, de Wino- grad no me acuerdo porque estaba recién empezando. En esos inicios fue una Facultad muy interesante. Me acuerdo que un día llegamos al taller de Bidinost y di- jeron “ché no hay clase, por qué, se murió Le Corbusier”. ¿Quién era?, no sabíamos. Cuando terminamos 1er. año nos vamos de vacaciones y el último día le preguntamos a Bidinost –“¿arquitecto qué nos recomienda para leer?” y nos dice el Pif Paf, era un vitalista absoluto…

Hay cuentos que no los he vivido, pero me acuerdo de Quito Colombo, que fue un docente muy enamorado de Bidinost, que en la última época cuando tenía esa espe- cie de Taller, organizaba entre los chicos del Taller un viaje a Córdoba -él era cordobés. Los llevaba a determi- nadas obras y contaba la manera en que manejaba al grupo, los hacía subir, bajar, era montañista, tenía un es- tado físico bárbaro.

¿Te empezaste a vincular a estudios para hacer con- cursos?

JG: Por supuesto cada uno se maneja dentro del con- texto en que está metido, yo por ejemplo estaba en el taller vertical de Bidinost, que era un taller chico, los

ayudantes eran Tito Ramírez, que para mí era un fuera de serie como persona sobre todo, la mujer de Bidinost, Lula Lapacó. Ahí había un alumno notorio, yo estaba en primero, el estaría en cuarto, Nolo Ferreira; yo enseguida me junté digamos… En una quinta que tenía el padre en Gonnet, fue donde lo escuché a Traine tocar el bombo. Empezaron las colaboraciones desinteresadas y no tanto de los “otros” para los concursos. Ferreira por esa época ´64, ´65 gana un concurso la Terminal de Ómnibus de Azul, dónde no sé que hice pero dibujé, había que ha- cer algo, cebar mate, era muy divertido, era todo una fiesta. Me empezó a entrar el gusto por los concursos, formé como una especie de núcleo, éramos cuatro, en segundo año (era el ´65) alquilamos un bolichito por el Cementerio, una especie de local y tomábamos ginebra, nos pusimos unas mesas de dibujo, era nuestro estudio, no existía como tal, no había ningún tipo de laburo. Ahí estaban Eduardo Crivos, Julio Pueyo, esta yo y un cuarto que se incorporó cuando entramos a la Facultad, el Tano (Constante) Fusari. Empezamos a hacer concursos, lo más gracioso es que hicimos uno para estudiantes en el ´65 o ´66, una megaexposición que se había programado en los terrenos de la Universidad que había una cancha de rugby, unas canchas de fútbol, donde está El Ombú, ahora está lleno de edificios, en esa época era un des- campado. Ahí íbamos a jugar al fútbol (otra cosa linda para recordar) cuando ya éramos un poco más grandes, los sábados y jugábamos con los muchachos del Mer- cado, los changarines que iban por 48 tres, cuatro cua- dras e iban a jugar al fútbol ahí. En ese predio gigante, estábamos todavía en el gobierno de Illia, la Universidad había propuesto hacer una exposición que se llamaba

Universidad e Industria, había que hacer una especie de planificación de una cantidad de stands, una especie de acceso simbólico, senderos y se hizo un concurso de es- tudiantes, lo ganamos nosotros. La particularidad es que según tengo entendido era el único proyecto presenta- do. Por ahí tengo la crítica de uno de los jurados que era Fornari. Ganamos ese concurso, nos fue gustando, en hizo época hizo ese concurso el flaco Kámerath y Leticia Gramajo, que era la mujer que murió. Nos fuimos me- tiendo en otros concursos, ayudándolo a “Tito” Ramírez, en varios con esa idea del tipo que hace puntitos, con el letrógrafo, toda esa historia. Finalmente en tercero o cuarto año sacamos un premio ya como autores, el Co- legio Médico.

¿Quién firmaba ahí?

JG: Nos firmó “Fredy” Alayes. También trabajamos con Wimpy. En esa época la Arquitectura de La Plata empe- zó a ganar concursos a lo pavote. Recuerdo que le ayu- damos a Wimpy a hacer un concurso, que creo que lo ganó, que era el Monumento a Carlos Casares del Alisal en Casilda. Después la Hostería de Monte, otro concurso que hizo “Tito” Ramírez y que prácticamente ese lo hici- mos nosotros, después ganó el Concurso de la Terminal de Ómnibus de Juárez. Entrás cada vez más en el tema concursos y cada vez te gusta más…

Y ahí vas aprendiendo el oficio en definitiva de los mayo- res, de los que tienen más experiencia

JG: Ahí nos fue bastante bien, vamos sacando algunas cositas, armando un cierto currículum.

¿Cuándo te iniciaste como docente?

JG: Mi inicio fue temprano, en 1965 éramos docen- tes-alumnos de Kleinert, de Plástica, porque nosotros

dibujábamos muy bien, tanto Julio Pueyo, como Eduardo Crivos, como yo, teníamos la ventaja de haber pasado por Bellas Artes. Sobre todo Tito Ramírez, que era un tipo increíble (son anécdotas), los sábados teníamos Plásti- ca, en esa época habían hecho una especie de unidad pedagógica entre el Taller de Bidinost y el de Kleinert. Entonces en el Taller de Bidinost el primer tema de se- gundo año fue una Escuela Rural en Los Talas y al inicio de todo el proceso de proyecto íbamos a dibujar los sá- bados con ellos a Los Talas. Muchas veces ocurrió esto, íbamos a dibujar, estábamos toda la mañana y por ahí Tito Ramírez desaparecía y generalmente volvía con una “damajuanita” de vino de la Costa y unos “chorizitos” y se mandaba un asadito, éramos pocos. Ahí empezó el trato con Tito Ramírez, en determinado momento ellos tenían un estudio creo que era en ‘59 y después él estaba asociado con Sika que consiguió una casa vieja gran- de, de una herencia en 10 entre 45 y 46, se mudaron ahí. En determinado momento nos ofrecieron una pieza a lo que por supuesto dijimos que sí, con lo cual terminamos compartiendo el estudio.

Una vez que te recibiste ¿te incorporaste a la Facultad como docente?

JG: Esa fue mi primera experiencia con Kleinert, que duró nada más que un año. Después en sexto año fui docente-alumno de Winograd, el último año de la carrera lo hice con él, ya se habían producido los concursos. Es- taba la opción de anotarse con el tipo que había puesto la dictadura o esperar un año que asumiera Winograd. Después me incorporé ya en 1972 (yo me recibo en ene- ro del ´72) al Taller de Ladizesky. La Facultad ya tenía una estructura distinta, tenía 1ero. y 2do. años, 3ro., 4to., 5to. y

6to. Entonces el taller de Ladizesky que estaba en 1ero. y 2do. Año, nos incorporamos como docentes con Eduar- do que era una especie de capanga, Jefe de Trabajos Prácticos, estaba Cappelli, había unos cuantos ahí… Per- dón, la primera experiencia docente como graduado que tuve no fue esa, fue con Foulkes, rendí un concursito, no me acuerdo en que año si 1ero y 2do. o 3ro. Y 4to., estaba Pitusa Becerrra, estuve un año, mucho no me gustaba entonces al año siguiente me incorporé al taller de Ladi- zesky, donde Eduardo (Crivos) ya estaba. Seguí allí hasta el año ´75, cuando nos mandaron un telegrama dicién- donos que se acabó, quedan todos afuera. En el ´74 lo matan a (Carlos Alberto) Fabiolo De la Riva (asesinado por la Triple A), así que ya se produce un gran éxodo de muchos docentes. Ahí se produce un gran apartamien- to de la Facultad. Nos encerramos con Eduardo a hacer concursos, aparece el tema de Marra que fue un gran cliente nuestro, tenía una casa de cambio, era un tipo muy particular. Viste que la Arquitectura está hecha de grandes arquitectos que tienen grandes clientes, hay una interrelación muy fuerte entre las obras que puedan tener Le Corbusier, Mies van de Rohe y los clientes que le toca- ran en suerte. Acá pasa una cosa parecida, o sea un tipo de una gran megalomanía, que nos hizo hacer una serie de cosas, tenía una casa en Punta Lara, compró la esqui- na de 8 y 48 donde le hicimos la casa de cambio nueva. Y tenía estos dos o cuatro terrenos (no me acuerdo) cerca de plaza España y nosotros le hicimos esa propuesta que nos encantaba, pero nos parecía que nos iba a sacar a bolsasos. Al viejo le encantó porque era distinto a todo lo que se hacía en ese momento, agarró viajo y lo hicimos. En algún momento tuve el temor de que la cerraran con

rejas, pero es notable que nunca se cerró. Me enteré del golpe militar del `76 haciendo la dirección ahí en la obra cuando se estaba terminando.

Después hicimos concursos que tuvimos la suerte de ga- nar en esa época de ostracismo año ´79, nos juntamos hicimos una especie de UTE éramos tres estudios, noso- tros dos, Cappelli-Chelita Pronsato y el estudio de Sara Fisch, Milo Sessa y compañía. Con ellos hicimos varios concursos, de los cuales ganamos el Banco Municipal de Rosario, que eran 20.000 m² en pleno centro, con eso hicimos una diferencia económica y al año siguiente o al otro ganamos la Terminal de Ómnibus de Santa Rosa, que nos dio un espaldarazo. Se llegó hasta la licitación y no se construyó en el ´83 por el fin del gobierno militar. ¿Cuándo reaparecés en la Facultad?

JG: Reaparezco en el año ´85. En el ´84 volvió de Italia Bidinost –le tengo un gran reconocimiento, simpatía rela- tiva porque era un tipo jodido, muy lúcido, admirable en muchos aspectos- lo va a ver al Petiso (Jorge) Lombardi y le pide algo, justo de casualidad nos encontramos en la puerta con Roberto Saraví, la cuestión es que cuando sale de la entrevista con Lombardi, comenta “sabés lo que me ofrece ¡una unidad de investigación!”, iba pu- teando y luego de hacer una cuadra se para en seco y dice “voy a aceptar”. Se inventa hacer unos fascículos de diferentes temas referidos a la enseñanza de la Arquitec- tura, su gran tema de siempre, sobre cómo se hace un relevamiento, qué es un partido. Entonces yo los escribía a máquina (porque entre otras cosas me mandaron a la academia Pitman en 48 y 7), lo discutíamos, él hacía unos dibujitos, lo llevábamos al Centro de Estudiantes, sacaban fotocopias y teóricamente ese cuadernillo que

era muy elemental una hoja oficio doblada por la mitad, los diferentes talleres de Arquitectura tenían que mandar a sus alumnos a comprar esos cuadernillos y Bidinost concertaba un debate con la cátedra sobre ese papelito. Se armaban unos quilombos terribles, porque Bidinost era un tipo muy áspero y no tenía pelos en la lengua. Me acuerdo una cosa que fue para mi gusto deslumbrante, cuando fuimos al taller de Germani a discutir ese coso y tuvo… Bidinost terminó hablando de Alvar Aalto, extraor- dinario… yo me quedé…porque aparte lo sacó de la man- ga, porque iba a hablar de otra cosa.

Empezó a hablar de la luz, extraordinario… esa fue mi vuelta a la Facultad, como chirolita de Bidinost que duró un año y al siguiente me presenté a concurso, estuve un año como JTP… me parece que estuve con Morzili y Wimpy en Plástica, pero además me presenté al Taller de Rosenfeld-Molina y Vedia donde estuve un año. En el ´85, ´86 surge la posibilidad de Procesos Constructivos, me embalaron a mí y a Mercedes del Mármol, primero fue un concurso interino y a partir de ahí estuve millones de años. Luego con el Pato (Carlos) Busso y Roberto hi- cimos el taller de Arquitectura, estuvimos 10 años hasta que quedamos fuera en el concurso de 2007.

Cómo se articuló tu propuesta para el taller de Introduc-

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