Oír de labios de quienes los han presenciado, la narración de los grandes hechos, tiene la belleza y el interés de poder recoger los leves pormenores que colorean de vida la evocación; esos pormenores son los que, aunque nunca serán historia, reconstruyen el sabor del suceso con el precioso verismo que la Historia suele negar a los hechos destacados, como para hacérnoslos más solemnes. En esto cometen los historiadores un error.
El doctor Carlos Ordóñez Jaramillo, el brillante guerrero, único sobreviviente de los doce que pasaron el puente de las Lajas; el doctor Carlos Ordónez Jaramillo, el notable abogado, aquel irreprochable caballero que a raíz de la guerra abrió su bufete en Bogotá con el aviso de "no gestiona sino ante la Corte Suprema", el que paseó sus charreteras por los mayores campos de muerte, y, después fue en la capital el brillante árbitro del prestigio y de la distinción, se albergaba cuando lo entrevistamos en una humilde casa de los alrededores de la ciudad de Medellín.
-Buenos días, contestó aquel hombre, levantando hacia nosotros una cara joven casi, encuadrada bajo una frente espaciosa y aborrascada, sobre la que caían, escapados del viejo sombrero, dos o tres mechones de cabello negro.
Nos descubrimos la cabeza, porque estábamos ante Carlos Ordóñez Jaramillo. Sí, era él, aunque no lo pareciese. Los
pies que dieron el terrible paso al frente aceptando la hazaña de Peralonso; esos pies que pisaron trémulos el legendario puente de las Lajas, ahí estaban, deformes, muertos quizá, para que no hubiera vivo ningún extraordinario pie de los que hollaron con Uribe Uribe y Saúl Zuleta aquel tablado tremendo, que se alza en nuestra tradición épica como el mayor escenario de heroísmo. ¡Era él! La mano hazañosa, digna de un romance, la mano corajuda que empuñó el revólver en aquella jornada casi fabulosa, allí estaba también, abarcando ahora un rústico palo de los que el camino brota en las orillas. La cabeza, su cabeza, esa testa de apoteosis, compareció allí sin laureles, bajo la sencilla mañana, tocada con una gorra inicua que se aposentaba en el sitio que los dioses hicieron para las ramas del triunfo.
Este hombre que, de haber triunfado la revolución, sería quizá Presidente de República; este hombre que tenía derecho por su saber y su valentía a un prestigio civil como el de Urueta y a una aureola militar como la de Herrera; éste, en otros días altivo y arrojado mancebo que obsequió días de espléndido orgullo al Liberalismo, hoy, olvidado de todos, enfermo, retraído y altanero, devora sin quejarse los largos y ramplones días de ingratitud, pero tiene el agudo orgullo de saber que morirá de hambre y que su tumba se verá agobiada de necrologías inútiles, escritas bajo el clisé recordatorio en los diarios que exteriorizarán un remordimiento.
Departimos sentados en una tarima de la tenducha llamada "El Rhin", en donde le tomamos una instantánea. Ordóñez Jaramillo es muy erudito, discurre maravillosamente, y tiene una retentiva y una fluidez que contrastan vivamente con su exterior cansado.
-Yo deseo la muerte como un tributo a la vida. La muerte es el triunfo de la vida. La muerte es el triunfo de la vida universal sobre una de sus formas en particular -nos contestó a la primera pregunta.
-¿Ustedes son muy exaltados?- interrogó. Yo por mi parte tengo mucho del pacifista. Son consecuencias de la guerra. Créame; la guerra no resuelve nada, ni el triunfo tampoco. Los vencedores están hoy peor que los vencidos en Palonegro, porque están llenos de cargos infamantes, de pústulas políticas y de problemas internos insolubles.
-...?
-La guerra es el azar más caprichoso y la suerte más absurda que se pueda tentar. Cuando Arístides desterrado llegó a la capital de Persia, Darío le hizo llamar a su palacio y de dijo: “Haré guerra a mis hermanos para consolidar el trono”. Arístides por toda contestación repuso: -"Dijo la luna a su madre: -Quiero tener un traje. -¿Cómo quieres tener un traje si cambias de forma continuamente?" Así es la guerra. Multiforme, sorpresiva. Con ella no hay cálculos ni previsión posibles. Vencedores hoy, vencidos mañana. Nadie puede hacer el traje de la guerra.
Animados por el humor que revela la parábola, le preguntamos: -¿Quisiera usted relatarnos el paso del Puente de Lajas?
Ordóñez se pone en pie con una vivacidad extraordinaria y apoyado en su rústico bastón habla:
-El 16 de diciembre de 1899, el ejército liberal estaba hecho pedazos y sin municiones. Hacía mucho sol, lo recuerdo muy bien. Se pensó en una retirada a los altos de "Tasajero" que habíamos desocupado, pero aquello resultaba desastroso porque estábamos sin provisiones. Al frente el enemigo compuesto de once mil conservadores; a la espalda las selvas de Venezuela, despobladas e impropicias. Nos hallábamos sitiados. Rafael Uribe deliberó con los otros jefes del ejército revolucionario, para llegar otra vez a la misma terrible certeza: ¡cercados! Entonces vino hacia nosotros con las manos a la espalda, marchando lentamente. Se recostó en un vallado de piedra. Nos miraba, y en sus ojos brillaba la chispa sublime. Con una calma sorda nos exhortó a hacer un esfuerzo supremo,
decisivo. De pronto levantó la voz y terminó así: "No hay retirada. Voy a pasar el puente a la cabeza de los que quieran acompañarme". Un escalofrío nos recorrió a todos. Uribe estaba delante con los brazos cruzados a la espalda, erguido todo él en un gesto de serenidad olímpica, pero el rostro se le demacró repentinamente. Parecía tener la seguridad de ir a la muerte.
-...?
-Durante la corta proclama su voz no tembló; su actitud era tremenda y su ademán denunciaba una resolución impresionante. Se hizo un silencio espantoso. -Den un paso al frente los que quieran acompañarme. Once lo dieron. El primero fue Saúl Zuleta. Los restantes fueron Neftalí Larriamendi, Alejandro Navas, Samuel Pérez, Guillermo Páramo, Carlos Reyes, Miguel de la Roche, Joaquín Vanegas Olarte... y...yo. No recuerdo los otros dos. Jamás llegué a suponer que los olvidara. ¡Ah, la ingratitud de la memoria...!
-¿Cómo era el puente?
-El Puente de las Lajas era un columpio de tablas sin barandas, sostenido por alambres. Se mecía como una hamaca.
-¿Cómo iba vestido el General Uribe?
-En aquel día memorable llevaba sobre la cabeza un sombrero de fieltro, gris claro; un traje color de ceniza, de saco corto le vestía, y las pantorrillas estaban ceñidas por un par de maltratadas polainas negras.
-¿Llevaba espada?
-No. No llevaba espada. Eso de "la bruñida y fulgurante espada de Peralonso", lugar tan socorrido en los aniversarios de la muerte del general Uribe, es pura literatura.
-...?
-Teníamos al frente el enemigo tras de unas tapias muy fuertes, en las que los soldados del gobierno habían practicado muchos agujeros para disparar. Nuestro animoso jefe sacó del bolsillo una cartera, que quizá contenía papeles de familia, la puso en manos del general Justo L. Durán, a quien
asesinaron no hace mucho y le dijo: "Le encomiendo a usted llevar a mi esposa esta cartera si yo muero en esta acción". En seguida empuñó un revólver, los once lo imitamos, y él nos dijo: "Pasaremos el puente. Una vez allá, dispararemos nuestros revólveres por los propios botafuegos del enemigo, y... lo demás lo hará la fuerza de nuestro entusiasmo".
Se lanzó al columpio trágico seguido por nosotros. El miedo tan grande que a mí me dio al pasar, produjo un aturdimiento que, -aunque breve- me impidió oír si el enemigo disparó sobre nosotros en el momento mismo del paso. Creo que, sorprendidos los conservadores por la magnitud de la audacia, no dispararon. Ya pasado el puente, una bala enemiga hirió superficialmente en el vientre al general Uribe. Disparamos por los agujeros de la tapia, y en seguida se hizo otro gran silencio. Yo solo, repasé el puente, porque las tropas liberales, también aturdidas por la grandeza de la acción, no acertaban a hacer cosa alguna.
-¡Pasemos, que no hay enemigo!, les dije.
Entonces todos, como una manada de potros salvajes, se precipitaron corriendo por el puente. Cuando yo lo pasaba por tercera vez, fui herido en la clavícula derecha. (Nos muestra la cicatriz por entre la camisa raída).
-Un dato curioso- continúa; -el sombrero gris que llevaba Uribe, me lo obsequió al día siguiente del paso, como un recuerdo de aquella jornada. Yo lo ceñí con orgullo durante muchos días. Después de Palonegro fuimos a dar a San Vicente de Chucurí, donde quedamos embotellados; Uribe salió escapado en una canoa por el Sogamoso, y el que tiene el gusto de hablarle quedó prisionero. En esa calidad me llevaron a Bogotá, y de paso, en Ubaté, una bella señorita Solano me suplicó le cediera el histórico sombrero. Yo, galante, me desprendí casi con dolor de la preciada reliquia.
-¿Quiénes iban a la cabeza en el paso del puente?
-El general Uribe, de brazo con el negro Saúl Zuleta. En seguida íbamos Larriamendi y yo. Detrás los otros.
-¿Y el enemigo?
Huyó disparando. Pero eran tantos los fugitivos y resultaban tan nutridas las descargas de fusilería que nos obsequiaban al huir, que un primo mío, César Ordóñez Troncoso, en persecución del enemigo con el batallón Maceo, recibió de una vez once balazos. Llegamos al río Zulia. El enemigo que ignoraba el paso por un alterón de piedra, se echó al agua en la fuga. Es imposible calcular la cantidad de conservadores que perecieron allí ahogados. Nosotros conocíamos perfectamente el vado y muy pronto pudimos llegar triunfantes a Cúcuta. Esta población estaba cerrada totalmente, porque liberal en su gran mayoría, abrigaba la seguridad de que las tropas del gobierno eran las que habían entrado victoriosas. Yo me dirigí a casa de una antigua amiga, la señorita Adelina Serrano Villamizar, y toqué a la puerta gritando:
-¡Abra, es Ordóñez!
-¡Lo cogen, lo matan, Carlos! Voy a abrir para ocultarlo. -¡No se apure, Adelina! Estamos vencedores.
-¿Cómo aprovechó el liberalismo esa victoria?- le preguntó. -Del modo más singular. En vez de consolidarse con el triunfo (lo que yo les decía de las sorpresas de la guerra!), el ejército de la revolución se anarquizó espantosamente, dividido en cuatro grupos amenazadores. El uno proclamaba director supremo de la guerra a Foción Soto; el otro a Rafael Uribe Uribe; el otro a Gabriel Vargas Santos y el otro a Benjamín Herrera. Como delicioso modelo de la ironía de los acontecimientos, es preciso anotar que entre los jefes y los soldados liberales empezaba la disputa por la Presidencia de la República, porque ya no se dudaba un momento por aquellos tostados guerreros de la preponderancia de las ideas liberales en el gobierno de Colombia.
En Bochalema estuvimos los liberales a punto de matarnos unos con otros a causa de estas divisiones. ¡Me da vergüenza recordarlo! Créanme ustedes: estas querellas dan
la clave de la derrota de Palonegro. Ellas nos hicieron más daño que las balas enemigas. Los soldados liberales de Palonegro pertenecían a dos, a tres, a cuatro "bandos" opuestos en la política interna, y en aquella formidable batalla, aunque pelearon muy bien, no se batieron sin embargo como antes, cuando estábamos unidos. Creo que no será inmodestia recordar que sesenta y tres hombres al mando de Rafael Uribe Uribe, entre quienes estaba yo, hombres unidos en ese entonces por mil vínculos, realizamos la hazaña casi inverosímil de hacer prisionero al general Domínguez que disponía de cuatro mil soldados.
-...?
-Mandar militarmente el liberalismo en la paz, y fusilar por la espalda la reputación de quienes proclaman y practican el libre análisis de las ideas... me parece candoroso. Cada situación tiene su lógica. La espada se hizo para la guerra y la razón para la paz. Lo que sucede a veces es que nuestros queridos generales se quedan acostumbrados a la voz de mando, y resultan desenvainando el sable en tiempo frío. La disciplina y la sumisión incondicionales se toleran en la guerra, porque ésta es un trance de excepción, pero en la paz ellas no se han aclimatado nunca en el partido liberal, y siempre que se ha tratado de imponerlas el partido ha saltado en pedazos. El liberalismo es muy semejante a los arcos de los indios: cuando más se quiere encorvarlos, con mayor fuerza y rapidez se enderezan.
Tomado de: Romualdo Gallego. Novelas, cuentos y crónicas.