Chapter 4. DEEP: Design-oriented Evaluation of Perceived Website Usability
4.1. Website Design Dimensions
“Y aún es extraño que te falten las hostiles espinas de tu patria, el ronco desamparo de tu pueblo, los asuntos amargos que te esperan y que te ladrarán desde la puerta”.
Manuel García, El exilio
E
n Honduras, el tema del exilio es todavía poco discutido, por lo general tabú ya que hasta ahora muchas heridas no se han subsana- do; quizás de allí proviene mi interés por él. Me interesan los con- trastes entre dos discursos: el de un exiliado y el del poder absoluto que los ha obligado a dejar el país. La represión dirigida a ciertos sectores de la sociedad ha sido moneda común en los procesos políticos de Honduras, tanto hoy como ayer; estos grupos son des- legetimizados por el poder que los expulsó o abusó de ellos, sus dis- cursos se pierden en la memoria colectiva, ya que su regreso nunca ha sido bajo el signo de la reconciliación o la victoria; es la pala- bra de los siempre derrotados contra fuerzas omnímodas. Además, son muy raros los procesos de recuperación de la memoria histó- rica, especialmente durante el Caríato porque todavía se ensalza como una época de tranquilidad a pesar de la persecución política. Se asume tradicionalmente que el exilio se debe únicamente a causas políticas, pero hay que aclarar que no se debe solo a ellas: la violencia y la exclusión someten a un grupo de la población y hacen que sus integrantes se vean obligados a emigrar; en esos casos, la salida del país se debe a la exclusión que un sector de la sociedad ejerce sobre un individuo o sobre un grupo, un ejemplo de ello serían las movilizaciones de judíos dentro de Europa o las de población debido a la guerra en Colombia.También es necesario hacer una diferencia clara entre tres con- ceptos cercanos al exilio: migración, destierro y “exilio interior”. Si
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bien en la migración hay cierto grado de violencia y exclusión, en este caso se debe a razones económicas por las que una persona se ve obligada a abandonar su país y ella siempre podrá regresar, si así lo desea, cuando cumpla con sus expectativas de obtener un mejor nivel de vida. Muy diferente es el caso del exilio, donde la migra- ción se da por el temor y en el cual no existe la posibilidad de regre- sar al país natal hasta que la amenaza desaparezca (Cfr. Guinsberg, 2005). Por su parte, el destierro es un castigo que puede implicar el exilio, pero, al ser una penalidad, esta se encuentra contenida en las leyes de un país; en algunos códigos penales, como el chileno de 1874, el destierro es “la expulsión del reo de algún punto de la Re- pública” (Código Penal de Chile, 1874:21) y no necesariamente la expulsión del país. Por otra lado, Roberto Bolaño, muy crítico con respecto al concepto de exilio, lo define como “vida o actitud ante la vida” más que como una separación de la tierra natal, lo cual daría pie a lo que el mismo Claude Cymerman (Cfr. 1993) llama un exilio interior, es decir, el caso de autores que, aun encontrán- dose en su país, se apartan de la sociedad que no los acepta; pero este término resulta dudoso, pues la experiencia de la expulsión del territorio natal implica una serie de cambios específicos a raíz del trauma de abandonar el ambiente cotidiano (Cfr. Guinsberg. 2005), que no se presentarían por la simple “actitud de vida”.
Tomando en cuenta todo lo anterior, decidí definir al exilio como la salida del territorio natal debido a algún tipo de violencia ejercida sobre una víctima o un grupo, a tal grado le impide vivir en el lugar de origen y, por tanto, regresar a él sin poner en riesgo la integridad. Esta experiencia conlleva una experiencia de desgarro, al verse expulsado del territorio natal, una estado de vida-muerte que se puede presentar en cómo el individuo se percibe a sí mismo, cómo asume a la patria que ha dejado y cómo percibe al país de exilio; sin embargo, la descripción de dichos efectos se planteará en otros artículos.
Una gran cantidad de artistas, intelectuales y políticos han su- frido el exilio. Podría hacer aquí una larga lista de ellos; pero me
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limitaré a citar algunos testimonios en el caso concreto de Méxi- co como país receptor. El asilo como una política del gobierno mexicano se inicia desde el siglo XIX, aunque en un principio se limitaba a casos individuales (Cfr. Serrano, 2010). En 1860, Beni- to Juárez brinda asilo, por primera vez, al grupo de guatemaltecos que lideraron la Revolución Liberal (Cfr. Serrano, 2010); a su vez, con la derrota del gobierno conservador en Guatemala en 1879, México dio asilo a estos últimos. El siguiente caso es el de los cuba- nos que lucharon por la independencia de esa isla, dos figuras im- portantes de estos exiliados fueron José María Heredia y José Martí (Cfr. Serrano, 2010). Vale aclarar que durante esta época los movi- mientos migratorios eran comunes. La primera ley de extranjería y naturalización data de 1886 y la primera ley migratoria entró en vigencia a partir de 1908; por lo que los grupos de migrantes antes de esos años no necesitaban más que un pasaporte o un permiso de viaje (Cfr. Serrano, 2010).
Con la llegada de las dictaduras militares en el continente; a par- tir del siglo XX, grandes grupos de perseguidos políticos se refu- giaron en México, no solo en América Latina, también en Europa (Cfr. Meyer, 2010). Los gobiernos que dieron mayor impulso al asilo fueron los de Lázaro Cárdenas de 1934 a 1940 y el de Luis Echeverría de 1970 a 1976 (Cfr. Meyer, 2010). Precisamente, en estos periodos presidenciales se presentan, respectivamente, los ca- sos más relevantes por el número de personas: el de los españoles republicanos asilados durante la guerra civil española y hasta los primeros años de la posguerra, y el de los sudamericanos que llega- ron en los años setenta.
Son incontables los dramáticos testimonios sobre el papel que jugaron los diplomáticos, quienes se constituyeron en auténticos salvadores para quienes se miraban amenazados. En el caso de República Dominicana, durante el gobierno de Trujillo, “dos mil personas del recién formado Partido Socialista Popular se situaron frente a la embajada y “vitorearon a México” y lanzaron mueras al régimen dominicano. Varios documentos más revelan que, pese a
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que las solicitudes rebasaban la capacidad de la embajada, se trató de atender a quienes se acercaban en busca de protección” (Salga- do, 2010: 772).
A veces, en los regímenes con mayor represión militar era toda una aventura ingresar a la embajada de México, tal y como nos relata Rogelio de la Fuente (citado por Salgado, 2010: 781), quien entró acompañado de su familia en Uruguay:
“Y salió el cuidador de la embajada y le dijimos: “¡Ábrenos!” Un tipo muy demoroso finalmente abrió la reja y tiró la cadena, rechinó y allí corrieron los policías, los militares, pero ya estába- mos adentro. A mí me alcanzaron a tomar del brazo y me tiro- nearon […] Me dio pánico, varios ataques de pánico y cuando entramos en la embajada estaba mi mujer muy serena. Y ella fue la que reaccionó, le dijo [al cuidador]: “¡Pon la cadena!”, porque los milicos, los militares estaban tirando de mi brazo para afuera. Llegó el funcionario de la Embajada y les dijo: Ya están adentro, ya suéltenlo, porque si los superiores de ustedes saben que a es- tas alturas se les metió una embarazada con un niño de un año, ante sus propias narices, a ustedes les va a ir muy mal, así que es mejor que los suelten y se queden calladitos.”
Algunos perseguidos políticos, al verse rechazados por otras le- gaciones, recurrían a México, tal como consta en el testimonio de Marcelo Abramo (citado por Salgado, 2010: 778), exiliado des- pués del derrocamiento del gobierno de João Goulart en Brasil:
“En la embajada de Chile, el embajador dijo que si yo me que- daba un minuto más en la embajada, él llamaba a la policía militar para que arrestaran (sic.) […] el embajador de Uruguay dijo lo mismo, y fue terrible abandonar las dos embajadas, por- que sabíamos que estaban siendo vigiladas esas dos embajadas, entonces quedaba la alternativa de la embajada de México”.
Por otra parte, los diplomáticos debían estar dispuestos a brindar todo la ayuda posible, inclusive guardar la vida de los asilados, así Rubén Monteodórico (citado por Salgado, 2010: 789) nos dice: “Subimos los trece, nos acomodaron en la cola del avión y el em-
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bajador subió para contarnos que no hubieran bajado a nadie, que no hubieran secuestrado a nadie”. El personal también debía estar preparado para prestar auxilio a heridos, como pasó con el secreta- rio de la embajada de México en Guatemala, quien debió socorrer al poeta Otto Gonzáles (citado por Salgado, 2010: 774) en 1944 durante la dictadura de Jorge Ubico: “Y todo herido, llegué a la puerta de su casa, toqué y se asustó y [me dijo] te voy a llevar in- mediatamente a la Embajada de México, porque yo llegué a su casa particular, quedaba como a cuatro o cinco cuadras de la embajada y sacó su coche y me llevó y ahí me quedé ya en calidad de asilo…” La entrada a la embajada no significaba el final del periplo de los exiliados; en ellas debían esperar mientras el salvoconducto era aprobado, lo cual podría tardar un tiempo indefinido y esto significaba, adaptarse a las difíciles condiciones, la presión de los grandes grupos y la incertidumbre de la persecución.
El camino de esta investigación me ha llevado a descubrir la enorme deuda histórica que tiene América Latina y Europa con México. En el caso particular de Centroamérica, muchos procesos de transformación social no hubieran sido posibles sin la relación cercana entre estas naciones. Para Honduras, particularmente, di- versas revoluciones, movimientos obrero-campesinos y las corrien- tes artísticas a los largo del siglo XX llegaron, en parte, gracias a quienes regresaron de México o a quienes, desde el exilio, se organizaron para llevarlas a cabo: Guillén Zelaya y la oposición al régimen de Tiburcio Carías Andino, Medardo Mejía y el ideario sindicalista que originaría la huelga del 54, Clementina Suárez y la vanguardia, Livio Ramírez y los talleres literarios etc.
En el caso de Honduras, los periodos de caos total durante el siglo XIX y XX produjeron grandes migraciones a países de Amé- rica Latina y, en muy raros casos, a Europa. Entre el periodo de 1912 a 1932, las guerras se volvieron más cruentas, debido a la creciente influencia del enclave bananero (Cfr. Barahona. 2005). En esta época se da una relación delicada entre el poder y los inte- lectuales, estos últimos debían “aceptar las reglas establecidas por el
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Estado, entre otras las de no traspasar los límites del nacionalismo romántico y patriótico. Esto significaba que debían abstenerse de proponer cambios para transformar el statu quo o de criticar a los Estados Unidos y las compañías bananeras. Cuando algún intelec- tual intentó franquear tales límites, el Estado actuó drásticamen- te.”(Barahona, 2005:65). Tal fue el caso de Guillén Zelaya.
Para 1933, después de la última y más sangrienta guerra civil, Ti- burcio Carías Andino asumió el poder y estableció una dictadura que, si bien trajo estabilidad, ejerció una fuerte violencia y perse- cución sobre sus opositores hasta su final en 1948 (Cfr. Argueta, 2008). Se popularizó la frase “Encierro, destierro o entierro” para referirse al estilo de gobierno que impuso Carías. Es durante esta época que brillantes intelectuales salen hacia México, en especial, y países de América Central (algunos como Rafael Heliodoro Va- lle ya se habían marchado debido a la pobreza e inestabilidad del medio); entre los más renombrados están Clementina Suárez (no debido a cuestiones políticas sino a su necesidad de viajar), Jacobo Cárcamo, Salatiel Rosales, Abel García Cálix, Félix Canales Salazar, Lorenzo Zelaya y los poetas Jesús y José Castro Blanco, Martín Paz, Claudio Barrera, Rafael Paz Paredes y Alfonso Guillén Zelaya, de quien me ocupo en este trabajo; todo ellos entablaron una relación profunda con la cultura mexicana (Cfr. Santana, 1999).
El caso de Zelaya es un ejemplo claro de cómo México dio asilo a un perseguido político y este, a su vez, desarrolló una intensa vida intelectual y activismo que, a la larga, repercutieron sobre el ideario de sus connacionales. Pero ¿quién es Guillén Zelaya y cuál es su importancia para la literatura de esta región del continente? Alfonso Guillen Zelaya nació en 1887 en Juticalpa, departamento de Olancho en Honduras, fue escritor, canciller en el consulado de Honduras en Nueva York, estudió Derecho y, antes de exiliarse en México, ejerció el periodismo en los diarios El Imparcial de Guatemala, y en los hondureños El Cronista y El Pueblo. Como editorialista, en Honduras, Zelaya dirigió una constante campaña para evitar la guerra civil entre liberales y nacionalistas (los dos par-
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tidos tradicionales en Honduras), realizó un férreo ataque contra las ocupaciones estadounidenses en América Latina y en especial contra el desembarco de “marines”. Además, mantuvo una fuerte oposición en contra de las concesiones a potencias extranjeras y a las empresas transnacionales de frutas (Cfr. Fernández, 2000). Debido a todas estas posiciones, debió partir al exilio cuando Ti- burcio Carías Andino asumió el poder.
En muchos trabajos se hace referencia a la época del Caríato de una manera muy general, sin entrar a detallar (salvo el caso de Clementina Suárez) de cómo se elaboraron complejos discursos de resistencia desde diferentes sectores; Guillén Zelaya es un ejemplo de este último caso. Ya en México, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, Zelaya trabó amistad con Lombardo Toledano, ayudó a los grupos de centroamericanos exiliados a organizarse como una oposición en el extranjero, impartió cursos en la Universidad Obrera y fue analista político en el diario El Popular (Cfr. Fer- nández, 2000). En sus ensayos, se pronuncia sobre la situación en América Central, su apoyo al gobierno de Cárdenas en México,
publicó manuales de guerrillas dirigidos a la oposición en Hon- duras y, en la última etapa de su vida, mostró su simpatía con las fuerzas aliadas que combatían en Europa contra el nazismo. El contacto con los intelectuales en México hace que Zelaya pase de ser un liberal de posiciones nacionalistas a un marxista convenci- do sin abandonar su catolicismo; esto se hará notar especialmente en su obra poética, en la que desarrolla temas de un compromiso social mayor.
Con la muerte de Zelaya en 1947, buena parte de su obra se perdió. La viuda, doña Isabel de Zelaya, logró, poco antes de mo- rir, que Medardo Mejía publicara en la revista Ariel, de Honduras, parte de la obra poética y ensayística de su marido; pero se des- conoce qué pasó con la mayoría de los textos no incluidos en esa selección. De algunos de ellos se sabe solo por testimonios, como el del poeta Livio Ramírez, quien tuvo acceso a un archivo perso- nal que se guardaba en la casa de Zelaya y del cual se desconoce su
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destino. Es así que la etapa más prolífica de este autor, entre 1931 a 1947, en su mayoría ha quedado prácticamente inexplorada.
Hasta ahora esta investigación me ha llevado por caminos in- sospechados, las lecturas de los archivos de la policía secreta de Caríato y su contraste con los ensayo de Zelaya me ha conducido a desmitificar a los grupos de resistencia que los exiliados formaron en México, que poseían motivaciones muy diversas como otras organizaciones de este tipo, además de entrever su actuar y su idea- rio; pero también a hacerme una visión clara de las razones que esgrimió la dictadura de Tiburcio Carías y los procedimientos de los que hizo uso para contrarrestar y perseguir a quienes se opo- nían a ella. Falta todavía encontrar el archivo personal de Zelaya, perdido en los años sesenta, y los artículos de sus últimos años de trabajo en el diario El Popular, y de esa manera dirigirme hacia un análisis amplio de la reflexión de Zelaya realizó sobre su condición de exiliado, su lucha contra la dictadura y cómo percibía el México post-revolucionario del sexenio de Cárdenas, esa “primavera que no será avergonzada” como dijo en uno de sus ensayos.
Fuentes En Libros
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MEYER, Eugenia (2010). “La realidad irreal de los exilios”, Revolu-
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SALGADO, Eva (2010), “Un país que abrió sus puertas. Embaja- das de México en América Latina y el Caribe”, Revolución y exilio
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SANTANA, Adalberto (1999). Honduras-México, una relación hori-
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SERRANO, Fernando (2010), “Las raíces de la tradición” de asilo en México. Una mirada sobre el siglo XIX”, Revolución y exilio
en la historia de México: del amor de un historiador a su patria adoptiva : homenaje a Friedrich Katz. Colegio de México, México.
En revistas
GUINSBERG, Enrique. (2005). “Migraciones, exilios y traumas psíquicos. Revista Política y Cultura, primavera, páginas 161- 180.
En Internet
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CYMERMAN, Claude. “La literatura latinoamericana y el exilio” (Documento PDF): http://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/ index.php/Iberoamericana/issue/view/193 1993. Revisado el 8 de enero de 2013.
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