• No results found

3. Results and Analysis

3.2 Faculty Interviews

3.2.2 Student Development

El Imperio occidental pereció; pero no dejó a Europa donde la habían encontrado los invasores aqueos. De modo semejante, hay una gran diferencia entre la Europa del siglo XX, con toda su experiencia de regimentación y opresión, y la Roma o Bizancio de Constantino. El régimen cruel de los emperadores tardíos logró su propósito al conservar la herencia clásica para la posteridad. El hombre no está atado a una rueda giratoria. El progreso es real.

El abate Galliani, en una carta del 1 de enero del año 1744, preguntó:

¿La caída de los imperios? ¿Qué puede significar esto? Los imperios, no estando ni arriba ni abajo, no caen. Cambian de apariencia, y es la gente quien habla del derrocamiento y de la ruina —palabras que esconden un juego entero de error y decepción. Sería más correcto hablar de fases del imperio.

En este punto de vista paradójico —la negación del proceso entero de la decadencia y la caída— hay un ápice de verdad. Ha sido defendido con gran vigor por Dopsch y Heichelheim, quienes señalan con razón que no hubo una ruptura completa en ninguna de las ramas principales de la actividad humana. El proceso que denominamos «decadencia y caída» duro varios siglos, y trajo consigo un progresivo decaimiento de la intensidad de la vida económica y de la cultura en general. A lo largo de grandes zonas, como hemos visto, la influencia de las ciudades se debilitó y quedó interrumpida, y la vida siguió en el campo. Sin embargo, la tradición principal persistía. Incluso se puede sostener que la decadencia cultural que precedió al colapso de la autoridad imperial de Occidente acercó más a los romanos al nivel de sus conquistadores, y así facilitó la transmisión final de la herencia. La extensión de esta transmisión varió, por supuesto, de una zona a otra. En el sur, donde los germanos nunca fueron más que una minoría —en Italia, Provenza, Aquitania y España—, permaneció la antigua población, y los recién llegados fueron absorbidos: las lenguas romances, no germánicas, reemplazaron al latín. Pero en la zona representada por Inglaterra, los Países Bajos y Bélgica, y las fronteras del Rhin y del Danubio, el proceso fue más com- plicado, y resultó distinto casi para cada actividad. Porque aquí había asentamientos masivos de germanos, y la población romana original huyó hacia el sur a principios del siglo V, cuando la corte abandonó Tréveris, o fue diezmada si se quedó atrás. Podemos leer en Salviano la descripción de la aflicción de una de sus parientes, que había perdido todas sus propiedades y tuvo que trabajar como sirvienta en casa de damas francas. Sin embargo, incluso en esta zona persistían la artesanía y las técnicas. Cuando hablamos de decadencia económica, hablamos de decadencia de la organización, no de la desaparición completa de actividades y de habilidades. Realmente, aunque desapareció la mayoría de las comodidades y refinamientos de la vida entre esa minoría que antes había disfrutado de ellos, las técnicas mismas seguían siendo transmitidas casi sin cambios de padres a hijos dentro de las rígidas corporaciones del Imperio tardío. En las regiones griegas del Imperio, las ciudades seguían existiendo, aunque disminuidas en tamaño; en Occidente, aunque las ciudades con frecuencia (pero no siempre) murieron, las propiedades feudales y los monasterios guardaron la herencia y la transmitieron.

Había habido feudalismo y bienes eclesiásticos en el mundo antiguo en épocas anteriores —en Babilonia, por ejemplo. Pero el feudalismo que llenó el vacío entre la decadencia del Imperio romano y el nuevo crecimiento de la producción capitalista para el mercado introducido en el mundo moderno, fue infinitamente más fructífero que sus equivalentes anteriores. La causa fue que tenía detrás, reforzándolo, los logros de la civilización clásica y su herencia técnica. La nueva artesanía introducida por los griegos y

los romanos sobrevivió. En Francia y Germania, los hornos de los vidrieros sirios fueron mantenidos por sus seguidores, que transmitieron la técnica de artesanos a aprendices; y en el año 700 d. de J.C. las norias, conocidas en el siglo I y desarrolladas en el IV, eran utilizadas ampliamente en zonas tan al norte como Inglaterra. Además, no se deben ignorar las contribuciones positivas de los mismos invasores1. Los

abrigos de piel y pantalones se habían hecho bastante populares como para que los prohibieran en Roma por edicto imperial en los años 397 y 399; y la Alta Edad Media se benefició de una larga serie de innovaciones que no procedían del mundo clásico, sino de los pueblos del Norte, entre ellas las joyas de esmalte tabicado, la fabricación de fieltro, los esquís, el uso del jabón y de la mantequilla, la construcción de tinas y barriles, el cultivo de centeno, avena, espelta y lúpulo, y el descubrimiento del arado pesado, el estribo y la herradura. Pero estas invenciones sirvieron fundamentalmente para completar el legado principal de forma que, sobre los logros del mundo clásico, se avanzó hacia un amplio uso de la fuerza animal, hidráulica y del viento. La importancia de estos nuevos avances en la historia de la humanidad es incalculable. Se ha observado, no sin alguna razón, que

la gloria principal de la baja Edad Media no fueron sus catedrales, ni sus épicas y su escolasticismo: fue la construcción, por primera vez en la historia, de una civilización compleja que no descansaba en las espaldas de sudorosos esclavos o culíes, sino fundamentalmente en la fuerza no-humana2.

Este logro, como todos los demás de la Europa medieval, es inconcebible sin la herencia clásica en que se basó.

No es fácil describir la transmisión de esta herencia. En primer lugar, no se llegó, naturalmente, al punto más bajo con el colapso del poder imperial en el año 476 d. de J.C. Hubo un período de desgaste que en muchos aspectos duró varios siglos; y en algunas esferas continúa todavía, mientras que en otras ya ha comenzado la recuperación. Lo que estaba arraigado en la tierra seguía vivo: el cultivo de la viña, las antiguas fronteras, las murallas de las ciudades, los edificios. Pero con frecuencia el fondo cultural, por ejemplo la vida que se desarrollaba dentro de las estructuras materiales de la ciudad, cambió por completo. Muchas veces se perdió más de lo que resultaba evidente a primera vista, y fue recuperado más tarde por la transferencia cultural. Pero gradualmente el proceso de recuperación cobraba velocidad; y muchos canales y afluentes distintos se unieron al fin para formar este poderoso río que es hoy nuestra herencia clásica.

Ya hemos mencionado los feudos y monasterios de Europa occidental como los centros de habilidad técnica; pero los monasterios, por lo menos, eran más que eso. Como casas de estudio donde todavía se hablaba el latín, albergaron el trabajo de cientos de monjes que copiaron diligentemente los antiguos textos clásicos que iban a servir de base a la nueva erudición del Renacimiento venidero. La caída del gobierno romano occidental resultó ser un golpe duro al Derecho romano en Occidente. Durante el siglo VI los germanos todavía se preocupaban de hacer apógrafos para sus súbditos romanos; y en Francia y Germania el llamado Breviario de Alarico, una versión simplificada, publicada en el año 506 para los que no podían enfrentarse con los códigos completos, estuvo vigente hasta el siglo XII. Pero en España la distinción entre el Derecho germánico el Derecho romano se había perdido en época tan temprana como el siglo VII. En este campo el Imperio oriental ofreció ayuda, y desde el siglo XI el redescubrimiento del Corpus Iuris Civilis de Justiniano «extendió el estudio del Derecho romano como un reguero de pólvora por las nacientes universidades de Europa, e incluso fue a menudo una de las causas de su fundación»3

Así renacido, el Derecho romano llegó a ser, en las palabras de Maine, la lingua franca de la jurisprudencia. Sirvió para establecer una base común de legislación en gran parte de Europa. Ya en esta

1 Cf. L. White, Speculum, XV, 1940, p. 144 ss. 2 L. White, ibid, p. 156.

época habían concluido los tiempos oscuros, y las nuevas brisas del siglo XII avivaban las chispas de cultura y erudición, encendiendo una nueva llama.

Mientras tanto, en la mitad oriental del Imperio, el Estado bizantino conservó la teoría clásica y las técnicas clásicas. Desde allí ambas pasaron al Imperio sasánida de Irán y a los califatos de Bagdad, para incorporarse temporalmente al diluvio turbulento del Islam. Los árabes, a su vez, llevaron la herencia a través de las antiguas regiones romanas del norte de África, y la pasaron a las provincias moras de España y Sicilia. Así enriquecida, volvió a Europa, para reunirse con la corriente directa de la tradición occidental. Desde los tiempos del Renacimiento y del redescubrimiento del griego, se hizo difícil separar la vieja herencia directa de la que se había desenterrado y absorbido en época más reciente. Basta para nuestros propósitos con observar que esta herencia se transmitió, fertilizando la mente de los que, a lo largo de la costa atlántica, estaban construyendo un nuevo mundo, un mundo basado en la ciencia experimental y el perfeccionamiento técnico. De ahí se extendió a ambos lados del océano y llegó a los más lejanos rincones del planeta. De esa fertilización ha nacido nuestra civilización actual, heredera del mundo antiguo por una línea tortuosa, pero ininterrumpida.

De una u otra forma, nuestra propia sociedad ha incorporado en su tejido todo lo importante de la cultura clásica y de la cultura de civilizaciones aún más antiguas. La decadencia y la caída de Roma son totalmente reales, un auténtico declive surgido de un complejo de causas que son sobrada y penosamente claras. Pero, a pesar de eso, fue el camino por donde pasó la humanidad, a través del largo y sólo aparente estancamiento del feudalismo, hacia la nueva explosión del progreso que creó el mundo moderno. Y ahora, al haber avanzado, sin seguir evidentemente la línea recta ascendente de la que hemos hablado en un capítulo anterior, sino mediante el método consagrado por la historia de un paso atrás y dos pasos adelante, nos encontramos otra vez en la encrucijada y volvemos, con Gibbon, a observar de nuevo la lección de la decadencia de Roma.

«Esta revolución pavorosa* —escribió— se puede aplicar útilmente para la instrucción de nuestra

época». ¿Cuáles son, entonces, las alternativas que nos presenta? Están bastante claras. Una opción con la que nos enfrentamos consiste en intentar planificar los recursos de la sociedad moderna para la totalidad de los pueblos, cualquiera que sea su color; avanzar hacia un reparto más equitativo de la riqueza, en los dos niveles, nacional e internacional; dar plena oportunidad al empleo de las nuevas fuerzas técnicas que ya controla el hombre. Esta es una senda nueva sobre la cual la antigüedad no puede iluminarnos, porque nunca recorrió ese camino. La alternativa es ignorar la lección que nos ofrece la historia de Roma, seguir los pasos del mundo antiguo (que nunca resolvió este problema porque no pudo), planificando o dejando de planificar para unos pocos, para el infraconsumo doméstico, para una confusa lucha por conseguir mercados exteriores y así, a la larga, para llegar a guerras imperialistas o coloniales, a revoluciones y a la ruina final.

Que esta ruina pueda, como la de Roma, dar origen a nuevos desarrollos sociales, conduciendo con la plenitud de los tiempos a alguna sociedad futura, que a su vez se enfrentaría con el mismo problema, es un pequeño consuelo para nosotros si no logramos resolver el problema ahora. Pero, puesto que tenemos la opción, mientras los antiguos no tuvieron ninguna, podemos ejercer algún grado de caridad mientras contemplamos su caída y la inexorable cadena de causa y efecto que actuó dentro de la estructura social de la antigüedad; y en vez de consolarnos con pronunciar juicios morales sobre hombres muertos hace mucho tiempo, haremos mejor estando bien seguros de que entendemos por qué la sociedad antigua decayó hasta un fin inevitable. Si hemos aprendido las lecciones de esa «pavorosa revolución», podremos con mayor ventaja dedicar nuestras pasiones y nuestras energías a la mejora de lo que está mal en nuestra propia sociedad.

* «This awful revolution...» Gibbon emplea la palabra «awful», que tiene connotaciones ambiguas en inglés, que dan idea de la

NOTAS SOBRE LECTURAS ADICIONALES

El problema de si existió una ruptura o una continuidad entre el Imperio tardío occidental y la Europa medieval y, si se admite que hubo ruptura, cuándo se produjo, ha sido discutido por A. Dopsch, Economic and Social Foundations of European Civilisation, Londres, 1937 [Ed. en castellano: Fundamentos económicos y sociales de la cultura europea, trad. de José Rovira Armengol, Fondo de Cultura Económica, México, 1951]; por J. Pirenne, Economic and Social History of Mediaeval Europa, Londres, 1936 [Ed. en castellano: Historia económica y social de la Europa medieval. Fondo de Cultura Económica, México, 1938]; por F. Lot, The End of the Ancien World and the beginning of the Middle Ages, Nueva York, 1932; y por H. St. L. B. Moss, The Birth of the Middle Ages, Oxford, 1935. Más tarde Pirenne volvió a la discusión en Mohammed and Charlemagne, Londres, 1939. Para los que leen alemán, el volumen de ensayos de H. Aubin, Vom Altertum zum Mittelalter, Munich, 1949, proporciona un panorama útil de algunos de los problemas del período de transición. Véase también la colección de ensayos sobre la transformación del mundo romano, editada por Lynn White, que se cita en la nota 1 de la Introducción.

TABLA DE FECHAS a. de J.C.

753 Fundación tradicional de Roma.

509 Expulsión de los Reyes: instauración de la Republica. 390 Saqueo de Roma por los galos.

338 Derrota de los latinos; Roma dueña del Lacio.

327-290 Guerras samnitas; Roma dueña de la Italia central.

323 Muerte de Alejandro Magno; el comienzo de la Edad helenística se sitúa normalmente en esta fecha.

287 Fin de la lucha de las órdenes. Comienzo del predominio marcado del Senado. 275 Derrota de Pirro de Epiro; Roma dueña de Italia.

264-41 Primera guerra púnica: Roma gana Sicilia. 238 Roma se anexiona Cerdeña.

218-202 Segunda guerra púnica contra Aníbal. 197 Derrota de Filipo V de Macedonia. 189 Derrota de Antíoco de Siria.

168 Derrota de Perseo de Macedonia. Las minas macedonias cerradas. Italia exenta en adelante de pagar tributo.

146 Derrota de Acaya; destrucción de Corinto. Destrucción de Cartago. 133 Derrota de los españoles en Numancia. Pérgamo legado a Roma. Reformas de Tiberio Graco; asesinato de éste.

123-2 Reformas de Cayo Graco. 121 Cayo empujado al suicidio. 112-105 Guerra con Yugurta.

104-100 Reformas de Mario del Ejército romano. 90-89 Guerra con los aliados italianos.

82 Sila en convierte en dictador en Roma.

73-71 Rebelión de los esclavos bajo el mando de Espartaco. 70 Verres, gobernador de Sicilia, sometido a juicio por extorsión. a. de J.C.

63 Conjuración de Catilina contra el Estado. 59- 50 julio César en la Galia.

49 Guerra Civil entre Pompeyo y César. 44 Asesinato de César.

31 Batalla de Accio; Octaviano, victorioso sobre Antonio y Cleopatra, dueño a partir de ahora del mundo romano.

27 Octaviano toma el título de Augusto. Hace el gesto de «restaurar la República». La institución del Imperio se fecha normalmente en este año.

ESCRITORES GRIEGOS Y ROMANOS MENCIONADOS EN ESTE LIBRO HERÓDOTO (circa 484-circa 425 a. de J.C.), historiador griego de las guerras persas.

TUCÍDIDES (hacia 430-400 a. de J.C.), historiador griego de la gran guerra entre Atenas y Esparta. PLATÓN (427-347 a. de J.C.), filósofo griego, fundador de la Academia.

ARISTÓTELES (384-322 a. de J.C.), filósofo y científico griego, fundador del Liceo. ENEO (siglo IV a. de J.C.), escritor griego sobre táctica.

EPICURO (342-270 a. de J.C.), filósofo griego, fundador del Jardín.

CATÓN el Viejo (234-149 a. de J.C.), estadista romano, historiador y escritor sobre agricultura. POLIBIO (circa 200-118 a. de J.C.), historiador griego del crecimiento del poder de Roma. POSIDONIO (circa 135-51 a. de J. C.), filósofo griego que vivía en Roma.

JULIO CÉSAR (100-44 a. de J.C.), escritor de comentarios que describen sus campañas en la Galia y la Guerra Civil.

CICERÓN (106-43 a. de J.C.), estadista, orador y filósofo romano.

SERVIO SULPICIO (m. 43 a. de J.C.), jurisconsulto romano y amigo de Cicerón.

LUCRECIO (98-55 a. de J.C.), escribió De Rerum Natura, una obra épica latina ideada para librar a los hombres del miedo a la muerte, basada en las enseñanzas de Epicuro.

CÁTULO (87-circa 47 a. de J.C.), poeta romano, escritor de lírica, epigramas y poemas épicos cortos. ESTRABÓN (circa 64 a. de J.C.-circa 24 d. de J. C.), geógrafo griego.

VIRGILIO (70-19 a. de J.C.), poeta épico romano, escribió la Eneida. HORACIO (65-8 a. de J.C.), satírico y poeta lírico romano.

SÉNECA el Viejo (circa 55 a. de J.C.-circa 40 d. de J.C.), escritor romano de retórica. VELEYO PATÉRCULO (circa 19 a. de J.C-circa 30 d. de J.C.), historiador romano menor. SÉNECA el Joven (circa 4 a. de J.C.-65 d. de J.C.), filósofo, autor trágico y satírico romano. PLINIO el Viejo (23-79 d. de J.C.), enciclopedista romano.

LUCANO (39-65 d. de J.C.), poeta épico romano, autor de De Bello Civili, una obra épica sobre la guerra entre César y Pompeyo.

PETRONIO (m. 66 d. de J.C.), satírico romano.

COLUMELA (hacia 50 d. de J.C.), escritor romano sobre agricultura. POMPONIO MELA (hacia 44 d. de J.C.), geógrafo romano.

QUINTILIANO (circa 35 d, de J.C.-circa 100), escritor romano sobre retórica y educación. MARCIAL (circa 40 d. de J.C.-circa 104), escritor romano de epigramas.

VALERIO FLACO (m. circa 90 d. de J.C.), poeta épico romano, escribió un poema sobre los Argonautas.

PLINIO el Joven (61 d. de J.C.-circa 113), escritor romano de cartas; sus obras incluyen su correspondencia con el Emperador Trajano mientras fue gobernador de Bitinia.

DIÓN DE PRUSA, CRISÓSTOMO (circa 40 d. de J.C. -después de 112), orador griego y filósofo cínico.

TÁCITO (circa 55 d. de J.C.-circa 118), historiador romano, autor de la Germania, Historias, Anales, etc.; y también de un diálogo sobre la decadencia de la oratoria.

JUVENAL (hacia 100 d. de J.C.), satírico romano.

APULEYO (hacia el siglo II d. de J.C.), novelista romano, autor de El asno de oro. ELIO ARÍSTIDES (117-189 d. de J.C.), retórico y sofista griego.

TERTULIANO (circa 160 d. de J.C.- circa 225), escritor latino eclesiástico de África. PLOTINO (205-270 d. de J.C.), filósofo neoplatónico griego.

ULPIANO 228 d. de J.C.), jurista romano.

AUSONIO (hacia el siglo IV d. de J.C.), poeta romano y maestro de gramática y retórica de Bordeaux. AMIANO MARCELINO (hacia el siglo IV d. de J.C.), historiador romano.

LIBANIOS (hacia el siglo IV d. de J.C.), orador y escritor griego de Siria.

TEMISTIO (hacia el siglo IV d. de J.C.), erudito griego que parafraseó a Aristóteles.

EUSEBIO (circa 260 d. de J.C.-340), historiador eclesiástico griego de Cesarea en Palestina. VEGECIO (hacia 386 d. de J.C.), escritor latino sobre el arte de la guerra.

LACTANCIO (hacia el siglo IV d. de J.C.), escritor latino cristiano. SAN AGUSTÍN (354 d. de J.C.-430), escritor latino cristiano.

SAN JERÓNIMO (346 d. de J.C.-420), escritor latino cristiano, traductor de la Biblia latina (Vulgata). OROSIO (hacia 410-420 d. de J.C.), historiador eclesiástico latino de España y discípulo de San Agustín.

CLAUDIANO (hacia circa 400 d. de J.C.), poeta cortesano latino, procedente originariamente de Alejandría.

SALVIANO (hacia el siglo V d. de J.C.), presbítero de Marsella y escritor latino cristiano. BOECIO (circa 480 d. de J.C.-534), filósofo cristiano y escritor sobre varios campos.

LOS EMPERADORES ROMANOS HASTA TEODOSIO 27 a. de J.C. 14 d. de J.C. Augusto d. de J.C. 14-37 Tiberio 37-41 Cayo (Calígula) 41-54 Claudio 54-68 Nerón 68-69 Galba 69 Otón 69 Vitelio 69-79 Vespasiano 79-81 Tito 81-96 Domiciano 96-98 Nerva 98-117 Trajano 117-138 Adriano 138-161 Antonino Pío 161-180 Marco Aurelio 161-169 L. Vero 180-193 Cómodo 193 Pertinax 193 Didio Juliano 193-211 Septimio Severc 211-217 Caracalla 211-212 Geta 217-218 Macrino 306-312 Majencio 311-323 Licinio 306-337 Constantino 337-340 Constantino II 337-361 Constancio II 337-350 Constante 361-363 Juliano 218-222 Heliogábalo 222-235 Alejandro Severo 235-238 Maximino 238 Gordiano I 238 Gordiano II 238 Balbino 238 Pupieno 238-244 Gordiano III 244-249 Filipo 249-251 Decio 251-253 Treboniano 253 Emiliano 253-260 Valeriano

253-268 Galieno 268-270 Claudio II 270-275 Aureliano 275-276 Tácito 276 Floriano 276-282 Probo 282-283 Caro 283-285 Carino 283-284 Numeriano 284-305 Diocleciano 286-305 Maximiano 292-306 Constancio 293-311 Galerio 363-364 Joviano 364-375 Valentiniano I 364-378 Valente 367-383 Graciano 375-392 Valentiniano II 379-395 Teodosio

Los emperadores cuyos nombres están agrupados con corchetes reinaron juntos. Los siguientes emperadores tardíos también se mencionan en el texto: 395-423 Honorio

475-476 Rómulo Augustulo