• No results found

Volviendo al lugar que ocupan las relaciones desiguales entre mujeres y hombres en ámbito de los estudios sobre el desarrollo, la cooperación internacional y sus instituciones, tenemos que señalar que la revisión teórico-conceptual sobre el desarrollo, realizada en el capítulo 3, aunque posiblemente incompleta, evidencia el carácter controvertido y complejo de esta idea, y permite destacar otros elementos. Por un lado, se percibe la creciente importancia de las instituciones internacionales financieras y no financieras en los debates teóricos sobre el desarrollo78, así como la falta de unanimidad entre ellas; por otro, se aprecia la dificultad de abandonar la idea de crecimiento económico, incluso cuando se adopta un concepto como el de desarrollo humano (Rist 2002).

La existencia de elementos como las críticas que promueven cambios en las posiciones dominantes respecto al desarrollo, la aparente convergencia de posturas originalmente opuestas y la creciente influencia de organizaciones internacionales en el debate teórico, se asemejan a lo ocurrido con el Enfoque Mujeres en Desarrollo (MED) y, posteriormente, con el de Género y Desarrollo: sus supuestos más innovadores y

78

Se han mencionado contribuciones del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, del PNUD y de UNICEF. Sin embargo, el Banco Mundial está considerado el centro de un ‘complejo financiero/intelectual de la ayuda exterior’ (Samoff 1999 apud. Sogge 2002). La publicación anual de sus Informes Mundiales sobre el Desarrollo y el hecho de disponer de más de dos mil ‘indicadores clave para el desarrollo’ en su página electrónica, por ejemplo, posicionan la institución de manera privilegiada en la producción y difusión de conocimiento. El primer Informe Mundial sobre Desarrollo fue publicado en 1978, momento en el que este tipo de publicación aún no era demasiado frecuente. Su influencia en el debate teórico sobre el desarrollo queda ilustrada por el documento de 1990, en el cual se propuso el conocido parámetro de un dólar al día como umbral de la pobreza (Yusuf 2009).

150

críticos fueron progresivamente adoptados por el mainstream del desarrollo, muchas veces sin la radicalidad y los objetivos iniciales.

La imposibilidad de dar una definición única y definitiva sobre el desarrollo, desde cualquier disciplina o corriente académica –teniendo especialmente en cuenta las insuficiencias de la visión económica ortodoxa dominante–, ha propiciado la ampliación de este debate hacia consideraciones interdisciplinares y críticas, incluyendo aquellas originadas en estudios feministas y de género (Kabeer 1998; Kanbur 2002). Dicho de otro modo, “la ‘humanización’ del desarrollo ha traído consigo, de forma inevitable, su ‘feminización’” (López 2005, 3). Es a partir de esa humanización y feminización cuando se vislumbra la violencia contra las mujeres como un tema de desarrollo, aunque esta preocupación no haya surgido de manera tan inmediata como las de la maternidad (muy presente en el pionero enfoque del bienestar) o de la inserción laboral femenina (cuestión abordada, por ejemplo, en el enfoque de la equidad). En algunos casos, esta inclusión se hace de manera bastante perversa, por ejemplo, cuando la atención a la violencia contra las mujeres se justifica por sus ‘efectos nocivos’ sobre la productividad de las trabajadoras, afectadas por problemas de salud derivados de los malos tratos (Banco Mundial 1995 apud. Reeves 2000, 330).

De este modo, pese a que en los últimos años existe un aparente consenso en torno a la igualdad de género y una cierta convergencia respecto a la importancia que merece el tema en la cooperación internacional, se constata que “las mujeres siguen ocupando un lugar marginal en el pensamiento y la política del desarrollo” (Kabeer 1998, 26).

Es necesario reconocer que, en los diez años que transcurrieron entre las tres primeras Conferencias Mundiales sobre la Mujer (México en 1975, Copenhague en 1980 y Nairobi en 1985), el discurso sobre las mujeres en el desarrollo cambió significativamente. Se crearon oportunidades para abordar la violencia contra las mujeres y para incluir nuevas voces que demandaban más investigaciones y espacio en las organizaciones de desarrollo. En Nairobi, fue destacable el esfuerzo que se realizó para dar más visibilidad a las perspectivas de las organizaciones de mujeres de los países en desarrollo que, reunidas en plataformas como la red DAWN (Development

Alternatives with Women for a New Era), expresaron su descontento con los enfoques

MED y reivindicaron un desarrollo alternativo, centrado en las necesidades de las personas más pobres, especialmente las mujeres (Jain 2005). Se recuerda asimismo este momento como uno de acercamiento y recuperación del diálogo entre las feministas occidentales y las de los países en desarrollo, teniendo como punto de partida la

151

comprensión de las desigualdades de clase y género en un contexto global (Parpart 1994).

Solo recientemente se ha asumido la violencia contra las mujeres como algo relevante en la agenda internacional del desarrollo, desde cualquiera de sus perspectivas o propuestas de medición. Desde el momento que se acepta y se reconoce que cualquier intervención de desarrollo necesita tener en consideración el enfoque de género, entendiendo éste como un minucioso análisis de las necesidades de mujeres y hombres, las violencias que sufren las mujeres aparecen inevitablemente como una cuestión central a la que se debe atender. Este tema aparece explícitamente en el programa de acción aprobado en 1980 durante la Conferencia de Copenhague y sigue siendo considerado como un problema relevante por otras instancias de Naciones Unidas hasta la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Nairobi, a diferencia de lo que había ocurrido en la primera Conferencia de México y en el texto de la CEDAW, aprobado pocos años después (Rodríguez Manzano 2008, 147), en los que se ignoraba. Durante la tercera Conferencia en el país africano, en el foro paralelo de las organizaciones de la sociedad civil que se suele citar como el espacio en el que se articuló por primera vez el enfoque del empoderamiento por la red DAWN, también se discutió abundantemente la violencia contra las mujeres, lo que permitió colocar este tema entre las prioridades que se aprobaron en el documento final (Rodríguez Manzano 2008, 158; 75). La Conferencia de Nairobi supuso también la inclusión en la agenda internacional de la cuestión de las mujeres refugiadas, víctimas de conflictos armados y guerras, tema luego abordado por otras instancias de Naciones Unidas en los siguientes años (Jain 2005, 120-2).

De manera similar a lo ocurrido en las Conferencias Mundiales, el Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), creado en 1976, no vinculó explícitamente violencia contra las mujeres y desarrollo cuestiones durante sus dos primeras décadas de existencia (Jain 2005, 129); tampoco incluyó entre sus prioridades de este período la lucha contra la violencia contra las mujeres. Así, pese a un reconocimiento discursivo a inicios de los años 90 por parte de su dirección sobre el obstáculo al desarrollo que representaba el problema (Carrillo 1991), el cambio interno de esta organización en relación con el tema que nos ocupa se produjo años después, una vez establecido un Fondo Fiduciario dedicado exclusivamente a financiar proyectos relacionados con el problema, cuya creación surge a raíz de una recomendación de la Plataforma de Acción de Beijing (Heyzer 1998).

152

Hoy en día, no se puede negar que la violencia contra las mujeres es un tema recurrente en la agenda del desarrollo, pese a las dificultades para incorporarla de manera decidida y definitiva. Está presente en iniciativas de desarrollo de innumerables temas y sectores, tales como la ayuda humanitaria, los conflictos armados, la infancia, la salud, las migraciones y las relaciones laborales (Naciones Unidas 2009; UNFPA 2010b, a; Cruz y Klinger 2011), por citar solamente los más obvios. Incluso puede parecer anecdótico que la mayor exposición a la violencia sexual a la que están sujetas mujeres y niñas integre el argumentario utilizado en campañas internacionales promovidas por las Naciones Unidas en favor del saneamiento básico y la adecuada instalación de retretes79. Sin embargo, ésta es solamente una de las maneras en las que alguna práctica o contexto específico de la violencia contra las mujeres integra las prioridades de las instituciones internacionales y agencias financiadoras del campo del desarrollo.

Obviamente, hay matices y diferencias en la forma de abordar el problema que necesitan ser tenidos en cuenta. Cuando se consideró que la violencia contra las mujeres era un problema lo suficientemente importante para incluirlo en el campo del desarrollo, surgieron numerosas perspectivas. Sen (1998) identifica tres enfoques principales sobre la violencia contra las mujeres al ámbito del desarrollo. Uno de estos enfoques considera que la violencia contra las mujeres limita la eficiencia de los proyectos de desarrollo; otra de estas perspectivas la ve como un obstáculo a la participación de las mujeres en este tipo de acciones; y, finalmente, un enfoque resalta el agravio al desarrollo humano y la violación de los derechos humanos de las mujeres que supone la existencia de la violencia contra las mujeres.

En el primer punto de vista, se considera a las mujeres un recurso para el desarrollo y la violencia se percibe, principalmente, como una limitación de su productividad o un coste económico directo o indirecto evitable para los individuos, el Estado o la sociedad. Este tipo de enfoque suele concentrarse en determinadas formas de violencia contra las mujeres, en general las más visibles o cuantificables, ignorando

79

Con ocasión del Día Mundial del Saneamiento del 2014, instituido por la Asamblea General de Naciones Unidas en el año anterior y celebrado el 19 de noviembre, una declaración del Secretario de Naciones Unidas afirmaba: “Tenemos la obligación moral de acabar con la defecación al aire libre y tenemos el deber de velar por que mujeres y niñas no corran peligro de ser víctimas de agresiones o violaciones simplemente porque carecen de acceso a servicios de saneamiento. Por ello, el tema de este año del Día Mundial del Retrete se centra en “La igualdad, la dignidad y la relación entre la violencia por razón de género y el saneamiento” (consulta realizada el 21 de noviembre de 2014: http://www.un.org/en/events/toiletday/).

153

de ese modo tanto el entramado social que las favorece o las justifica como el papel del Estado y las instituciones de la cooperación internacional al desarrollo a la hora de que se produzcan o se perpetúen. Dentro de la serie de Informes sobre Desarrollo Mundial del Banco Mundial, la publicación correspondiente al año 2012 se centra en la igualdad de género (World Bank 2011). Pese a expresar un inédito reconocimiento de la igualdad de género como un objetivo de desarrollo en sí mismo por parte de esta institución (Razavi 2012), el contenido de la publicación no rompe con la desatención a aspectos estratégicos y estructurales que perpetúan las desigualdades entre mujeres y hombres (Herrfahrdt-Pähle y Rodenberg 2012). La violencia contra las mujeres, además de verse circunscrita mayoritariamente al ámbito doméstico, vuelve a ser abordada en términos de eficiencia económica.

Además de reducir la eficiencia de las acciones dirigidas a la promoción del desarrollo, la violencia puede obstaculizar o impedir la participación de las mujeres en las intervenciones o en el disfrute de los servicios que éstas ofrecen. Aunque la participación se ha convertido en un elemento importante en los proyectos de desarrollo, ésta debe ser abordada de manera crítica, poniendo atención a la seguridad e integridad física de las mujeres. En contextos de relaciones de género desiguales, incentivar la presencia de las mujeres en espacios públicos o en actividades para generar ingresos, por ejemplo, puede afectar a estas relaciones y provocar amenazas e prohibiciones de sus parejas.

El problema se agrava cuando se produce o se recrudece la agresión masculina debido a la participación de las mujeres en estas actividades. Una acción de cooperación al desarrollo, aunque bien intencionada y efectiva en lo que se refiere a sus objetivos, puede influir en las relaciones de poder de sus participantes a nivel doméstico y familiar, aspectos inseparables de la violencia ejercida contra las mujeres en el ámbito privado, como ya alertaba Jacobson (1993) en un texto pionero dirigido al personal de las agencias de cooperación. También en esa misma época, cuando la violencia contra las mujeres aún no se discutía abiertamente en los equipos e instituciones del desarrollo, El-Bushra y Piza Lopez (1993) llamaron la atención sobre esta cuestión en el ámbito de los espacios comunitarios y públicos, y no solamente en el de las relaciones de pareja, a la vez que recomendaban el uso de un mecanismo específico de seguimiento de la violencia basada en el género dentro de las etapas de cualquier proyecto, desde su programación hasta su evaluación.

De todos modos, este riesgo no debería ser motivo para seguir negando la participación de las mujeres en los proyectos de desarrollo, sino que debería servir para

154

prevenir los posibles efectos de las intervenciones en dinámicas sociales que pueden exacerbar esta forma de violencia. Se resalta, así, la necesidad de considerar la violencia contra las mujeres como una cuestión transversal en cualquier intervención en desarrollo80. Aunque cuando la violencia contra las mujeres no se trate de manera directa, esta problemática se presenta en cualquier intervención de cooperación al desarrollo que afecte a las relaciones de poder entre mujeres y hombres:

Todos los organismos de desarrollo deben ser conscientes de los riesgos del aumento de la violencia contra las mujeres y tenerlos en cuenta en el conjunto de su planificación e intervenciones (…). Los proyectos de desarrollo necesitan tener ese aspecto en consideración cuando proporcionan a las mujeres recursos económicos, acceso a la planificación familiar, nuevas redes de apoyo y un estatus diferente fuera de casa. Todas esas intervenciones pueden aumentar el estatus de las mujeres, lo cual puede resultar en reacciones violentas por parte de los varones. (Pickup, Williamns y Sweetman 2001, 302)

Finalmente, hay un enfoque que se centra en las personas como beneficiarias del desarrollo y en el que se identifican tres variantes, según la perspectiva sobre el desarrollo en la que se ponga el énfasis. Una de ellas prioriza la universalidad de los derechos humanos, entendiendo la violencia contra las mujeres como un problema de alcance mundial81. La segunda variante incide sobre la violencia contra las mujeres como una violación de la integridad de los cuerpos de las mujeres y de sus derechos reproductivos. Ésta se puede ver, por ejemplo, en el Programa de Acción de la ya mencionada Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de El Cairo, que considera por primera vez la eliminación de cualquier tipo de violencia contra las mujeres una de las piedras angulares de los programas de población y desarrollo (López Méndez 2006, 106-7). La tercera variante de este enfoque, al considerar que la violencia contra las mujeres impide el control del propio cuerpo y la toma de decisiones vitales, estaría vinculada a teorías sobre desarrollo humano. Se entiende este desarrollo humano en términos de ampliación de oportunidades y decisiones de los individuos sobre sus propias vidas, lo que se vería claramente afectado por la expresión violenta del poder masculino sobre las mujeres.

80

Relacionado con esto, la violencia basada en el género se muestra como una cuestión a tener en cuenta de forma sistemática en la protección de activistas que trabajan en la promoción de los derechos de las mujeres alrededor del mundo, como señalan informes de la relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de las y los defensores de los derechos humanos y de una coalición internacional de defensores de los derechos de las mujeres (United Nations 2010; Asoka 2012).

81

Un repaso de las políticas y mecanismos de inversión de instituciones financieras internacionales tales como el Banco Mundial y otros bancos de desarrollo, indica que esas organizaciones raramente abordan la violencia basada en el género como un tema de derechos humanos, además de actuar con negligencia respecto al impacto de sus acciones en la aparición de este problema (Arend 2011).

155

Las perspectivas anteriormente mencionadas, así como sus variantes (seguramente más interrelacionadas de lo que una simple, aunque útil, esquematización pueda dar a entender), evidencian una multiplicidad de puntos de vista en cuanto a los vínculos existentes entre la violencia contra las mujeres y los debates sobre el desarrollo. La violencia contra las mujeres en el contexto de la intervención de la cooperación internacional al desarrollo puede parecer, con frecuencia, algo inabarcable debido a la infinidad de formas y contextos en los que se presenta y los ámbitos de actuación en los que se requiere trabajar. No obstante, se debe evitar en estas situaciones las simplificaciones y reducir a eslóganes los complejos problemas a los que se enfrenta el campo del desarrollo, especialmente en asuntos relacionados con la desigualdad (Rodríguez Manzano 2006, 44).

Asimismo, es necesario reconocer que los sesgos y obstáculos en la recogida de datos fiables sobre la violencia contra las mujeres (aspecto que se discutió en el capítulo anterior), favorecen que se las margine en el ámbito de cualquier política pública, incluyendo la cooperación internacional al desarrollo. Como muestra, a continuación se van a examinar dos propuestas que han destacado en las últimas décadas en este campo: el Índice de Desarrollo Humano (IDH), considerado una forma de medición alternativa del desarrollo, y los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), una propuesta de metas para promover el desarrollo que se ha descrito como innovadora en lo que respecta a sus planteamientos, pero reduccionista en cuando a su alcance.