4.4 Statistical Testing
4.4.2 VAR Model and Granger Causality
El concepto de conducta adaptativa se popularizó en el campo de la discapacidad intelectual a principios de la década de los sesenta, cuando la hoy llamada AAIDM definió esta discapacidad sobre la base de dos criterios que deben presentarse simultáneamente antes de los 18 años: presencia de dificultades significativas en la inteligencia y en las conductas o destrezas adaptativas de una persona (Heber, 1961; Grossman, 1983; Luckasson et al., 2002; APA, 2002).
La inclusión de la conducta adaptativa en la definición de la discapacidad intelectual generó obviamente la necesidad de valorarla, favoreciendo así la creación de gran número de herramientas. La comprensión y el tratamiento de las alteraciones de comportamiento han sido siempre un tema muy extendido por la demanda, en especial de padres y profesores. Por alteraciones de comportamiento se entienden aquellas conductas alteradas, poco adaptadas, molestas o absorbentes para el propio sujeto o para quienes lo rodean, que impiden o dificultan el desarrollo de sus actividades cotidianas y de convivencia en la comunidad (Canal, 2001). El interés por determinar cómo se deben afrontar las alteraciones de comportamiento ha perdurado en el tiempo, probablemente, a consecuencia de las grandes dificultades que supuso su atención hasta nuestros días. Hasta hace muy poco tiempo, una de las medidas prioritarias tradicionales se centraba en eliminar las conductas alteradas de dos maneras: explicándole al sujeto el porqué de la dificultad de su comportamiento o mediante el reforzamiento negativo. Lo que sucedía mayormente es que la conducta se fortalecía y reforzaba provocando su incremento (Casey, López y Wacker, 2004).
El hecho de calificar un comportamiento como asertivo, agresivo o inhibido no debe realizarse de forma taxativa. Hay culturas en las que se suele elevar más el tono de voz, o las personas se comunican situándose más cerca en el espacio. Hablar de un comportamiento adaptado o no adaptado depende del contexto y de la persona con quien nos comunicamos. Esta perspectiva dio lugar a una incipiente y cada vez más avanzada propuesta de que estas conductas pueden funcionar como un medio de comunicación en sujetos cuyas capacidades comunicativas presentan dificultades, dado que el comportamiento es el instrumento más básico que los humanos utilizamos para comunicar. Por lo tanto, si se quiere modificar el comportamiento, habrá que enseñar al sujeto otra forma de comunicarse (Carr, Levin, Carlson y McConnachie, 2005).
Una de las características que definen y delimitan el diagnóstico en los
TEA es el comportamiento poco funcional y atípico, tanto que suele ser una de las dimensiones más preocupantes para educadores y familiares. A lo largo de los años se han desarrollado diferentes hipótesis acerca de las alteraciones del comportamiento y las conductas desadaptativas de los sujetos con autismo. Nos centraremos en dos teorías explicativas, que no son excluyentes sino que se complementan: la Teoría de la Mente y la Teoría de la Disfunción Ejecutiva.
La Teoría de la Mente surgió a partir de los trabajos de Premack y Woodruf en 1978 que la definen como la capacidad para comprender y predecir la conducta de otras personas, sus conocimientos, sus intenciones, sus emociones y sus creencias (Tirapu-Ustárroz, Pérez- Sayes, Erekatxo-Bilbao y Pelegrín-Valero, 2007).
Una persona que se desarrolle dentro de la neurotipicidad pasará por diferentes etapas en su relación con el mundo que la rodea. Primero se relacionará con objetos para, progresivamente, relacionar las
personas con los objetos, interaccionando con ambos y comprendiendo que lo que ella haga puede modificar las conductas de los demás. Es decir, la persona trata de “penetrar” en la mente del otro (Wetherby, 1986). Entender tempranamente que las personas “tienen mente” permite desarrollar otras capacidades y habilidades que ayudarán al sujeto a relacionarse: la adquisición del lenguaje y las habilidades pragmáticas, las destrezas simbólicas, la actividad imaginativa, la capacidad de mentira y la relación social e interpersonal, entre otros (Rivière y Martos, 1997).
Baron-Cohen (2010) y Frith, Morton y Leslie (1991) encontraron en las personas con TEA grandes dificultades para atribuir estados mentales independientes. Si la teoría de la mente es un mecanismo importante para comprender el comportamiento social, es evidente que la relación de estas personas con el mundo social está alterada, por lo cual lo perciben como confuso y caótico. Es por ello que son incapaces de comunicarse socialmente de una manera efectiva y que recurren a formas más sencillas y primarias de comunicación, como actuar sin observar el efecto que producen en los otros, por lo que no son capaces de comprender que es producido por ellas mismas y, por lo tanto, lo creen incontrolable.
En las últimas décadas, ha crecido la oposición al uso de procedimientos considerados cada vez más como poco éticos en el tratamiento de los comportamientos problemáticos (choques eléctricos o castigos corporales, por ejemplo) que tradicionalmente se consideraban como apropiados (Casey et al., 2004). La efectividad de estos procedimientos que hoy carecen de sentido parecía demostrada y por eso se les aplicó durante mucho tiempo (Lerman y Vorndran, 2002). Hoy crece la tendencia a apelar a intervenciones con menor nivel de agresión e intrusión frente a los comportamientos problemáticos. Si se comprende que todo comportamiento es una forma de comunicación, surge la necesidad de entender qué está
tratando de comunicar la persona que muestra comportamientos no deseables y este es el primer paso para lograr un cambio positivo. Las alternativas propuestas a los procedimientos tradicionalmente utilizados para modificar comportamientos –agresión, verbalizaciones inapropiadas, interrupciones a comportamientos estereotipados– son: el refuerzo diferencial y el no contingente, el enriquecimiento del ambiente y la extinción de la conducta (Casey et al., 2004). Los resultados de su aplicación, según varias investigaciones, indicarían que estas alternativas no son tan efectivas (Iwata, Dorsey, Slifer, Bauman y Richman, 1994); esto explicaría por qué se sigue optando por el castigo ante los comportamientos problemáticos severos.
La mayoría de los estudios no indagan en la naturaleza de las conductas problemáticas, a pesar de que los procedimientos alternativos al castigo demandan esa indagación. Bijou, Peterson y Ault (1968) fueron los primeros en intentar la comprensión de esas conductas con el diseño de una evaluación en tres pasos: Antecedentes-Comportamientos-Consecuencias (por su sigla en inglés ABC: Antecedent-Behavior-Consequence). Su objetivo es identificar las funciones de cada conducta, registrando de forma anecdótica sus antecedentes y sus consecuencias para obtener una base empírica de identificación. El cambio de perspectiva dio lugar a la Evaluación del Comportamiento Funcional (ECF), cuyo objetivo es determinar la causa del comportamiento y, a partir de la evaluación, desarrollar un plan de intervención para ofrecer una forma alternativa de comunicación viable y útil.
Estudiando las funciones que cumpliría la autolesión, Carr (1977) estableció una serie de pasos para verificar o refutar las hipótesis sobre la función que las conductas socialmente no deseables cumplen para la persona que las pone en juego. Cuando la metodología de Carr comenzó a aplicarse, quedó en evidencia la correlación positiva que
existe entre algunas conductas problemáticas y el aumento de las dificultades al ejecutar una tarea (Weeks y Gaylord-Ross, 1981); asimismo, esas primeras aplicaciones del modelo de Carr mostraron el papel que la atención podría jugar en el refuerzo social positivo como alternativa ante las conductas problemáticas (Bauman y Richman, 1982/1994, citado en Casey et al., 2004).
Al evaluar la función que cumplen las conductas problemáticas, la intervención sobre el comportamiento se reorientó y aumentó su eficacia, con menos uso de los procedimientos punitivos y apelando en mayor medida a los tratamientos basados en el refuerzo (Iwata, Duncan, Zarcone, Lerman y Shore, 1994). Entre los trabajos basados en el análisis funcional de la conducta, cabe destacar el de Forteza y Vara (2000), quienes analizan las dos formas de presentar un análisis funcional de la conducta. Otros autores han experimentado la intervención sobre comportamientos problemáticos en personas con alguna discapacidad o con alteraciones en su desarrollo, a partir del análisis funcional de su conducta (Escudero, 1985; Ferro, Vives y Briones, 1997). Existen también estudios realizados en la búsqueda de un cambio de la conducta en niños preescolares a partir del análisis funcional (Parra y Mazarro, 2002).
Una intervención que busque un cambio de conductas, más que manipular las consecuencias, debe basarse en el análisis funcional de esas conductas para intervenir en el contexto, anticipándose a ellas, enseñando respuestas alternativas que demuestren más eficacia (Canal, 2001). A esta combinación de estrategias se le denomina hoy Apoyo Conductual Positivo (ACP); se trata de reducir las conductas no aceptadas socialmente y, al mismo tiempo, enseñar alternativas eficaces para el sujeto y su entorno social. El ACP busca cambiar el estilo de vida de la persona que presenta conductas problemáticas, afirmando su dignidad, desarrollando sus capacidades y sus oportunidades y mejorando así su calidad de vida (Carr, 1998).