AFRICAN URBAN POVERTY, SURVIVAL STRATEGIES, LIVELIHOODS AND FINANCIAL SERVICES: AN ANALYSIS OF CONCEPTS AND LITERATURE
2.4 LIVELIHOODS FRAMEWORK 1 Introduction
2.4.3 Vulnerability and Risk
Jorge Eduardo Benavides:
El asesinato de Laura Olivo
XIX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones
Alianza Editorial, Madrid, 2018 328 páginas, 18.00 € (ebook 12.98 €)
Ballester de Narrativa, y ahora, finalmen- te, con esta su última novela, El asesina-
to de Laura Olivo, se le ha concedido el
XIX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, un libro que representa la irrup- ción del autor en el thriller con un detecti- ve cargado de encanto, algo nada fácil de conseguir en un género que se muestra muy competitivo en crear personajes dotados de cierta fascinación para enganchar al lec- tor. En este sentido, podemos decir que el Colorado Larrazabal, detective peruano, de padre vasco y madre negra, es un hallaz- go del que el autor, suponemos, dará buena cuenta en entregas posteriores, ya que sus rasgos, muy acabados y dotados de cierta particularidad emotiva, poseen la gracia que hace años hizo que nos entregáramos sin pensárnoslo dos veces a las cuitas del detective Carvalho, esa creación afortuna- da de Manuel Vázquez Montalbán.
La obra de Jorge Eduardo Benavides es tremendamente personal, pero es deudo- ra, al modo de un sfumato, de la tendencia fantástica en la obra cuentística del mejor Cortázar y, desde luego, de la manera de tra- bajar y de la idea de incurrir en todos los gé- neros posibles de su paisano Mario Vargas Llosa. Cuando me refiero al modo de trabajo de Vargas Llosa, no estoy hablando de esa disciplina propia de cadete que le hace es- cribir indefectiblemente varias horas al día, pase lo que pase, sino a aquello que el au- tor de Conversación en La Catedral compar- te con autores como Gustave Flaubert, en gran parte, el maestro en que Vargas Llosa se mira, respecto a la forma de escribir una novela, estudiándola e informándose todo lo posible sobre la época en que está am- bientada la obra, afortunada concepción que Stendhal hace estallar en añicos en La
cartuja de Parma; y, sin duda, en la delibe-
rada fuerza de voluntad a la hora de ejercer el oficio, cosa que a Vargas Llosa siempre le fascinó de Flaubert y a la que llega a acha- car la fortuna de gran parte de la calidad de su narrativa, quizá sin caer en la cuenta de que al autor de La educación sentimental le sobraba el talento, estado que no produce ningún ejercicio voluntarioso.
Digo esto porque, cuando leí El enig-
ma del convento, me sorprendió la canti-
dad enorme y ajustada de información que utilizaba el autor. En ella Benavides incu- rre en el género histórico y lo realiza con gran habilidad, pues una de las caracte- rísticas de éste cuando escribe novela de género es que procura cumplir con el ca- non del mismo, aunque le da un giro ines- perado, artificio que utiliza en esta novela, pero que ofrece resultados espectacula- res en El asesinato de Laura Olivo. En El
enigma del convento, por ejemplo, desta-
ca lo atinado de la recreación de la época de Fernando VII, de los años de la indepen- dencia de las colonias americanas, de cu- yas circunstancias el español medio no co- noce ni tan siquiera lo elemental y que la lectura de este título puede ayudar a paliar esa carencia, e, igualmente, lo ajustado de la recreación de Rafael del Riego. Sin em- bargo, la novela, pese a cumplir con creces, incluso de manera demasiado respetuo- sa, con las directrices del canon del géne- ro, posee algo que la diferencia de muchas, quizá demasiadas, que se publican con profusión, y es el ligero cambio de visión con que el autor retoma el género, cambio que hace que sus novelas sean originales.
Eso está presente en su última novela, El
asesinato de Laura Olivo. Desde luego, se
lee el libro con la complacencia que otorga el saber que cumple con los requisitos del género, ya que el autor conoce una de las
condiciones esenciales del thriller, el que al lector impenitente del mismo le gusta que la narración se ajuste a unas normas que él conoce de antemano, en ese sentido, le su- cede lo que al degustador de series de tele- visión, pero, sorpresa, resulta que la nove- la trata, en realidad, de la literatura como engendradora de asesinatos, la literatura como disparadero criminal y, entonces, se convierte en otra cosa, en metáfora del ofi- cio. En unas frases contundentes el autor nos introduce en el intríngulis del asunto: «Los pelmas eran sobre todo los escritores, con los que Laura llevaba una relación am- bigua y perniciosa, porque despreciaba en muchos de ellos su vanidad, su pueril sen- timiento de superioridad y al mismo tiem- po le sacaba de quicio que en el fondo fue- ran tan inseguros y timoratos. “Es como si siguieran siendo niños”, solía decir, y re- mataba su frase con una sonrisa malévo- la: “Unos niños envejecidos y decrépitos, que sólo han mantenido de la infancia lo peor de ella, la insensatez, el egoísmo y el capricho”».
Parecería la opinión despechada de la novia de algún autor famoso, aunque se tra- ta casi de algo peor, es la opinión de una agente literaria, Laura Olivo, que conoce a los escritores mejor que sus esposas. Tengo para mí que Jorge Eduardo Benavides se lo ha pasado muy bien, algo que no le su- cedía a Flaubert, escribiendo El asesinato
de Laura Olivo, casi como el lector avisa-
do, que llega incluso a la hilaridad, porque el libro está lleno de guiños literarios, algu- nos de ellos muy justos en sus juicios, todos llenos de un humor maravilloso que redi- me a la novela. Así, cuando el autor se re- fiere al boom, cómo no, hace que Colorado Larrazabal, que escucha con fruición sui- cida las Variaciones Goldberg, de Johann
Sebastian Bach, se refiera a una novela de García Márquez como El patriarca del oto-
ño: «Y se mencionaba a Vargas Llosa, pero
también a su compatriota Alfredo Bryce Echenique, al mexicano Carlos Fuentes, a los chilenos Jorge Edwards y José Donoso, al ecuatoriano Marcelo Chiriboga, de quien se decía que tenía una magnífica novela in- édita inencontrable, y al colombiano García Márquez. Aunque de los otros no había oído hablar, a este último sí lo había leído Larrazabal… El patriarca del otoño, se lla- maba aquella novela, si mal no recordaba». La cosa llega a extremos casi de docu- mento cuando el autor se refiere a Jorge Edwards, autor al que admira, en especial, su novela La última hermana, que no deja de recomendar en cuanto tiene ocasión. No ya que el tal Álvarez del Hierro hubie- se plagiado una novela de Edwards, que da ocasión a cierto clímax, sino que, en uno de los capítulos más emotivos del libro, Larrazabal, junto con su novia Fátima y sus amigas, van a escuchar una conferencia de Jorge Edwards en Casa de América: «Quizá era como el mejor Vargas Llosa, afirmó Marta, y la otra que no, era mucho mejor, quizá sólo comparable al gran Chiriboga, de quien se decía que tenía una novela fabulo- sa e inédita…». Este modo casi documen- tal y cómplice de escribir se compensa con la invención de Marcelo Chiriboga, el escri- tor secreto del boom, un autor que parece ser el verdadero cerebro del movimiento y que adquiere aires legendarios, tanto que entra en el terreno del mito, del mito aliado a la ironía…; para mí es una de las inven- ciones más logradas de esta narración llena de complicidades.
La literatura mata y mata a agentes li- terarios… Como se trata de un thriller, me van a permitir que no desvele mucho la tra-
ma. A Larrazabal no le interesan tampoco gran cosa los escritores, prefiere quedarse con las Variaciones Goldberg, pero entra en ese mundillo porque su casera, una seño- ra que va para nonagenaria, le pide por fa- vor –Larrazabal ve ahí una oportunidad para que le perdone ciertos retrasos en el pago del alquiler– que investigue la muerte de su sobrina Laura Olivo. Larrazabal, que ha- bía venido a España por problemas en su país cuando Fujimori era su amo y señor, y que había ejercido en Madrid hasta de al- bañil, ve ahora abrirse de nuevo viejas cos- tumbres y esperanzas con el caso. Como debe ser en un detective, tiene una amante, una marroquí, Fátima, que le está agrade- cida por haber tratado con éxito las nego- ciaciones con una banda de albaneses que habían secuestrado a Rasul, su padre, que traficaba en Lavapiés con móviles robados y, se supone, con hachís.
La trama está muy bien llevada y no es nada fácil, dado que se trata de algo tan poco fascinante como el mundillo litera- rio. Al lado de los personajes de cualquier organización criminal los escritores resul- tan, salvo las excepciones de siempre, menos que sosos, pero debería referirme
ahora a otras cualidades del libro. El ase- sinato de Laura Olivo recrea con ironía y delicadeza ciertas zonas de Madrid, a las que describe fielmente. Larrazabal vive en Lavapiés, antiguo barrio obrero, cuyo in- olvidable ambiente retrató la película de Nieves Conde, Surcos, al igual que la pla- za de Legazpi. El detective prefiere justo esos paisajes del film de Conde, con guión de Torrente Ballester y Natividad Zaro, ba- sado en una idea de Eugenio Montes, y, pese a que los amigos peruanos le aconse- jan que se traslade a Usera, que es barria- da más barata y moderna, Larrazabal no cede, le gusta la atmósfera extraña del ba- rrio y su sorprendente vitalidad. La novela se pasea por Lavapiés con cariñosa profu- sión, claro, si bien no desdeña otros am- bientes, como el de Carabanchel, la ban- da de albaneses vive en General Ricardos, y Usera, y, por supuesto, Malasaña, donde habitan gentes más cool, como algún que otro escritor.
El libro, además, es un homenaje bello a autores de los que vale la pena acordar- se: Mauricio Wacquez, Vázquez Montalbán, Ángel Crespo y el ecuatoriano Marcelo Chiriboga, aunque nadie sepa quién es.
Josep Pla (1897-1981) es autor de un li- bro fundamental de las letras europeas del siglo xx, El quadern gris (1966). Alrededor
de éste o quizás como sus complementos, mediante notas heterogéneas, Pla publicó en vida tres títulos más: Notes disperses (1969), Notes per a Sílvia (1974) y Notes
del capvesprol (1979), que tienen un aire
clásico de cajón de sastre, en el sentido que le dio Camilo José Cela en el prólogo que escribió para su obra Cajón de sastre (1957). Decía allí el futuro premio Nobel: «El cajón de sastre, por definición, es vario y bullidor, abigarrado y con poca afición al orden y menos aún al concierto […]. Dentro de su desorden, el cajón de sastre es pie- cecilla que puede cobrar intención consi- derada en el orden general de la obra de
un escritor». En efecto, los tres libros cita- dos de Josep Pla, que conforman los volú- menes xii, xxvi y xxxv de su Obra completa
(Barcelona, Destino), junto con La vida len-
ta (2014) y Fer-se totes les il·lusions po- sibles i altres notes disperses (que reseña-
mos en estas líneas), ambos procedentes de una escritura inédita y desconocida has- ta ahora, tienen una importancia excepcio- nal en el orden general de la obra del escri- tor ampurdanés. Estos diarios y estas notas constituyen la columna vertebral de la vi- sión del mundo y de la vida de Josep Pla: son irremplazables para adentrarse en su apasionante biografía.
Al escribir las primeras notas de Notes
del capvesprol, Pla, que cuenta setenta y
nueve años y que acaba de conocer la res-