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01 Hay una anécdota circunstancial sobre Santo Tomás de Aquino que le ilumina como un

relámpago, no sólo por fuera sino por dentro. No sólo le muestra como personaje –incluso como personaje de comedia- y muestra los colores de su época y ambiente social, sino que además, como por un instante, hace una transparencia de su mente.

Es un incidente trivial que sucedió un día en que, contra su voluntad, se veía apartado de su trabajo. Casi podríamos decir de su juego, porque ambas cosas se unían en el poco frecuente hobby de pensar, que para algunos hombres es mucho más embriagador que la bebida. Había declinado buen número de invitaciones sociales a las cortes de reyes y príncipes, no porque fuera huraño, que no lo era, sino porque en su interior ardían siempre los proyectos de exposición y argumentación verdaderamente gigantescos que llenaron su vida.

En una ocasión, sin embargo, fue invitado a la corte del rey Luis IX de Francia –más famoso como el gran San Luis- y por la razón que fuere las autoridades dominicanas de su orden le mandaron aceptar, de modo que al punto lo hizo, porque era un fraile obediente hasta en sueños, o mejor dicho, en su trance permanente de reflexión.

02 Un serio reproche contra la hagiografía convencional es que a veces tiende a dar la impresión

de que todos los santos son el mismo, cuando en realidad ninguna clase de hombres son más distintos que los santos, ni siquiera los asesinos. Y difícilmente podría hallarse un contraste mayor, dados los componentes esenciales de la santidad, que entre Santo Tomás y San Luis.

San Luis había nacido caballero y rey, pero era uno de esos hombres en los que cierta sencillez, combinada con coraje y actividad, hace que les resulte natural –y en cierto modo fácil- desempeñar con aplicación y prontitud cualquier obligación o dignidad, por oficial que sea. Era un hombre en quien santidad y normalidad no reñían, y su resultado era la acción. No era muy proclive a pensar mucho, en el sentido de teorizar mucho. Pero incluso en el terreno de la teoría tenía ese tipo de presencia de ánimo que caracteriza a los pocos hombres realmente prácticos cuando tienen que pensar. Nunca dijo nada que no debiera, y era ortodoxo por instinto.

En el antiguo proverbio pagano de que los reyes fueran filósofos o los filósofos reyes había cierto error de cálculo, ligado a un misterio que sólo el cristianismo podía revelar. Porque puede ser que un rey tenga muchas ganas de ser santo, pero no puede ser que un santo tenga muchas ganas de ser rey. Un hombre bueno a duras penas estará siempre soñando con ser un gran monarca. Pero la liberalidad de la Iglesia es tal, que no puede prohibir que ni siquiera un gran monarca sueñe con ser un hombre bueno: Luis tenía el temperamento del militar sencillo y no le importaba especialmente ser rey, como no le habría importado ser capitán o sargento, o cualquier otro grado de su ejército.

Ahora bien, a un hombre como Santo Tomás decididamente le desagradaría ser rey, o verse envuelto en la pompa y la política de los reyes. No sólo su humildad, sino una especie de subconsciente exigencia y noble aversión a la frivolidad –que a menudo se encuentra en los hombres tranquilos y doctos de mente amplia- le habría impedido encajar realmente en la complejidad de la vida cortesana. Además, siempre quiso mantenerse fuera de la política, y en aquel momento no había símbolo político más acusado -ni en cierto sentido, más provocador- que el poder del rey en París.

03 París era realmente en aquel tiempo una aurora boreal, un sol naciente en el norte. Hay que

darse cuenta de que tierras mucho más próximas a Roma se habían podrido de paganismo y pesimismo e influencias orientales, de las que la más respetable era la de Mahoma. La Provenza y todo el Mediodía se habían llenado de una fiebre de nihilismo o misticismo negativo, y del norte de Francia habían venido las lanzas y las espadas que se llevaron por delante aquella cosa anticristiana.

También en el norte de Francia había surgido aquel esplendor de edificios que brillan como espadas y lanzas, las primeras agujas del gótico. Hoy hablamos de los grises edificios góticos, pero tuvieron que ser muy distintos cuando se levantaron blancos y relucientes en los cielos norteños, realzados en parte con oro y colores vivos: un nuevo vuelo de la arquitectura, tan sorprendente como ver barcos volando. El nuevo París que San Luis dejó tras de sí tuvo que ser blanco como las azucenas y espléndido como la oriflama.131 Era el comienzo de una gran novedad: la nación francesa, llamada a terciar y vencer en la vieja pugna del Papa y el Emperador en las tierras de donde procedía Tomás.

Tomás acudió muy a su pesar, y, si se puede decir de un hombre tan bondadoso, un tanto enfurruñado. Al entrar en París, le enseñaron desde el monte aquel esplendor de nuevas agujas nacientes, y alguien dijo algo así como: “Qué maravilla tiene que ser poseer todo esto”. Y Tomás de Aquino se limitó a murmurar: “Más me gustaría a mí tener ese manuscrito de Crisóstomo que no consigo”.

131 Oriflama significa, en sentido general, estandarte; de modo particular recibe ese nombre el estandarte de los antiguos reyes de Francia.

04 De algún modo, condujeron a aquella mole renuente de reflexión hasta un asiento del salón

de banquetes real. Y todo lo que sabemos de Tomás nos dice que se mostró perfectamente educado con quienes se dirigieron a él, pero habló poco, y pronto fue olvidado en la más brillante y ruidosa bulla del mundo, que es el ruido que hacen los franceses al hablar. De qué hablaban los franceses no lo sabemos, pero se olvidaron del gordo y grande italiano, y parece muy posible que él se olvidara de ellos. Hasta en la conversación francesa se producen silencios súbitos, y en uno de esos llegó la interrupción.

Hacía mucho rato que no salía palabra ni gesto de aquella enorme masa de paños blancos y negros –como de medio luto- que le señalaban como fraile mendicante de la calle, que contrastaban con todos los colores y libreas y cuarteles de aquel primer y flamantísimo amanecer de la caballería y la heráldica. Los triangulados escudos y pendones y las puntiagudas lanzas, las angulosas espadas de la Cruzada, las ventanas apuntadas y las cónicas caperuzas, repetían por doquier aquel lozano espíritu medieval francés que era agudeza en todos los sentidos. Pero los colores de los tabardos132 eran alegres y variados, sin restricción visible a su riqueza, porque San Luis, que a su vez tenía un don especial para la frase aguda, había dicho a sus cortesanos: “Debe evitarse la vanidad, pero todo hombre debería vestir bien, según su condición, para ganarse el amor de su esposa”.

05 Y de pronto saltaron y retemblaron las copas en el trinchero, y la gran mesa se estremeció,

porque el fraile había descargado su enorme puño cual maza de piedra, dando un golpe que sobresaltó a todos como una explosión. Y exclamó con voz fuerte, pero a la manera del que habla en sueños: “¡Y eso liquidará a los maniqueos!”.

06 El palacio de un rey, aunque sea el palacio de un santo, tiene su etiqueta. Una conmoción

sacudió a la corte, y cada cual sintió como si el fraile gordo de Italia le hubiera arrojado un plato al rey Luis, o ladeado su corona de un golpe. Todos miraron atemorizados al terrible sitial que durante mil años fuera el trono de los Capetos,133 y es de suponer que más de uno se preparase para tirar por la ventana al obeso mendicante de negro. Pero San Luis, tan sencillo como parecía, no era una mera fuente medieval de honores, ni siquiera de mercedes, sino también fuente de dos ríos eternos, la ironía y la cortesía de Francia. Y volviéndose a sus secretarios les ordenó en voz baja que acudieran con sus tablillas a donde estaba sentado el distraído polemista, y anotaran el argumento que se le acababa de ocurrir, porque debía de ser muy bueno y no era cosa de que se le olvidara.

132 Tabardo: prenda de vestir similar a un gabán, pero sin mangas.

133 Los Capetos son la dinastía de Francia a la que pertenecía San Luis. Empezó con Hugo Capeto (938- 993), duque de París, Rey de Francia y fundador del linaje, y duró en sentido estricto hasta Carlos IV el Hermoso, fallecido en 1328, aunque pervive hasta hoy a través de otras ramas vinculadas con ella, como los propios Borbones.

Me he detenido en esta anécdota, primero, como queda dicho, porque es la que nos da la instantánea más vívida de un gran personaje medieval; en realidad, de dos grandes personajes medievales. Pero es que además viene muy a propósito como tipo o punto de inflexión, por lo que deja entrever de la preocupación dominante de nuestro hombre, y el tipo de cosa que se habría encontrado en sus pensamientos si en cualquier momento los hubiera podido espiar un fisgón filosófico o descubrirlos una mirilla psicológica. No por nada seguía cavilando, incluso en la blanca corte de San Luis, sobre la oscura nube de los maniqueos.

4.2 El problema maniqueo

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