La unción, como la eucaristía y la Pascua, es una de esas realidades que están presentes en las tres fases de la historia de la salvación. Está presente, de hecho, en el Antiguo Testamento como figura, en el Nuevo Testamento como evento y en el tiem po de la Iglesia como sacramento. La figura anuncia, anticipa y
prepara el evento, mientras que el sacramento lo celebra, lo hace presente, lo actualiza y, en cierto sentido, lo prolonga.
En nuestro caso, la figura es dada por las varias unciones (real, profética y sacerdotal) practicadas en el Antiguo Testa mento; el evento está constituido por la unción de Cristo, el Mesías, el Ungido, al que todas las figuras apuntaban como a su cumplimiento; el sacramento está representado por ese con junto de signos sacramentales que prevén una unción como rito principal y complementario. Siguiendo, pues, el desarrollo del título “unción espiritual”, es posible trazar una “neumatología” completa. ¡Una estela de perfume atraviesa toda la historia de la salvación y llega hasta nosotros!
’ S a n Cir il od e Al e j a n d r í a. Comentario al Evangelio de Juan, X I, 2: PG 7 4 , 4 5 3 . 4 Pseudo-At a n ASIO. La Trinidad, 1 , 1\ PG 2 8 ,1 1 2 8 B.
En este conjunto simbólico de carácter ritual o histórico, viene a injertarse, más adelante, otro plano simbólico totalmen te distinto, en el que la unción no representa un hecho, sino más bien un estado, un modo de ser y actuar y, por así decirlo, un estilo de vida. Cuando decimos que una persona está llena de unción espiritual, que habla con unción, que lo hace todo con unción, nos referimos precisamente a este segundo plano simbólico. Corresponde a lo que Agustín llama la “unción es
piritual” (¡spiritalis unctio, como en nuestro himno!), que es el propio Espíritu Santo o la caridad, en relación con el signo sa cramental que es la unción visible5.
La finalidad práctica y edificante de esta meditación es pre cisamente la de llevarnos a la comprensión, al amor y, si es po sible, a la posesión de esta última unción, a la que yo llamo “un ción como estado” o “unción continuada”. Pero precisamente para conseguir este objetivo, primero tenemos que hablar de la unción como evento y como rito, porque es de esta primera de donde procede, como su efecto, la otra unción. Dicho de otro modo, tenemos que poner, también en este caso, el fundamen to bíblico y teológico del que podamos sacar luego algunas con secuencias para la vida espiritual. Esto nos permitirá, entre otras cosas, tocar algunos de los problemas que más han contribuido, después del Concilio, a la renovación de la “neumatología”.
Antes de seguir adelante, conviene destacar que los dos planos de aplicación que acabamos de trazar -la unción como evento cristológico y rito sacramental, y la unción como don per manente en el cristiano- estaban presentes, de manera embrio naria, en la mente del autor de nuestro himno; en efecto, la obra en la que él se inspira para la elección de los títulos, dice así:
“Al Espíritu Santo se le llama unción espiritual basándose en lo que escribe san Juan. Del Señor se dice que fue ungido con perfume de fiesta (cfr. Sal 45, 8), es decir, con el Espíritu Santo,
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y es precisamente el apóstol Juan quien llama al Espíritu Santo unción’, diciendo: ‘El Espíritu que han recibido de él perma nece en ustedes y no tienen necesidad de que nadie les enseñe; antes bien, ese Espíritu... les enseña todas las cosas’ (cfr. 1 Jn 2, 27) ”6.
2. La unción en Cristo: el evento
Sólo hay dos elementos que nos interesan de todo el rico material que tenemos sobre la unción como figura en el Antiguo Testamento: su relación con la espera mesiánica, y la conexión que hay entre la unción y el don del Espíritu Santo.
En el Antiguo Testamento se habla de tres clases de unción: la real, la sacerdotal y la profética; es decir, la unción de los reyes, los sacerdotes y los profetas, a pesar de que, en el caso de los pro fetas, en general, se trata de una unción metafórica, en la que no interviene el aceite. En cada una de estas tres unciones, se perfila un horizonte mesiánico, o sea, la espera de un rey, un sacerdote o un profeta que será el Ungido por antonomasia, el Mesías.
Junto con la investidura oficial y jurídica, por la cual el rey se convierte en el ungido del Señor, la unción confiere también, se gún la Biblia, un verdadero poder interior, comporta una trans formación que viene de Dios, y este poder, esta realidad, van siendo identificados cada vez más claramente con el Espíritu Santo. Al ungir a Saúl como rey, Samuel dice:
“En verdad, el Señor te unge como jefe de su heredad... Entonces se apoderará de ti el espíritu del Señor, profetizarás con ellos y te convertirás en otro hombre” (1 S 10, 1.6).
También David, ungido por Samuel, recibe el Espíritu (cfr. 1 S 16, 13). “Lo que el rey recibe con la unción es el ruah del Se ñor que lo llena de su fuerza vital”7. El vínculo entre la unción C f r . Rá b a n o Ma u r o. E l universo, I, 3: P L 111, 25; cfr. Sa n Is id o r od e Se v i l l a. Etimologías, VII,
3, 28ss; P L 82, 270ss.
y el Espíritu queda destacado sobre todo en el conocido pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido" (Is 61,1).
El Nuevo Testamento no vacila en presentar a Jesús como el Ungido de Dios, en el cual todas las unciones antiguas han hallado su cumplimiento. El título de “Mesías” o Cristo -que significa, precisamente, Ungido-, es la demostración más clara de ello. Pero lo encontramos también afirmado explícitamente: “Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y poder” (Hch 10, 38).
El momento o el evento histórico al que se hace remontar este cumplimiento es el bautismo de Jesús en el Jordán. ¿En qué clase de unción antigua se inspira la de Jesús? ¿En la unción real, en la profética o en la sacerdotal? Algunos la consideran una unción de tipo profético; otros, una unción regia. A favor de la primera, estaría el hecho de que la unción de Je^ús, al igual que la de los profetas, es de naturaleza meramente espiritual, no física: es decir, no emplea ningún ungüento. Pero quizá sea más justo ver realizados en ella los tres tipos de unción, tal y como
hará la tradición teológica y litúrgica de la Iglesia.
En cualquier caso, el contenido de esta unción es el Espíritu Santo. El propio Jesús dirá: " El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido...” (Le 4, 18).
A propósito de la unción de Jesús, se nos plantea el proble ma teológico de su relación con la encarnación. En un principio, y hasta finales del siglo IV, no hubo ninguna dificultad en acep tar el dato evangélico. A la unción de Jesús se la relaciona con su bautismo en el Jordán y se la considera un acontecimiento trinitario. San Ireneo escribe:
“En el nombre ‘Cristo’ se sobreentiende aquel que ungió, aquel que fue ungido y la misma unción. En efecto, el Padre ungió y el Hijo fue ungido, en el Espíritu que es la unción”8.
Sa n Ir e n e o. Contra las herejías, III, 1 8 ,3 ; cfr. Sa n Ba s il io Ma g n o, Sobre el Espíritu Santo, XII, 28: PG
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Se trata, además, de una unción histórica, o sea, ligada al desarrollo concreto de la salvación. El nombre que Jesús recibe a causa de la misma, “Cristo”, designa un acontecimiento, una acción, no la persona, o la hipóstasis. Indica la investidura de Je sús como Mesías, con la cual se inaugura de hecho la economía de la salvación. En la encamación, el Verbo hecho hombre se convierte en “Jesús”: por la unción del Espíritu, en su bautismo, Jesús, hombre y Dios perfecto, se convierte, de hecho, en “el Cristo”9. Este acontecimiento crea una novedad en su vida: una novedad funcional, por supuesto, no ontológica. Produce en él unos efectos grandiosos e inmediatos: milagros, predicación con autoridad, victoria sobre los demonios, instauración del Reino. Es también una unción eclesial, es decir, para nosotros:
“Sobre él descendió el Espíritu de Dios, a fin de que nosotros, participando de la abundancia de esa unción, fuéramos salva dos”10.
Hubo dos factores que hicieron entrar en crisis esta antigua teología que le daba una importancia tan grande al bautismo de Jesús. El primero fue el surgir de las herejías, que sacaban falsas conclusiones de todo eso. Los gnósticos decían que una cosa es Jesús y otra Cristo. Jesús es el hombre nacido de María, Cristo es la divinidad que desciende sobre él en el momento de su bautismo. Para ellos el bautismo sustituía a la encarnación. A una conclusión análoga llegarán, más adelante, Pablo de Samo- sata y, según sus adversarios, Nestorio. Los arrianos decían que si Jesús está sujeto a un proceso de cambio y de avance, quiere decir, que no es Dios en un sentido pleno y perfecto.
El otro factor fue la necesidad de adaptar el contenido de la fe a la cultura griega, para lo cual lo que cuenta verdaderamente es la arqué de las cosas, su fundamento, y no el desarrollo, la his toria. Todos estos motivos están reflejados en un pasaje de san Gregorio Nacianceno:
9 S a n I r e n e o . C o n tr a Jas herejías, I I I , 9 , 3 . 10 Ibíd.
“El que diga que Jesucristo ha sido hallado digno de la adopción filial sólo después de haberse hecho perfecto gracias a sus obras, o después del bautismo, o después de su resurrección de entre los muertos, sea excomulgado. En efecto, todo aquello que tiene un comienzo, o avanza o se perfecciona, no es Dios”11.
El resultado fue la separación del misterio de la unción de Jesús de su bautismo, y su anticipación e identificación con la encarnación. El propio Nacianceno escribe: “En la encamación, Jesús fue ungido con la divinidad, y la unción de su humanidad no era otra cosa que la misma divinidad”12. Jesús “fue ungido con Espíritu Santo en el momento en que se hizo hombre”13. Lo mismo dice san Agustín en Occidente:
“Sin duda Cristo no fue ungido con el Espíritu Santo cuando el Espíritu descendió sobre él, en el momento de su bautismo, en forma de paloma; ese día él quiso prefigurar su cuerpo, es decir, la Iglesia, en la que se recibe al Espíritu Santo, sobre todo a través del bautismo. Pero hay que comprender que Cristo ha sido ungido con esta mística e invisible unción en el mismo momento en que el Verbo de Dios se hizo carne”14.
El título de “Cristo”, que antaño se interpretaba como re ferido a un acontecimiento, a una acción, ahora se refiere a lá persona misma15.
En esta nueva perspectiva, se mantiene -por apropiación y por influjo de Lucas 1, 35- la mención del Espíritu Santo, pero casi siempre se habla, en general, de “divinidad” (theotes), es más, se llega a excluir tácitamente al Espíritu Santo, sustituyén dolo, en calidad de ungüento y crisma, por el propio Logos. En un texto de la época, se lee: “Yo, el Logos, soy el crisma; y el hombre, el que es ungido por mí”16. El misterio de la unción se
11 Sa n Gr e g o r io Na c i a n c e n o. / Carta a Cledonio, 2 3 s : S C h 2 0 8 , 4 6 . 12 í d . , Discursos, X X X , 2: PG 3 6 ,1 0 5 B .
13 Sa n Cir il od e Al e j a n d r í a. Comentario al Evangelio de Juan, X I, 1 0 : PG 7 4 , 5 5 2 C . 14 San Ag u s t í n. Sobre la Trinidad, XV, 26, 46.
15 Sa n Ju a n Da m a s c e n o. La f e ortodoxa, III, 3: " N o s o t r o s d e c i m o s que 'Cristo' es el nombre de la hipóstasis” : PG 94, 989.