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3.3 Elements studied with modal coordinates

3.3.4 Vibration mode shapes

En 1601 Tycho Brahe, el observador astronómico más prolífico del siglo

xvii, unió fuerzas con Johannes Kepler, el mayor teórico de la astrono­

mía de la época. El picaro Brahe, noble danés con el cargo de matemá­ tico imperial en la corte del emperador del Sacro Imperio Romano, invertía muchísimo tiempo y energía en la compilación de una base de datos astronómicos notablemente exhaustiva. En la isla de Hveen cons­ truyó un observatorio, Uraniborg, que dirigió con regio esplendor a lo largo de veinte años. En las paredes del observatorio construyó grandes cuadrantes para medir las altitudes celestiales y llevó el arte de la obser­ vación astronómica a las más altas cotas de precisión (y todo sin la ayuda de un telescopio). Pero los datos no bastaban para explicar el funciona­ miento del cosmos. Después de pasar algún tiempo con Brahe, Kepler, pensador brillante que respaldaba el nuevo y radical modelo heliocén­ trico con que Copémico interpretaba el universo, observó: «Le falta un arquitecto que aproveche tantos conocimientos»1.

El extravagante y llamativo Brahe, quien, al parecer, pasaba casi tanto tiempo en la cervecería como en el observatorio, murió pre­ maturamente y no pudo ver la aplicación práctica del trabajo de su vida. «No dejéis que me lleve la impresión de que he vivido en vano», fueron sus últimas y premonitorias palabras. «Si Dios ha querido enviarnos a un observador de la talla de Tycho -repuso Kepler-, es para que hagamos uso de él.»2

El filósofo de la ciencia Karl Popper señaló en cierta ocasión: «La ciencia es competitiva, una colisión de ideas y observaciones»3. Por extraña que fuera, la colaboración entre Brahe y Kepler supone una transición en la evolución del pensamiento que marcó para la cien­ cia un rumbo del que desde entonces rara vez se ha desviado: el rumbo de la simbiosis entre teoría y datos. El contacto de las ideas de Kepler con las observaciones de Brahe, seguido del apoyo experi­ mental de Galileo y de la unificación matemática de Newton de este nuevo «sistema del mundo», fusionó las fragmentadas ideas de la comunidad científica de la época y sirvió de base para un modelo completo que entendía que el Sol es el centro del sistema solar. Esta visión, descrita por Nicolás Copémico por primera vez en su opúscu­ lo postumo De revolutionibus orbium coelestium [De las revoluciones de las esferas celestiales], publicado en 1543, promovió una revolución intelectual de proporciones épicas. Pero ¿por qué, a los sesenta años de su edición, continuaban Brahe y Kepler esforzándose en hilvanar una cosmología factible? ¿Por qué Brahe elaboró un modelo de compromiso según el cual los planetas orbitaban alrededor del Sol pero todo el sistema orbitaba en torno a la Tierra (véase la Figura 17)? ¿Por qué Martín Lutero y otros religiosos, y también algunos monarcas, condenaron el sistema heliocéntrico de Copérnico? En definitiva, ¿por qué tardó el heliocentrismo siglo y medio en encon­ trar una aceptación que, finalmente, sólo fue relativa?

Copérnico impulsó uno de los cambios más monumentales de la historia de nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos, una transformación que no sólo afectó a la forma en que vemos salir y ponerse el sol todos los días (en realidad, hasta estas expre­ siones están ancladas en una perspectiva egocéntrica del cosmos). Copérnico sacó a la humanidad de su complacencia egocéntrica, de una armonía cognitiva que era resultado de percibirse a sí misma en el centro o casi en el centro del universo. Con el astróno­ mo polaco se inició el declive de la visión medieval del mundo, una imagen omnicomprensiva que vinculaba todos los aspectos del cos­ mos, el mundo y los acontecimientos de la vida humana. Este fue uno de los motivos de que la teoría se topara con una resistencia

considerable y de que tuvieran que pasar varias generaciones para que fuera aceptada. Un análisis psicológico de la oposición normal a los paradigmas nuevos y a la ciencia herética y la comprensión histórica de la mentalidad medieval nos ayudarán a entender la razón de que la doctrina de Copérnico tardase tanto tiempo en integrarse en el saber establecido. Fue Copérnico quien puso en marcha la revolución copemicana, pero fueron Kepler, Giordano Bruno, Galileo y Newton quienes avivaron su llama. Quizá por ello, sería más preciso decir que el acontecimiento no se produjo en el siglo xvi, sino en el xvn. Este ejemplo paradigmático de las reper­ cusiones históricas y psicológicas de un paradigma nuevo refleja la reacción normal que las ideas revolucionarias han suscitado en la mayoría de las disciplinas científicas a lo largo de la historia. Cons­ tituye la ilustración clásica de cómo una ciencia fronteriza y heréti­ ca hace su transición al territorio de la ciencia normal, aceptada. Inmunidad ideológica y ciencia herética

Karl Popper afirmó que paradigmas de la magnitud e influencia del de Copérnico son algo más que meras revoluciones científicas. Se trata de revolucione»'ideológicas. Para Popper, una revolución científi­ ca es «la refutación racional de una teoría científica establecida y su sustitución por otra», mientras que en una revolución ideológica intervienen también «procesos de “atrincheramiento social” o, tal vez, de “aceptación social” de ciertas ideologías»4. Una revolución científica modifica la ciencia, pero no necesariamente la cultura. Cuando está basada en la ciencia, una revolución ideológica modifi­ ca la ciencia y también la cultura en que se produce.

Son estas revoluciones las que encuentran mayor resistencia, sencillamente porque tienen implicaciones ideológicas. Jay Snel- son ha identificado la causa de tal resistencia en lo que ha denomi­ nado sistema inmunitaño ideológica «Los adultos cultos, inteligentes y con éxito rara vez modifican sus presupuestos más fundamenta­ les»5. Según este sociólogo, cuanto mayores son los conocimientos que ha acumulado y más fundadas sus teorías, mayor es la confian­ za de un individuo en su propia forma de pensar. La consecuencia,

sin embargo, es que levanta un muro de «inmunidad» frente a las ideas que no corroboran las suyas. Al igual que el sistema inmunita- rio biológico, que protege el organismo combatiendo bacterias y virus extraños, este sistema actúa contra la aceptación de ideas revolucionarias en el organismo del saber establecido.

Los historiadores de la ciencia llaman a este fenómeno «proble­ ma de Planck», en honor al físico Max Planck, que fue el primero que lo formuló. Ya lo conocemos, pero oigámoslo otra vez: «Las innovaciones científicas importantes rara vez se abren paso gra­ dualmente, ganando a los adversarios para su causa y convirtiéndo­ los a la nueva idea. Ocurre más bien que esos adversarios van muriendo gradualmente y que las nuevas generaciones se familia­ rizan con la idea desde un principio»6. Los científicos sociales tam­ bién están muy familiarizados con este obstáculo y así lo expresa el psicólogo experimental E. G. Boring: «No se sabe qué ocurriría con la ciencia si sus grandes hombres no fallecieran. Lo que sí sabemos es que losjóvenes continúan la obra de sus mayores sin las limitaciones ni la inercia del pasado, que esos jóvenes piensan, tra­ bajan y escriben con mayor sencillez y más directamente, y que, por tanto, a partir de una ciencia antigua crean otra nueva que, paulatinamente, también va acumulando inercia»7. El especialista en biología evolutiva Emst Mayr ha sido testigo del mismo fenóme­ no en su propio campo de estudio y coincide con Snelson: «Me atrevo a afirmar que la resistencia de un científico a una teoría novedosa se basa casi invariablemente en motivos ideológicos y no en razones lógicas ni objeciones racionales a las pruebas en que esa teoría se fundamenta»8. Mayr cree que la inmunidad ideológica es una de las razones de que quienes pudieron «anticiparse» a Dar­ win y a Wallace se inhibieran: «Un número considerable de auto­ res llegó a la misma conclusión antes que Darwin y, sin embargo, las figuras principales de la zoología, la botánica y la geología conti­ nuaron oponiéndose a la teoría de la evolución». Mayr incide en que, en realidad, fueron los pensadores más cultos, inteligentes y de mayor éxito quienes «perdieron» su oportunidad: «Lyell, Bent- ham, Hooker, Sedgwick y Wollaston en Inglaterra y sus equivalen­

tes en Francia y Alemania eran científicos extraordinariamente inteligentes y muy formados, por lo que no se puede atribuir su resistencia ni a la estupidez ni a la ignorancia»9.

A cierto nivel, dentro de la empresa científica, la inmunidad ideo­ lógica se elabora a propósito, como un medio de mantener el statu quo el tiempo suficiente para comprobar la validez de los postulados novedosos. I. B. Cohén, patriarca de la historia de la ciencia, explicó qué ocurriría si la ciencia no fuera conservadora: «Si la ciencia aco­ giera con los brazos abiertos todas las ideas revolucionarias, se desen­ cadenaría el caos. La rígida y brutal insistencia en la demostración que forma parte de la resistencia al cambio es, en realidad, uno de los fundamentos de su fuerza y estabilidad. Sencillamente, muchas revoluciones que se intentaron o propusieron no pasaron la prue­ ba»10. La historia está llena de crónicas protagonizadas por solitarios y sufridos científicos que se esfuerzan con denuedo ante la incom­ prensión o franca oposición de sus colegas y padecen la animadver­ sión de las autoridades de su especialidad y de otras. Pero ¿puede en verdad el revolucionario esperar que los expertos de su campo de estudio acepten sin cuestionarla cualquier idea nueva sin que haya pasado el tiempo necesario para su imprescindible verificación? Al final, la historia premia a quienes tienen razón, al menos provisional­ mente. Los cambios se producen. Lentamente, el universo geocén­ trico ptolemaico fue perdiendo terreno ante el sistema heliocéntrico de Copémico. Pero ¿por qué el cambio tardó tanto? ¿Qué factores psicológicos intervienen en este proceso de resistencia?

Psicología de la resistencia

Un primaveral día de mayo de 1995, nada más acomodarse en su despacho para una de esas sesiones de análisis de datos y cálculo de cifras que tan fatigosas resultan para la vista y que esta vez se prolongaría hasta bien entrada la noche, Frank Sulloway, científico social del MIT, abrió una carta de la FNC (Fundación Nacional de Ciencias). La remitía el panel de Historia y Filosofía del Programa de Ciencias, y llevaba el título siguiente: «Recomendación del Panel sobre la solicitud de beca SBR-9512062». Sulloway llevaba

mucho tiempo esperándola porque, aparte de que de la universi­ dad no cobraba ningún salario, su cuenta bancaria estaba cada día más cerca de los números rojos. El mundo brutalmente competiti­ vo de las becas ya es bastante estresante cuando uno tiene un pues­ to de trabajo estable, por lo que resulta casi insoportable cuando nuestro sustento depende de él.

Sulloway tituló así su solicitud: «Comprobación de teorías de cambio científico». ¿Qué quería comprobar? La hipótesis de Max Planck sobre la relación entre edad y receptividad a las ideas novedo­ sas. Todos podríamos citar alguna anécdota que refrende la opinión de Planck de que, en ciencia, los cambios sólo se producen cuando los científicos más veteranos fallecen, pero ¿y las excepciones? ¿Y esos científicos mayores que sí se decantan por las novedades? Nadie se había molestado jamás en intentar falsar la hipótesis de Planck. Concretamente, Sulloway proponía aplicar métodos estadísticos para evaluar la receptividad a las innovaciones. El panel de la FNC rechazó su petición de plano. ¿Estudiar hipótesis históricas? ¿Recu­ rrir a la ciencia para analizar la historia? ¿Se trataba de una broma? El panel comunicó su resolución sin dejar lugar a dudas:

Uno de los asuntos que con mayor interés han debatido los miembros de este panel ha sido el punto de vista que el Investigador Principal adopta sobre la historia. Muchos opinamos que aplicar los principios del análisis estadístico estricto a la historia es ingenuo, inapropiado, incluso peculiar. ¿Se puede razonablemente sostener que las generali­ zaciones históricas deben analizarse con estadísticas y no por medio de un examen pormenorizado de las fuentes? Algunos miembros del panel señalaron que daba la impresión de que el Investigador Princi­ pal se retrotraía a esa creencia del siglo xix según la cual la historia es una ciencia que podría desvelar ciertas leyes. Los miembros del panel nos oponemos a una visión tan estrecha de la historia.11

Sulloway se quedó de piedra. ¿Cómo podía ocurrírsele a un comité formado por científicos que recurrir a la estadística para comprobar una hipótesis es «ingenuo, inapropiado, incluso peculiar»? En segui­

da, sin embargo, recordó que el panel de la FNC no está integrado por científicos, sino por historiadores y filósofos. «Además de que se trata de una respuesta muy extraña si pensamos que proviene de la Fundación Nacional de Ciencia, donde se supone que el principal criterio de evaluación ha de ser el del “mérito científico” -recuerda Sulloway con consternación-, las críticas del panel confunden un método de investigación (la comprobación de hipótesis) con una teoría de la historia. La comprobación es lo que convierte un deter­ minado enfoque en científico, no el particular punto de vista al que está asociado». Para subrayar esta circunstancia, Sulloway señalaba que, en puridad, «incluso la afirmación de que la historia se puede estudiar con los parámetros de la ciencia sólo se puede evaluar por medio de la comprobación de hipótesis»12.

Frank Sulloway siguió investigando, comprobando la hipótesis que hemos mencionado y otras más; y en 1990 había publicado un artículo titulado «Orthodoxy and Innovation on Science» [Ortodo­ xia e innovación en ciencia], y en 1996 pulicaria un libro pionero,

Rebeldes de nacimiento [la edición española es de 1997], que llevaba

por subtítulo «Orden de nacimiento, dinámica familiar y vida creati­ va». Para verificar la hipótesis de Planck, Sulloway llevó a cabo un estudio correlativo multivariante que examinaba la tendencia a aceptar o rechazar una nueva teoría científica basándose en varia­ bles como «fecha de conversión a la nueva teoría, edad, sexo, nacio­ nalidad, clase socioeconómica, número de hermanos, grado de con­ tacto previo con los líderes de la nueva teoría, actitud religiosa y política, campos de especialización científica, premios y honores previos, tres medidas independientes de eminencia, denominación religiosa, conflictos con los padres, viajes, títulos académicos, hándi- caps físicos y edad de los padres en el momento del nacimiento». Aplicando múltiples modelos de regresión para estas variables, Sulloway descubrió, lo cual resulta sorprendente, que «el orden de nacimiento es el indicador más seguro para evaluar la receptividad a las ideas nuevas»13. Aunque la edad también tiene su incidencia, de todas las variables estudiadas por Sulloway, el orden de nacimiento es el indicador más relevante de «la actitud favorable a la innovación

científica [...] en 2.784 participantes en 28 polémicas científicas muy diversas a lo largo de los últimos cuatro siglos»14.

Sulloway se puso en contacto con más de cien historiadores de la ciencia y les pidió que valorasen «la postura de los científicos que parti­ ciparon en las mencionadas polémicas», entre ellas las derivadas de la revolución copernicana y otras veintisiete dentro del período com­ prendido entre 1543 y 1967 (véase la Figura 14 para una enumeración parcial). Descubrió que sólo el 34 por ciento de los primogénitos apo­ yaban las ideas novedosas, mientras que entre los no primogénitos ese parámetro se elevaba hasta el 64 por ciento. A través de un método de significancia estadística, se deduce que la tendencia de los hijos meno­ res a aceptar teorías innovadoras tiene un nivel de significancia de 0,0001, lo cual quiere decir que «la probabilidad de que esa tendencia ocurra por azar es prácticamente nula» (más concretamente, la proba­ bilidad de que se deba al azar es de uno entre diez mil). Desde un punto de vista histórico, esto indica que «los no primogénitos son quie­ nes en mayor número han introducido y respaldado las grandes trans­ formaciones conceptuales pese a las protestas de sus colegas primogé­ nitos. Incluso cuando, ocasionalmente, el introductor de una teoría nueva es el hijo mayor -como Newton, Einstein y Lavoisier-, quienes se opusieron a esa teoría eran, en su gran mayoría, primogénitos. Por su parte, los conversos son sobre todo no primogénitos»15. El porcentaje de hijos únicos -que en este asunto constituyen, por así decirlo, un «grupo de control»- que respaldan ideas radicales está en un punto medio entre el de los primogénitos y el de los no primogénitos.

La Figura 14 nos permite comparar distintas polémicas científicas y comprobar que la revolución copernicana anterior a Galileo es la pri­ mera en magnitud que relaciona el orden de nacimiento con la toma de postura a favor o en contra de la nueva teoría (con una correlación de 0,51), y que fue más controvertida aún que la polémica teoría de la relatividad de Einstein y la teoría de la evolución darwiniana, que tan revolucionaria fue en la cultura de su época. Es también interesante ver cómo, después de Galileo, los científicos respaldaron en mayor medida la revolución copernicana, por lo cual las generaciones posteriores se fueron acostumbrando a la nueva idea y a que las fuerzas del radicalis­

mo ganaran terreno a los conservadores. Esta conclusión se ve reforza­ da por los datos que recoge la Figura 15, que muestra la distinta reper­ cusión de la herética teoría de Copémico antes y después de Galileo. Antes de Galileo, las implicaciones religiosas y políticas de un universo centrado en el Sol pesaban demasiado para que la balanza se inclinase del lado de las pruebas empíricas. Después de Galileo, el tiempo y el telescopio contribuyeron a atenuar las objeciones ideológicas.

Polémica Aúos Correla­

ción de apoyo

% de pri­

m ogénitos m o g é n ito s% de no pri-

Revolución copem icana

(antes de Galileo) 1543-1609 0,51 22% 74% Revolución copem icana

(después de Galileo) * 1610-1649 -0,07 62% 54% Teoría de la relatividad 1905-1927 0,47 30% 76% Frenología 1799-1840 0,42 39% 83% Teoría cuántica 1905-1911 0,40 43% 82% Revolución darwiniana 1859-1870 0,40 20% 61% Teoría de la geología terrestre de H utton 1788-1829 0,38 0% 35% Teoría de la circulación sanguínea de Harvey 1628-1653 0,37 57% 100% Principio de indeterm inación

de la física 1918-1927 0,34 36% 70%

Deriva de los continentes 1912-1967 0,30 36% 68% Semmelweis y teoría de

la fiebre puerperal 1842-1862 0,24 50% 75% Listeria y antisepsia 1867-1880 0,21 50% 73% Revolución newtoniana 1687-1750 0,19 60% 79% *Adviértase el distinto apoyo que recibió esta teoría antes y después de Galileo. Véase el texto.

Figura 14. Psicología de la resistencia en la historia de la ciencia.

En 28 polémicas científicas desde Copérnico (1543) hasta la deriva de los continentes (1967) el orden de nacimiento se ha revelado el indicador de predic­ ción más fiable de la resistencia o apoyo que han encontrado las ideas nuevas o «heréticas», un fenómeno que se repite a lo largo de toda la historia de la ciencia.

entre el orden de nacimiento y la postura favorable o contraria a cada teoría. El «porcentaje de primogénitos» que respalda la teoría novedosa se refiere á todos los primogénitos de la muestra de estudio, y el «porcentaje de no primogénitos» a todos los no primogénitos. Esto permite establecer una relación directa entre una nueva teoría y el índice de apoyo que recibe de primogénitos y no primogé­ nitos, puesto que dicho índice está corregido por el hecho de que en el conjunto

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