Freud se ocupaba de su sueño con Irma (1900), publi cado en su obra La interpretación dé los sueños. En no ta‘al pie de página advirtió: “Todo sueño tiene por lo me nos un lugar en el cual es insondable, un ombligo por el que se conecta con lo no conocido” (versión de Etche- verry). Tiempo después lo reitera:
Aun en los sueños mejor interpretados es preciso, a menudo, dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que desde ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se deja desenredar pero que tampoco ha hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces, ése es el ombligo del sueño, el lugar en el que él se asienta enjo no conocido. [Añade] Los pensamientos oníricos que surgen"a raíz de la interpretación tienen que desbordar en todas direcciones dentro de la enmarañada red de nuestro mun do de pensamientos [...] Y desde el lugar más espeso de ese tejido se eleva luego el deseo del sueño, como el hongo de su micelio. (La bas tardilla me pertenece).
ocurre en el soñar no se le puede imputar al durmiente (no se lo pue de responsabilizar por lo soñado porque en ese momento no dispone de su razón).
La apelación al nacimiento parece obvia. Jean Gui- llaumin escribe: “No hay dudas sobre la significación genésica y maternal de esas formulaciones. Evocan un mito de nacimiento” (1979).
Guy Rosolato (1981) se ocupa de esta apreciación freu- diana, centrando su interpretación en lo desconocido. Añade un comentario significativo: “[...] Podemos supo ner, en una primera aprehensión que, según su costum bre, el autor no libra todas sus asociaciones. Al final del capítulo II, lo confiesa sin rodeos”.
Freud no deja al descubierto todas sus asociaciones ni tampoco la totalidad de sus saberes y conocimientos: más adelante fundamentaré esta conjetura.
El análisis de Rosolato reitera la asociación ombligo- dormir-sueño isommeü-réve] y señala: “por su forma y por su ausencia de función corporal, el ombligo convie ne a las representaciones fantasmáticas y a la puesta en juego de lo desconocido”, y añade: “participa de la simbólica del centro: contracción respecto a la periferia y punto de implantación del Árbol de la Vida (el árbol de Jesse), punto de llegada de las espirales, límite y
flancos del abismo, (Coincidencia con el ombligo co
mo centro de la vida para los aztecas.) Freud nos convo ca a pensar en términos de “una simbólica umbilical que escapa a esta formulación”.
Denise Vasse' (1977) mantiene la interpretación om bligo-madre, si bien en otros niveles de análisis produ ce una tesis desde el tratamiento psicoanalítico con ni ños y niñas. En cambio, surge alguna diferencia respecto del sentido de la expresión “no conocido”, en la traducción de Etcheverry, refiriéndose a Unerkannte, que otros autores en otros idiomas traducen como lo in
sondable o impenetrable. Es Didier Anzieu quien, citan
do a Eva Rosenblum, subraya que Freud, en realidad, escribió Unerkannten “quizá porque ese término evoca
la expresión bíblica ‘unirse a una mujer’ *. (Si así fuera habría que reformular la tesis ombligo = madre = insondable = origen, que es la que parece surgir de las traducciones de los textos freudianos al inglés y el español.) Esa expresión bíblica tiene una historia: Adán y Eva escucharon la prohibición divina que impedía probar los frutos del Arbol del Conocimiento, el Árbol del Bien y del Mal. Cuando la mujer vio que el fruto era bueno para comer y placentero a la vista, lo tomó y lo co mió. Lo ofreció también a Adán y éste aceptó el convite. A partir de aquí, el Génesis narra: “A ambos se les abrie ron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnu dos...”, etcétera. Terence McKenna (1994) no titubea en interpretar: "La historia del Génesis es la historia de una mujer que es señora de las plantas mágicas. Come y comparte los frutos [...] Observemos que los ojos de ambos se abrieron y se dieron cuenta de que estaban desnudos’. En un nivel metafórico habían alcanzado una conciencia de sí mismos como individuos y cada uno del otro como ‘Otro’. Por lo que el fruto del Árbol del Co nocimiento les proporcionó agudas introspecciones Entonces sugiere: "Este misterioso fruto es el hongo que contiene psilócibina (Stropharia cubensis)”. Tesis que no incluye la manzana y la sustituye por un hongo alu- cinógeno. No se comprende cómo el hongo habría de convertirse en el fruto de un árbol que, según la icono grafía, es grande y posee una copa suntuosa, pero la autora aclara que se trata de una metáfora que, por cierto, es aceptable.
T. McKenna afirma que una amplia evidencia de muestra la importancia de la Stropharia cubensis o planta primigenia y su semejanza con nuestro cordón umbilical, que une con la mente femenina del planeta, refiriéndose al culto de la Gran Diosa. A través de la uti lización de dicho hongo se obtenían tales conocimientos y sabiduría que, en aquellos tiempos (15.000 años a. C.),
los seres humanos lograban vivir en equilibrio entre ellos y con la naturaleza. Cuando se observan los dibu jos de los botánicos, no caben dudas acerca del motivo
por el cual se lo denomina cordón umbilical, ya que el tallo, coronado por su sombrero circular, tiene una noto ria semejanza con el botón de un ombligo, que aún man tiene el cordón.
¿Aqué hongo se refería Freud?... Sobre todo si se tie ne en cuenta que, curioso lector, quizá no ignorara que, los hongos, según la religión a la cual pertenecieran (griega, egipcia), podían ser símbolo de lo masculino y de lo femenino, es decir, andróginos. La androginia tam bién fue el planteo original de Platón cuando en el Sym~
posium sugirió que, originalmente, los seres humanos
habrían sido andróginos enrollados en forma de huevos o estrellas y finalmente separados.
Las teorías acerca de la bisexualidad (Fliess, Weinin- ger, Freud) se nutren con la persistencia y la regulari dad de estos mitos,- pero no parece pertinente limitar la comprensión de la bisexualidad desde una perspectiva exclusivamente biológica, sino como formando parte de un proceso que incluye actitudes.
La actitud (postura) ambivalente hacia el padre y la aspiración de objeto exclusivamente tierna hacia la madre caracterizan para el va- roncito el contenido del complejo de Edipo. Es decir que el varoncito posee no sólo una actitud ambivalente hacia el padre y una elección tierna de objeto en favor de la madre sino que se comporta simultá neamente como una niña: muestra una actitud tierna hacia el padre y la correspondiente actitud hostil y celosa hacia la madre (Freud, 1923).
El mito que refiere la creación de Adán y Eva no es el único acerca de los orígenes paradisíacos. Algunos auto res proponen la androginia de Adán; si se admite que Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios, este
Dios también debía de ser andrógino, hecho que no es re conocido por la literatura rabínica midrástica. Sin em bargo, la androginia de Dios no sólo aparece en la Céba la sino en el hinduismo, desde otra visión religiosa.
Retomando a la creación en el Paraíso, convendrá te ner en cuenta que Eva, semejante a Adán, se convierte en otra, es decir, capaz de alteridad (que implica tras cendencia) (Giberti, 1994b) cuando, en ejercicio de su li bertad y autoconciencia, desobedece y come lo prohibi do. A partir de este momento, ella es quien significa a su otro como tal, ya que, en un primer momento fue Adán quien al nominarla la re-conoció como otra. Lo cual apa rece modificado cuando Yahvé subordina la mujer al va rón, culpabilizándola por su pretensión de conocer.