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Mi primera y última pelea en el patio de recreo fue con Chucky, el bravucón más grande de la primaria. Su verdadero nombre no era Chucky, pero, como tenía un furioso cabello anaranjado, pecas y enormes orejas como el Chucky de la película de horror, de aquí en adelante lo llamaré así para proteger su culpable identidad.

Chucky fue la primera persona que me hizo sentir miedo en el corazón. Todos experimentamos miedos en nuestra vida, miedos reales e imaginarios. Nelson Mandela dijo que el hombre valiente no es el que siente temor, sino el que aprende a conquistarlo. Yo ciertamente sentí temor cuando Chucky trató de noquearme, pero conquistar el miedo era otro asunto.

Tus temores y los míos son en realidad regalos. Pero en aquel entonces nadie hubiese podido convencerme de eso. Nuestros temores más básicos como el temor al fuego, a caer y el temor a las enormes bestias que rugen, están arraigados en nuestras mentes y funcionan como herramientas de supervivencia, así que debes estar agradecido de tenerlos y debes apoderarte de ellos. Sólo no permitas que ellos se apoderen de ti.

Tampoco es bueno tener demasiado miedo. Con mucha frecuencia, nuestro temor a caer, a sufrir una desilusión o a ser rechazados, puede paralizarnos. Eso sucede porque, en lugar de enfrentar los temores, nos rendimos ante ellos y nos limitan.

No permitas que el temor te impida alcanzar tus sueños. Debes tratarlo como tratas a tu detector de humo. Préstale atención cuando se activa, mira a tu alrededor para ver si hay un peligro real o si solamente se activó la alarma por accidente. Si no hay una amenaza real, saca el temor de tu mente y busca ser feliz con tu vida.

Chucky, mi verdugo de la primaria, me enseñó a conquistar el miedo y a seguir adelante, pero eso sólo sucedió hasta que terminó la primera y la última pelea de mi infancia. Yo me llevaba bien con casi todos los niños de la escuela, incluso con los rudos. Pero Chucky era un producto salido directo de la fábrica de bravucones. Era un niño inseguro que siempre andaba en busca de alguien a quien molestar. Era más grande que yo, igual que todos los demás.

En realidad yo no representaba una amenaza para mis compañeros, estaba en primer año, pesaba unos diez kilos y estaba en una silla de ruedas. Chucky era un año o dos mayor que yo y, comparado conmigo, era un gigante.

Mis amigos estaban ahí, así que puse mi cara de tipo duro, pero recuerdo que pensaba: Estoy aquí en mi silla de ruedas y él es del doble de mi tamaño.

Esto no se ve nada bien.

“Te apuesto que sí” fue la mejor respuesta que se me ocurrió.

En realidad yo no tenía mucha experiencia peleando, provenía de una familia cristiana y me habían enseñado que la violencia no era la respuesta. Pero tampoco era un pelele. Había luchado bastante con mi hermano y con mis primos. Mi hermano menor todavía recuerda mi mejor movimiento. Antes de que Aarón creciera y se hiciera mucho más corpulento y alto que yo, podía tirarlo al piso y aprisionar su brazo con mi barbilla.

“Creo que hubieras podido romperme el brazo con tu barbilla”, dijo. “Pero cuando crecí y fui más grande, bastaba con que empujara tu frente con mi mano para impedir que te acercaras”.

Ése era el problema que tenía con Chucky. No tenía miedo de pelear con él, sólo que no sabía cómo llevar a cabo la labor. En todas las peleas que había visto en televisión o en las películas, uno de los participantes golpeaba o pateaba al otro. Y yo carecía de las herramientas fundamentales para hacer esos movimientos.

Eso no parecía importarle a Chucky. “Si puedes pelear, ¡demuéstralo!” dijo. “Ok, te veo en el Oval a la hora del almuerzo”, gruñí.

“Hecho”, dijo Chucky. “Más te vale estar ahí”.

El Oval era un área de concreto con forma de huevo que estaba en medio de nuestro jardín de hierba y lodo. Pelear ahí era como pelar en la pista central del circo escolar. El Oval era nuestro escenario principal. Todo mundo se enteraba de lo que sucedía ahí. Si me llegaban a dar una paliza ahí, nunca podría sacudirme la vergüenza.

Durante toda la mañana, en las clases de inglés, geografía y matemáticas, estuve inquieto por la cita que tenía a la hora del almuerzo con el bravucón de la escuela. Tampoco ayudó en nada que la noticia de que me enfrentaría con Chucky se regó como pólvora por toda la escuela. Todos querían saber cuál sería mi plan de ataque y yo no tenía ni idea.

Seguía imaginando a Chucky noqueándome. Estuve rezando para que algún maestro se enterara y detuviera la pelea antes de que iniciara. Pero no tuve suerte.

El temido momento llego. Sonó la campana para ir al almuerzo y mi pandilla se colocó alrededor de mi silla de ruedas. Nos dirigimos juntos y en silencio al Oval. Ahí se encontraba la mitad de la escuela, algunos habían traído su lunch y otros estaban haciendo apuestas.

Como te podrás imaginar, yo no era el favorito en las primeras apuestas. “¿Estás listo para pelear?” dijo

Chucky.

Asentí, pero no tenía idea de cómo acabaría esto.

Chucky tampoco estaba tan seguro. “Ey, oye, ¿cómo vamos a hacer esto?”, me preguntó. “No lo sé”, contesté.

“Tienes que bajarte de tu silla”, exigió. “No sería justo que te quedaras en la silla de ruedas”.

Por lo visto, a Chucky le preocupaba que lo golpeara y me escapara. Eso me dio un sitio para comenzar a negociar. A mí no me encantaba pelear, pero ya tenía bastante experiencia como negociador.

“Si yo me bajo de esta silla, tú vas a tener que ponerte de rodillas”, le dije.

A Chucky ya lo habían comenzado a molestar por meterse con un niño en silla de ruedas. Accedió a mi contra demanda y cayó de rodillas. Yo salté de la silla completamente preparado para mi gran momento de Cocodrilo Dundee. Si tan sólo supiera cómo luchar sin puños.

Porque, después de todo, no podía empuñar “los hombros” ¿verdad?

La multitud se colocó alrededor de mí y de Chucky mientras nosotros nos seguíamos sacando la vuelta. Yo seguía creyendo que él tendría que detenerse.

¿Quién sería tan bajo como para golpear a un niñito sin brazos ni piernas? Las niñas de mi salón estaban llorando, “Nicky, no lo hagas, te va a lastimar”.

Y ahí estuvo la gota que derramó el vaso. Yo no quería que las niñas me tuvieran lástima, mi orgullo de macho se encendió y caminé hasta Chucky con la seguridad de que podría patear su trasero.

Me dio un golpe doble del brazo al pecho y caí de espaldas sobre mis orejas, golpeando el concreto como un costal de papas.

Chucky me dejó perplejo. Nunca antes me habían tirado de esa manera. ¡Me dolió! Pero la vergüenza era mucho peor. Mis compañeros se colocaron a mi alrededor. Estaban horrorizados, las chicas sollozaban cubriéndose los ojos porque sentían que la escena era demasiado penosa.

Este tipo de verdad está tratando de lastimarme, descubrí. Giré y presioné mi frente contra el suelo, luego equilibré mi hombro contra la silla de ruedas para erguirme. Para ejecutar esta técnica se necesitaba una frente callosa y cuello fuerte, las mismas características que más adelante conjurarían la caída de Chucky.

No quedaba duda: Chucky no tenía ninguna reserva en patearme el trasero. Yo tenía que pelar o salir volando, pero salir volando no era una opción viable.

Arremetí contra Chucky una vez más, pero en esta ocasión tomé un poco más de vuelo. Con tres saltos y ya estaba frente a él, pero, antes de que se me ocurriera qué haría después, Chucky me alcanzó con su brazo. Bastó con que me empujara con su brazo y yo caí directo al suelo. Hasta reboté una vez. Bueno, tal vez fueron dos veces.

Mi cabeza golpeó contra el sólido piso del Oval. Se nubló mi vista y el grito de una niña me trajo de vuelta.

Yo oraba y suplicaba que llegara la caballería de los maestros. ¿Por qué nunca puedes encontrar un maestro en el patio cuando lo necesitas?

Mi vista se aclaró por fin y de nuevo pude ver al malvado Chucky cerniéndose sobre mí. El mafioso cachetón estaba haciendo su baile de la victoria.

Ya fue suficiente, ¡voy a derribar a este tipo!

Giré sobre mi estómago, planté mi frente en el suelo y me levanté para el embate final. La adrenalina corría por mi cuerpo. Esta vez galopé hacia él con toda la velocidad que pude, y fui mucho más rápido de lo que Chucky esperaba.

Comenzó a ir en reversa con sus rodillas. Yo di un salto, usé mi pie izquierdo para lanzarme como un cohete humano. Con la cabeza le di un golpe a Chucky en la nariz. Él cayó y yo aterricé encima de su cuerpo y rodamos.

Cuando miré hacia arriba, Chucky estaba tirado en el piso, cubriendo su nariz y llorando sin consuelo.

En lugar de sentirme victorioso, de pronto se apoderó de mí un sentimiento de culpa. El hijo del pastor pedía perdón: “Discúlpame, ¿te sientes bien?” “¡Miren, le está saliendo sangre a Chucky!”, gritó una niña.

No puede ser, pensé.

Pero así fue, la sangre que salía por la nariz de Chucky le ensuciaba los regordetes dedos. Se retiró la mano del rostro y la sangre en su rostro chorreó hasta su camisa. La mitad de la multitud me ovacionaba, la otra mitad se veía mortificada por Chucky. Después de todo, acababa de ser vapuleado por un camarón sin brazos ni piernas. Nunca se sacudiría la vergüenza. Los días de bravucón de Chucky habían llegado a su fin. Se apretó la nariz con los dedos y salió disparado hacia el baño.

Para ser honestos, no volví a verlo. La vergüenza debe haberlo forzado a salirse de la escuela. Chucky: si andas por ahí, te ofrezco disculpas, espero que hayas tenido una buena vida en tu nueva etapa post-bravuconerías.

Yo estaba muy orgulloso de haberme defendido de esa forma, pero también sentía que la culpa me abrumaba. Al salir de la escuela fui a casa y, en cuanto atravesé la puerta, les confesé a mis padres lo que había sucedido. Esperaba que me dieran un castigo severo, pero en realidad no tenía por qué preocuparme. Papá y mamá ¡ni siquiera me creyeron! No podían imaginarme dándole una zarandeada a un tipo mayor, más alto y con

Ya no traté de convencerlos de lo contrario.

A pesar de que a la gente le encanta la historia y de que en ella hay varios aspectos muy graciosos, siempre tengo sentimientos encontrados cuando la relato. Es porque nunca he promovido la violencia. Creo que la sumisión es en realidad fortaleza contenida. Siempre recordaré aquella pelea, mi debut y despedida, porque en ella descubrí que, cuando me veo entre la espada y la pared, siempre puedo sobreponerme a mis temores. A esa edad en particular, me hizo muy bien saber que tenía la fuerza necesaria para defenderme. Podría decirse que de ahí en adelante pude darme el lujo de ser manso y sumiso porque ya había experimentado la fuerza que había en mi interior.

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