Si toda la actividad cerebral se basa en la conexión de unas neuronas con otras, con intercambios de impulsos eléctricos y de pequeñas cantidades de sustancias químicas —los neurotransmisores—, no resulta extraño que otras sustancias aumenten o disminuyan la ansiedad. Para inducir estados de ansiedad —si es algo que nos pueda apetecer— tenemos:
Cafeína. Es un estimulante que se encuentra en el café, el té, el cacao, las bebidas
“energéticas” y los extractos de guaraná. La sensibilidad a la cafeína es muy variable y además algunas personas desarrollan una tolerancia muy alta a su consumo, por lo que pueden no desarrollar síntomas ansiosos aunque tomen cantidades elevadas. Sin embargo, si padeces ansiedad o problemas para dormir, tal vez sea un mensaje oculto en tus síntomas la necesidad de reducir o abandonar tu consumo de esta sustancia.
Sustancias de abuso. Aquí se incluyen: cannabis (hachís), cocaína, anfetaminas, éxtasis,
alucinógenos e inhalantes (pegamentos, disolventes, popper). Es típico que el consumo de estas sustancias pueda desencadenar crisis de ansiedad en algunos casos. Pese a ser desagradable sufrir una crisis de ansiedad por este motivo, éste es muchas veces, sin duda, el menor de los males que puede derivarse del consumo de drogas. Después de todo, la ansiedad no es peligrosa, por desagradable que pueda resultar. Sin embargo, los daños que puede causar a nivel cerebral este tipo de sustancias son muy graves. Un mensaje claro que debes leer en tu ansiedad es la necesidad de abandonar el consumo. Estas sustancias son nocivas para tu cerebro a medio y largo plazo, si no hay una sobredosis antes que cause un daño cerebral directo.
Fármacos. El nerviosismo es un síntoma asociado con algunos fármacos de consumo
habitual. Si tomas algún fármaco a diario y sufres ansiedad, consulta el prospecto para indagar si éste es un síntoma adverso de ese fármaco. Algunos antidepresivos que se prescriben para los trastornos de ansiedad (ver más adelante) suelen producir nerviosismo al inicio del tratamiento, pero luego esos síntomas se atenúan.
Entre los fármacos que alivian la ansiedad, podemos encontrar varios tipos:
Ansiolíticos. Algunos de los más comunes en el mercado son: diazepam, alprazolam,
halazepam, clotiazepam, cloracepato, bromazepam, lorazepam y ketazolam. Estos productos químicos reducen los síntomas de la ansiedad de forma eficaz en muchos casos y de forma casi inmediata (en menos de una hora), pero su utilidad como solución a largo plazo está muy cuestionada, como expusimos en otro libro[26]. Lo habitual, cuando se termina el tratamiento con ansiolíticos, es que se produzca una recaída, si no se acompaña de otro tipo de tratamiento especializado. Esto es un hecho.
Antidepresivos. Muchos pacientes me consultan extrañados cuando su médico le receta un
ansiedad, los antidepresivos suelen resultar una opción mejor, especialmente los del grupo ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina). Los antidepresivos de uso ansiolítico más habitual son: fluoxetina, paroxetina, fluvoxamina, sertralina, clorimipramina e imipramina. Los dos últimos pertenecen a un grupo denominado antidepresivos tricíclicos, por su mecanismo de acción. Son eficaces en algunos tipos de ansiedad, pero suelen tener algunos efectos secundarios. Las recaídas, cuando se termina el tratamiento, son menores que con los ansiolíticos. No obstante, cuando existe una problemática psicológica, personal o familiar que se esconde tras la ansiedad, lo más frecuente es la recaída, si no recibe el paciente un tratamiento psicológico.
Algunas sustancias químicas tienen una relación más compleja con la ansiedad, como ocurre con los ansiolíticos y el alcohol. En estos casos, la ansiedad se produce cuando se abandona el consumo de forma brusca, una vez que el cuerpo se ha habituado a ellos. Nunca es una buena idea abandonar de forma repentina el consumo habitual de un fármaco sin consultarlo previamente con tu médico. Si el consumo de alcohol es diario y elevado, lo prudente es ponerse en manos de un médico especializado para reducir el consumo de una forma segura.
En otros casos, la química complica aún más su relación con la ansiedad, como ocurre, por ejemplo, con las fluctuaciones de los niveles hormonales en el ciclo menstrual femenino. Se trata del conocido síndrome premenstrual y comienza una o dos semanas antes de la menstruación. Entre los síntomas que incluye tenemos: senos inflamados y doloridos, acné, distensión abdominal y aumento de peso, dolor de cabeza o en las articulaciones, aumento del apetito, cambios de humor, irritabilidad, tristeza y crisis de llanto. La mayoría de las mujeres sufre alguno de estos síntomas, que cesa cuando comienza la menstruación. En algunos casos, estos síntomas alcanzan una intensidad considerable y entonces denominamos el cuadro trastorno disfórico premenstrual. Esto afecta a entre un 3 y un 8% de las mujeres. Es buena idea observar si hay una relación entre los estados de ansiedad y el día en el que te encuentras del ciclo menstrual. Para ello puedes llevar un diario, anotando el día que comienzas con la menstruación y tu nivel de ansiedad de cada día (p.e., de cero a diez, según qué grado de nerviosismo tengas). Al cabo de unos meses puedes ver si hay algún patrón, si tiendes a estar más nerviosa en algunos días concretos del ciclo menstrual que en el resto de días. Este es un mensaje importante que puede ofrecerte tu ansiedad: el cuerpo cambia y las fluctuaciones hormonales puede hacerte filtrar la realidad de forma ansiosa. Etiquetar de esta forma los síntomas te puede ayudar a comprenderte mejor, y tolerar mejor fluctuaciones de tus estados de ánimo que son pasajeras.
Para terminar este apartado, no puedo dejar de denunciar el consumo excesivo que se hace, en mi opinión, de los fármacos ansiolíticos y antidepresivos en nuestra sociedad. Es un hecho habitual en las consultas de medicina y psicología recibir pacientes que demandan “pastillas para no sufrir”, convirtiendo en “enfermedades” lo que en realidad son problemáticas de la vida cotidiana, que resultan dolorosas pero que no son enfermedades en
muchos casos. Un estilo de vida estresado, un despido laboral, una situación de acoso, un divorcio, problemas con los hijos (o con otras personas), la muerte de un ser querido… son muchas las situaciones cotidianas que pueden generar malestar o ansiedad incluso, pero difícilmente una “pastilla” logrará un cambio permanente en nuestro sufrimiento. Si te enfrentas a estas situaciones, la medicación puede aliviar tu malestar, pero necesitarás plantearte muchas cosas antes de que puedas avanzar psicológicamente. Si no haces ese trabajo psicológico tu estado emocional no terminará de mejorar aunque tomes medicación durante meses o años, sobre todo si te enfrentas a problemas que no terminan de solucionarse (p.e., una relación marital que no funciona). En este caso, habremos añadido otro problema —además de la dependencia al fármaco— y es la idea de que tus problemas no puede solucionarse de otro modo.
Esta situación de “medicalización” de la vida moderna no ha ocurrido de forma inocente, como defienden algunos autores de forma elocuente con títulos como La invención de los trastornos mentales: ¿Escuchando al fármaco o al paciente?[27] o La timidez: cómo la psiquiatría y la industria farmacéutica han convertido emociones en enfermedad[28]. La industria farmacéutica es, obviamente, una industria —y subrayo la palabra industria, en su sentido más empresarial—. Por tanto, dicha industria tiene un grupo de inversores, que ponen su dinero esperando obtener un beneficio empresarial, y un consejo de administración presionado por dar “resultados” que, en buena medida, van a determinar también sus sueldos e incentivos económicos. Como expone de forma detallada Christopher Lane, un catedrático de la Northwestern University of Chicago que tuvo acceso por primera vez a documentos secretos de la Asociación Americana de Psiquiatría, la inclusión de casi 300 patologías nuevas para realizar diagnósticos psiquiátricos ha tenido un claro beneficiario: la industria farmacéutica, “más capaz que nunca de inventar enfermedades para dar salida a fármacos de dudosa utilidad”, citando al autor. Éste es un libro muy documentado y ha recibido el apoyo de prestigiosas revistas médicas y científicas como The Lancet, el Journal of Mental Health o Scientific American. Razonamientos similares podemos hallar en el libro La invención de los trastornos mentales, uno de cuyos autores es catedrático de la Universidad de Oviedo[29].
3. Pienso, luego sufro
No son las cosas las que atormentan a los hombres, sino la opinión que se tiene de ellas. EP ÍCT ET O Filósofo griego, siglo IHace unos días, mientras charlaba animadamente con mi amigo Sergio —también psicólogo—, ocurrió una anécdota interesante. Estábamos comiendo en un restaurante que suele ser tranquilo, si bien aquel día había más gente de lo habitual y se escuchaba el típico murmullo de esas situaciones. Para completar el ruido de fondo teníamos algo de música ambiental y la cubertería que acariciaba copas y platos. De repente, y en mitad de nuestra conversación, mi amigo y yo giramos la cabeza hacia una mesa alejada unos siete metros de la nuestra. Le pregunté por qué había girado su cabeza —anticipando su respuesta, con curiosidad— ya que yo había escuchado, probablemente, lo mismo que él. Entre el ruido de fondo que acompañaba nuestra conversación, ambos habíamos escuchado la palabra “psicólogo” de forma totalmente nítida y ambos nos habíamos girado hacia el mismo sitio. Ninguno estaba pendiente de aquella mesa, ni de las demás, pues es típico que nos enfrasquemos en nuestras conversaciones y pase el tiempo sin apenas darnos cuenta.
Como vemos en esta anécdota, el flujo de la información que nos rodea es abrumador. Nuestro cerebro se enfrenta a ese bombardeo de los sentidos como puede. Para ello necesita orientarse entre tanta información, filtrarla de algún modo o buscar la que necesita (si es preciso), tareas que recaen dentro de lo que llamamos proceso atencional, o, simplemente, atención[30]. La atención, así considerada, nos facilita la vida, sin duda. Gracias a mi capacidad para orientarme hacia la voz y la cara de mi amigo puedo disfrutar de la conversación. Gracias a mi capacidad para filtrar los sonidos que no son relevantes, logro seguir el hilo de la conversación con mi amigo. Si el ruido ambiental es tan alto que no se distingue lo que mi amigo dice difícilmente podrá haber conversación. Y si estoy pensando en pedir otra botella de agua, puedo empezar a localizar al camarero escuchando si alguien a mi alrededor lo llama. Hasta aquí, todo lo que aporta la atención son ventajas. ¿No? Pero aún hay más. Como muestra la anécdota que contaba más atrás, nuestro cerebro está procesando continuamente toda la información que nos rodea, incluso aquella a la que parece que no prestamos atención y que de pronto brilla en nuestra consciencia si —y sólo si— resulta relevante. ¿Cómo no “afinar el oído” dos psicólogos si escuchan en medio de la multitud la palabra “psicólogo”? Ninguno estaba prestando atención a la conversación de la otra mesa (algo lejana, por cierto). Y de hecho ninguno supimos por qué habían dicho la palabra “psicólogo”, ni qué dijeron después (y tampoco era cuestión de acercarse a preguntar).
Esta anécdota es sólo un ejemplo de lo que los científicos llaman el fenómeno de la fiesta del cóctel y ha sido puesto a prueba en experimentos controlados[31]. Lo que extraemos de esos experimentos, y otros relacionados, es que necesitamos orientarnos en este mundo para asegurar, entre otras cosas, nuestra supervivencia. Y eso significa prestar atención a determinada información descartando otra, para determinar qué está pasando, qué significa para nosotros y cómo tenemos que actuar en consecuencia, si fuera necesario. También significa valorar si nos vemos capaces de hacer frente a las amenazas que detectemos. En todo ese proceso mental, que a veces ocurre en décimas de segundo, intervienen muchos elementos, implicando numerosas zonas de nuestro cerebro.
En este capítulo vamos a tratar de comprender ese laberinto que puede ser la mente. Prestaremos especial atención a los principales fenómenos mentales que ocurren cuando sentimos miedo y ansiedad.