Dos procedimientos se ofrecían al viajero para agenciarse el desayuno en Cruz de Piedra: uno era el método común, otro el extraordinario. Según el primero, todo se reducía a comprar, en los puestos de donde se surtían los soldados del campamento, un jarro de café y algunas tortillas de harina —tortillas grandes, redondas, de esas que se doblan en punta en torno a su centro y se meten en la boca plegadas en muchos dobleces, cual si se tratara de mascar un papel fino, perfumado y sabroso—. El método extraordinario era de mayor complicación: consistía en hacerse invitar por cualquiera de los hombres próceres del campamento, para lograr así acceso a manjares no tan mezquinos como los de los desayunos mercenarios. Con el conocimiento minucioso de quien concede importancia suma a su vida de campaña, el coronel Hay nos expuso a Miguel Alessio Robles y a mí las ventajas e inconveniencias de cada uno de los dos recursos indicados y, en fin de cuentas, votó por que adoptáramos el segundo. —Les prometo —dijo— que si vamos a visitar ahora mismo al coronel Sosa, al cual conozco desde la batalla de Santa María, nos sentará de muy buen grado a su mesa y nos tratará regiamente. La visita, además, no ha de sorprenderle de ningún modo, en parte porque estamos obligados a guardarle la cortesía, como jefe que es del campamento, y en parte porque entenderá a las claras cuál es nuestro verdadero propósito.
Alessio y yo, agobiados como nos encontrábamos por la desvelada y el frío, acaso hubiésemos preferido la inmediata taza de brebaje caliente, comprado en el puesto más cercano, a toda aventura aleatoria de opíparos desayunos. Pero Hay, que había dormido en cama —con almohada, con sábanas, con cobertores—, nos sacaba esa ventaja y nos dominó. ¿Qué resistencia habíamos de oponer nosotros a nada ni a nadie, envueltos en las arrugas y el polvo de nuestros abrigos, que delataban a leguas el tormento de una mala noche de suelo duro y de frío intensísimo? En mí, apenas si empezaba a reaccionar cuanto revive al halago de un día hermoso. El recuerdo de nuestro amanecer en el furgón que nos cobijara durante la noche mitigaba aún los estremecimientos frioleros que me corrían por el cuerpo, rebeldes a la caricia del sol, a un tiempo grata y cortante. Dentro del carro, al despertarme el frío por centésima vez, me habían reanimado los anuncios de la claridad de una mañana luminosa. Nos había mandado el sol, por entre las rendijas de un tablero, multitud de hilillos horizontales que venían a decorar con diminutas rodelas de oro el tablero opuesto, y en la penumbra cálida que de ese juego se desprendía, los contornos inmediatos habían ensanchado su presencia, habían entrado con ademán optimista y enérgico en
la belleza de la mañana. Mas con todo, como digo, todavía no lograba confortarme.
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Hay, por supuesto, tenía razón: el coronel Sosa se esmeró en regalarnos. Lo encontramos en una graciosa cocina improvisada con tablas, hojas de lata y ramas. En un rincón ardía la hoguera. Sobre la lumbre se derramaba de un jarro, espumoso y aromático, el café. Despedía llamaradas y olores la sartén, brillante y chirriante de manteca. A otra parte, casi encima del fogón, colgaban, de cordeles amarrados a los palos del techo, trozos de carne de cerdo y de vaca. En el extremo contrario venían a converger decorativas sartas de cecina y de chiles rojos y verdes.
Fueron cortas las presentaciones, pues el coronel Sosa, harto sutil y malicioso, cumplió eficaz y espléndidamente sus deberes hospitalarios. Tras de mostrar gran satisfacción por conocernos a Alessio y a mí, mandó echar más carne a la sartén, más café a la cafetera y más chile y tomate a la salsa; acercó a las tablas que le servían de mesa las tres sillas que tenía; con un cajón improvisó otra, y nos hizo sentar.
Fue aquel un momento grato, en el que encontramos no sólo qué comer, sino calor amable y acogimiento afectuoso. Claro que a Miguel Alessio y a mí el coronel Sosa nos pareció el hombre más simpático de los contornos. A mí, además, me interesó por una circunstancia en que quizá otro no habría reparado: esa mañana, el coronel Sosa llevaba dos chaquetas, una de paisano y otra negra con botones dorados y vivos rojos. Pasado el desayuno, Hay se dedicó a disponer lo concerniente al tren que habría de llevarnos a Culiacán. Miguel Alessio quiso asomarse desde lejos a Guaymas, para ver los cañoneros de los federales, y se encaminó a uno de los cerros próximos. Yo me dediqué a recorrer el campamento, a hablar con la tropa, a estudiar la sorprendente organización establecida allí por el general Alvarado. El principio del orden se manifestaba en los campamentos de Guaymas hasta en el sistema de venta con que se protegía al soldado contra los abusos de comerciantes y pagadores, y eso valía la pena de observarse de primera mano. Porque mirando así, de cerca, se entendía más cabalmente el porqué de la satisfacción con que el soldado de Sonora —indio yaqui por lo general— se alistaba en la hueste revolucionaria. En 1913, la Revolución, como todo movimiento liberador en su origen, era un impulso innegablemente puro, de vitalidad regeneradora, lo que se mostraba visible y activo hasta en los últimos detalles. De otro modo no hubiese fracasado en Sonora tan completamente el ejército federal, cuyos verdaderos combates se libraban, no con la potencia revolucionaria, sino con el germen destructor que aquel ejército traía consigo.
Vio Miguel Alessio los cañoneros huertistas desde la cima del cerro que había escogido como atalaya, y tardó más de dos horas en volver. Hay, aunque no teníamos ninguna prisa, se impacientó, y al regresar Miguel Alessio de su excursión tuvo con él una seria disputa en que salieron a relucir artículos de la Ordenanza General del Ejército y varios capítulos de la Declaración de los Derechos del Hombre. Las libertades del hombre tuvieron aquí razón contra los ordenamientos que el hombre mismo se impone, y hubo de reconocerse que Hay, en su afán formalista, se hacía del revolucionario típico un ideal caricaturizador de todas las virtudes disciplinantes. Los ánimos se apaciguaron, se corrigieron los conceptos y empezó el tren su carrera larga, cansada, interminable, a la vista de la grandiosa sierra azul, entre cuyas anfractuosidades serpeaban las líneas blancas de los torrentes y los caminos misteriosos.
—Por allí —decían los conocedores, señalando aquellas resquebrajaduras blanquecinas—, por allí bajan los indios broncos.
Y la sierra abrupta, la sierra inmensa, cuya calidad estética suprema se debe al juego de la luz con los caprichos más nítidos de la superficie y la línea, vivía de boca en boca el contraste entre su belleza de claridad y la negra leyenda de sus incursiones bárbaras. En las estaciones, a las que el tren llegaba de tarde en tarde, había improvisados miraderos, puestos sobre estacas y cubiertos de ramas, desde donde el atalaya avizoraba al indio, rastrero y artero en el ataque.
Las tales estaciones correspondían a pueblos desolados y embebidos —hasta los más importantes, como Navojoa— en una penetrante atmósfera de barbarie, de descivilización, de holgura en lo incivil e informe, en lo primitivo y feo, que hacía al espíritu encogerse. Los formaban unas cuantas casuchas de adobes amarillentos — bajas, chatas, desnudas— asentadas con deleite en el mar de polvo —polvo ahora, lodo sin duda en tiempo de aguas—. En la calle única, algunos calesines y carros levantaban con sus ruedas nubes blancas, o bien, más polvorientos que el suelo mismo, estaban quietos, atada la bestia a un palo clavado en la tierra. Era un Far West mexicano, más naciente que el otro, con menos barruntos de industria y de máquina, con menos energía, con mayor influencia aborigen en el aprovechamiento del barro como material arquitectónico, pero igualmente bárbaro que el otro, más bárbaro quizá en su brutalidad, libre de las tradiciones civiles, y en su ignorancia de las formas suavizadoras inventadas por la cultura de los hombres. En aquellas regiones no había tenido tiempo de fructificar la obra desbarbarizante de los padres jesuitas; flotaban aún ráfagas de auténtica vida salvaje, un ambiente trágico y doloroso en que el débil esfuerzo hacia lo mejor se ahogaba entre los impulsos desordenados de hombres sólo sensibles a la pasión y al apetito zoológico. Y tal impresión, la de estar respirando aires bárbaros, no habría de aliviarse en mí hasta entrar el tren en el dulce territorio sinaloense. Porque junto a la Sonora meridional, Sinaloa es, aun en sus más insignificantes rancherías, el anuncio de la civilización.
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En San Blas no encontramos dónde guarecernos durante la noche; pero encontramos, en cambio, a la puerta de un jacal metido a fonda, unas graciosísimas camas que se alquilaban, así, a la intemperie, para que sobre ellas se extendieran los valientes, capaces de desafiar temperaturas de tres y cuatro grados bajo cero. Ni Alessio ni yo éramos valientes de esos —Hay tenía de sobra con su equipo militar—; pero a falta de mejor ilusión nos amparamos a aquella oferta de reposo. Las tales camas eran muebles fantásticos. Tenían un tambor hecho de aros de barril entretejidos con tal vigor, con tal arte para lo fuerte e inflexible, que no hubiesen cedido ni bajo el peso de una locomotora que allí fuera a echarse en busca de descanso. Los tambores, además, estaban recubiertos de cuero crudo y formaban una superficie rugosa y convexa que caía a ambos lados, hacia los largueros. De modo que pronto descubrimos nosotros lo difícil que era dormir allí tendidos longitudinalmente, so pena de rodar a lo mejor por uno u otro lado. Cambiamos entonces de postura, en busca de las seguridades de lo transversal; pero al punto descubrimos que tampoco esto era de nuestro gusto: porque boca arriba quedábamos como Prometeo encadenado a su roca, y boca abajo braceábamos y pataleábamos en el vacío, íbamos como nadando en una esfera dura y fija. Buenamente acabamos por dejarnos resbalar hasta el suelo y nos acurrucamos allí, entre los pliegues de nuestras sábanas, más blancas aún a la luz fría de las estrellas de noviembre.
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Ni Alessio ni yo las llevábamos todas con nosotros en cuanto a la comisión que nos confiara Carranza. Igual que en Sonora, donde la Revolución se hallaba ya dividida en pesqueiristas y maytorenistas, en Sinaloa había la gente de Riveros y la gente de Iturbe. La analogía se prolongaba a otros puntos: también en Sinaloa, como en Sonora, los guiadores de los grupos eran excelentes personas; aquí también la escisión se fundaba más en consideraciones personales y de poder futuro que en discrepancias respecto de los principios. ¿Por qué se atacaban Pesqueira y Maytorena, Riveros e Iturbe? Al recién venido que preguntaba se le exponían con grandes esfuerzos algunas breves razones, enredadas, especiosas y perfectamente absurdas; pero como una vez allí, salvo que se fuera un lince, se imponía escoger entre un grupo o el otro, el que llegaba venía a creer al fin alguna de las dos versiones que le contaban, y a su turno las repetía con el mismo énfasis que los interesados directos. En el fondo todo se reducía a la disputa, eterna entre mexicanos, de grupos plurales dispuestos a adueñarse del poder, que es singular: predominio, en unos y otros, de las ambiciones inmediatas y egoístas sobre las grandes aspiraciones desinteresadas; equivocación del impulso mediocre que lleva a buscar el premio de una obra, con el impulso noble de la obra misma. Pero como la disputa no podía evitarse, se inventó la
tesis que la justificara: los más próximos a don Venustiano —que fue, con su maquiavélico concepto pueblerino del arte de gobernar, el principal cultivador de la cizaña— reivindicaron para sí el verdadero espíritu de la Revolución, se declararon los radicales, y lanzaron sobre todos los otros, sobre todos los que no los reconocían a ellos como privilegiada casta de semidioses, el anatema de conservadores y aun de reaccionarios. Y así nacieron en Sonora los dos partidos —tan ayuno de ideas el un bando como el otro, pero ambos obligados, de allí en adelante, a simular el criterio que se atribuían o se les atribuía—. Esos dos bandos, como plaga de discordia, habrían de extenderse después desde Sonora hasta Sinaloa, luego a Chihuahua, y luego a toda la República con el convencionismo, el villismo y el carrancismo.
La designación de Miguel Alessio Robles para secretario de gobierno de Sinaloa, y la mía como presunto oficial mayor, estuvieron pues —por su origen, contrario al del grupo que dominaba en el gobierno de Sinaloa— a pique de ponernos, al llegar a la capital del estado, en trance bien ridículo. Por fortuna, la gente de Riveros, que era la parte que nosotros, sin saberlo, veníamos a herir con nuestra presencia, quiso mostrarse decidida desde el primer encuentro e ideó un medio sencillo para hacernos sentir al punto su estado de ánimo. A esperarnos en la estación de Culiacancito vinieron el general Iturbe con todo su estado mayor, el general Diéguez con el suyo y el gobernador Riveros con los altos funcionarios del gobierno. Y Riveros, en el momento de las presentaciones, recalcó varias veces, con visible intención, los títulos de «secretario general» y «oficial mayor» al decir los nombres de las personas de su confianza que desempeñaban tales cargos. Desde ese momento resolví —y así se lo propondría después a Miguel Alessio— no aventurarnos a presentar las cartas de Carranza. No quise que fuéramos nosotros un nuevo motivo de disputa: no lo quise, entre otras cosas, porque —aparte valores individuales (como el de Iturbe, por ejemplo, que tenía ganada ya la aureola de uno de los mejores generales de la Revolución)— los dos grupos de Sinaloa me parecían igualmente revolucionarios e igualmente dignos de estima, aunque lo contrario dijesen los unos hablando de los otros.