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Translating Vision Into Specific Recommendations

En los años setenta y los primeros años ochenta, en un contexto político de mucha efervescencia después de la muerte de Franco, la situación tan negativa en cuanto a derechos y condiciones sociales y legales y la alta presencia de feministas en la calle y centros de trabajo, favorecieron la toma de conciencia y el acceso de las mujeres al movimiento, de forma que los grupos de mujeres se multiplicaron en muy poco tiempo.

¿Cuál fue la metodología principal para la generación y circulación del conocimiento en esa época? En el País Vasco, como en otros muchos lugares, la formación y la reflexión se daba en grupos de barrios y pueblos, y/o grupos pertenecientes a otras organizaciones y sectores, reunidos todos ellos en las cuatro Asambleas de Mujeres (Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa). Estos grupos funcionaban desde la filosofía de la autoconciencia, es decir, de la relación entre la teoría y la propia experiencia pero, al mismo tiempo, con una visión muy politizada y activista del feminismo.

Los grupos de autoconciencia surgen a finales de los años sesenta del siglo pasado en el feminismo radical estadounidense, siendo Kathie Sarachild la que, en 1967, comenzó a utilizar esta terminología, en el marco de las New York Radical Women (Malo 2004: 22). Así, la autoconciencia se convierte en “uno de los motores centrales del feminismo de la década de 1970” (Ibidem: 25). Estas feministas insistieron en el carácter científico de esta práctica, ligada a la filosofía de “lo personal es político”. En palabras de la propia Sarachild (1978):

“La autoconciencia se consideraba simultáneamente como un método para llegar a la verdad y un medio para la acción y la organización. Era un mecanismo para que las propias organizadoras hicieran un análisis de la situación y, al mismo

8 Santiago Alba Rico, en su libro ¿Podemos seguir siendo de izquierdas? (2013), considera que ser de izquierdas hoy supone ser revolucionarios a nivel económico, reformistas a nivel institucional, y conservadores a nivel antropológico (recuperar la fraternidad y el cuidado entre unos y otros).

tiempo, un mecanismo disponible para las mujeres a quienes estas primeras estaban organizando y que, a su vez, organizaban a más gente. Del mismo modo, no se consideraba como una mera fase del desarrollo feminista, que conduciría a continuación a otra acción, a una fase de acción, sino como una parte esencial de la estrategia feminista global” (en Malo 2004: 23).

Cuando yo comencé a participar en el Grupo de Mujeres de Basauri, a finales de la década de los setenta, nuestra formación consistía básicamente en la lectura y discusión de textos que circulaban entre nosotras, muchos de los cuales eran debatidos en las reuniones periódicas de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia, a la que pertenecíamos. Eran textos, publicados o mecanografiados, que muchas veces tenían que ver con debates o campañas concretas en las que estábamos implicadas (aborto, anticoncepción, divorcio, sexualidad, trabajo…), pero también publicaciones de distinto carácter: ensayos teóricos, obras literarias…9. Y siempre las teorías (de distintas tendencias) eran puestas en relación con nuestra propia experiencia, para reafirmarlas pero también para rebatirlas o, al menos, matizarlas. Pero, además de practicar la autoconciencia, éramos personas muy politizadas, que discutíamos constantemente sobre temas muy diversos, debates que intentábamos traducir en acciones concretas. Y, al mismo tiempo, debatíamos sobre métodos de lucha (por ejemplo: violencia o no-violencia…) y de organización (única o doble militancia…). Es decir, partíamos de una doble idea: de que “lo personal es político” pero también de que “lo político es personal”.

A su vez, se producían –fundamentalmente de modo colectivo– síntesis o reelaboraciones de esas teorías y debates, que eran difundidas mediante charlas y panfletos. También se escribían ponencias para presentar en las múltiples jornadas temáticas o generales, entre las que han destacado las distintas Jornadas Feministas de Euskal Herria en las que siempre han estado implicadas las organizaciones feministas vascas. Las primeras, que llevaron el nombre de I Jornadas de la Mujer de Euskadi, se celebraron en 1977 en el campus de Leioa (Bizkaia) de la UPV/EHU. Las II y III Jornadas Feministas de Euskadi se celebraron respectivamente en 1984 y 1994, también en Leioa. Las IV Jornadas Feministas de Euskal Herria (las últimas, por el momento) se celebraron en 2008, esta vez en la Escuela de Náutica en Portugalete (Bizkaia).

9 Recuerdo, por ejemplo, un documento que discutimos apasionadamente, el de “La tiranía de la falta de estructuras”, escrito por Jo Freeman en los años setenta, donde reflexionaba sobre los problemas generados en torno a la organización de los movimientos políticos; un texto que circuló por todo el mundo. También recuerdo que leímos con avidez todas las memorias de Simone de Beauvoir.

Hoy día, y soy consciente de que estoy dando un gran salto en el tiempo, estas dinámicas de formación y debate se han modificado en gran manera. Por una parte, la producción teórica feminista ha crecido de manera exponencial y es muy difícil que una persona pueda estar al día de las diferentes propuestas. Además, se han ido consolidando, como decía, los espacios académicos y de investigación, lo que ha producido una especialización (y jerarquización) del saber que ha reemplazado la estrategia de pensar y producir conocimiento en pequeños grupos de activistas, que sigue existiendo pero mucho más debilitada e invisibilizada. Esto ha conllevado una separación entre, por un lado, el pensar e investigar y, por otro, el hacer, aunque sigue habiendo mujeres que participan y se nutren de todos los ámbitos, y no quedan claras las interacciones entre los distintos espacios donde se produce el conocimiento. Es decir, hemos ganado en nivel teórico, de especialización y profesionalización, pero hemos perdido en horizontalidad y conexión de la investigación (reglada o no) con nuestra propia experiencia, y en visibilización de cómo se producen y articulan las ideas y el saber en su conjunto. Asimismo, hemos perdido en relación directa entre la formación y la acción política, al menos en lo que tiene que ver con la acción colectiva.

Aquí tendríamos distintos temas para el debate, por ejemplo, la cuestión de las autorías, o lo que podríamos llamar la concentración y/o apropiación individual del saber colectivo. En mi experiencia simultánea en distintos espacios he comprobado que, por lo general, las elaboraciones generadas dentro de colectivos se difunden con más dificultad y por circuitos subalternos, tienen menos reconocimiento que las producidas por las llamadas expertas y/o incluso son utilizadas sin ser citada la fuente. Por muy igualitaristas que seamos, también las feministas estamos afectadas por la “cultura de expertos” que domina nuestra sociedad, y muchas veces no se aplican los mismos criterios del mundo académico al resto de espacios. Así, puedes encontrar que se le están atribuyendo a una persona ideas o lecturas de la realidad que tienen su origen en un grupo concreto. Esta jerarquización del reconocimiento también se puede dar entre diversos colectivos que tienen mayor o menor prestigio o “glamour” dentro del movimiento.

Por otra parte, la cultura académica hegemónica de valoración de la calidad de la investigación, basada en un sistema de citaciones endogámico y restrictivo, así como la idea de que el conocimiento “se transmite” unidireccionalmente de la universidad a la calle, dificultan la posibilidad de tener un mapa completo de cómo se genera y enriquece ese conocimiento y de las interrelaciones complejas entre elaboración teórica y activismo.

4. Evolución en la influencia de diferentes propuestas