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PART I: BASIC M&E CONCEPTS

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SEGUNDA PARTE

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EL TÍO ARÍSTIDES

Ciertamente este personaje de quien no sé aun porqué extrañas razones es pariente de mi familia por vía materna, constituye el embrión de donde naciera la idea de hacer un libro relacionado con el Paititi; el caso es que me enseñaron a decirle tío y así lo vine haciendo desde algunos años con mucho agrado. Tuve la suerte de conocerlo en la ciudad de Lima donde vivía bajo el cuidado de su hijo y sus nietos, el mayor de ellos alto oficial de las fuerzas aéreas. Un hombre de poco más de noventa años de edad y con un bagaje abrumador de experiencias, que encontró en mí a la persona que le prestaba mucha atención a lo que narraba con apasionado rigor y encanto, en quien depositaría su tesoro acopiado; así les llamaba él a las versiones que conocía a cerca de la existencia física, de la misteriosa ciudad perdida de los incas en el corazón de la selva peruana, el mítico Paititi; la

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EL TÍO ARÍSTIDES

Ciertamente este personaje de quien no sé aun porqué extrañas razones es pariente de mi familia por vía materna, constituye el embrión de donde naciera la idea de hacer un libro relacionado con el Paititi; el caso es que me enseñaron a decirle tío y así lo vine haciendo desde algunos años con mucho agrado. Tuve la suerte de conocerlo en la ciudad de Lima donde vivía bajo el cuidado de su hijo y sus nietos, el mayor de ellos alto oficial de las fuerzas aéreas. Un hombre de poco más de noventa años de edad y con un bagaje abrumador de experiencias, que encontró en mí a la persona que le prestaba mucha atención a lo que narraba con apasionado rigor y encanto, en quien depositaría su tesoro acopiado; así les llamaba él a las versiones que conocía a cerca de la existencia física, de la misteriosa ciudad perdida de los incas en el corazón de la selva peruana, el mítico Paititi; la

misma que aseguraba que estuviera en la cadena o macizo llamado Pantiacolla, comprendido geográficamente en territorio de la provincia del Manu, en el departamento de Madre de Dios.

El esposo de una prima mía en cuya casa me hospedaba, estando yo por un tiempo en la capital, fue quien me lo presentó diciéndome que era el tío Arístides, y que conocía profundamente la historia de esta mítica ciudadela incaica en la selva. Aquel día de la presentación, tan sólo saludarnos salimos de su casa en Miraflores y nos fuimos a un parquecito muy discreto a charlar. Nos pasamos como tres horas escuchando los alucinantes relatos que sobre la ciudad dorada nos refería. Darío interrumpía de cuando en cuando, para exigir que me relatara de tal o cual hecho que corroborara ciertamente su existencia. Particularmente a mí me fascinaba escucharlo y desde aquella vez, comencé a frecuentarlo para imbuirme de tanta información fidedigna.

Las tardes de aquel setiembre fueron el terreno propicio para que naciera la idea de hacer un libro, y como ya se perfilaba en mi futuro el oficio de escritor, desde la época de colegio aun, haciendo algunos pininos en los concursos y certámenes de literatura escolar, de los que

ciertamente nunca gané ni el último premio, yo supongo porque siempre olvidaba firmar; recogí la sustancia de sus relatos llenos de reales vivencias, que sumados a mis propias experiencias, serían más que suficientes para conseguir ese propósito, entonces me puse a la tarea de construir un libro.

Uno de estos relatos cuenta que cuando era el propietario de la hacienda Callanga, recibió la visita de unos nativos casi desnudos que decían ser de la tribu Ama-ra-ka-ere, mitológicos descendientes de la pantera negra. Eran cuatro contaba -, que traían sus flechas y algunas chucherías de regalo, como collares de estas semillas coloridas llamadas wayruros, que como adorno o filtros de la buena suerte funcionan perfectamente. Les había dado posada por un par de días y en ese tiempo le pidieron les vendiera un ganado vacuno, al que lo querían llevar vivo para criarlo en su comunidad selvática. Relataba el tío que se había reído a carcajadas, pues primeramente le parecía absurdo que llevaran una vaca a la jungla y porque según se les podía ver, aparentemente no traían nada de valor con que pagar su precio. Pero cuando uno de ellos extrajo de bajo del taparrabos una pequeña bolsita de piel de nutria y vació su contenido en la mesa de su comedor, no

misma que aseguraba que estuviera en la cadena o macizo llamado Pantiacolla, comprendido geográficamente en territorio de la provincia del Manu, en el departamento de Madre de Dios.

El esposo de una prima mía en cuya casa me hospedaba, estando yo por un tiempo en la capital, fue quien me lo presentó diciéndome que era el tío Arístides, y que conocía profundamente la historia de esta mítica ciudadela incaica en la selva. Aquel día de la presentación, tan sólo saludarnos salimos de su casa en Miraflores y nos fuimos a un parquecito muy discreto a charlar. Nos pasamos como tres horas escuchando los alucinantes relatos que sobre la ciudad dorada nos refería. Darío interrumpía de cuando en cuando, para exigir que me relatara de tal o cual hecho que corroborara ciertamente su existencia. Particularmente a mí me fascinaba escucharlo y desde aquella vez, comencé a frecuentarlo para imbuirme de tanta información fidedigna.

Las tardes de aquel setiembre fueron el terreno propicio para que naciera la idea de hacer un libro, y como ya se perfilaba en mi futuro el oficio de escritor, desde la época de colegio aun, haciendo algunos pininos en los concursos y certámenes de literatura escolar, de los que

ciertamente nunca gané ni el último premio, yo supongo porque siempre olvidaba firmar; recogí la sustancia de sus relatos llenos de reales vivencias, que sumados a mis propias experiencias, serían más que suficientes para conseguir ese propósito, entonces me puse a la tarea de construir un libro.

Uno de estos relatos cuenta que cuando era el propietario de la hacienda Callanga, recibió la visita de unos nativos casi desnudos que decían ser de la tribu Ama-ra-ka-ere, mitológicos descendientes de la pantera negra. Eran cuatro contaba -, que traían sus flechas y algunas chucherías de regalo, como collares de estas semillas coloridas llamadas wayruros, que como adorno o filtros de la buena suerte funcionan perfectamente. Les había dado posada por un par de días y en ese tiempo le pidieron les vendiera un ganado vacuno, al que lo querían llevar vivo para criarlo en su comunidad selvática. Relataba el tío que se había reído a carcajadas, pues primeramente le parecía absurdo que llevaran una vaca a la jungla y porque según se les podía ver, aparentemente no traían nada de valor con que pagar su precio. Pero cuando uno de ellos extrajo de bajo del taparrabos una pequeña bolsita de piel de nutria y vació su contenido en la mesa de su comedor, no

podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Eran pepitas de oro mezcladas con piedras preciosas: esmeraldas, amatistas y otras muy extrañas cosas. Don Arístides había quedado estupefacto. Los nativos ofrecieron dárselo a cambio de una vaquillona servida, y el tío aceptó la propuesta de muy buena gana. En el acto guardó las joyas y ordenó a su servidumbre fueran a las vaquerizas de su hacienda, y trajeran a la mejor vaquillona que estuviera preñada. Los peones cumplieron la orden y se les fue entregado el animal de cría a los compradores; pero como ya era tarde para que partieran les ofreció hospedaje para que se quedaran. En la noche, luego de convidarles la cena, el tío indagó por el origen de tan hermosas joyas, consiguiendo que los nativos le informaran que en los fondos de la selva, más allá de su comunidad, existía un pequeño río que mezclado con las piedras comunes arrastraba también estas; pero que para llegar a dicho río había que tener cuidado de no caer en manos de los machigangas, que son los celosos guardianes de una ciudad mágica de la que sólo saben por referencias.

En otra ocasión también en su hacienda recibió la visita de un explorador muy comprometido con la historia, un empedernido buscador de tesoros y ciudades perdidas del

mundo, que juraba haber llegado a la ciudad El Dorado, y que afortunadamente pudo haber salido sin ser capturado por los machigangas, considerando haber salvado su vida por un milagro. Justamente al escapar tomó la dirección que le permitió después salir a su hacienda. Hambriento y casi con harapos por vestido, el explorador belga-peruano fue atendido por la familia en su casa de Callanga. Le curaron las heridas y laceraciones producto del desaforado escape, le dieron de beber y de comer, lo vistieron con decencia y como reconocimiento y gratitud, el notable intelectual entregó al tío anfitrión una de las tres mazorcas de oro de tamaño natural, explicándole que pudo haberlas tomado en las puertas de la ciudad escondida en referencia.

El tío Arístides era devorador de tertulias. Cuánto de imaginación tendrían sus relatos, pero en todo caso, valía la pena escucharlos; las tardes las consumía como se consume el mejor manjar, y de sus relatos él mismo gozaba y hacía que todo el que lo escuchaba lo disfrutara. Una tarde me esperó con un mapa trazado empíricamente por un fraile franciscano, con lo que quería corroborar el relato del historiador narrado el día anterior. Pero además extrajo del bolsillo de su chaqueta de

podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Eran pepitas de oro mezcladas con piedras preciosas: esmeraldas, amatistas y otras muy extrañas cosas. Don Arístides había quedado estupefacto. Los nativos ofrecieron dárselo a cambio de una vaquillona servida, y el tío aceptó la propuesta de muy buena gana. En el acto guardó las joyas y ordenó a su servidumbre fueran a las vaquerizas de su hacienda, y trajeran a la mejor vaquillona que estuviera preñada. Los peones cumplieron la orden y se les fue entregado el animal de cría a los compradores; pero como ya era tarde para que partieran les ofreció hospedaje para que se quedaran. En la noche, luego de convidarles la cena, el tío indagó por el origen de tan hermosas joyas, consiguiendo que los nativos le informaran que en los fondos de la selva, más allá de su comunidad, existía un pequeño río que mezclado con las piedras comunes arrastraba también estas; pero que para llegar a dicho río había que tener cuidado de no caer en manos de los machigangas, que son los celosos guardianes de una ciudad mágica de la que sólo saben por referencias.

En otra ocasión también en su hacienda recibió la visita de un explorador muy comprometido con la historia, un empedernido buscador de tesoros y ciudades perdidas del

mundo, que juraba haber llegado a la ciudad El Dorado, y que afortunadamente pudo haber salido sin ser capturado por los machigangas, considerando haber salvado su vida por un milagro. Justamente al escapar tomó la dirección que le permitió después salir a su hacienda. Hambriento y casi con harapos por vestido, el explorador belga-peruano fue atendido por la familia en su casa de Callanga. Le curaron las heridas y laceraciones producto del desaforado escape, le dieron de beber y de comer, lo vistieron con decencia y como reconocimiento y gratitud, el notable intelectual entregó al tío anfitrión una de las tres mazorcas de oro de tamaño natural, explicándole que pudo haberlas tomado en las puertas de la ciudad escondida en referencia.

El tío Arístides era devorador de tertulias. Cuánto de imaginación tendrían sus relatos, pero en todo caso, valía la pena escucharlos; las tardes las consumía como se consume el mejor manjar, y de sus relatos él mismo gozaba y hacía que todo el que lo escuchaba lo disfrutara. Una tarde me esperó con un mapa trazado empíricamente por un fraile franciscano, con lo que quería corroborar el relato del historiador narrado el día anterior. Pero además extrajo del bolsillo de su chaqueta de

corduroy gris, mientras buscábamos una banca libre en el pequeño parque de siempre, un par de hojas escritas a máquina por un anónimo y fechaba en mil novecientos veintinueve. Nos ubicamos bien, sentados frente a frente aun estando los dos en la misma banca, y me permitió darle lectura en voz alta a lo escrito en las amarillas y vetustas hojas de papel oficio y con sello de agua del estado. Tan celoso de sus tesoros era el tío, que tan luego terminé la lectura, literalmente me arrebató las hojas de las manos y se las guardó bien en el séptimo bolsillo, cerrado con botón y hebilla. Conociéndolo hasta donde no hace falta calcular, no me atreví siquiera a pedirle que me las prestara para copiarlas. Estaba segurísimo que me lo iba a negar, entonces preferí grabarme en la memoria su contenido, el mismo que trataré de reproducirlo tal y como lo recuerdo, incluyendo el título: “El Paititi”.

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PAITITI

Paititi es una ciudad oculta entre la selva peruana, comprendida dentro del departamento de Madre de Dios, en dirección Oeste de su capital Puerto Maldonado, con una ligera inclinación de unos 15° hacia el Sur Oeste, muy cerca del límite que lo separa del departamento del Cusco, en dirección Este de la provincia de La Convención. En medio del delta que forman los ríos Manu y Alto Madre de Dios.

Está situada dentro de las quebradas formadas por un conjunto de cerros, en las profundidades de un extraño valle circular semejante al cráter de un gigantesco volcán; con un cañón que se abre para formar luego otro círculo de menores dimensiones, el que también se abre en el mismo sentido hacia el Noreste, para dar lugar a la inmensa llanura de la selva de Madre de Dios.

corduroy gris, mientras buscábamos una banca libre en el pequeño parque de siempre, un par de hojas escritas a máquina por un anónimo y fechaba en mil novecientos veintinueve. Nos ubicamos bien, sentados frente a frente aun estando los dos en la misma banca, y me permitió darle lectura en voz alta a lo escrito en las amarillas y vetustas hojas de papel oficio y con sello de agua del estado. Tan celoso de sus tesoros era el tío, que tan luego terminé la lectura, literalmente me arrebató las hojas de las manos y se las guardó bien en el séptimo bolsillo, cerrado con botón y hebilla. Conociéndolo hasta donde no hace falta calcular, no me atreví siquiera a pedirle que me las prestara para copiarlas. Estaba segurísimo que me lo iba a negar, entonces preferí grabarme en la memoria su contenido, el mismo que trataré de reproducirlo tal y como lo recuerdo, incluyendo el título: “El Paititi”.

18

PAITITI

Paititi es una ciudad oculta entre la selva peruana, comprendida dentro del departamento de Madre de Dios, en dirección Oeste de su capital Puerto Maldonado, con una ligera inclinación de unos 15° hacia el Sur Oeste, muy cerca del límite que lo separa del departamento del Cusco, en dirección Este de la provincia de La Convención. En medio del delta que forman los ríos Manu y Alto Madre de Dios.

Está situada dentro de las quebradas formadas por un conjunto de cerros, en las profundidades de un extraño valle circular semejante al cráter de un gigantesco volcán; con un cañón que se abre para formar luego otro círculo de menores dimensiones, el que también se abre en el mismo sentido hacia el Noreste, para dar lugar a la inmensa llanura de la selva de Madre de Dios.

Otra semejanza a considerar, imagina- riamente visto este valle desde lo alto de las nubes, es a la silueta de una guitarra, siendo su diapasón el río que sale de los dos valles consecutivos. Por entre los cañones discurre un riachuelo proveniente de una pequeña catarata, que hace su caída en el lado Norte del Valle. Luego el río atraviesa por los dos valles de tierras fértiles y da lugar aguas abajo a un pequeño río, que se le conoce con el nombre de Pantiacolla.

En el segundo y más pequeño valle habitan en paz los machigangas, indios que proceden de la raza Inca, y que conservan la misión de custodiar la sagrada ciudad dorada del Tawantinsuyu llamada Paititi; que se ubica en las profundidades abruptas del valle grande, al pie de una pequeña colina elevada en la base a manera de un cono, de aproximadamente cincuenta o sesenta metros de altura sobre su base.

El valle mayor, que es en realidad el que ofrece más interés, a ojo de buen cubero mide aproximadamente dos mil metros de profundidad o plomada. En el lado Sur del borde de la cima se encuentra un gran pajonal, desde donde se divisa el fondo de un color verde muy oscuro ya casi azul, imposibilitando la

percepción de los detalles del mismo. Solamente se puede percibir muy ligeramente un círculo anaranjado, siendo realmente un pequeño cerro en forma cónica, que contiene grandes cantidades de oro en estado natural, en charpas, chispas y polvo, impidiendo por este motivo la formación o el desarrollo de la flora en dicha colina.

En el valle adjunto, al borde del riachuelo se halla la aldea de los machigangas, quienes viven de la caza, la pesca y los pocos productos agrícolas que cultivan en el reducido valle, como la yuca, el plátano y la coca.

Los machigangas son individuos que forman una tribu que conserva gran porcentaje de su primitiva sangre, debido a que no fueron encontrados por los conquistadores españoles. Pero en cambio, muy posteriormente, se han mezclado en muy poca escala con gente blanca que llegaba en expediciones buscando el Paititi y eran tomados prisioneros por los custodios mencionados, quienes permanecen en el más cerrado cautiverio hasta nuestros días, sin la menor posibilidad de conseguir la libertad y volver a su lugar de procedencia. Juicio este que se sostiene, porque hay quienes aseguran haber visto indios procedentes del Paititi con rasgos muy extraños.

Otra semejanza a considerar, imagina- riamente visto este valle desde lo alto de las nubes, es a la silueta de una guitarra, siendo su diapasón el río que sale de los dos valles consecutivos. Por entre los cañones discurre un riachuelo proveniente de una pequeña catarata, que hace su caída en el lado Norte del Valle. Luego el río atraviesa por los dos valles de tierras fértiles y da lugar aguas abajo a un pequeño río, que se le conoce con el nombre de Pantiacolla.

En el segundo y más pequeño valle habitan en paz los machigangas, indios que proceden de la raza Inca, y que conservan la misión de custodiar la sagrada ciudad dorada del Tawantinsuyu llamada Paititi; que se ubica en las profundidades abruptas del valle grande, al pie de una pequeña colina elevada en la base a