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CHAPTER 4. INTERCROPPING PERFORMANCE OF SELECTED AFRICAN

4.3.4 Yield and yield components

Que la imagen que tenemos de Dios es erró- nea, a pesar de ser “bíblica”, lo he tratado en otros artículos, especialmente en el último capítulo del breve trabajo “La Biblia entre líneas”. Aquí simplemente remito al lector al editorial de RENOVACIÓN del pasado enero, donde formulo algunas preguntas acerca de cómo entender ciertos relatos bí- blicos.

Cambiar la imagen que tenemos de Dios –pre- cisamente porque es “bíblica”– es un paso muy difícil de dar. No se cambia del domingo al lunes siguiente. Quizás ni siquiera de un año para otro. Son muchas las conexiones neuronales y emocionales las que hay que desenredar una y otra vez… e ir conexio- nándolas de nuevo. Esto fue precisamente lo que hizo el apóstol Pedro cuando decidió entrar en la casa de un centurión romano, y comer con él (Lo vimos en la entrega de “Caer en la cuenta...” del mes pasado). El Apóstol tuvo que romper con toda su ancestral cosmovisión teológica, que operaba como prejuicio respecto a la relación con los no- judíos. Por no hablar de la experiencia de Saulo de Tarso en el camino a Damasco: Saulo (Pablo), en un instante, pasó de ser perseguidor de una idea (la fe en Jesús) a di- vulgador de ella. Ambos dieron un paso con- tracorriente en sus vidas. Dejaron una teología profundamente arraigada e interiorizada desde su infancia, para dar un giro coperni- cano de 180 grados. ¡Es una cuestión her- menéutica también! Pues bien, una vez dado ese paso, ya es irreversible. Yo nunca podré volver a esa imagen intervencionista, arbi- traria, de aquel dios, por muy “bíblica” que sea. La realidad de la vida es muy tozuda. La imagen del Dios auténtico, del verdadero,

debe ser aquella que nos muestra el Jesús de los Evangelios –independientemente de la teologización de sus relatos–. Ya sé que sigue siendo solo una imagen, pero debe

ser la real, la que se acerca más al Dios que crea –y sigue creando– por amor. Un Dios que “sigue creando” por amor, está siempre procurando lo bueno y el bien para todas sus criaturas, sin acepción de personas, vivan donde vivan y sea cual sea su credo (los credos son solo creencias parciales del todo). Por lo tanto, este Dios no manda nin-

guna clase de mal contra nadie ni contra nada, ni siquiera lo permite(que sería igual de cómplice), sino que lo sufrecon nosotros. Orar a este Dios, pues, no puede ser hacerle “caer en la cuenta” de que le necesitamos, de que debe intervenir por lo que le pedimos, como si estuviera mirando para otro lado (por supuesto tenemos el derecho y la ne- cesidad de hacerlo, y lo hacemos –ahí están los Salmos); orar a Dios debe ser tomar con- ciencia de que él ya está haciendo lo que es bueno en pro de su creación, entre la que nos encontramos nosotros y él mismo. Pero el Mal existe, es una realidad. Dios –como alguien ha definido– es el anti-Mal, pero la realidad de cada día nos muestra que no es su vocación intervenir puntualmente, si lo hiciera sería un Dios arbitrario que hace acepción de personas (un dios tapagujeros). El Dios de Jesús es aquel que ensalza a quienes “dan de comer al hambriento y visten al desnudo” (Mateo 25:31-46) porque él mismo no puede hacerlo. Obviamente, esta es una imagen de Dios distinta de la que oímos cada domingo en los sermones, pero es la imagen que se corresponde con la realidad que percibimos en el día a día. Solo hay que abrir los ojos y “caer en la cuenta”.

Aquella mujer que exhaló su último aliento en el Hospital de la Princesa de Madrid hace 28 años solo fue una de las decenas, cientos, miles de mujeres jóvenes que apagaron la llama de su vida en aquel mismo día en el mundo por las mismas causas. Dios lo sabía, pero no hizo nada para evitarlo en ninguno de los casos. No hizo nada porque esa no es su misión. Sí es nuestra misión “caer en la cuenta” de esa realidad. R

M

e pregunto cómo has llegado hasta aquí. Más o menos, sé cómo he llegado yo. ¿Cómo es que estamos hablando, sin conocernos, de algo tan personal y profundo y tan trascendente, como es nuestro personal itinerario espiritual hacia la Unidad? Yo buscaba desde hace muchos años algo así. Mis caminos han ido virando, como todo peregrinar humano. Me he sentido solo; a veces rechazado; siempre hay otras muchas cosas o actividades a las que de- dicar tiempo. Pero siempre me he sentido guiado por algo interior, que en mi tradición cristiana se personaliza en Al- guien, que llamamos Espíritu.

El Espíritu. Confío en que tú mismo, como yo, consideras al Espíritu como esa fuerza que actúa por igual en el universo y en lo más intimo de cada uno de nosotros, como seres dotados de conciencia. Y que no es para nosotros una extraña devoción particular.

No sé qué nombre le das tú. Ni cuántos nombres tendrá por parte de aquellos que se nos irán reuniendo en el futuro. Pero, sin saber su nombre, sentimos que a todos nos está llamando a algo muy nuevo, a la vez que apasionante. A nosotros nos dice: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5). Eso nos invita a andar en una con- tinua “novedad de vida”.

Por eso, estarás de acuerdo en que no po- demos volver a lo de siempre y repetir clichés ya superados; ni dejarnos arrastrar por viejas costumbres, ni leyes, como no sea la ley única, universal y siempre nueva del amor.

Si conoces los Profetas Judíos, sabrás qué contundentes son para rechazar las viejas prácticas de su Ley: los sacrificios san-

grientos, oraciones rutinarias, falsos cum- plimientos... Todos se apuntan a porfía a la novedad del cambio interior, a la ado- ración en espíritu y en verdad, en todo lugar de la tierra, al servicio amoroso del huérfano y de la viuda, al cuidado del prójimo marginado de nuestros intereses. El Espíritu no se aviene a los viejos usos; se ahoga en los moldes usados. Jesús veía insensato “poner un remiendo nuevo a un vestido viejo”; o también “echar un vino nuevo en odres viejos”. Porque así todo se echa a perder.

La Buena Nueva hubiera dejado de serlo, si hubiera tenido que pasar por la práctica de la circuncisión o de la ley del sábado. Las mejores intuiciones y los proyectos mejor intencionados se agotan, cuando no encuentran formas nuevas de presentarse y realizarse. Las revoluciones se desvirtúan, si no renuevan profundamente sus iniciales aspiraciones transformadoras.

¿No crees, hermano, que aquí y ahora no tienen cabida integrismos de ningún tipo, ni involucionismos simuladores de vuelta al pasado...?

Ellos nos devuelven al pasado caduco. El Espíritu, por el contrario, nos descorre el velo, que oculta el futuro, por naturaleza nuevo. Y nuevos serán los vuelos, que nos envíe a realizar. Nuevas las formas de trabajar. Nuevos los frutos que producir: tolerancia, comprensión, universalidad, austeridad para compartir, solidaridad, en- cuentro intercultural, celebración gozosa, ecologismo mundial, etc... Serán nuevos los nombres y las formas del amor, la hi- mildad, la alegría, la paz...

Si es el Espíritu el que nos anima y empuja, todo esto será posible y veremos cosas mayores. R

EN CLAVE

ECUMÉNICA

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