• No results found

A WFA Must Be Comprehensive

In document Studies and Research Projects (Page 30-34)

Tal y como hemos mencionado en el primer subcapítulo, desde que España tomó posesión de las Islas Filipinas en 1565, hubo muchos momentos destacables del encuentro entre China y España a un nivel tanto comercial como político y cultural. Sin duda alguna, Filipinas, un punto estratégico para los españoles “no era más que un paso previo que les debería llevar a la conquista de la China” (García-Tapia Bello 2009b: 71). Además del comercio marítimo mediante el Galeón de Manila entre 1565- 1815, al que contribuyeron en gran parte las mercancías exportadas desde Cantón y Amoy, podemos apuntar otras circunstancias coadyuvantes, como el primer encuentro oficial entre los dos países en 1575, los viajes de Alonso Sánchez para una recopilación de datos sobre China estimulado por un proyecto de conquista en 1582, el periodo de un intensivo intercambio cultural encabezado por el célebre jesuita y sinólogo Diego de Pantoja (1571-1618), la conquista española de la Isla Formosa (Taiwán) en 1626, seguida por los dieciséis años de la presencia española y evangelización católica en la isla, etc.

Sin embargo, a partir del siglo XVII, a medida que las flotas españolas perdían su hegemonía frente a los emergentes holandeses, ingleses y franceses, el vestuto imperio marítimo iba decayendo. Las continuas guerras, que no concluyeron hasta entrado el siglo XVIII, provocaron la alteración del orden entre los países europeos, en la cual España perdió parte de su peso político. Durante el siglo XVIII, centuria europea plagada de importantes cambios y progresos que culminó con la Revolución Francesa y el éxito de la burguesía, se fue consolidando el protagonismo de países como Inglaterra y Francia, seguidos por Alemania, Rusia y Estados Unidos. Por su parte, en España, las limitadas reformas sociales y la retrasada industrialización, que apenas arrancó en los años treinta del siguiente siglo, no llegaron a salvar el país de su posición debilitada. Como es natural, la poca potencia de España durante estos dos

siglos se reflejaba de manera directa en su política exterior, afectando a sus gestiones misionales y comerciales en Asia.

Por otro lado, España tampoco obtuvo muy buen provecho de la colonización de Filipinas, puesto que las islas carecían de recursos y contaban con productos laborales locales muy primitivos como para ser comercializados. La modestia de sus recursos económicos condicionó que España realizara todo tipo de actividades. Sabemos que a partir del siglo XVII los misioneros españoles centraron más su interés en la cristianización de la propia isla que en el contacto con el exterior. En la segunda mitad del siglo XVIII, la Compañía de Filipinas47, que gozaba del monopolio comercial entre Asia y España, por los conflictos sucesivos con los filipinos y con los ingleses, y por su propio mal funcionamiento, se quedó prácticamente inoperativa a finales de dicho siglo. De esta forma, “a principios del siglo XIX, en definitiva, los españoles estaban aislados en Manila y sus alrededores, sin muchas posibilidades de extender su presencia más allá del archipiélago” (Rodao García2009: 342).

Es más, con el cambio de siglo, surgieron nuevos factores que tanto condicionaron las acciones de España en ultramar: la fallida alianza con Francia en 1805 durante la Guerra Napoleónica, que siguió con la invasión francesa y el estallido de la Guerra de Independencia (1808-1814). Este estado de conflictos bélicos que tanto empeoró la economía del país se remató con el ascenso al poder de Fernando VII (1808, 1813-1833), cuyo reinado de carácter absolutista repleto de problemas internos no dejaba de perturbar la estabilidad de la metrópoli.

Así, durante los años treinta, ante la intensificación de las acciones colonialistas en Asia, sobre todo en China, y pese a la oportunidad de alianza con Francia e Inglaterra, España detuvo sus pasos colonialistas en esta región y se conformó, al menos aparentemente, con su postura neutral y observadora. Por lo tanto, a partir de este momento, a pesar de poseer Filipinas, este presunto eslabón con China, España se convirtió en una de las potencias menores, tanto en China como en Asia.

Aunque disponemos de pocos estudios históricos en los que consten las acciones españolas de esta época en China, para historiadores como Martínez Robles, España participó “activamente en el proceso de penetración occidental en China” (2007: 218). Sin embargo, no es difícil observar que las acciones españolas estuvieron siempre

47 Se fundó el 10 de marzo de 1785 como continuación de su antecesora la Real Compañía Guipuzcoana y

después de la disolución de la Real Compañía de comercio de Barcelona. Tuvo problemas de competencia con otras operadoras, con los ingleses y los filipinos. Fue disuelta en 1834 durante de la regencia de María Cristina.

revestidas de toda moderación y diplomacia. En la tesis citada, el estudioso refiere dos sucesos que reafirman esta actitud no poco compleja. Es preciso hacer referencia a ellas brevemente, puesto que fueron precisamente los pocos momentos en que España apareció vinculada, aunque de un modo accidental, a las dos Guerras del Opio.

España en el contexto las Guerras del Opio

Dos meses antes del estallido de la primera Guerra del Opio, el 12 de septiembre de 1839, cuando un bergantín español, el Bilbaíno, se encontraban anclado en Taipa, a dos millas de Macao, recibió un ataque de unos sampanes chinos de guerra. El barco se destruyó en el incendio. Tres miembros de la tripulación murieron en el ataque. El piloto y un sobrecargo fueron capturados. La armada china acusó al barco español de tráfico de opio, aunque más tarde no se detectó ninguna mercancía ilegal en el mismo. Dos días después el Cantón Press publicó esta noticia, comentando que el barco español pudo ser confundido por uno inglés, ya que la tensión entre los dos países sobre el tráfico del opio estaba en su punto álgido. Este acontecimiento, cuya causa fue equivocada o intencional, tuvo una gran relevancia y gravedad en la relación comercial entre China y España. Sin embargo, el Capitán General de Filipinas, Luis Lardizábal tardó un mes en reaccionar y apelar ante las autoridades locales. Bajo el estricto Sistema de Cantón y la actitud innegociable con que se postulaba la Autoridad china en aquel momento, la propuesta de España de una indemnización justificada fue denegada. Posteriormente, fue el plenipotenciario inglés Charles Elliot quien en 1841 consiguió, junto con otras compensaciones que pretendían recibir los propios británicos por los hechos en 1839 en Cantón, una indemnización de 25 mil pesos para España y la liberación de los españoles retenidos.

Otro acontecimiento similar ocurrió años después del Incidente de Arrow: el 22 de diciembre de 1865, cuando el Thistle, un vapor inglés de pasajeros, fue atacado por unos soldados chinos. Los once extranjeros que viajaban a bordo fueron asesinados, entre los cuales figuraba el vicecónsul de España en Huangpu48. Sin embargo, esta pérdida de un oficial debido a una injusticia fue minimizada en la reacción de España,

48 Deducimos que quería decir el Vicecónsul español en Cantón, ya que Huangpu, escrito en inglés

Whampoa, es un distrito de esta ciudad. En las publicaciones que hemos consultado de ámbitos diplomático e histórico se han observado los tratamientos del mismo cargo.

debido a la misma intención de mantener la neutralidad ante la Guerra sino-inglesa. En ninguno de estos dos momentos críticos España se planteó una represalia, menos aún, una aceptación de la oferta de alianza con los británicos.

Aunque se cuenta también un posible abastecimiento de unos mil doscientos caballos procedentes de la colonia española de Filipinas en los últimos asaltos de los ingleses en Tientsin en 1860, con la anterior petición de alquiler por parte del ejército inglés, podemos reafirmar que España no tuvo en ningún momento la intención de involucrarse en esta guerra a nivel gubernamental.

La diplomacia

Es preciso recordar que tras la primera Guerra del Opio, en 1842 con el Tratado de Nankín, Inglaterra, seguida por sus aliados occidentales, consiguió el derecho de envío de cónsules a los puertos abiertos. Esta cláusula fue más tarde consolidada en 1858 en el Tratado de Tientsin y después ratificada por la Convención de Pekín en 1860, en los cuales se autorizó el establecimiento de embajadas en Pekín, la presencia de misioneros y su evangelización, así como el derecho de los extranjeros a residir y viajar por las regiones interiores de China. Asimismo, por el requerimiento de los países occidentales, el gobierno imperial manchú estableció el Zhongliyamen49, lo que sería la primera institución de función diplomática en la historia de China. Esto representa una nueva etapa de acercamiento occidental a la sociedad y la cultura chinas, la cual no solo cuenta con las dos vías clásicas, la misional y la comercial, sino también con la diplomacia.

España, consciente de su incompetencia militar en el mar de Asia, no pudo aspirar a otra cosa que buscar beneficio económico, fortaleciendo la relación comercial entre Filipinas y China. Con esta finalidad, el gobierno español envió a China a

49 La traducción literal del chino correspondería a “Oficina en cargo de asuntos de todas las naciones”.

Zongliyamen se fundó después del Tratado de Pekín en 1861 y fue sustituido en 1901, tras el Protocolo de Xinchou, por el Ministerio de Asuntos Exteriores (Waiwubu). Fue una innovación en el sistema burocrático de China bajo influencia extranjera. El país oriental, debido a su soberbia y reputación de potencia en la historia de Asia, contaba con una Junta de ritos (Libu), un Tribunal de asuntos de las fronteras (Lifanyuan) y dos administraciones que hacían la función de diplomacia, puesto que la relación con los países vecinos, con excepción de Rusia, consistía solamente en que estos le rendían tributos. Los intercambios con Rusia los manejaban junto con los conflictos de las regiones de etnias minoritarias que se situaban en la frontera, como Mongolia, Tíbet, etc. Para una información más detallada véase:Meng, S. M. (1962).

Sinibaldo de Mas (1809-1868), pintor y escritor barcelonés, quien por su amplio conocimiento de idiomas había viajado por oriente y redactado el Informe sobre el

estado de las islas Filipinas después de residir en Manila en 1842. Más tarde, como

agente diplomático y mercantil, De Mas llegó a China en 1844 para estudiar la situación allí y supervisar los comercios españoles en los puertos abiertos. En 1845, el gobierno le designó Cónsul general y encargado de negocios en la delegación española en China, hasta que, en 1846, fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, cargo en que De Mas permaneció hasta 1851 y que volvió a ocupar entre 1864 y 1865. Siguiendo los pasos fundacionales de De Mas, en 1855 se crearon los consulados de Cantón y Amoy, en 1857 el de Hong Kong, en 1859 el de Shanghái y el viceconsulado de Fuchou (Fuzhou) y en 1860 el consulado de Macao.

Durante esta época, España también aspiraba a un tratado con China, deseo que De Mas reflejó de manera diáfana en las misiones. Durante sus primeros viajes a los puertos abiertos ofreció a las autoridades españolas una información sólida y actualizada de la situación comercial entre el país oriental y las potencias occidentales, y las acciones gubernamentales con la vigencia del Tratado de Nankín. En 1845, una Real orden de Isabel II puso de manifiesto la finalidad de España de firmar un tratado con China. Sin embargo, por cuestiones de salud, De Mas no pudo efectuar las negociaciones, por lo que España perdió la mejor ocasión de firmar un tratado, puesto que el gobierno Qing en la penuria de la postguerra mostró toda su debilidad al rechazar los requerimientos occidentales. De vuelta a la delegación, seguidamente, desde 1846 hasta 1850, De Mas emprendió varias negociaciones con el gobierno de Qing, todas ellas fallidas por cuestiones de protocolo y a causa de la actitud inflexible del gobierno Qing ante España. Finalmente, el 10 de octubre de 1864, debido a la situación favorable después de la segunda Guerra del Opio, De Mas firmó el Tratado sino-español con el gobierno de Qing. A diferencia del resto de contratos firmados entre países occidentales y China en esta época se trata de un tratado de carácter amistoso y comercial. Además, después de su ratificación en 1867, despliega toda una serie de matices aplicados al ámbito cultural. No obstante, no podemos omitir una de las cláusulas en dicho tratado en el que constaba la actitud colonialista de España. Nos referimos al derecho de reclutamiento que el gobierno Qing concedió a España mediante dicho tratado.

Sabemos que hasta la primera mitad del siglo XIX, la mano de obra que tanto se exigía en el continente americano en pleno desarrollo económico fue cubierta con

esclavos africanos. En 1846, Cuba, la entonces colonia de España, tuvo que prohibir el tráfico y empleo de afro-esclavos, gracias a sus continuos levantamientos. La abolición de la esclavitud causó la falta de mano de obra, lo cual motivó a la metrópoli a contratar chinos para tal efecto. Para dicho fin, entre 1853 y 1871, más de un millón de chinos fueron comprados e importados a Cuba. La cláusula mencionada del tratado sino-español de 1864 fue el resultado de una de las muchas negociaciones que se desarrollaron alrededor de las condiciones de trabajo de los chinos en Cuba. La infrahumana condición en que se encontraban estos colonos fue el otro enfoque de estas negociaciones. A pesar de que en 1873 se firmó el Tratado de protección de los colonos chinos en Cuba, rectificado posteriormente en 1878 como repuesta a las reclamaciones del Gobierno de Qing, nunca se aplicó de manera debida por los dueños de las haciendas, hecho que no solo incitó la rebelión de los chinos sino también protestas internacionales. Esta disputa sobre el tráfico humano y la esclavitud no finalizó hasta la Guerra de la Independencia de Cuba en 1895.

Para el historiador académico Zhang Kai este proceso de negociaciones en torno a los colonos chinos en Cuba demuestra en realidad un paralelismo entre los dos países en el siglo XIX:

En esa época, España vivía el ocaso de su imperio50 [...] la dinastía manchú también vivía una situación políticamente agitada. [...] Se dio cuenta de que España no contaba con la fuerza armada de Inglaterra ni de Francia. Por eso dejó de lado su actitud de obediencia [...] para adoptar con España una actitud intransigente. Así, los dos países, fuertes antes y débiles ahora, nunca se ponían de acuerdo ni hacían la más mínima concesión a la otra parte. (Zhang2003: 190)

Hemos recorrido de manera sucinta las relaciones entre España y China en esa época, aunque hemos dejado de lado a la mayor parte de los diplomáticos de ambos países, que trataron dichos asuntos internacionales. Nuestro principal interés se halla en los diplomáticos españoles51 enviados al Celeste Imperio. Hasta la caída del gobierno Qing, tenemos conocimiento de una cincuentena de nombres de diplomáticos en China.

50 Refiriéndose, naturalmente, a “el imperio donde no se pone el sol”, enunciado en líneas anteriores en el

texto original del estudioso chino.

51 En varios estudios de ámbito histórico y diplomático que hemos consultado encontramos nóminas de

representantes diplomáticos en China, las cuales nos han dado un conocimiento general de estos enviados. Del mismo modo, nos han guiado en la primera búsqueda y recopilación de sus obras escritas sobre China en esta época.

Entre estos viajeros se destacan aquellos que al gozar de la condición de ser escritores, sea por la profesión, sea ocasionalmente, nos han legado escritos publicados sobre sus experiencias al contemplar de cerca el país oriental en esta época. Aquí nos limitamos a enunciar los nombres de estos viajeros, Sinibaldo de Mas y Sanz, Enrique Gaspar y Rimbau, Adolfo de Mentaberry del Pozo, Eduardo Toda Güell, Luis Valera Delavat, Pedro de Prat Agacino y Fernando de Antón del Olmet, puesto que estas personalidades y sus diversas obras serán el punto de mira de análisis en el cuerpo de esta tesis.

Capítulo 3

In document Studies and Research Projects (Page 30-34)

Related documents