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Summary of Aspects and Qualities 82

7. CONCLUSIONS 80

7.1. Summary of Aspects and Qualities 82

Com enzaron así en el verano de 1940 los acontecim ientos que definirán para la eternidad la im agen de Inglaterra. Densas form aciones de bom barderos alem anes acom pañados de su escolta de cazas zum baban por los cielos azules en dirección a Kent y a Sussex, para enfrentarse con los Hurricanes y los Spitfires que salían a interceptarlos, trazando blancas estelas de vapor en el aire. Los aviones estéticam ente m ás herm osos que ha visto el m undo, cuy a belleza ha aum entado a oj os de la posteridad debido al papel desem peñado com o salvadores de la libertad, atravesaban las form aciones de bom barderos lanzándose en picado, girando en espiral, ladeándose y disparando sin cesar. Los observadores levantaban la cabeza, com o hipnotizados por el espectáculo. Los dependientes de las tiendas y las am as de casa, los em pleados de banca y los escolares, oían el estruendo de las am etralladoras; veían fragm entos de avión y cartuchos vacíos que caían tintineando en sus calles y ensuciaban los j ardines de las afueras; a veces incluso encontraban aviadores abatidos de uno y otro bando, que llegaban dando tum bos hasta sus puertas.

Los aviones alcanzados se hundían en el suelo vom itando hum o y levantando m ontones de polvo que luego caía en cascada cuando sus ocupantes tenían la suerte de estrellarse y caer a tierra, porque otros estallaban en el aire y se deshacían en m il fragm entos ígneos. Fue una contienda com o no ha conocido otra la experiencia hum ana, presenciada por m illones de personas que siguieron adelante con su m onótona vida cotidiana, encantadas del hecho de que los calentadores de agua hirvieran en la cocina, de que las flores brotaran en los setos de los j ardines, de que se repartieran los periódicos y se sirviera m iel a la hora del té a varios centenares de m etros por debaj o del escenario de una de las batallas m ás decisivas de la historia. Los pilotos que se enfrentaban al olvido eterno durante todo el día se pasaban la noche cantando en sus « locales de costum bre» , cuando lograban sobrevivir. Su j erga propia de colegiales —« darse un tortazo estupendo» , « estirar la pata» — pasó al lenguaj e coloquial, haciendo realidad la observación de un escritor francés citado por el doctor Johnson: « Il y

a beaucoup de puerilités dans la guerre» .

Cuando las bom bas em pezaron a caer sobre las ciudades británicas, las explosiones hacían que se depositara sobre cualquier superficie una densa capa de polvo, envolviendo todo el tej ido urbano del país en una m onótona tonalidad gris que persistía durante la totalidad del bom bardeo. No obstante, seguía habiendo islas de belleza tem poral. Jock Colville quedó sorprendido al ver unas m ariposas de las ortigas revoloteando alegrem ente sobre el césped detrás de Downing Street: « Siem pre asociaré con 1940 ese j ardín en verano y la esquina del Tesoro recortándose sobre un cielo azul de porcelana» . Churchill, intensam ente vulnerable al sentim entalism o, presenció m uchas escenas que lo hicieron desfallecer. Un día, y endo en coche a Chequers, divisó una fila de gente. Ordenó al chófer que se detuviera y pidió a un detective que investigara para qué estaban haciendo cola. Cuando le dij eron que estaban esperando para com prar alpiste, el secretario particular de Churchill, John Martin, anotó: « Winston se puso a llorar» .

El 10 de j ulio fue designado después oficialm ente com o el prim er día de la batalla de Inglaterra, aunque a los aviadores de uno y otro bando no les pareciera m uy distinto de las j ornadas que lo precedieron y que lo habrían de suceder. El m es siguiente se caracterizaría por las escaram uzas sobre el canal de la Mancha y la costa m eridional de Inglaterra, donde la Luftwaffe nunca perdió m ás de dieciséis aparatos en un día de com bate —el 25 de j ulio— y el Mando de Cazas de la RAF no m ás de quince. Churchill insistió en que los convoy es costeros siguieran navegando por los Narrows, en parte para reafirm ar los derechos de navegación de los británicos, y en parte para hacer que la Luftwaffe entrara en acción en unas condiciones consideradas favorables para la RAF. El 11 de agosto aum entó notablem ente el desgaste: fueron abatidos 30 aparatos ingleses y 35 alem anes. El m es siguiente, Goering lanzó su gran asalto contra el Mando de Cazas, sus aeródrom os, centros de control y estaciones de radar. Entre el 12 y el 23 de agosto, la RAF perdió 133 cazas en com bate, y otros 44 en accidente, m ientras que la Luftwaffe perdió en total 299 aviones.

A com ienzos del otoño, las baj as británicas y los desperfectos sufridos por las instalaciones habían alcanzado unas proporciones críticas. Entre los j efes de escuadrilla de Dowding, 11 de 46 resultaron m uertos o heridos entre j ulio y agosto, j unto con 39 com andantes de vuelo de un total de 97. Un piloto del Mando de Cazas de veintiún años, George Barclay, de la 249.a escuadrilla, hij o de un clérigo de Norfolk, escribió tras los am argos com bates del 7 de septiem bre: « Nuestra desventaj a ha sido hoy increíble (¡y estam os realm ente abrum ados!) … Hay bom bas y cosas cay endo por todas partes esta noche y una cortina de fuego de artillería terrible. ¿Ha em pezado el bom bardeo? La frialdad del j efe de

ala es asom brosa y contribuy e m uchísim o a m antener alta nuestra m oral, cosa que es m uy necesaria esta noche» . Com o en cualquier batalla, no todos los participantes dem ostraron tener m adera de héroe. Tras los repetidos bom bardeos alem anes sobre el aeródrom o avanzado de la RAF en Manston, el personal de tierra perm aneció hacinado en los refugios antiaéreos y se negó a salir de ellos y ocuparse del m antenim iento de los Hurricane. El trabaj o tuvieron que hacerlo los tripulantes de los cazas nocturnos Blenheim , que todavía se encontraban fuera de servicio.

El prim er m inistro siguió atentam ente el desarrollo de los enfrentam ientos cada día. El Servicio Secreto de Inteligencia advirtió que estaba a punto de producirse un desem barco alem án en Gran Bretaña. Pero no resultaba fácil m antener al pueblo británico a un nivel tan alto de expectación. El 3 de agosto, Churchill se vio obligado a hacer una declaración: « El prim er m inistro desea hacer saber que la posibilidad de los intentos de invasión por parte de los alem anes sigue vigente» . Llevó este espíritu a su propio hogar. Downing Street y las estancias subterráneas del gabinete de guerra estaban protegidas por pensionistas de la m arina real, y la m ansión de Chequers por una com pañía de la Guardia. El prim er m inistro se encargó personalm ente de realizar varios sim ulacros de alerta ante la posibilidad de un lanzam iento de paracaidistas alem anes sobre St. Jam es’s Park. « Parecerá m uy extraño hoy día, pero en el verano de 1940 nos lo tom ábam os todos m uy en serio» , recordaba un funcionario de la secretaría del gabinete.

Churchill se ej ercitaba con un revólver y con su propio rifle Mannlicher en un cam po de tiro en Chequers, realizando los entrenam ientos com pletam ente en serio y no sin una agradable excitación. Era extraño que, después de utilizar fuerzas especiales con gran efectividad durante la guerra relám pago de m ay o en el continente, los alem anes no m ostraran luego dem asiado interés en sus posibilidades. Un ataque directo contra Churchill en 1940, probablem ente a m anos de un com ando de paracaidistas lanzados sobre Chequers, les habría producido m uy buenos dividendos. Gran Bretaña tuvo suerte de que sem ej ante tipo de acciones piráticas ocupara en la m ente de Hitler y en la doctrina de la Wehrm acht un lugar m ucho m enor que en la im aginación de Churchill. En el verano de 1940, los alem anes no se habían dado cuenta todavía de lo prim ordial que era la figura del prim er m inistro para el esfuerzo de guerra de Gran Bretaña. El sum inistro de aviones para el Mando de Cazas constituía un factor fundam ental. Aunque la propaganda aplaudía las hazañas del Ministerio de Producción de Aparatos Aéreos, la gestión del m ism o por lord Beaverbrook provocaba en Whitehall duras críticas. Durante algunas sem anas el m inistro dirigió el departam ento desde su residencia particular, Stornoway House, en Cleveland Row, detrás del hotel Ritz. Resulta fácil com prender por qué m ucha gente, entre otros ni m ás ni m enos que Clem entine Churchill, deploraba la actitud

del m agnate de la prensa convertido en barón, por entonces de sesenta y un años. En otro tiem po había sido partidario de la política de apaciguam iento y antes de la guerra había subvencionado en secreto la carrera política de sir Sam uel Hoare, el m ás brillante de los m inistros de Cham berlain. En enero de 1940, Beaverbrook habló al duque de Windsor, el ex rey Eduardo VIII, acerca de una posible oferta de paz a Alem ania. El 6 de m ay o afirm ó en el Daily Express, periódico de su propiedad, que Londres no sería bom bardeada y que los alem anes no atacarían la línea Maginot. El ay udante del Führer, Rudolf Hess, dij o después a Beaverbrook: « A Hitler le gusta usted m ucho» . El historiador G. M. Young ha señalado que Beaverbrook parecía un m édico expulsado de la carrera por haber llevado a cabo una operación ilegal. Se dij o en una ocasión de sus periódicos que nunca apoy aron una causa que fuera honrada ni que se viera coronada por el éxito. El rey se opuso a su inclusión en el gabinete, pero el 10 de m ay o de 1940, fecha de su nom bram iento com o prim er m inistro, Churchill escogió precisam ente a ese antiguo colega del gobierno de Lloy d George de 1917-1918 com o com pañero de m esa durante el alm uerzo.

Beaverbrook logró atraer a Churchill con un hechizo que no llegó a rom perse nunca a pesar de su petulancia de viej o am igo, su deslealtad y sus insultantes m eteduras de pata. La riqueza que poseía aquel m agnate nacido en Canadá im presionaba al prim er m inistro de una m anera casi m ística. Churchill reconocía en el « querido Max» a otro personaj e original com o él, lleno de j uguetona sim patía, rasgo m uy difícil de encontrar aquel verano en Downing Street. A m enudo se ha com entado que Churchill tenía m uchos acólitos, pero pocos am igos íntim os. Más que cualquier otra persona, excepto su esposa, Beaverbrook calm aba la soledad provocada por la apurada situación y las responsabilidades del prim er m inistro. La fe de Churchill en la idoneidad de su antiguo cam arada para el gobierno era excesiva. Pero entre los colegas de gabinete de Beaverbrook ¿quién estaba m ás dotado de dinam ism o y determ inación, rasgos que se consideraban tan fundam entales para hacer frente a los desafíos de 1940?

Com o m inistro, Beaverbrook trataba sin m iram ientos a los generales del ej ército del aire, intim idaba a los m agnates de la industria, desdeñaba los consej os, y prescindía de los debidos procedim ientos con tal de obtener el sim ple obj etivo de increm entar la producción de cazas. Mandaba a golpe de puñetazos en la m esa. Jock Colville sugirió en una ocasión que Beaverbrook le robaba a Churchill m ás tiem po que Hitler. El propio prim er m inistro com entó el parecido existente entre Beaverbrook y el actor de cine Edward G. Robinson, fam oso especialm ente por sus papeles de gángster. No cabe negar que Beaverbrook era una especie de m onstruo. La RAF lo detestaba. Su éxito en el increm ento de la producción de aviones se debió en gran parte a decisiones y com prom isos alcanzados antes de que él tom ara posesión de su cargo. Sin em bargo, durante un breve período de tiem po se hizo m erecedor de agradecim iento por asignar a un

área tan fundam ental com o la de la producción de arm as la urgencia que requerían las necesidades del m om ento. Contó con el apoy o de tres grandes funcionarios —Eaton Griffiths, Edm und Com pton y Archibald Rowlands—, j unto con el de sir Charles Craven, antiguo director ej ecutivo de Vickers Arm strong, y Patrick Hennessy, el director de Ford en Dagenham , de sólo cuarenta y un años. Su otro gran puntal, y a veces su adversario, fue el m ariscal del aire sir Wilfred Freem an, que odiaba a Beaverbrook com o hom bre, pero que adm itiría a regañadientes su rendim iento durante aquel verano.

Las presiones que debía sufrir a diario el prim er m inistro eran trem endas. El gabinete de guerra se reunió ciento ocho veces en los noventa y dos días com prendidos entre el 10 de m ay o y el 31 de j ulio. En su cartera m inisterial se acum ulaba un m ontón de papeles que parecía no dism inuir nunca, « un revoltij o de asuntos operacionales, civiles, políticos y científicos» . Desoy endo las obj eciones del Departam ento de Guerra, prom ocionó al general de división Millis Jefferis, m ilitar astuto dedicado a la experim entación con nuevas arm as, y ordenó que presentara sus inform es directam ente a Lindem ann en el Cabinet Office. Insistió en que diera un destino en consonancia con sus capacidades al general Percy Hobart, inconform ista y entusiasta de los acorazados, desestim ando las obj eciones de Dill con el com entario de que debía recordar que no sólo los niños buenos ay udan a ganar las guerras: « Tam bién sirven los chivatos y los canallas» . Atorm entó a los j efes del ej ército apoy ando una de las iniciativas personales m ás absurdas « del Profe» , el despliegue de cohetes aéreos contra la aviación enem iga. Sir Hugh Dowding, del Mando de Cazas, quería que sus hom bres m ataran a los pilotos alem anes que recurrieran al paracaídas. Churchill, rechazando una conducta que consideraba deshonrosa, no lo perm itiría. En un viaj e realizado a finales de j ulio con el alm irante Roger Key es, le dij o que tenía « m uchos detractores» com o j efe de Operaciones Conj untas. Key es le contestó ásperam ente: « Tal vez los tenga. Pero, bueno, ahora está usted ahí a pesar de todo» . Churchill com entó: « Ahora no tengo com petidores para m i trabaj o. No lo conseguí hasta que no se m etieron en líos» .

Adem ás de insistir en la urgencia de la producción de cazas, Churchill realizó pocas intervenciones tácticas durante la batalla de Inglaterra, pero una de las m ás fam osas (y con razón) tuvo lugar el 21 de j unio en la sala de j untas de Downing Street. Se produj o una acalorada controversia entre Lindem ann y sir Henry Tizard, presidente del Com ité de Investigación Aeronáutica, a propósito de una sugerencia del Servicio de Inteligencia del Aire en el sentido de que la Luftwaffe pretendía utilizar haces de luz electrónicos para guiar a sus aparatos hasta los obj etivos británicos en el curso de sus ataques nocturnos. Tizard negó que sem ej ante técnica fuera factible. Churchill lo convocó, j unto con Lindem ann y los oficiales de aviación de m ay or rango, a una reunión a la que asistió un oficial de los servicios de inteligencia científicos de apenas veintiocho años, R. V. Jones.

Pronto se puso de m anifiesto que sólo él entendía el asunto. Aunque im presionado por hallarse en com pañía de tan grandes personaj es, Jones dij o al prim er m inistro: « ¿Consideraría útil que les contara toda la historia desde el principio, señor?» . Así de pronto la pregunta lo pilló por sorpresa, pero Churchill respondió enseguida: « ¡Bueno, sí, creo que resultaría útil!» . Jones tardó veinte m inutos en explicar cóm o sus propias investigaciones, con la ay uda de los m ensaj es alem anes descifrados por los servicios Ultra de descriptación de Bletchley Park —todavía rudim entarios en aquellos m om entos de la guerra—, le habían ay udado a entender los sistem as de ay uda a la navegación de la Luftwaffe. Com o era habitual en él, Churchill se vio a sí m ism o parafraseando m entalm ente unos versos de la colección de relatos folclóricos del siglo XIX llam ada The Ingoldsby Legends: « Y ahora un tal señor Jones se presenta / ante nos y nos cuenta / que desde hace quince años / viene oy endo una algarabía trem enda» .

Cuando Jones acabó sus explicaciones, Tizard expresó de nuevo su escepticism o. Churchill no le hizo caso y ordenó que el j oven científico recibiera todo tipo de facilidades para estudiar los haces de luz germ ánicos. Profundam ente consternado al principio por las revelaciones de Jones, se anim ó cuando el j oven « cerebrito» le dij o que, una vez identificadas las longitudes de onda, las transm isiones podrían ser interceptadas. Jones se sintió encantado, com o es natural, al ver la receptividad del prim er m inistro: « Allí había fuerza, determ inación, hum or, disposición a escuchar, a preguntar por las investigaciones y, una vez convencido, a actuar» . En efecto, los haces de luz fueron interceptados. Jones se convirtió en uno de los oficiales m ás destacados de los servicios de inteligencia británicos de la guerra. Por desgracia, la carrera de Tizard quedó prácticam ente destrozada por su equivocación. Era un viej o enem igo de Lindem ann, quien a partir de ese m om ento dispondría de m unición para desacreditarlo. Aunque era un hom bre excepcionalm ente capacitado que había realizado aportaciones transcendentales para la creación de las defensas de Inglaterra por m edio de los sistem as de radar, Tizard no volvió a gozar nunca m ás de influencia. Pero el episodio de las « luces» perm itió ver las m ej ores cualidades de Churchill: com o hom bre accesible, im aginativo, perspicaz, decisivo y siem pre abierto a las innovaciones tecnológicas.

A partir del verano de 1940, el descifram iento de los m ensaj es alem anes asum ió una im portancia cada vez m ay or para el esfuerzo de guerra británico. Algunas m uestras seleccionadas, a las que se dio el nom bre cifrado de « Boniface» , eran entregadas diariam ente a Churchill, en una caj a especial de cuy a llave no se perm itía disponer ni siquiera a los secretarios particulares. Los j efes de Estado May or deploraban que el prim er m inistro tuviera acceso directo a Ultra, sosteniendo que a m enudo se hacía falsas im presiones a partir de inform aciones que no habían sido previam ente filtradas, y que no entendía el

significado de los com unicados del enem igo. Pero Ultra perm itió al prim er m inistro dirigir la guerra con unos m edios con los que no había contado nunca ningún otro líder nacional de la historia. Los inform es Ultra desem peñaron un papel transcendental para encauzar las concepciones estratégicas de Churchill, para bien y para m al, y reforzaron su confianza en los com andantes m ás influy entes.

Las actividades de descifram iento de Bletchley Park, todavía incipientes en 1940, fueron la hazaña m ás im portante de los británicos durante la guerra, y a

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