• No results found

1.4 GNSS receivers

1.4.3 Tracking stage

Las distinciones hechas entre los diversos órdenes de la sabiduría, creadas por las manifestacio- nes de la Sabiduría divina en los diversos planos de la moralidad y perfección, nos van a aclarar la doctrina de san Pablo y la de santa Teresa, y nos permitirán precisar la noción de perfección en nuestra maestra espiritual.

1. San Pablo opone la sabiduría de la cruz a la del mundo y las considera contradictorias. Sin género de duda, la sabiduría de Cristo crucificado que predica el Apóstol, la que preside el desarrollo del cristianismo en estos comienzos fervorosos, es la más elevada y pura sabiduría sobrena- tural. Es la de Cristo, «al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santifica- ción y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor»13.

El Apóstol siente la preocupación de que en esta sabiduría se conserve toda su pureza divina pa- ra que mantenga toda su fuerza; por eso temería debilitarla al servirse de discursos estudiados de elo- cuencia, que le añadirían un elemento humano. De ese modo su fe se fundará «no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios»14.

¿Cuál es la sabiduría del mundo que el Apóstol opone a la sabiduría tan alta de Dios? ¿Será la sabiduría natural, que hemos encontrado en el primer plan de las manifestaciones divinas? Se podría creer que es así cuando el Apóstol habla de la sabiduría persuasiva de los discursos. Sin embargo, no lo es.

Esta sabiduría es la del mundo, «que no ha sabido servirse ni de la sabiduría divina, ni de la su- ya propia para adquirir el conocimiento de Dios»15. Esta sabiduría es una sabiduría corrompida, que no ha permanecido fiel a la ley natural y no busca más que la satisfacción de sus pasiones. Es la sabiduría de Corinto y del mundo pagano que, en la idolatría y sensualidad, ha perdido el sentido de esos debe- res que la ley natural impone a todo hombre.

Entre la sabiduría de Cristo crucificado y la del mundo hay una oposición radical, un odio irre- conciliable: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo»16. Dirá, igualmente, en su oración sacerdotal: «No ruego por el mundo»17.

2. ¿Cuál es la sabiduría de las almas de las terceras moradas? Hacen lo posible, ciertamente, por observar la ley natural, pues evitan el pecado venial, tienen sus horas de recogimiento y practican las virtudes sobrenaturales.

11 Rom 8, 14. 12

Subida del Monte Carmelo III, 2, 9.10.

13 1Cor 1, 30-31. 14 Ibid., 2, 5. 15 Ibid., 1, 21. 16 Jn 15, 18-19. 17 Ibid., 17, 9.

10. Sabiduría sobrenatural y perfección cristiana 175

Pero es la razón quien regula toda la práctica de sus virtudes; es la razón quien asegura el bello orden de su vida y la armonía de los deberes exteriores.

Este control de la razón, al que no pueden sustraerse sus virtudes, origina su debilidad e impide su desarrollo. Estas almas tienen toda suerte de razones para creer que sufren por Dios, o para dispen- sarse del exceso que aseguraría su perfección. Recordemos a las dos personas ricas: una soporta con tanta desolación la pérdida de bienes que no necesita, y la otra tiene buenas razones para buscar au- mentar una fortuna de la que no sabe qué hacer.

En estas almas «su razón está muy en sí; no está aún el amor para sacar de razón»18. Por eso se comportan como el joven del Evangelio, que ha observado los preceptos de la ley, pero que ha retro- cedido ante las exigencias no razonables del desprendimiento completo que impera en los caminos de la perfección.

Es fácil situar a estas almas en la segunda fase que hemos descrito, allí donde las virtudes so- brenaturales exigen a la razón su luz y su medida, y, de este modo, siguen siendo imperfectas.

3. La idea común que representa la santidad elevada como una locura de la cruz, que obedece a leyes trascendentes y engendra actos sobrehumanos, lleva consigo una gran parte de verdad. El santo es, en efecto, un ser iluminado y movido por la Sabiduría divina que asegura la perfección de sus ac- tos.

El error consiste en creer que esta moción del Espíritu Santo tiene que producir en él casi nece- sariamente actos extraordinarios. El santo movido por el Espíritu de Dios puede ser aparentemente un hombre como los demás, porque se sabe que la santidad puede no brillar en ningún acto sobrehumano, sino únicamente en la perfección de todos los actos que hace.

Ahora nos resulta fácil, como conclusión, deducir la noción de la perfección según santa Teresa. El bello orden exterior y la virtud sobrenatural, que la razón ilumina e inspira, no constituyen la perfección. Se necesita el amor que hace enloquecer a la razón y la somete a la luz y a la acción del Espíritu Santo. Dios es el único que hace santos. Antes de estar bajo su acción directa, no se entra en el camino de la perfección, camino que se abre después de las terceras moradas, y, entrando en ellas, se merece ya el nombre de principiante19.

18 3M 2, 7. 19

El acto de renuncia total, que constituye la entrada en religión, hace sobrepasar normalmente los límites de las terceras moradas. El noviciado, en el que se lleva a la práctica este desasimiento, debería situar al alma en las moradas superiores. Los maestros carmelitas. (san Juan de la Cruz, el venerable Juan, de Jesús María) subrayan, en efecto, que las almas religiosas franquean con bastante rapidez las etapas preliminares a las cuartas moradas y reciben las gracias particulares de estas últi- mas. Pero, terminado este período de formación, es lógico temer que el alma religiosa decaiga de su primer fervor y vuelva a moradas espirituales más confortables por más «razonables».