5 Results and Discussion
5.4 Utilizing population isolates in identifying rare variants underlying complex traits (study III)
¡Jo, qué noche!
Cuando un galán de ficción invita a subir a su coche a una prostituta, resulta la comedia romántica Pretty Woman. En cambio, si Hugh Grant, una estrella de carne y hueso, hace lo mismo en la vida real, provoca un escándalo. El actor, una prostituta negra llamada Divine Brown y los 60 dólares que le pagó y provocaron su detención fueron los
protagonistas de la pesadilla que se desató en la madrugada del 27 de junio de 1995 en la parte menos recomendable del Sunset Boulevard en Hollywood.
«La noche pasada hice algo totalmente loco. He herido a los que amo y he lastimado a la gente con la que trabajo. Por ello, lo siento más de lo que pueda expresar», declaró tras ser acusado de «conducta lasciva en la vía pública». Después, regresó en avión privado a Londres para explicar lo ocurrido a sus padres y a la modelo Elizabeth «Liz» Hurley, imagen de la casa de cosméticos Estée Lauder y su novia desde que rodaron juntos en España Remando al viento (1987), de Gonzalo Suárez.
La propia Divine Brown contó al mundo los detalles del incidente en el semanario británico News of the World (2 de julio de 1995), edición dominical del diario
sensacionalista The Sun. En portada, salía la muchacha con un vestido sujeto con grandes imperdibles, similar al modelo de Versace que hizo famosa, meses antes, a Liz Hurley. En páginas interiores, se la veía con un top rosa, una llamativa minifalda negra y botas altas, como la protagonista de Pretty Woman.
El texto no tenía desperdicio. Divine recordaba que había hecho un servicio
anterior, cuando se detuvo junto a ella un lujoso BMW descapotable blanco y su conductor, que se presentó como Lewis y llevaba gafas negras y una gorra de béisbol calada hasta las cejas, la piropeó, con acento raro: «Tienes unos labios fabulosos.» Antes de empezar a negociar con él, le sometió a la prueba que usan las prostitutas para asegurarse de que no están hablando con un policía camuflado.
«Sácate la polla», le pidió, sabiendo que un agente de la autoridad no lo haría jamás, porque cometería un delito. El actor se bajó la cremallera del pantalón sin vacilar. «Era mona, —juzgaba la profesional—. Si tuviera que calificarla del uno al diez, en términos de tamaño y calidad, le pondría un seis. Las he visto mayores y menores, y ésta estaba bien.» Una vez que Grant recuperó la compostura, le preguntó que cuánto dinero tenía, y él sacó tres billetes arrugados de 20 dólares.
«Cariño, eso no es suficiente para que lo hagamos; lo más que puedes tener es sexo oral. —Fue la respuesta de Divine—. Ahora que, si tuvieras 100 dólares, podríamos ir a mi casa y hacerlo del modo adecuado.» Ni aun así le convenció, inglés al fin, para que fuera un poco más generoso; así que se subió al coche. Él le confesó que su fantasía había sido siempre irse con una mujer negra y le pidió que le dejase besarla en la boca; pero ella, como es habitual entre estas chicas, se negó.
Cuando iban a un lugar apartado, Divine le gastó una broma pesada. «Estás detenido, hombre misterioso», gritó mientras se hacía pasar por agente de la brigada antivicio y metía una mano en su bolso. En lugar de una placa de policía, sacó, entre risas, una caja de preservativos. «Había que ver su cara, parecía que fuera a morirse», comentaba ella. Él preguntó que si ese sitio era seguro, a lo que le respondió que si sacaba cien dólares podían ir a su casa, pero él prefirió quedarse allí.
La sorpresa fue cuando Grant le rogó que no utilizase preservativo, algo a lo que la chica se negó. «Debe de querer morirse, —opinaba Divine—. La mitad de las busconas de Sunset Strip (zona del Sunset Boulevard donde se concentra la vida nocturna) tienen sida o son seropositivas. Otras son drogadictas y usan agujas sucias. Tuvo mucha suerte de dar conmigo, que nunca he tomado drogas duras.» La radio del coche estaba puesta, con «baladas muy dulces», tipo Michael Bolton. Ella le puso un preservativo y empezó su trabajo. Entonces, llegó la policía.
Al detenerla, se dio cuenta de dónde había oído antes un acento parecido al del tal Lewis. «Fue en las noticias de televisión, al príncipe Carlos hablando de Lady Di.» Pensó:
«quizá me lo he hecho con un príncipe»; pero en la comisaría, mientras espera esposada a un banco, uno de los policías le preguntó que si era ella la que estaba con la estrella de cine. «¿Qué estrella?, —exclamó, incrédula—. Grant, Hugh Grant, —le contestaron, a lo que gritó—: ¿Quién es Hugh Grant?»
Es obvio que Denise «Divine» Brown, alias de guerra de Esthella Marie Thompson, apodada también «Pancake» (Tortita) por sus gustos culinarios, no iba mucho al cine. El actor se había dado a conocer unos meses antes en Estados Unidos como protagonista del éxito Cuatro bodas y un funeral, una de las películas más rentables que jamás se hayan hecho, ya que costó seis millones de dólares y recaudó nada menos que 250 millones de dólares. Ahora estaba a punto de dar el salto a Hollywood.
Se habló de él para encarnar a James Bond y rechazó ofertas para trabajar en Congo y Lolita (basada en el clásico de Nabokov, su novela favorita). Al final se decidió por Nueve meses, una comedia de la 20th Century Fox sobre un hombre al que aterra la paternidad. Los carteles de la película, cuyo estreno estaba previsto para dos semanas después de su detención, empapelaban las calles de Hollywood; lo que quiere decir que Divine no era muy observadora.
La muchacha, de veinticinco años, había nacido en San Francisco, pero había emigrado muy joven a Hollywood para triunfar como actriz. Como tantas otras, al fracasar, acabó prostituyéndose y a los diecisiete años tuvo al primero de sus tres hijos. Su historia era tan antigua que ya en los años treinta la Cámara de Comercio de la ciudad puso un anuncio en diarios de todo el país para desanimar a las aspirantes a estrellas: «Puede que esperes fama y fortuna, pero sólo encontrarás miseria y dolor.»
No fue, del todo, el caso de Divine. Al día siguiente de su arresto, el corresponsal del diario inglés The Sun había llenado Sunset Boulevard con carteles como los que reclamaban a los forajidos en el viejo Oeste; sólo que con su foto y una oferta difícil de rechazar: 150 000 dólares por el relato. Ese dinero, un anuncio de lencería en Brasil, un vídeo erótico de los hechos (Taken for Granted, 1996) y su cara en diarios de todo el mundo avalan que, al menos, tuvo su momento de gloria.
La mayor atención se centró, no obstante, en Grant, que el 10 de julio dio la cara en «The Tonight Show», el programa televisivo del popular Jay Leno. A la puerta del estudio, las admiradoras agitaban un cartel que ponía: «Hugh, habría pagado por hacerlo contigo.» Ya en antena, le preguntaron: «¿En qué diablos estabas pensando?» El actor titubeó un poco, antes de contestar: «No hago más que leer teoría psicológica… Sería una estupidez esconderme tras eso. Hice algo malo, y ya está.»
Los aplausos ratificaron el perdón del público, pero la cuestión siguió en pie. ¿Por qué pagan por el sexo hombres que pueden tenerlo gratis con las mujeres más hermosas? La pregunta no es nueva. Clark Gable, Errol Flynn, que las contrataba a pares, y John Barrymore, abuelo de Drew, que pasó un mes en un burdel de la India al que llamaba su «palacio pélvico», fueron algunos de los grandes galanes del pasado famosos en la meca del cine por su afición a las prostitutas.
Las profesionales ofrecen no pocos alicientes a las estrellas. Están siempre disponibles, no plantean demandas de paternidad ni problemas emocionales, añaden un poco de riesgo como aliciente, permiten variedad, se van cuando se les pide y son discretas. Clark Gable no pudo resumir mejor las ventajas de una prostituta: «Porque puedo pagarle para que se vaya. Las otras se quedan a mi alrededor, esperando el gran romance, el amor de película, y yo no deseo ser el mejor amante del mundo.»
incluso quien creyó entonces que el escándalo, con el reconocimiento público de culpa que hizo, le iba a favorecer. Lo ocurrido añadió un toque enigmático a su figura y, sobre todo, disipó los rumores sobre sus gustos sexuales, que le han acompañado desde que debutó en el cine con Maurice (1987) en un papel de homosexual con el que ganó el premio al mejor actor en el Festival de Venecia.
La periodista Jody Tresidder, compañera de la Universidad de Oxford, donde el actor estudió literatura inglesa, incluye en su libro Hugh Grant: The Unauthorized
Biography (Virgin, 1996) unas fotos de él con sus colegas de la Piers Gaveston Society que parecen tomadas en un club de homosexuales. Aclara además que Piers Gaveston, conde de Cornualles, del que tomó su nombre el grupo, fue el amante del rey Eduardo II, monarca inglés que fue brutalmente asesinado en 1327 metiéndole un hierro al rojo por el ano.
La primera noticia que llegó aquella madrugada de junio de 1995 a las redacciones fue que Grant había sido detenido con un travesti. Un equívoco que se mantuvo hasta que una portavoz de la policía lo desmintió. La larga relación, tanto sentimental como
profesional, del actor con Liz Hurley, que pasó por una crisis temporal, fue objeto de toda clase de análisis. Las conclusiones sobre su naturaleza, hechas por el propio interesado, resultaron inquietantes.
«Hace años que Liz dejó de atraerme, pero ella sigue alentando el mito porque soy su producto, —había reconocido él antes del escándalo—. Ella cree que cuanto más tiempo estemos juntos mejor nos irá el negocio.» La pareja acababa de fundar su productora Simian Films (porque Liz le apoda simio en la intimidad), y a la pregunta «¿Es amor de verdad o un romance creado en una oficina de relaciones públicas?,. —El diario inglés Daily Express respondía—: Nadie lo sabe con certeza.»
Lo único seguro es que Nueve meses fue un éxito, a pesar de los malos augurios y de que sobre los carteles que había del filme por la calle. —Su imagen sonriente mientras una mujer le susurraba algo al oído— una mano inocente había escrito «60 dólares», en alusión a la cantidad que le pagó a Divine Brown por sus servicios. Menos suerte tuvo con su siguiente película, el drama médico Más allá del límite, primera producción de Simian Films.
¿Cómo se saldó el escándalo? Con una condena a dos años de libertad vigilada, una multa y un curso sobre sexo seguro. ¿Y en lo profesional? Bueno, en 1995, con treinta y cuatro años, Hugh Grant ocupaba el puesto octavo, por encima de cualquier otro actor, en la lista de los cincuenta personajes con más poder del cine británico que elabora la revista especializada Empire. En cambio, en 1997 cayó al lugar 35, con Liz Hurley. «Más allá del límite no fue un gran éxito, pero forman una pareja adorable», concluía el texto.