ser capaz de adaptarme de nuevo a la vida y el trabajo en la sede de la ciencia moderna y, de entre todos los lugares, en Yale.
sobre el trabajo
De vuelta en Estados Unidos, y privado del contacto diario con la favela, mi relación escrita pasó gradualmente a ser la instancia controladora principal de mi referencia al pasado. Los «datos» empezaron entonces a emerger de lo que había sido una experiencia total «indatificable». Como si la ciencia, cual un Ave Fénix, renaciera de las cenizas de la pasión. Pero, el espacio abierto que así se creaba para el desarrollo científico se vio sacudido hasta las raíces por un incidente particu- lar. Casi por casualidad llegó a mi conocimiento que el Programa de Derecho y Modernización, como otros muchos programas por todo el país, estaba financiado por el Departamento de Estado. Fue un gran golpe para mí y para algunos otros estudiantes graduados extranjeros. Nunca se me había ocurrido preguntar por la fuente de financiación y, retrospectivamente, me sentí ingenuo y estúpido por haber dado por supuesto, sin pensar en ello, que el dinero importante que costaba podía surgir de ningún sitio. La ingenuidad y la estupidez no eran, sin embargo, rasgos «innatos» de mi personalidad, sino más bien la consecuencia de mi sociali- zación científica en un país en el que las ciencias sociales habían estado proscritas durante muchos años, y en el que cualquier proceso realmente científico que se llevara a cabo parecía estar dominado por relaciones de producción científica pre- capitalistas, dentro de las cuales cabía pensar creíblemente que el científico era verdaderamente un productor de ciencia autónomo. Yo, personalmente, no había puesto nunca en tela de juicio tal ideología y, en Portugal, antes de mi experien- cia en Estados Unidos, siempre me había visto a mí mismo como un productor de ciencia autónomo, al que le pagaban por enseñar pero no por investigar. En verdad, la determinación de clase de mi proceso de trabajo como «científico del derecho» era tan compleja y contradictoria que mi autonomía resultaba una ex- periencia convincente y, como tal, una experiencia vivida. Es probable que este hecho también tuviera que ver con el contraste entre mi fuerte reacción de indig- nación y la de otros estudiantes izquierdistas de países «más desarrollados». Estos últimos estaban en efecto más preparados para aceptar los hechos cínicamente y sacarles provecho.
Mi socialización y antecedentes científicos tenían también que ver con que yo tratara toda la cuestión como una cuestión ética, dejando en la penumbra la base material del proceso científico en el que estaba participando. En consecuen- cia, mi indignación moral se volvió contra el paciente director del programa. La crítica principal que yo le hacía era que debería habernos dado a conocer, desde el principio, cuál era la estructura financiera del programa. El director, aunque era buen amigo, estaba perplejo y ofendido por mi reacción. En su opinión había que aceptar como un hecho dado que hoy en día no se puede hacer ciencia social a menos que exista financiación para ella. Así pues, la cuestión atañe principal- mente a las condiciones que imponga la institución financiadora. No hay ninguna
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diferencia en que esa institución sea la Universidad de Yale (que obtiene su dinero de operaciones en el mercado de valores), la Fundación Ford o el Departamento de Estado. Y se tomó grandes molestias para demostrarme que en este caso no se habían puesto condiciones para la financiación, incluso me facilitó una copia del acuerdo en el que se basaba.
No me convenció realmente, y seguí pensando que se nos había ocultado la fuente de la financiación con el fin de evitar nuestras reacciones. Tuvieron lugar entonces largas discusiones con el director y con otros profesores de Yale que participaban en el programa, por un lado, y con estudiantes de posgrado y académicos extranjeros por otro. Estos últimos resultaron ser los que tuvieron mayor influencia en mis reacciones subsiguientes.
Constituíamos un grupo heterogéneo en cuanto a los países de origen y a nuestros intereses intelectuales, pero la mayoría de nosotros compartíamos actitudes políticas izquierdistas y una postura crítica respecto al imperialismo norteamericano. Después de discutirlo mucho, pudimos clarificar nuestros puntos de vista sobre la utilización imperialista de las ciencias sociales y definir nuestra postura en relación con el Programa de Derecho y Modernización. En primer lu- gar, afirmamos, la ciencia social establecida en las sociedades capitalistas avanza- das reproduce, de un modo muy específico, la estructura de dominación clasista, tanto interiormente como en el plano internacional, y el programa era parte de este proceso. En segundo lugar, esa reproducción, lejos de limitarse a la utiliza- ción política de los resultados científicos, implicaba al aparato teórico de la ciencia social, sus herramientas metodológicas, la conceptualización de la realidad social e incluso, probablemente, a sus fundamentos epistemológicos. En tercer lugar, en estas circunstancias, la cuestión de las condiciones que se ponían a la financiación de proyectos de investigación concretos era, al menos en parte, una falsa cuestión, puesto que limitaba el tema de la determinación política únicamente al ámbito de los resultados científicos. Desempeñaba sin embargo un importante papel, ya que establecía las condiciones que hacían creíble la ideología liberal en la ciencia, dentro del modo dominante de producción científica. En cuarto lugar, la ideología del liberalismo era internamente contradictoria, y era gracias a sus contradic- ciones como la ciencia social radical podría establecer su práctica dentro de las sociedades de clases. En otras palabras: la autonomía residual que le concedía al científico la ciencia moderna podría utilizarse para construir una alternativa radical a la propia ciencia moderna. ¿Era esto una reevaluación razonada o una racionalización desesperada?
Dado que en el Programa de Derecho y Modernización nos habían con- cedido autonomía científica liberal en cuanto a la «elección» de los temas para la investigación, aunque dentro de los límites preanunciados del Programa, dado que algunos de nosotros habíamos cambiado nuestros proyectos de investigación una o dos veces y nadie había controlado nuestros resultados científicos ni ejer- cido presión sobre nosotros para que ofreciéramos recomendaciones respecto a políticas, se daban las condiciones para que convirtiéramos nuestra indignación moral contra el imperialismo científico en resuelta energía científica y política.
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