... y sobre el puente cubierto de escarcha de la balsa que me transporta
dejo, primero, las huellas de mis pantuflas
azules.
LI PO
El octágono sobre la hoja blanca era una población «guestáltica» de ocho segmentos negros, todos de igual largo, incidiendo uno en el otro, todos según el mismo ángulo de cuarenta y cinco grados y delimitando un área cerrada. En el segundo caso, el aprendizaje del valor simbólico del octágono, tenía sobre la hoja blanca una sucesión lineal de símbolos diferentes entre sí, pero no más de treinta y cinco clases presentes. Estas pequeñas formas negras, a su vez descomponibles en ángulos y rectas y porciones de circunferencia, estaban «organizadas» en secuencias lineales y eran «leídas» según una convención cultural que preveía la observación de la secuencia de izquierda a derecha de todos los símbolos sucesivos. Esta es una descripción enormemente simplificada del proceso de lectura, pero contiene algunos elementos esenciales. (El análisis de los movimientos oculares durante el proceso de lectura revela una estructura temporal y espacial que es. al mismo tiempo, más compleja y más simple de lo que se pueda pensar.) En definitiva... también el octágono era «leído» de una cierta manera. Y la secuencia temporal de la observación que se obtenía del registro de movimientos oculares revela una regularidad y una posibilidad de ser prevista no sospechable a priori.
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Pero si se consideran los dos procesos de asimilación, se termina por encontrar entre ellos más semejanzas que diferencias profundas. En el caso de la lectura del octágono tendremos, muy probablemente, una secuencia de mensajes más simple y más breve, que viaja de la retina hacia la corteza, y quizá las áreas corticales interesadas en la elaboración (¿reconocimiento?) del octágono, serán menos extensas y menos profundas que durante el proceso de lectura del trozo del libro en el cual aprender la naturaleza simbólica del polígono mágico. En el caso del octágono, la extensión del banco de datos explorado durante el proceso de reconocimiento será infinitamente menor que el que literalmente se saqueó durante la lectura del trozo de Panofsky. Pero en los dos casos habremos tenido fotorreceptores inhibidos y excitados, células bipolares activadas, células ganglionares codificando un mensaje, células geniculadas que comparaban la «salida» del ojo derecho con la del izquierdo, y así de seguido.
Las dos historias explorativas deben ser diferentes entre sí en términos cuantitativos, geométricos, topológicos, bioquímicos probablemente, pero pertenecen exactamente a la misma clase de fenómeno visual. Sus diferencias pueden ser comparables a las que se producen entre dos estructuras arquitectónicas. Pensemos, por ejemplo, en la fachada de
San Carlino alie Quattro Fontane, en Roma, y en las torres gemelas del Centro
Internacional del Comercio de Manhattan. La primera es una complicadísima estructura tridimensional modulada geométricamente según un esquema ideal muy complicado, y construida físicamente con una gran variedad de materiales: toba, estuco, madera, hierro, ladrillos, mármol y vidrio. En el segundo caso tenemos dos paralelepípedos simples, aproximadamente de trescientos metros de alto, y sustancialmente (en lo que se refiere al exterior) construidos sólo con dos materiales: acero y crista]. Pero además de estas
grandísimas diferencias, a nadie le pasará por la cabeza afirmar que San Carlino pertenece al dominio del espíritu y las torres gemelas al de la materia.
La diferencia esencial está en la complejidad de la estructura, no en las materias de las que están compuestos.
Esto es claro a partir del hecho de que las estructuras simbólicas no se pueden construir con «materiales casuales». Es decir que cuando nosotros «inventamos» un símbolo, hacemos una selección referida a su soporte visual, que lleva, casi
inevitablemente, a elegir formas visualmente evocadoras del símbolo que se quiere representar. Gombrich hace notar cómo las anotaciones cartográficas usadas para indicar los accidentes de terreno, las construcciones, los tipos de cultivos agrícolas, la cualidad y la consistencia de la vegetación, son, en realidad, ideogramas simplificados. Imágenes
interpretables de inmediato como lo que realmente intentan ser: árboles, casas, calles, puentes (Gombrich, 1975). En el medioevo germánico se indicaban ciudades diferentes usando el mismo «panorama urbano» (Gombrich, 1972). Lo que en efecto interesa en este contexto es la imagen, la idea, lo universal de la ciudad. No siempre, obviamente, los símbolos son representaciones de objetos naturalistas modificados y simplificados. A veces es imposible reconstruir la genealogía, pero en los casos en que ha sido intentado, por ejemplo con las formas alfabéticas, se ha terminado por comprobar una notable afinidad
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con objetos familiares a los primeros pueblos que usaron la escritura. Se saca como consecuencia que la secuencia de los símbolos gráficos que me informaban sobre las propiedades simbólicas del octágono no pertenecen a una clase fenoménica muy diferente de su perímetro.
Los símbolos gráficos, las posiciones de danza, los gestos teatrales, pueden
simbolizar acciones y pensamientos. Cuanto más liviana es su carga simbólica, es tanto más simple poder mantenerlos, pero si el mensaje que se quiere transmitir excede la
«posibilidad evocativa» del símbolo éste debe complicarse en proporción.
Para sugerir una acción basta una acción, para narrar una historia es necesaria una historia.