Puede parecer obvio, pero es importante afirmar que el comportamiento sexual de los jóvenes tiene lugar en el contexto de las actitudes y la conducta del adulto. En gran parte del debate público sobre este tema, los comentaristas y las autoridades en la materia dan la impresión de pensar que los adolescentes están de algún modo aislados o separados de lo que sucede en el resto de la sociedad. Se les culpa por tener actitudes permisivas, o por establecer contactos sexuales casuales sin considerar las consecuencias. Sin embargo, el hecho es que el desarrollo sexual de los jóvenes está afectado en un sentido fundamental por lo que ocurre en torno a ellos. Hoy en día vivimos en una sociedad que es notable-
Figura 6.3.NTasas de maternidades y abortos en Inglaterra y Gales entre muchachas de 13 a 15 años, 1969 a 1994.
mente abierta sobre la sexualidad. Muchos de los tabúes vigentes hace treinta años han desaparecido y, como resultado, el sexo impregna nuestra vida.
Los jóvenes ven material sexual en la televisión, las películas y los vídeos, en las vallas publicitarias y en las revistas de adolescentes. Un aspecto muy importan- te es que tienen noticia de adultos que les rodean, sea en la familia o en el barrio, que tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio. Pueden ver que los adultos persiguen la gratificación sexual sin considerar siempre las consecuencias, que ponen la satisfacción sexual en un lugar alto en su lista de metas personales y, lógi- camente, a los jóvenes les influye esta experiencia. Creer que los adolescentes viven de algún modo en un mundo propio es poco realista e inútil. No podremos comprender la sexualidad adolescente a menos que reconozcamos el contexto en el que se produce y admitamos las importantes influencias de la sociedad adulta. De la serie de factores sociales que influyen en la sexualidad del joven, quizá es la familia el que se debería considerar primero. Autores como KATCHADOURIAN
(1990), MOOREy ROSENTHAL(1995) y TARISy SEMIN(1997) han resumido los as-
pectos en que los padres y otros miembros de la familia influyen en los jóvenes en este ámbito. En primer lugar, los padres tienen actitudes sobre la sexualidad. Estas se pueden relacionar con el cuerpo y sus funciones; pueden ser posiciones sobre la intimidad, el placer, la vergüenza y la culpa y, por supuesto, sobre la natu- raleza de las relaciones íntimas. Los padres tendrán también actitudes sobre el género, incluidos aspectos como los roles sexuales, la distribución del poder y la comunicación entre los hombres y las mujeres. Todas estas disposiciones paren- tales influirán en el modo en que el niño o la niña se desarrolla sexualmente. Ade- más de las actitudes, los padres representan también modelos de rol para los jóvenes. Así, la manera en que la madre y el padre se relacionan entre sí; cómo se ocupan de la toma de decisiones; el trato que se dispensan mutuamente y la forma en que se comportan sexualmente ofrecerán poderosos modelos que in- fluirán sin duda en los hijos.
Un ejemplo obvio de esto es el sustancial conjunto de investigaciones que muestran que, probablemente, los jóvenes pertenecientes a familias cuyos padres se han divorciado o separado iniciarán una vida sexual activa a una edad anterior que aquellos que viven en familias intactas (NEWCOMER y UDRY, 1985; MILLER y
BINGHAM, 1989). En un estudio reciente, CROCKETTy cols. (1996) compararon los efectos de vivir con uno solo de sus padres con otras variables como el nivel socioeconómico, el momento pubescente, el rendimiento escolar, el comporta- miento entre hermanos, etc. Estos autores mostraron que, de todas las variables, la circunstancia relativa a los padres era el factor más significativo que influía en el comienzo sexual, tanto para los chicos como para las chicas. Se han propues- to diversas explicaciones para este hallazgo, incluida la exposición a normas sexuales permisivas, así como la reducción del control y la supervisión parental. Como una joven explicaba:
“Si tus padres están divorciados o separados, y alguno de ellos trae a casa a per- sonas diferentes los fines de semana y cada noche de la semana y eso, entonces piensas que (tener relaciones sexuales) no es un asunto importante. No es especial, o algo así. Pero si tus padres están casados y hacen el amor, eso lo ves como un asunto importante, y deberías compartirlo sólo si amaras a la persona”.
TARISy SEMIN (1997) nos recuerdan que también hay otros aspectos en los que los padres pueden influir. En algunas circunstancias, y con respecto a ciertas cuestiones, ellos pueden ser los educadores sexuales más efectivos, especial- mente si son abiertos sin ser entrometidos, y están dispuestos a tratar el orden del día del joven, en lugar del suyo. Como hemos señalado antes, pueden ofrecer control y supervisión, ayudando a los adolescentes a retrasar la participación en la actividad sexual. Por otra parte, pueden dejarles establecer sus propios límites y tomar sus propias decisiones sobre el ritmo de su desarrollo sexual. En un buen estudio de MESCHKEy SILBEREISEN(1997) se mostró que cuanto mayor era el gra-
do de control parental, más tardío era el comienzo sexual del joven en las anti- guas Alemania Oriental y Occidental. En este contexto, es importante también mencionar la religión. Existen datos válidos que muestran que la fe religiosa influ- ye en el comportamiento sexual durante la adolescencia (THORNTONy CAMBURN,
1987). Es probable que los jóvenes que tienen creencias religiosas retrasen la actividad sexual, y pueden ser también más propensos a la culpa y la ansiedad respecto a esta área en su vida. Las actitudes religiosas en los jóvenes están también estrechamente vinculadas con las creencias de los padres.
Varios estudios han considerado el efecto diferencial de la influencia de los padres y los iguales en el comportamiento sexual. Un ejemplo de estos trabajos es el comunicado por TREBOUX y BUSCH-ROSSNAGEL(1995). En este estudio, se
evaluaron las conversaciones sobre temas sexuales con padres y amigos, la aprobación percibida del comportamiento sexual, las actitudes sexuales y el com- portamiento sexual real en una gran muestra de muchachas entre los 15 y los 19 años de edad. Los resultados mostraron que la influencia de los padres y los ami- gos variaba en función de la edad. El efecto de las conversaciones con la madre era más fuerte en las jóvenes que tenían entre 15 y 17 años, mientras que el efec- to de la aprobación de los amigos era más acusado en el grupo de 19 años. En la Figura 6.4 aparece un modelo desarrollado por estos autores.
Un planteamiento diferente de esta cuestión lo ilustra el importante trabajo de UDRYy sus colaboradores (UDRYy BILLY, 1987; UDRY, 1990). UDRYse ha preocu-
Figura 6.4.NModelo hipotético de las relaciones entre variables de los padres y de los igua- les, las actitudes sexuales y el comportamiento sexual.
pado por distinguir entre las influencias sociales y biológicas en el comporta- miento sexual. Midiendo los niveles de diferentes hormonas durante la adoles- cencia, así como el comportamiento y las actitudes sexuales de los amigos y los padres, UDRY ha construido un modelo de la interacción social y biológica. Utili- zando este modelo, puede mostrar que los factores sociales ejercen una influen- cia mucho más importante en que las chicas tengan relaciones sexuales que en los chicos. Aunque los aumentos en andrógenos llevan a un mayor interés en el sexo entre las muchachas, que esto se traduzca en comportamiento depende del ambiente social. Las muchachas que tienen niveles altos de andrógenos empren- derán una vida sexual activa sólo si tienen amistades con inclinación similar, o padres que sean permisivos. Si estas chicas están en un ambiente que fomente menos la sexualidad, es poco probable que lleven una vida sexual activa. Estos controles sociales no parecen actuar en la misma manera para los chicos, en los que es probable que los altos niveles de andrógenos lleven a la actividad sexual, sin importar el contexto social. Para explicar estas diferencias de género, UDRY
sostiene que, generalmente, los muchachos se desarrollan en un ambiente que es más tolerante y fomenta más la sexualidad masculina que la femenina. Como resultado, el estímulo que dan a los chicos los cambios en sus niveles de hormo- nas es totalmente suficiente para instigar el comportamiento sexual. Para las muchachas, la situación es más compleja, y en ella los controles sociales pueden influir más en la determinación del comportamiento.
Por último, al examinar la cuestión de las influencias sobre el comportamien- to sexual, es importante considerar el papel de la comunicación. Como todos sabemos, el tema del sexo puede ser sumamente embarazoso, especialmente para los jóvenes. Muchos simpatizarán con esta muchacha que recuerda el inten- to de su madre de hablarle seriamente sobre la materia:
“Debe haber sido cuando lo estábamos dando en la escuela. Recuerdo que un día iba yo andando por el camino cuando mi madre me dijo: ‘¿De modo que ahora ya sabes cómo hacerlo?’ Así que, bueno, le dije que ya lo sabía, ¿sabes?, porque lo sabía. Entonces ella me respondió: ‘Ahora lo sabes bien, y todo eso’. Yo estaba muy cortada, y le decía: ‘psá’, así, e intentaba cambiar de tema. Y ella insistía: ‘De modo que sabes cómo hacer un niño, y cómo cuidar un niño’ y todas esas tonterías. Así que le dije: ‘Sí mamá’, e intenté cambiar de tema todo el rato”.
(COLEMAN, 1995, pág. 3.) La comunicación sobre el tema de la sexualidad ha sido el centro de varios estudios. MOOREy ROSENTHAL(1991) realizaron un trabajo en Australia que com- paraba la comunicación con los padres y los compañeros. En esta investigación, se encontró que el 69% de los jóvenes sexualmente activos sentían que podían hablar sobre cualquier preocupación que tuvieran con sus amigos, mientras que sólo el 33% opinaba de esta manera respecto a hablar de problemas sexuales con su madre, y menos incluso (un 15%) se sentía capaz de conversar sobre estas cuestiones con su padre. Se comunicaron porcentajes similares para las conver- saciones sobre anticoncepción. Sin embargo, los autores advierten que en cuan- to a la oferta de ayuda práctica, como visitar una clínica de salud sexual, los ami- gos no eran un recurso tan importante. Sólo un 22% comunicó haber solicitado a un amigo que le acompañara a un médico o le ayudara de una manera práctica.
Como MOOREy ROSENTHAL(1991) indican, los compañeros tienen claramente un rol significativo que desempeñar en la educación sexual de los jóvenes. Sin embargo, existe un problema sobre la naturaleza de esta influencia. Muchos han comunicado que la información que proporcionan los iguales probablemente es menos precisa que la información que tiene su origen en los adultos (por ejemplo, KRAFT, 1993). Además, los compañeros pueden prestar menos apoyo que los adultos importantes cuando los jóvenes se encuentran en dificultades y necesitan ayuda o dirección concretas. Uno de los retos para los adultos es encontrar cómo maximizar las influencias positivas de los iguales, y asegurar que los jóvenes dis- ponen de información más accesible. Esto reduciría la probabilidad de que se comunicaran hechos incorrectos en el patio de los colegios.