CHAPTER 4: STUDY ONE: FACE-TO-FACE INTERVIEWS
4.5 Results
4.5.6 Theme Two | Media
Acabamos de ver una serie de páginas sobre el sufrimiento. Y debo confesar que hasta los creyentes, los que saben que el dolor hace la función de puente hacia la felicidad, se transforman a veces, a causa de todas esas dificultades, en un triste pozo de amarguras. Cuando tal cosa sucede, significa que algo no va como es debido en nuestra vida espiritual. Porque existen mecanismos –llamémoslos «técnicas»– que hacen posible que, aun cuando tengamos que atravesar los territorios del sufrimiento, seamos más felices que desgraciados.
La primera de dichas «técnicas» es la oración individual. Comencemos diciendo que esta actividad humana no constituye un patrimonio exclusivo de los cristianos. También rezan los judíos, los hindúes, los budistas, los musulmanes... Rezan incluso muchas personas que no saben que están rezando. Nos hallamos, pues, ante una dimensión del ser humano que es conocida en las más diversas culturas. Unas hablan de «oración»; otras, de «meditación» o de «meditación trascendental». Pero, básicamente, el proceso es bastante similar.
¿En qué consiste tal proceso? En un mágico diálogo privado con el amor que nos ama y rige el universo. Si optamos por ese amor, tenemos que encontrarnos con Él, del mismo modo que nos gusta estar con quien amamos. Llamemos, pues, a la oración «enamorarse del propio amor». Y uno de los pasos de tal enamoramiento consiste en escoger un lugar donde podamos convivir con esa presencia amorosa.
Ese lugar puede ser cualquiera, pero convendría que fuese lo bastante reservado: nuestra habitación, una iglesia medio desierta, una casa donde en un determinado momento del día no haya casi nadie... Destinamos entonces un de esos lugares para nuestro encuentro con el amor. En el fondo, sin embargo, el lugar no importa demasiado: será el amor el que determine el lugar, y no el lugar el que determine el amor.
Todas las culturas que han investigado ese amoroso viaje que es la oración nos hablan de un progreso, de una escalinata que es necesario subir. Tanto los hindúes como los budistas o los cristianos ven la oración como un ascenso constante que nos conduce
al séptimo cielo de nosotros mismos. Porque todos, aunque lo olvidemos con frecuencia, tenemos en nuestro interior un cosmos que nos permite realizar inmensos viajes.
Los primeros peldaños de dicha escalinata suelen estar hechos de palabras de cumplido que, en el fondo, constituyen una charla algo insustancial. Cuando comienza una historia de amor, se habla de cualquier cosa: del tiempo o de cualquier otra banalidad. Y es así como comienza también la historia de amor que es la oración. Dichas palabras de cumplido pueden concretarse en ciertos mantras del hinduismo, del budismo o también en las fórmulas verbales del cristianismo.
A veces, esos mantras y esas oraciones encierran algo sumamente elevado. Son palabras que funcionan como estrellas: cada plegaria es una constelación pronunciada. Pensemos, por ejemplo, en el Padrenuestro. Se trata de una tierna declaración de amor que quedó grabada en aquellas frases que Jesús nos enseñó. Con todo, dada la distracción o la rutina con que recitamos muchas veces esta oración, corremos el riesgo de transformarla, también a ella, en palabrería vana.
Sin embargo, no tiene mayor importancia el hecho de que estos primeros peldaños de la escalinata estén hechos de palabras aprendidas de memoria. Pero sí es importante que no nos quedemos ahí. Conformarnos con la mera repetición de unas fórmulas es lo mismo que sentarnos en los primeros peldaños y no seguir subiendo, con lo cual dejamos de ver todos los paisajes que nuestra alma es capaz de contemplar.
Y he aquí que algunas de esas frases nos atraviesan como si fuesen un cometa. Entonces dejamos de repetir palabras, vocablos, y empezamos a flotar. Lo cual significa que hemos llegado al primer rellano, al momento en que las palabras se dicen sin necesidad de lenguaje. El vuelo ha comenzado. Y tenemos la sensación de que algo nos ha visitado y nos ha tomado de la mano, y todo cuanto somos se emociona por el hecho de ir de la mano con el amor.
Una de las mayores especialistas del cristianismo en el arte de orar fue Teresa de Jesús. A ese estado de fluctuación, a esa actitud de mantener las alas abiertas cuando rezamos, lo llamamos «oración mental». Teresa nos explica en sus obras[1], tan
espontáneas como la mejor música de jazz, los rumbos de tales ascensiones.
Nos dice Teresa que esos vuelos no son mérito nuestro, sino de quien nos arrastra en el aire de su viento; es decir, que es al propio amor al que corresponde el mérito de la
altura que alcanzamos. Y nos enseña, además, que a lo largo de ese camino nadie debe desanimarse si a veces se queda en tierra. Del mismo modo que la capacidad de planear en la oración no constituye mérito alguno, así tampoco es un pecado por nuestra parte la ausencia de tal ligereza.
En realidad, la persona que ora adquiere un alma de acero, capaz de soportar todas las asperezas cotidianas. En este sentido, tener el hábito de orar, y orar de ese modo que consiste en volar, nos ayuda inmensamente a resistir el dolor en nuestro viaje rumbo a la felicidad. Y sin la oración es muy difícil que alguien pueda gozar de todas las dimensiones de su libertad. La oración, por lo demás, constituye un gesto libre: cada persona ora como quiere y en el momento del día que prefiere.
Es verdad que algunas religiones imponen unas normas un tanto rígidas: los musulmanes, por ejemplo, deben orar cinco veces al día y de una determinada manera, siguiendo el ejemplo del profeta Mahoma[2]. Los cristianos, en cambio, no estamos
obligados a someternos a un horario riguroso. Sin embargo, la idea es que cada cual vaya llenando su vida de plegarias, porque cada plegaria no es un peso con el que hay que cargar, sino unas alas que se abren.
Así como hay personas que acostumbran a ir a tomar café, del mismo modo y con igual naturalidad debemos nosotros ir a departir con el amor que nos ama. Podemos hacerlo a mediodía, llenando de luz ese momento. Podemos también proceder así muy de mañana, después de despertarnos, con lo que nuestra jornada se iniciará con un íntimo amanecer. Si oramos al anochecer, todo en nosotros se convierte en agradecimiento por lo vivido durante el día. Cada una de estas oraciones no constituye un impuesto que hay que pagar, sino un beso que se da de manera voluntaria.
Poco a poco, la oración va incrementando nuestro temple, y el hecho mismo de rezar se hace más leve, más relajado, más respirado al ritmo de nuestro corazón. A partir de un determinado momento, si no hacemos nuestras oraciones cotidianas, sentimos cómo nuestra alma se turba y cómo algo comienza a oscurecerse dentro de nosotros. Entonces volvemos a dirigir al amor nuestros ojos de orar, y todo cuanto somos se ilumina de nuevo.
Nuestra práctica de la oración no debe reducirse al rosario, que, de hecho, nos permite disponer de una guía, de un cordón de cuentas al que agarrarnos en el alpinismo
de la oración. El rosario es algo así como el abc del rezar. En cierto sentido, representa un posible modo de comenzar ese viaje espiritual. Pero solo reza verdaderamente el rosario quien, en Dios, se olvida del rosario que está rezando.
Uno de los modos de profundizar nuestra oración consiste en leer las cartas que el amor nos escribe. Del mismo modo que los amantes alimentan su pasión con mensajes, así también quien nos ama nos ha remitido todo tipo de correo espiritual. Como afirma el padre Gonçalo Portocarrero de Almada[3], los Evangelios constituyen una larga carta de
amor escrita por Dios a la humanidad: leer la Biblia también debe ser rezar.
Esta oración de la que hablo –que comienza por ser pronunciada, pero que puede también ser objeto de lectura y que, sobre todo, acaba existiendo como el vuelo de sí misma– se transforma, con el tiempo, en una forma de refugiarse en los brazos de Dios, de ir de la mano del amor. Afirmaba san Ignacio, hablando de la vida espiritual, que en el alma se van alternando periodos de júbilo, que él llamaba «consolación», y épocas de tristeza, que él designaba con el nombre de «desolación»[4]. Sin embargo, pienso con
Santa Teresa que es posible adquirir una alegría serena que permanece y no nos abandona[5].
La oración consiste en vivir siempre con esa alegría, con esa esperanza. Vivir, en definitiva, sin perder jamás altura. Ahora bien, ese estado de pura levedad solo es posible si existimos en el amor. Lo que transforma nuestra alma para siempre, cuando rezamos, es la intensa experiencia de esa presencia amorosa en nosotros. Gracias a la oración, alcanzamos las estrellas más altas de nuestro espíritu. Por eso mismo decía Edith Stein que la oración constituye la más alta hazaña de la que es capaz el alma humana[6]. De