CHAPTER 3 SYSTEM DESIGN
3.4 C ONFIGURABLE R OUTING F RAMEWORK
3.4.2 Performance Analysis of Network Models
3.4.2.2 Total Number of Hops
RESUMEN Y EJEMPLO
Hemos recorrido el largo camino de la gran crisis del pueblo romano. Esta crisis parte del encuentro con Grecia, y su desarrollo, aquejado d'e indecisiones en un principio, va perfilándose lentamente hasta llegar a una especie de concre ción definitiva en Augusto.
Para conseguir una mayor claridad damos ahora el si guiente esquema, que, creemos, abarca suficientemente lo que hasta aquí hemos expuesto:
1.° Los primeros contactos de Roma y Grecia ofrecían el peligro de la conjunción de vejez y juventud (caps. I y II).
2 ° Este encuentro produce tres actitudes: a) la de aver
sión absoluta (Catón, basado en las virtudes itálicas, capítu lo II); b) d'e sometimiento, representado más tarde por Lu crecio y Catulo, y c) de aceptación condicionada, en cuanto la teoría de Grecia podía sustentar el quehacer romano·: esta es la posición adoptada por el círculo de Escipión (capítu lo III). Con él se establece el Estoicismo en Roma, que real mente es la explicación teórica de su propio ser y enlaza in cluso con las virtudes defendidas por Catón, y queda sentada la superioridad política d'e Roma, a la que su concepción mix ta del Estado le asegura, según Polibio, una cierta estabilidad. Con esta actitud panegirista del historiador griego, se sitúa privilegiadamente Roma como modelo de acción (conforme a la definición de Cicerón, página 14, y a los deseos de Catón, página 26).
3.° La crisis de la oligarquía asentada en Roma hace tambalear esa estabilidad política tan ensalzada por Polibio y el equilibrio a que se había llegado con el círculo de Esci-
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pión, en que, inconscientemente aún, se había conjugado el tesón patriótico de Catón con la aceptación del Estoicismo, que podía dar la explicación de la manera de ser de Roma. Todo- esto peligra con las luchas sociales, que, en realidad, son el tributo que Roma paga en su tránsito de ciud'ad-po&i a ciudad helenística (capítulo IV). Es en esta crisis cuando sur gen realmente Lucrecio (capítulo V) y Catulo (capítulo VI) que, aunque sometidos al pensamiento griego, dejan percibir, aun sin querer, lo que en ellos hay todavía de romano-: en uno, el ímpetu misional; en otro, la creencia en el amor. La crisis persiste, a pesar del intento de Sila (capítulo VII), que no fué más que un remedio -temporal, aunque inició preocu paciones por las provincias en la creación del proconsulado. Sin embargo, tanto éste como los Gracos y el oportunista Pompeyo no dejan de ser ensayos de una monarquía, que, sin dud'a, es exigida por la nueva condición dp ciudad capital de imperio-, de la gran Roma que surgía.
4.“ En esta época, Cicerón, que políticamente no perci bió esta crisis, como tampoco la urgencia de las provincias que no debían quedar sometidas a los juegos ciudadanos (pá ginas 81 y 1 1 1 ), dió, sin embargo, una definición consciente de lo romano = acción frente a lo griego = teoría = otium, con el sometimiento de éste a la mayor eficacia del ser romano (ca pítulo X ). En él ya la estabilidad de la Roma de Polibio se ha transformado en la eternidad de Roma, no como feliz destino, sino como misión perdurable (pág. 133).
De esta forma se establecen ya conscientemente las ideas del círculo de Escipión (capítulo III).
5.° Sin embargo, no se dió cuenta de que el mundo que dependía de Roma, sus provincias (capítulo VII), exigía la desaparición de los bizantinismos de la vieja Roma y una efi cacia que los ahogara en bien de un mundo. Tras de esa efica cia se habían lanzado Sila, los Gracos, Pompeyo, quizá Ca tilina y, desde luego, César. Este (capítulo X I) acertó a dar una importancia relativa a Roma frente a las provincias, pero tuvo dos errores:
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a) no guardar las formas, hiriendo la susceptibilidad de los romanos, cuyo valor de símbolo no debía dejarse morir,
b) y entregarse en su desprecio por el símbolo, lo mismo
que su sucesor Antonio, en brazos de Cleopatra (cap. X II), que representaba la parte del Imperio menos capaz, por su vejez, de renovación y que, por el contrario, podía condu cir a la muerte de la virtus romana.
6 .° La habilidad de Augusto (capítulo X III) consiste en haberse sobrepuesto a la sugestión d'e la reina de Egipto en nombre de la pureza itálica, que volvía sus ojos a Occidente, como posible receptor de su herencia de virtudes, y del Estoi cismo, al que se había convertido después del oportunismo de su primera época, y en haber sabido guardar las apariencias frente a Roma, que pudo de esta manera continuar siendo el símbolo, entre los inciensos de Virgilio, el profeta de la eter nidad, de la plenitud y de la misión de Roma en el mundo, ápice de todo el pensamiento y quehacer anterior (cap. X IV ). Horacio, por su parte, constituye la prueba de que es Roma y sus virtudes lo que se siente representado en la actuación de Augusto (capítulo XV).
Aún pudiéramos conseguir una mayor claridad de lo en estos seis puntos resumido, haciendo' simplemente notar que, a lo largo de los X V capítulos del libro, sólo hemos pre tendido destacar la gran lucha entre el modelo griego que trata de imponerse y el pueblo romano que defiende su ori ginalidad. Esta lucha se resuelve en el sentido de que este úl timo no acoge del pueblo maestro más que aquellas de sus teorías que dan seguridad a su marcha, y apoyo, permítasenos la expresión, a su personalidad. Lo decadente helenístico no deja en él más huella que la perfección de su estilo; sus prin cipales adquisiciones las hace, en ¡principio, en el campo de la gran época de Grecia, que es la que se adapta al momento que vive. Porque en la gran lucha de Roma y Grecia es la vida de Roma la que se impone para escoger lo griego que se adapta a su necesidad de acción, y aun para arruinar la teo ría griega, si ésta no acierta a explicar o está en contraposi
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ción con la fortaleza de su vida. Esta fortaleza se muestra arrolladora en Catón, tiende al compromiso en el círculo de Escipión y Cicerón, pero· planteándose aún en este último la presencia de una escisión, para quedar en Virgilio y Horacio en la más perfecta de las conjunciones, sin que en ellos pueda ya apreciarse ningún resto de la antigua sutura. Todo en ellos es liso y armónico. Es mediodía en punto, un poco más tarde se impondrá ya la malevolencia de Tácito· ensombreciendo la gran ilusión.
Esto explica también la limitación de nuestra labor a una parte de la historia de Roma, que es realmente la que abarca la época de sus mayores inquietudes y de la gran cristaliza ción de la Roma amorfa, de inmensas posibilidades, en la grandiosa Roma que quedó a la muerte de Augusto. Es el Siglo de Oro de Roma. Quiero· quedarme al fin de él. Pudiera parecer que con esta limitación sigo· un poco procedimientos de hábil comediógrafo que termina su obra en boda, seguro éxito de público, al que sustrae una probable tragedia poste rior. Sin embargo· no es el miedo a la cuesta abajo el que me detiene. Es la creencia que en la vida de un pueblo no todas sus épocas son capaces de generar. Lo acabamos de ver en Grecia. Roma despreció la mayoría de su última época, por que no le empujaba a vivir. Se avalanzó sobre Homero, Aris tófanes, Safo, Alceo, Arquíloco, los trágicos, Platón, y sólo acogió el gran esfuerzo por vivir de los estoicos, cuya ener gía contra corriente se fundió con la dura marcha de la Roma cotidiana. Es la gran lección del Siglo de Oro de Roma, que contra historicismos relativistas nos hemos atrevido a acotar, como· hacemos con los momentos de madurez de la vida de un hombre: lo anterior son tanteos, lo que sigue, muchas ve ces, elucubraciones seniles. Es el gran momento que en la vida humana caracteriza la posibilidad de los hijos. Una lección que aún podría contar para nuestro momento presente.
Hace algunos años, en plena fiebre de «años decisivos» (1935), cuando se veía como una pasarela fatal, ineludible, la imposición de ciertos pueblos e ideas, un ilustre profesor, al
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repasar el panorama ya aparentemente inevitable del mundo futuro, insinuó la idea de que el paralela que mostraba Spen gler entre el mundo moderno y el mundo romano (Mundo A n tiguo : Roma : : Mundo Moderno : Alemania), no era exacto sino mucho más probablemente habría que sustituir el nombre de esta última por el de Estados Unidos. La catástrofe en que acabó el poder alemán me ha hecho recordar posteriormente el fracaso de la ¡primera proporción por equivocación en su último término.
La Historia, cuya vista panorámica sólo puede ser abarcada por Dios, se complace muchas veces en d'ejarnos por un cier to tiempo ciegos del deslumbre de su luz inmediata y nos obli ga a lanzarnos a algunos pasos sin haber percibido los con tornos de las cosas que nos rodean y que pueden con su cho que acabar secamente con nuestros tanteos. Tal fué el caso de la hipótesis de Spengler. Creer que Europa estaba en de cadencia era un acierto; sin embargo, pensar que era de su propio fondo, quizá del compartimiento menos ingenuo, de dond'e podía sacar las fuerzas renovadoras, era una ilusión demasiado pueril. También Germania estaba herida de muer te. El espejo de las virtudes de la Germania de Tácito frente a la Roma de los Césares no podía utilizarse veinte siglos des pués con la misma fuerza purificadora. Precisamente fué Ale mania la que dió el símbolo del mal de Occidente: el Fausto. Si algún papel era posible a Alemania no era el d'e la Roma imperial aunando el mundo antiguo, sino el de Esparta frente a Atenas (eri este caso, París). Por eso más acertados estuvie ron los que en ella encontraron una explicación de la manera del ser germánico. Recordemos a este propósito la obra de H. Liidemann, Sparta, Lcbensordnung und Schicksal, Leipzig, 1939, en la que brotan ideas y temas de la Alemania nacional socialista, la Bauertum, la firmeza militar, la dureza un poco agresiva de su vida. En los alemanes este pensamiento llegó a tener valor de consigna, y no era extraño oírlo así incluso a personajes alemanes de mediana cultura.
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Augusto y César menudean las alusiones a su gran previsión: la de cambiar el centro de gravitación del mundo desde el Me diterráneo· al Atlántico. Este hecho, que es cierto, alcanza, como es natural, su consagración con el descubrimiento de América. La rapidez moderna hace después del Gran Océano un simple lago, más breve aún que su predecesor, el viejo Mediterráneo. Alrededor de él podemos muy bien asentar pun tos de nuestro problema. La carcoma decadente no ha podido detenerse en las fronteras alemanas, pero puede muy bien sua vizarse en las costas del Atlántico. Al otro lado es d'onde se encuentran todavía pueblos jóvenes capaces de ver la vida con un tono menos negro- del que la ha tintado nuestra vejez. Como en Roma, su ingenuidad ha querido quitar incluso de nuestras viejas teorías todo sentimiento contemplativo y ne gativo ; el activismo es un producto netamente americano que no¡ hubiera podido producirse ya en estos tiempos en nuestra Europa; lo mismo que el sentido práctico que los lleva a las ramas d'e las ciencias que están más contagiadas de la acción : la Pedagogía, por ejemplo, y la Psicología experimental, fren te a la maravillosa floración estrictamente metafísica de nues tra gran filosofía. La misma palabra eficiencia, durativa, fren te a nuestra eficacia, de valor momentáneo, expresa un re godeo en la acción, en su desarrollo, que choca con nuestro- afán de llegar al descanso final de la eficacia. Su mismo des precio por los convencionalismos tiene un aspecto similar a la falta de comprensión de Memmio por la piedad de los dis cípulos d'e Epicuro, a los que negó los recuerdos de su maes tro, que destinó por el contrario a los fines más extraños. Es indiscutible que en todo ello hay una posición sincera, más cerca de los principios elementales, menos artificiosa, quizá también menos encantadora, como lo es siempre la desnudez frente a los artificios ¡del ropaje. Rilke decía: «Se debería es perar a cosechar alma y dulzura durante una vida entera, a ser posible durante una vida larga, y después, al fin, muy tar de, quizá se pudieran escribir esas diez líneas que podrían ser buenas.» Pudiéramos trasladar este pensamiento a parte de
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los valores de la vieja Europa. Sin embargo, nof de todos: como en el viejo mundo oriental que precedió a Roma, pu diéramos distinguir dos clases de valores en Europa : uno que no ha sobrepasado los límites de lo< humano, que ha quinta esenciado, pues no en balde han pasado sobre ella veinte si glos, las inquietudes humanas, depurándolas incluso de sus fealdades, de sus deformidades; otro valor de hastío mons truoso, de capricho absurdo, de pirueta singularizadora, d’e evasión en el vicio. En el viejo mundo anterior a Roma p o dría quedar representado esto último por las ciudades hele nísticas. El éxito de Roma fué el de saber elegir lo más apro piado a su ser y lo de más consistencia de vida. De Grecia sólo extrajo lo que podía ser jugo para su vida y lo que no destrozaba sus propias cualidades. Su tendencia activa ganó con la reflexión griega una madurez de síntesis capaz de edu car a sus pueblos hijos. Lo que ha hecho el Occidente no ha sido Grecia sino la síntesis que supo crear Roma.
Ahora el Occidente está a su vez en crisis. Quizá una há bil prestidigitación podrá escabullimos la triste realidad, pero más tarde o más pronto se impondrá su dureza. Europa está en crisis, pero es un orgullo ridículo el pensar que su crisis arrastra también a América como a un satélite. Por el con trario, la juventud de América se halla ante Europa en un período de selección. En su acierto está quizá la solución del mundo futuro. Con ojos abiertos, muy abiertos, ha de con templar América al viejo mundo que cae. De él ha de tomar sólo lo que tiene valor pujante, positivo, los principios que pueden calificarse de eternos. Lo otro, la hojarasca, ha de ser considerado como lastre, quizá, con el tiempo, bueno para una investigación extraña, más lejos aún como una año ranza de épocas paralelas, pero no com o principio infor mador.
Parecería deducirse de esto una idea pesimista del pre sente de Europa. Sin embargo, la realidad nos habla de lo contrario, el legar nuestra herencia a un pueblo joven nos exige una actitud tensa, hasta cierto punto también de selec
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ción por nuestra parte; tomando1 la comparación tópica de las relaciones de Grecia y Roma, la actitud d'e Europa ha de ser la de amante pasiva, pero apasionada, que busca el re salte de sus encantos ante la proximidad del amado. Hasta cierto punto podemos decidir desde nuestra banda la elección del ¡pueblo joven. No ha acabado, por tanto, nuestra presen cia en el mund'o, aún nos queda algo más por hacer que ser campo de batalla, pero esto necesita entrega, desinterés, un concepto paternal de misión.
Podemos tener la seguridad de que cualquiera de nues tras inquietudes puede ser definitiva. El tono tenso, eficaz, que demos a cualquiera de ellas puede decidir su erección en prin cipio salvador, en esa nueva revelación d’e cuya urgencia tanto se nos habla. De ese coro de posibilidades, ningún rincón, ningún pueblo queda excluido. Cuando el gran pueblo roma no impuso sus principios al mundo entonces conocido·, fué de un rincón de su Imperio, del más despreciado, de donde nació el grano d'e mostaza que había de dar sabor a aquella misión de Roma.