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Hipnosis Efigial

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Academic year: 2021

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Minacore, Abel

Hipnosis efigial: la interpretación emocional de los sueños - 1a ed. - Rosario: Corpus Libros Médicos y Científicos, 2008.

144 p.; 16x24 cm

ISBN 978-950-9030-59-6 1. Psiquiatría. 2. Hipnosis. I. Título CDD 616.89

Fecha de catalogación: 31/01/2008

DERECHOS RESERVADOS

© 2008 Corpus Editorial y Distribuidora [email protected]

[email protected] www.corpuslibros.com.ar

Suipacha 581 - Tel/Fax: (+54 341) 439 4978 / 437 1327 (S2002LRK) Rosario - Argentina

Editor: Esteban Oscar Mestre

Tirada: 1000 ejemplares

Se terminó de imprimir en febrero de 2008 Rosario - Argentina

No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método, sin autorización escrita de la Editorial.

NOTA

La medicina es una ciencia en constante desarrollo. Conforme surjan nuevos conocimientos, se requerirán cambios de la terapéutica. El autor y los editores se han esforzado para que los cuadros de dosificación medicamentosa sean precisos y acordes con los establecidos en la fecha de publicación. Sin embargo, ante los posibles errores humanos y cambios en la medicina, ni los editores, ni cualquier otra persona que haya participado en la preparación de la obra garantizan que la información contenida en ella sea precisa o completa.

Convendría recurrir a otras fuentes de datos, por ejemplo, y de manera particular, habrá que consultar la hoja de información que se adjunta con cada medicamento, para tener certeza de que la información de esta obra es precisa y no se han introducido cambios en la dosis recomendada o en las contraindicaciones para su administración. Esto es de particular importancia con respecto a fármacos nuevos o de uso no frecuente. También deberá consultarse a los organismos de control de medicamentos de cada país para obtener información sobre los valores normales y medicamentos permitidos o recomendados.

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que ya no estás y que aún te extraño,

que tanto me diste y tanto te llevaste...

A mi Padre:

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El Dr. Abel Minacore es médico Especialista en Psiquiatría y Psicoterapeuta. Es formalmente Terapeuta Cognitivo Posracionalista, y también incursionó en estudios Freudianos y en terapias de Objetivos Limitados.

Utiliza el conocimiento Psicofarmacológico y Neurobiológico en su ejercicio y es, además, Hipnólogo Clínico.

Fue diplomado como Profesor en La Habana, Cuba, por sus trabajos en los Seminarios de Terapia Cognitiva Posracionalista, en el III Simposio Internacional sobre Aspectos Biológicos y Farmacoterapéuticos de los Trastornos Mentales, por el Colegio Cubano de Neuropsicofarmacología.

Fue médico Pasante de Psiquiatría Institucional, Comunitaria y Rehabilitación Social en el Hospital Psiquiátrico de La Habana.

Es Fundador del Primer Laboratorio de Hipnosis Experimental en Rosario, Argentina.

Es Co-Fundador del Centro Vittorio Guidano de Terapia Cognitiva Posracionalista. Es Fundador del Grupo C.E.L.I.O. para la Relajación y Autoconocimiento. Es Disertante de trabajos científicos en Congresos Nacionales e Internacionales. Es Docente del Curso de Hipnosis General para profesionales, en el Instituto Medico Psicológico CEMEPSI de Rosario, Santa Fe, Argentina del que es Director, dedicado a la Asistencia, Investigación y Docencia en Salud Mental.

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Agradecimientos Prefacio Prólogo Introducción

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La Filosofía Idealismo y Escepticismo Idealismo Absoluto Filosofía Evolucionista Pragmatismo Idealismo Pragmático Filosofía Analítica Filosofía Existencial Filosofía Procesualista Filosofía Hermeneútica

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La Mente

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Sugestión e Hipnosis

Técnicas que utilizan la imaginería

La Imaginación Activa

Las terapias guestálticas Psicosíntesis

El Ensueño Dirigido de Desoille

La Oniroterapia

La Imaginería Afectiva guiada

Otras Técnicas

La Psicoterapia Simbólica

La Sofrología (estudio de la conciencia en equilibrio) del Dr. Caycedo La Hipnosis

La Sugestión

Fenómenos Hipnóticos

Lógica del trance

Aumento de la respuesta a la sugestión

Interpretación subgetiva

Relajación Teorías de la Hipnosis

La sensación hipnótica. Su utilidad

1. Hipnosis simple 2. Hipnosis de abstracción 11 13 15 17 19 23 24 25 25 26 26 27 27 27 29 41 41 41 42 42 43 44 44 45 46 47 48 48 51 52 53 53 53 54 54 55 56

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Hipnosis Efigial

Forma de entregar las sugestiones Reflexión

Conducta del terapeuta

La Hipnosis y su origen vincular emocional

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Sueño y Efigie

Tiempo psíquico. Lenguaje y Sueño La Unidad Psicofísica

El Sueño

1. La memoria

Condicionamiento emocional de la memoria

2. La Efigie

3. Escritura, Imagen, Mente Codificación de la experiencia

Función del Sueño

La génesis del Sueño: Emoción y Lenguaje

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De la Efigie y la Hipnosis

Sueño proceso, emoción e hipnosis

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El Tiempo La sensación de temporalidad

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Administración mental Integración y palabra

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Imagen, Lenguaje, Efigie

Esbozo de una Teoría de la Mente

La Mente Temporal (Relativismo mental

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Hipnosis efigial

La Técnica

1. Plantado en esqueje 2. Plantado en semilla Elaborar sobre la efigie

Poda y Desarraigo

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Ejemplos de Sueños

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Agradezco la colaboración recibida y los aportes de ideas y discusión que me otor-garon Bárbara y Rubén. Sin ellos este libro no hubiese sido posible.

A Rubén Minacore, hermano queridísimo, Psicólogo él, siempre atento al aporte desinteresado y a estar cuando lo necesité, allí, justo allí. Gracias Rúben. Nunca podré devolverte tanto.

A Bárbara Scicchitaani, mi suegra, Psicóloga también, activa como pocas, po-niéndome las espaldas siempre que me caía, ayudando en mis debilidades para ha-cerme fuerte en la tormenta. Gracias Bárbara, por ser como sos.

Al Doctor Humberto De Rosa, por darme la mano de amigo y colega.

A mi Madre, Victoria, por ser la más linda de todas, por sufrir por mí, por no claudicar, por demostrarme que se puede, siempre se puede. Gracias mami, todo lo que te quiero es mucho más de lo que te digo.

A mi mujer, Alicia, que me soporta mis profundas y tontas abstracciones filosó-ficas, mis arrebatos místicos y mis sinsabores vitales, por ser mujer que ama a este hombre que casi no te merece, pero te ama.

A mis sobrinos, todos, que me devuelven la juventud. Y a vos Papá… Te lo diré más allá…

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En el transcurso de mi vida, le debo a mi madre la templanza y la capacidad de seguir adelante frente a la adversidad: gracias a ella fui médico.

A mi padre agradezco el amor a los libros, al deporte y a la música.

Tuve dos profesores: por uno de ellos, el Dr. Francisco Spinelli, me formé como psiquiatra, por otro, el Dr. Juan Balbi, me hice formalmente psicoterapeuta.

Sin embargo, lo más egregio no lo obtuve ni de un Profesor, ni de un Doctor, ni de un Médico, ni de un Psicólogo, sino de un Maestro: Orlando Garcilazo.

A Él mil Gracias.

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Este escrito jamás pretendió ser un libro. Nació como consecuencia de mi nece-sidad de escribir algo que pensaba o se me ocurría respecto de diversos autores y teorías.

Como amante de la filosofía, siempre mis pensamientos discurren por doquier intentando entender lo que ahora comprendo como ya ininteligible.

Pero de todas maneras el transitar de la tinta sobre el papel no deja de ser grato. No soy escritor, no manejo ese magnífico arte, y por tal motivo, mis disculpas a quien vea en estas líneas un orden y una gramática poco ocurrente.

Es que el escrito surgía según mi parvedad en incluso semanas o meses después de haber comenzado ya algún artículo o párrafo.

Algunas cosas hube de separarlas y redactarlas como unitario en otros medios, pues no me parecían guardar coordinación alguna con los demás fragmentos del ensayo.

El resto traté de dividirlo en partes, que si bien están comunicadas y tienen cierta continuidad, pueden verse en ellas algunas repeticiones de ideas o explicaciones que habían nacido en otro momento, pero que no hacen sino darle un vuelta más cerrada al tema, al menos eso creo.

Todo intenta explicar cómo se llegó al uso de la técnica Efigial, pasando por los distintos momentos de pensamientos y dilucidaciones personales.

Cabe explicar algo fundamental: filosóficamente me acerco a la posición de Scho-penhauer, filósofo abierto a las doctrinas orientales y occidentales, respecto de la fundación del Todo y el movimiento de las esencias y por lo tanto un origen de los impulsos que aparentan regir la vida. El monismo de Leibniz proporciona algunos aspectos interesantes, al igual que el pitagorismo.

Respecto de estas potencias, las considero enlazadas a principios biológicos evo-lutivos y constructivistas que también ponen sus reglas para el sustento de la vida tal cual la vivenciamos.

La construcción de nuestras mentes está bajo el influjo de las esencias constitu-cionales genéticas, filo y ontogénicas, así como el contexto que termina modulando los primeros, es decir, la epigenética de la que nadie escapa y de alguna forma parece que ajusta todos los principios o entes filosóficos.

Esta argamasa de elementos múltiples, constituyen un pensamiento abierto y que no pretende alcanzar Verdad ninguna.

Es un aporte a la salud Holista de la persona, del ser, del sujeto o los individuos que, sanos una vez, pueden llegar a necesitar de este granito de arena, uno más en este profundo abismo en que se sumerge por momentos, la existencia humana.

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Cuando tenía 17 años, adquirí el libro La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, que según veo me ha marcado profundamente desde entonces.

Algunas ideas de este autor rondaron en mi cabeza durante años.

Las consideraciones básicas de la formación de los sueños que Freud atribuía a la existencia del inconsciente hurgaron en mí hasta hoy, 22 años después, y supuse hallar en sus representaciones, un idioma básico mental interno, al menos como el primigenio lenguaje de la especie humana más próximo al inicio de la especie al que podíamos acercarnos.

Así las cosas, pasaron años hasta que quizás, con un poco más de conocimientos, empecé a trabajar con estas ideas y tratar de encontrar en este idioma mental un pa-trón central de funcionamiento mental.

Fue casi por accidente, que al pensar en los sueños (que nunca dejé de interpretar en la consulta) adentrado en mi vida, sucede la muerte de mi maestro y amigo Orlan-do, la de mi padre y otro familiar en poco más de un año y medio; a partir de allí, un largo y penoso duelo se ciñó sobre mí, haciendo mi existencia difícil y de esfuerzo permanente.

Así las cosas, tuve un sueño: «Desenterraba a mi padre del piso de mi casa y mien-tras lo sacaba vivo, le gritaba a mi madre y a mi hermano que era culpa de ellos (la muerte de él) por dejarlo allí sin hacer nada, mientras me miraban asombrados por lo ridículo de lo que les decía».

Al despertar en profunda congoja, una confusión me invadía; sin embargo, el sueño era claro: me sentía culpable, pues cuidé su salud cardiaca débil durante los últimos meses de su vida y atribuí su muerte a un error mío.

Casi un año después de aquel evento, el viejo sueño volvía a mí como recuerdo. Pensándolo de este nuevo modo, lo comprendí así:

Si mi idioma interno era congruente con mi emocionalidad, ese sueño era un

intento de restitución, de elaborar su pérdida, donde yo no era culpable de nada: aquel sueño así lo anticipaba, puesto que endilgaba a otros mi sensación de culpa, mientras había en sus rostros el asombro que le causaba mi reproche.

Cuando uno sueña, se sueña a sí mismo, a sus cosas, afectos, deseos, necesidades. Se representan estados de ánimo y emociones.

Si bien el sueño es bastante más complejo, porque también mostraba que negaba aún su muerte, estaba yo realizando, básicamente, la transformación emotiva, para lograr sentirme después asombrado de haberme creído culposo (como mi familia en el sueño) y eso ya se insinuaba al momento de soñar, cuando aún estaba apenado.

El sacar enterrado vivo a mi padre no es más que la escenificación de mi estado

de ánimo, estaba enterrado vivo sin dudas en aquel momento.

El asombro del sueño en otros rostros no era más, claro está, que el mío propio.

El sueño ya evidenciaba un trabajo interno donde las emociones se iban resta-bleciendo (a pesar de que mi conciencia sentía lo contrario) por lo que en el sueño

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se veía ya un trabajo de consolidación hacia la coherencia y un equilibrio personal diferente de mi interior afectivo.

En realidad se puede decir que me desenterraba y me asombraba de lo que creía de mí, como si ya hubiera pasado.

Lo intensamente llamativo es la presunta capacidad del sueño de proponer y

an-ticipar la respuesta emocional necesaria para la consecución de la vida.

Ese sueño hizo que todos los demás sueños fuesen comprendidos como algo par-ticular y singular de cada persona, donde nada se esconde, sino por el contrario, todo se despliega, pero en un idioma dialecto plástico fundamentalmente visoespacial complejo (casi ancestral) efigies, como las denomino, que se encargan de alimentar como cualquier pensamiento, el ímpetu para desarrollar una experiencia o poner en movimiento la complejidad emocional de la vida humana, no escondiéndola, sino, por el contrario, enrostrándosela a su dueño (el soñante) de una forma sencilla, en un idioma conocido hasta por los animales, el sensorio vegetativo, asociado a la adquisi-ción abstracta de los últimos cientos de años (el lenguaje parlante) que se transcriben junto a la vieja jerigonza mental, cuya ahora aparente finalidad, es la de poner en juego mecanismos reparadores, anticipando a la vida despierta las resoluciones y el sentir futuro.

Dice Freud en el capítulo 1 de su libro La interpretación de los sueños, en los primeros renglones en la traducción de López Ballesteros:

En las páginas que siguen aportaré la demostración de la existencia de una técni-ca psicológitécni-ca que permite interpretar los sueños, y merced a la cual se revela técni-cada uno de ellos como un producto psíquico pleno de sentido, al que puede asignarse un lugar perfectamente determinado en la actividad anímica de la vida despierta.

Mi muy estimado y admirado Doctor, concuerdo y pienso lo mismo.

Sin embargo, la plenitud de sentido tiene para nosotros una forma diferente, una singularidad, donde el soñante expone sus cuitas y alegrías, preocupaciones o logros

de una manera cuya finalidad entiendo no es solo la satisfacción de deseos, sino la puesta a prueba de nuevas actitudes, conductas, modos, estilos y condiciones de afrontar el momento afectivo psicofísico del que sueña, para sortearlo de la mejor manera posible.

Se sueña lo antiguo y lo actual hacia un porvenir, en un perpetuo, a manera de ensayo para la posterior verificación.

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Cada año que pasa, Freud está cada vez más joven.

ORLANDO GRACILAZO

Si consideramos atentamente el desarrollo y la comprensión de la psicología humana, la conducta, la normalidad y la manera de enfermar se tornan cada vez más claras, o al menos nos permiten centrarnos con una forma más comprobable y eficiente de en-tender el procesamiento mental de la vivencia humana, quizás más simple y concreto, a pesar de las complejidades a las que nos tienen acostumbrados algunas escuelas psicoterapéuticas.

Esto es excepcionalmente clave, pues este procedimiento no es atrayente sólo por la curiosidad de lo novedoso o una moda que se impone en el criterio de la rutina humana, como ya sabemos sucede hasta en el tratamiento de las dolencias mentales; sino que esta manera de dilucidación se entrama con las costumbres, con la emo-ción misma como conocimiento, íntimamente ligada a la evoluemo-ción de la vida de la persona, nacida de la demostrabilidad de sus acciones, considerando la percepción humana como incompleta y a su vez, rediseñadora de esa percepción incompleta, no solo desde los aspectos puramente sensoriales, sino de los emocionales mismos, sumándose un movimiento interno que nos agita a proseguir, que aparenta como más allá de nuestros cuerpos.

Desde aquel primer punto de vista, la Hipnosis deja de ser un instrumento apli-cable a todas las personas como si se tratase de un modelo que considera solo los armónicos individuales del temple en cada sujeto y llegar a cada individuo con un mejor estilo hipnótico.

Hoy, conjuntos explicativos de personalidad nos sirven de base de comprensión del funcionamiento mental, desde donde se desprenden, claro está, los distintivos.

Esto habla de un mejor ordenamiento basado en lo experimental, de la obser-vación directa de la conducta emocional humana, su autopercepción, cosa que nos proporciona un primordial estable para llevar a cabo nuestra técnica.

Esto nos permite desarrollar intervenciones de acuerdo a la Singularidad

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Considero interesante adentrarnos momentáneamente en algunos preceptos filosófi-cos sumamente básifilosófi-cos, como para sentar algo de entendimiento respecto de qué es lo que hacemos y decimos, en la ciencia y en la vida, a veces sin saber porqué.

La filosofía tiene la particularidad, como dice Adolfo Carpio, de que ninguna es-cuela en sí es vieja o equivocada, uno puede adherir a cualquiera de ellas sin estar

desacertado.

El marco disciplinar de la propia filosofía, en un principio, se define por ser el estudio racional y crítico de los principios básicos. Generalmente, la filosofía es di-vidida en cuatro ramas principales: metafísica (estudio de la realidad última), epis-temología (estudio de los orígenes, validez y límites del conocimiento), ética (estudio de la naturaleza de la moral y el juicio) y estética (estudio de la naturaleza de la belleza en las actividades artísticas)1

Nuestra filosofía (occidental) nace de los jonios, a quienes siguieron los griegos, que es a quienes estamos acostumbrados a referirnos. Sin embargo, existen otras filo-sofías como las del Islam, Budismo, Taoísmo, Confucionismo, Hinduismo, etc.

Desde los jonios del Asia Menor, Tales de Mileto (siglo VII a.C.) creía que to-dos los fenómenos existentes eran formas diferentes de una sustancia fundamental (primera idea sobre el monismo) que él creía era el agua, y que la evaporación y la condensación eran procesos fundamentales.

Anaximandro, discípulo de Tales, creía que el primer principio de donde partían

todas las cosas es una sustancia imperceptible, impalpable, invisible e infinita que llamó apeiron (lo ilimitado), además la consideraba eterna e indestructible (primera definición de universo infinito).

Otro jonio, Anaxímenes, volvió a la suposición de Tales de una sustancia pri-mera, conocida y material, pero mantuvo que ésta es el aire en vez del agua. Expli-caba los cambios de las cosas en términos de rarefacción y condensación del aire. Se puede inferir que los jonios salieron de la explicación mítica de los fenómenos naturales a la manifestación científica; la de la permanencia de la sustancia, la evolu-ción natural del mundo y la reducevolu-ción de calidad a cantidad.

Pitágoras (530 a.C.) fue más místico en el sur de Italia. Tenía creencia éticas,

sobrenaturales y matemáticas con una visión espiritual de la vida. Creía en la

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carnación de las almas para su purificación en formas de existencia superiores o no, dependiendo de las virtudes cultivadas y la abstención de los placeres sensuales. Descubrió principios básicos matemáticos, la escala musical por quintas, creía en la unidad (principio numérico) el Uno, los números triangulares (por ejemplo, los seis primeros) 1, 3, 6, 10 (el número sagrado) 15 y 21, y consideraba a la naturaleza de tipo numérica. Igualó la ciencia con la matemática.

(Este filósofo es, a mi juicio, quien sustentó las presunciones axiomáticas subje-tivas de la vida humana que perduran hasta nuestros días. La idea del alma, su trans-migración, la finalidad de la existencia etc., estableciendo un sentido de orden que ha trascendido más allá de los deseos de las hoy ciencias duras –que imponen la

demos-trabilidad de sus principios empíricos y materialistas– por sobre todas las cosas). Heráclito de Éfeso (Jonia) dijo que el primer principio es el fuego. Dijo que todas

las cosas están en un estado de flujo continuo (panta rei) que la estabilidad es ilusión y que solo el cambio es real (ley del logos).

Identificaba las leyes de la naturaleza a una mente divina, y posteriormente esta corriente evolucionó hacia la teología y el panteísmo (todo es Dios) estoico.

Parménides (siglo V a.C.) de Elea, Grecia, adoptó una condición disímil a la de

Heráclito en la relación entre estabilidad y cambio, y sostuvo que al Universo, o el ente, se lo puede describir como una esfera indivisible e inmutable y que el cambio o diversidad es por sí mismo contradictorio. Mantenía que nada puede ser realmente afirmado excepto «lo que es» (el ente).

Zenón de Elea, discípulo suyo, intentó probar la unidad del ser: afirmaba que creer

en la realidad de cambio, la diversidad y el movimiento lleva a paradojas lógicas. Mientras los anteriores consideraban una primera sustancia única, «Empédocles y Anaxágoras (siglo V a.C.) desarrollaron filosofías con la suposición de una plura-lidad de sustancias primeras.

Empédocles mantenía que todas las cosas están compuestas por cuatro elementos irre-ductibles: aire, agua, tierra y fuego, combinados o separados por dos fuerzas opuestas según un proceso de alternancia: el amor y el odio. Mediante este proceso, el mundo evo-luciona desde el caos hasta la forma y vuelve al caos otra vez, en un ciclo reiterado, pero no consiguió explicar cómo los objetos conocidos por la experiencia pueden desarrollarse al margen de factores que son por completo distintos a ellos. Por consiguiente, Anaxágo-ras sugirió que todas las cosas están compuestas por partículas muy pequeñas o semillas, que existen en una variedad infinita. Para explicar cómo se combinan esas partículas para formar los objetos que constituyen el mundo conocido, Anaxágoras desarrolló una teoría de la evolución cósmica. Afirmaba que el principio activo de este proceso evolutivo es una mente universal que separa y combina las partículas, el nous. Su concepto de partícu-las elementales llevó al desarrollo de una teoría atómica de la materia.»1

A partir de esta idea, Leucipo y el más conocido Demócrito (siglo IV a.C.) crean la teoría atomista, y todo es explicado a través de los átomos, en términos de números de ellos (tamaño de las cosas) y olor, sabor, calor, frío (diferencias cuantitativas). To-dos los aspectos de lo que existe era explicado rigurosamente por leyes físicas.

La actualidad de la física reflotó de alguna forma esta teoría otorgándole sus-tento mayor.

En el siglo V a.C., aparecen también los sofistas como Protágoras, que decía que «el hombre es la medida de todas las cosas». Afirmaba que los individuos tienen el

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 «derecho de juzgar por sí mismos todos los asuntos; negaban la existencia de un co-nocimiento objetivo en el que se supone que todo el mundo debe creer, mantuvieron que la ciencia natural y la teología tienen poco o ningún valor porque carecen de re-levancia en la vida diaria, y declararon que las reglas éticas sólo tenían que asumirse cuando conviene al propio interés».1

Sócrates (470 a.C.) enseñó que cada persona tiene pleno conocimiento de la

ver-dad última dentro de su alma y que sólo necesita llevarlo a la reflexión consciente para darse cuenta y creía que era deber del filósofo hacer que la gente piense por sí misma, creando la mayeútica.

Platón, discípulo de Sócrates, fue el primero en utilizar el término filosofía, que

significa amor a la sabiduría (esto es controvertido, pues el término filosofía también se atribuye a Pitágoras, que se llamaba a sí mismo filósofo).

Medita la teoría de las formas, que planteaba que los objetos del mundo físico sólo se parecen a las formas perfectas del mundo ideal y eran éstas los objetos de conoci-miento (la alegoría de la caverna).

Creía que había dos esferas, la intangible (Topos Uranos) de formas perfectas eternas e indivisibles, y la sensible, de cosas concretas y conocibles, sin embargo las concebía como copias irreales e imperfectas de las ideas.

Quería alcanzar la descripción sin contradicciones, pero al haber cambios en el mundo físico, era esto imposible de realizar, por lo tanto las matemáticas y la filosofía, a través de la meditación interior de las ideas, era para él lo único digno del saber humano.

Tenía el concepto del bien absoluto, la idea más elevada, que encierra a todas las demás, fuente además del panteísmo y religiones occidentales.

Aristóteles, en el 367 a.C., definió los conceptos y principios básicos de ciencias

teóricas, como la lógica, la biología, la física y la psicología, desarrolló la teoría de la inferencia deductiva, representada por el silogismo (proposición deductiva que utili-za dos premisas y una conclusión) fundamentando el método científico.

«En su Metafísica, Aristóteles discutió la separación que hizo Platón de idea y materia, y afirmó que las ideas o esencias están contenidas dentro de los objetos mis-mos que las ejemplifican. Para Aristóteles, cada cosa real es una mezcla de potencia y acto; en otras palabras, cada cosa es una combinación de aquello que puede ser (pero que todavía no es) y de aquello que ya es (también distinguido como materia y for-ma), porque todas las cosas cambian y se convierten en otra cosa diferente de lo que son, excepto los intelectos activos humanos y divinos, que son formas puras».1

Intentó definir el ser. Dice que el alma es la forma o realidad del cuerpo, y el del humano es el más elevado. Los astros serían compuestos por sustancia imperecede-ra y movidos en círculos perfectos por Dios, son aún más elevados que el hombre. En su teoría del conocimiento, refutó la doctrina platónica por la que el saber es innato e insistió en que sólo puede adquirirse mediante la generalización desde la experiencia.

Luego, a partir el siglo IV a.C. hasta el siglo IV después de Cristo, el epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y el neoplatonismo dominaron las corrientes filosó-ficas, y se cayó en un desinterés por la naturaleza, sustituyéndose por la ética y la religión.

Epicuro consideraba que el destino humano era alcanzar el mayor placer y

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Los ESTOICOS siguieron a los cínicos que consideraban a la civilización y sus lo-gros como un mal.

Marco Aurelio y Séneca representan bien a los estoicos, que se definían

siguien-do el principio de razón y virtud, ajenos a la fortuna y las comodidades. Asiguien-doptaron a Heráclito y su principio del fuego, y consideraban a cada persona como parte de Dios, lo que ayudó a ir contra el racismo y otros males sociales.

El ESCEPTICISMO afirma que la humanidad no puede llegar a la verdad, y por lo tan-to, la felicidad se alcanza a través de la suspensión del juicio. Siguieron a los sofistas,

Zenón de Elea y Pirrón fueron sus principales dirigentes.

El NEOPLATONISMO, rival del cristianismo, fue anticipado por Filón de Alejan-dría, con ideas judeo helenísticas; esgrimió a Platón y Pitágoras junto a la religión judaica, y creía en la naturaleza trascendente de Dios, haciéndolo así inasible para las personas.

Fue Amonio Sacas y su Discípulo Plotino quienes crearon el neoplatonismo en el siglo II d.C.

Dios es lo Uno, es inalcanzable y de donde emana toda la realidad.

Hay planos sucesivos, el de las ideas platónicas y el alma cósmica que genera las almas humanas y fuerzas de la naturaleza y otros inferiores. El fin es depurarse y alcanzar el éxtasis con lo Uno.

Posteriormente, en el medioevo, se destacaron pensadores unidos a la religión como San Agustín, Santo Tomás, Avicena, Maimónides, Averroes, etc., que no en-tran aquí en nuestra consideración, pero fueron personas que unieron la filosofía co-nocida a la fe y la religión, generando corrientes teológicas sumamente interesantes. Posteriormente, y mucho más tarde, ya entrado el siglo XV, Galileo Galilei se basa en las matemáticas para explicar los movimientos de la naturaleza, utilizando al MECANICISMO y MATERIALISMO para la explicación del universo.

La sociedad comercial y la aparición de ideas diferentes en la cultura generaron una filosofía más intransigente. El cosmos visto como seres creados y regidos por Dios fue suplantado por la posición mecanicista del mundo como máquina regida por leyes físicas, sin propósito ni voluntad. El fin de la vida humana no era llegar a Dios sino satisfacer las funciones físicas. La ética y las instituciones fueron comprendidas como creaciones de los humanos. Así, la experiencia y la razón eran la única forma de llegar a la verdad.

Francis Bacon, barón de Verulam, creyó inútil la lógica aristotélica para acuñar

nuevas leyes físicas. En 1620, Bacon propuso un nuevo método científico (generali-zación inductiva) efectuada desde la observación y la experimentación. Fue el prime-ro en formular leyes para la inferencia inductiva.

Rene Descartes se apoyó en Galileo y Bacon, pero hizo de las matemáticas el

modelo para toda ciencia. Alrededor de 1637 reconstruye el conocimiento humano sobre una base absolutamente certera, a partir de la duda de todo lo conocido y has-ta de su propia existencia (escepticismo metodológico). Cogito, ergo sum («Pienso, luego existo») le proporcionó el dato cierto o axioma a partir del cual pudo deducir la existencia de Dios y de las leyes básicas de la naturaleza. Se adhirió a la inmorta-lidad del alma y sostuvo que la mente y el cuerpo son dos sustancias diferentes; así dejó a la mente libre de las leyes mecánicas y consagró la libertad de la voluntad. «Su separación de mente y cuerpo, conocida como dualismo, planteó el problema

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 de la explicación de cómo dos sustancias tan diferentes como cuerpo y mente pue-den afectar la una a la otra, problema que fue imposible resolver y que ha sido desde entonces motivo prioritario de interés en la filosofía».1

El filósofo inglés Thomas Hobbes, en 1651, confeccionó una metafísica materia-lista que trató de solucionar el problema mente-cuerpo del dualismo, «al reducir la mente a los movimientos interiores del cuerpo». Aplicó los principios de la mecánica a todas «las áreas del conocimiento, definió los conceptos básicos de cada área (como vida, sensación, razón, valor y justicia) en términos de materia y movimiento, redu-ciendo así todos los fenómenos a relaciones físicas y todas las ciencias a un proceso mecánico».1 Creía que la conductas humanas eran regidas por el instinto de

conserva-ción, aceptando de alguna forma el egoísmo.

Baruch Spinoza (1632-1677) confecciona un monismo riguroso que intenta aportar

otra solución al dualismo mente-cuerpo (paralelismo psicológico) y ciencia y religión. «Pensó que el único sujeto último de conocimiento ha de ser la sustancia en sí. Al intentar demostrar que Dios, la sustancia y la naturaleza son idénticos, llegó a la conclusión panteísta de que todas las cosas son aspectos (o modos) de Dios».1

Decía que mente y cuerpo aparentaban interactuar entre sí, pero que en realidad eran atributos diferentes de la misma sustancia.

Expresaba que el humano actuaba por interés propio, pero al ser éste racional, su interés coincide con el de los demás y que lo mejor es el amor intelectual y hacia Dios.

John Locke, fundador del empirismo, contribuyó a la epistemología (teoría

del conocimiento) y a la filosofía política. Consideraba que el conocimiento del mundo se deriva de la observación empírica, la investigación científica y el sen-tido común humano. En 1690 se puso en contra de la afirmación racionalista de que el conocimiento era independiente de la experiencia. Sin embargo, creyó en la división cartesiana de la mente y el cuerpo y en la explicación mecanicista de la naturaleza.

Quiso reducir todas las ideas a elementos sencillos de la experiencia, pero señaló que en la experiencia, la sensación provee el material para el conocimiento del mun-do externo y la reflexión provee material pero para conocer la mente.

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El filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz ajustó la matemática y física de su tiempo con las concepciones orgánicas y religiosas de la naturaleza clásico medieval.

«Leibniz consideraba el mundo como un número infinito de unidades de fuerza infinitamente pequeñas, llamadas mónadas, cada una de las cuales es un mundo cerra-do pero que refleja a su vez a todas las demás en su propio sistema de percepciones. Todas las mónadas son entidades espirituales, pero aquellas con las percepciones más confusas forman los objetos inanimados y aquellas con las percepciones más claras (incluido el autoconocimiento y la razón) constituyen las almas y las mentes de la humanidad. Dios es concebido como la Mónada de las mónadas, la que crea todas las demás y predestina su desarrollo de acuerdo con una armonía preestablecida que acaba en la apariencia de interacción entre las mismas. La idea de Leibniz de que todas las cosas son orgánicas y espirituales marca el inicio de la tradición filosófica del idealismo».1

(25)



George Berkeley unió el idealismo con el escepticismo y el empirismo.

Enunció que no existe certeza de la realidad material del mundo, porque lo que uno puede notar son sensaciones individuales que en definitiva se hallan en la mente. Existir significa ser percibido (esse est percipi). Cuando no hay nadie para observar, los objetos y demás entidades han de ser percibidas por Dios.

«Sin embargo, al afirmar que los fenómenos sensoriales son los únicos objetos del co-nocimiento, Berkeley estableció la visión epistemológica del fenomenalismo (teoría de la percepción que indica que la materia puede ser analizada en términos de sensaciones) y orientó el camino que adoptaría el movimiento positivista en el pensamiento moderno».1

David Hume, entre 1739 y 1751, aseveraba que no existe ninguna evidencia

ob-servable de la existencia de una sustancia suprema, espíritu o Dios. Sostuvo que to-das las afirmaciones metafísicas sobre cosas que no se pueden percibir de una forma directa carecen asimismo de sentido. Manifestaba que no existe ninguna justificación lógica para creer que dos hechos están conectados por azar o para establecer ninguna inferencia desde el pasado hacia el futuro. Es decir que causa y efecto es más ima-ginación que conjunción real de sucesos. Creía que todo el conocimiento humano proviene de los sentidos y que la reflexión o las ideas no son más que copias de las que ya se apropiaron con anterioridad los sentidos.

Kant (1781) «combinó el principio empirista de que todo conocimiento tiene su

fuente en la experiencia con la creencia racionalista en el conocimiento conseguido por la deducción. Sugirió que, aunque el contenido de la experiencia ha de ser descu-bierto a través de la propia experiencia, la mente impone forma y orden en todas sus experiencias y esta forma y orden pueden ser descubiertos a priori, es decir, median-te la reflexión...También constituyó una crítica al idealismo al estar de acuerdo con la afirmación empirista de que las cosas en sí mismas –es decir, las cosas tal y como existen fuera de la experiencia humana– constituyen la `cosa en sí´(noumeno

incog-noscible). Por lo tanto Kant limitó el conocimiento al `mundo de los fenómenos´ de

la experiencia, manteniendo que las creencias sobre el alma, el cosmos y Dios (el `mundo de los nombres´ que transcienden la experiencia humana) son asuntos de fe antes que resultar propios del conocimiento científico».1

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Gottlieb Fichte (1795) transformó el idealismo crítico de Kant en un idealismo

ab-soluto al eliminar las «cosas en sí mismas» kantianas y hacer de la voluntad la rea-lidad última. Afirmaba que la voluntad es una expresión parcelada que tiende hacia Dios como ideal irrealizable.

Joseph von Schelling redujo todas las cosas a la autorrealización de un absoluto

que identificó como el impulso creativo de la naturaleza.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel (siglo XIX) aplicó la antigua noción griega

de dialéctica en su sistema filosófico. Basado en Kant y Schelling, crea una noción de la lógica «en la que conflicto y contradicción son considerados como elementos necesarios de la verdad, y ésta es contemplada como un proceso antes que como un estado fijo e inmutable de las cosas».1

«La fuente de toda realidad, para Hegel, es un espíritu absoluto (o razón cósmica) que evoluciona desde una existencia abstracta e indiferenciada hacia una realidad más

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 concreta a través de un proceso dialéctico que consiste en etapas triádicas; cada tríada se compone en primer lugar de un punto inicial (o tesis), en segundo lugar, de su opues-to (o antítesis), y en tercer lugar, de un punopues-to superior o síntesis, donde se funden los dos opuestos. De acuerdo con esta idea, la historia se halla regida por leyes lógicas, de tal forma que `todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real´».1

Arthur Schopenhauer impugnó la fe de Hegel en la razón y el progreso. En 1819

su obra El mundo como voluntad y representación, presenta una filosofía ateísta y pesimista. Sostenía que tanto la naturaleza como la humanidad son productos de una voluntad irracional, de la que la gente puede escapar tan sólo a través del arte y la renuncia filosófica al deseo de felicidad. Este autor generó el aporte más importante a la teoría freudiana. Consideraba al yo como algo metafísico, «la voluntad de vivir». Mientras que Kant negaba la posibilidad de conocer el noúmeno o cosa en sí, Scho-penhauer, creía que con una instropección era posible acceder al yo.

Fue el primero en poner en contacto la filosofia occidental con la oriental budista, bramhánica e hindú. Su idea de impulso (trieb) sin objeto fue la base de la monumen-tal obra de Freud.

La solidez de los conceptos schopenharianos hace que aún sostenga teorías disí-miles. El palabrerío de «la idea, el infinito, lo absoluto» fue sustituido por la voluntad de vivir, una fuerza ignota e inexpugnable que a todo baña y que en el ser humano se manifiesta como un constante deseo de un «tender hacia», sin razón ni fundamento.

Auguste Comte, 1830-1842, formuló la filosofía del positivismo, que rechaza

la especulación metafísica y sitúa todo el conocimiento verdadero en las llamadas ciencias positivas o factuales. Emplazó la sociología (que él mismo fundó) en el nivel más alto de la clasificación de las ciencias.

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La fe en la razón y las matemáticas giró en el siglo XIX hacia la biología y la his-toria. Gracias a la teoría de la evolución de Charles Darwin (1858) que colocaba al conflicto y al cambio como estimulantes de la evolución, quitando la unidad y la permanencia sustancial.

Karl Marx y Friedrich Engels, en 1844, elaboraron la filosofía del materialismo

dialéctico, basado en la lógica dialéctica de Hegel, pero hicieron de la materia (en vez de la mente) la realidad última.

Spencer «elaboró una filosofía evolucionista basada en el principio de la selección

natural, que explica todos los elementos de la naturaleza y de la sociedad como adapta-ciones en la lucha cósmica por la supervivencia. Al igual que Comte, sustentó la filosofía en la sociología y en la historia por considerarlas las ciencias más avanzadas». 1

Friedrich Nietzsche rescató la noción de Schopenhauer de la existencia como la

ex-presión de una voluntad cósmica, pero fue la «voluntad de poder» la fuente de todo va-lor. Hizo énfasis en el poder del talento y la creatividad, modelando a un superhombre.

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William James, hacia fines del siglo XIX, aplicó el funcionalismo a la psicología,

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«Desarrolló una teoría pragmática de la verdad. Definió ésta como la capa-cidad de una idea para guiar al individuo hacia una acción de éxito, y propuso que todas las ideas fueran evaluadas en la medida de su utilidad para resolver los problemas. James justificó la religión sobre este razonamiento pragmático, pero al insistir en la infinitud de Dios, lo identificó con la inconsciente energía de

la naturaleza».1

(Este último concepto tiene similitudes con la noción de voluntad de vivir de Schopenauer.)

Charles Sanders Peirce, que dio nombre a esta corriente, enunció una teoría

práctica del conocimiento que definía el entendimiento de un concepto como el con-junto de las predicciones que pueden ser hechas por el uso de ese mismo concepto y verificadas por la experiencia futura.1

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Josiah Royce, «incluido en el movimiento idealista estadounidense, unió el

idea-lismo a ciertas corrientes de pragmatismo. Royce interpretó la vida humana como el esfuerzo del yo finito por expandirse en el yo absoluto a través de la ciencia, la religión y la lealtad a comunidades más amplias».1

John Dewey «desarrolló más tarde los principios pragmáticos de Peirce y James

en un amplio sistema de pensamiento al que llamó naturalismo experimental o instru-mentalismo. Dewey puso el énfasis en las bases biológicas y sociales del conocimien-to y el carácter instrumental de las ideas como planes de acción.

En el siglo XX el vitalismo evolucionista de Henri Bergson, planteó el élan vital, la energía espontánea del proceso evolutivo, y defendió los sentimientos y la intui-ción frente a la aproximaintui-ción abstracta y analítica a la naturaleza de la ciencia y la filosofía de la ciencia y el espíritu».1

«El matemático y filósofo británico Alfred North Whitehead reavivó el interés por la metafísica especulativa al desarrollar un gran sistema técnico de conceptos que combinaba la teoría platónica de las ideas con el organicismo de Leibniz y Berg-son. Whitehead (que también fue un físico notable) aplicó los avances revoluciona-rios de la ciencia del siglo XX para mostrar el fracaso de la ciencia mecanicista como un medio para interpretar la realidad de una forma global y absoluta. Según Whitehead, las cosas no son sustancias inmutables con límites espaciales definidos, sino procesos vivos de experiencia que personifican objetos eternos o universales, fusionados por Dios».1

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Ludwig Wittgenstein intentó refundar la filosofía en torno a la lógica del

lengua-je. Rechaza la metafísica especulativa y centra la filosofía en la tarea de ordenar el rompecabezas intelectual causado por la ambigüedad del lenguaje merced al análisis de las palabras propias del discurso ordinario. Identifica el significado

de una palabra con el sentido con que de forma corriente esa palabra es uti-lizada.1

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Kierkegaard, el primer escritor que se calificó de existencialista, reaccionó contra

la tradición de muchos filósofos de que el bien más elevado es el bien para todos, al insistir en que el bien más elevado para el individuo es encontrar su propia y única vocación. Como escribió en su diario: «Tengo que encontrar una verdad que sea ver-dadera para mí... la idea por la que pueda vivir o morir».

La experiencia personal y la actuación según las propias convicciones consti-tuyen los factores esenciales para llegar a la verdad. Así, la comprensión de una situación por parte de alguien que está comprometido en esa situación es más ele-vada que la del observador indiferente, objetivo (Sócrates, Hegel, Niesztche tienen un acento en esta formas).

Martin Heidegger influyó mucho en los movimientos filosóficos modernos de

la fenomenología y el existencialismo. Según Heidegger, la humanidad ha entrado en crisis por tener un enfoque limitado y tecnológico del mundo e ignorar la gran cuestión de la existencia. Las personas, si desean vivir de un modo auténtico, deben ampliar sus perspectivas. En vez de dar por supuesta su existencia, deberían verse a sí mismos como parte de un Ser (término de Heidegger para aquello que subyace en toda existencia). En El ser y el tiempo (1927), afirmó que la humanidad se encuentra en un mundo incomprensible e indiferente. Los seres humanos no pueden esperar comprender por qué están aquí; en su lugar, cada individuo ha de elegir una meta y seguirla con apasionada convicción, consciente de la certidumbre de la muerte y del sinsentido último de la vida propia. La filosofía de Heidegger sustituye la nada por Dios como la fuente de los valores humanos.

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Si bien hemos desarrollado en otros apartados el pensamiento de algunos de estos autores, los reúno para comprender que la filosofía del proceso existe como movi-miento.

Aunque la filosofía del proceso es tan antigua como el filósofo griego del siglo VI a.C. Heráclito, se renovó el interés por ella en el siglo XIX con la teoría de la evolución.

Figuras clave en el desarrollo de la moderna filosofía del proceso fueron los bri-tánicos Herbert Spencer, Samuel Alexander y Alfred North Whitehead, los es-tadounidenses Charles Sanders Peirce y William James, y los franceses Henri

Bergson y el teólogo Pierre Teilhard de Chardin.

Esta filosofía es una visión especulativa del mundo que afirma que la realidad básica está en constante proceso de flujo y cambio.

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Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger, dice que el conocimiento humano

está en un constante proceso de formación e interpretación. Considera que el cono-cimiento es fundamental para la existencia humana, la persona sólo desde su propio horizonte de interpretación, que se construye constantemente, puede comprenderse y

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comprender su contexto. Para el hombre, cada conocimiento es una constante inter-pretación y, ante todo, un conocimiento de sí mismo.

Para Gadamer, la hermenéutica es el arte de comprender con más exactitud, no un saber teórico, sino su uso práctico. En su propuesta filosófica hizo válidos esfuer-zos por combinar la dialéctica de Hegel y el pensamiento clásico hermenéutico de Schleiermacher y Dilthey, llegando a superar a estos maestros en lo referente a la interpretación textual y dando paso al desarrollo de la filosofía del lenguaje como eje del pensamiento contemporáneo más reciente.1

Creo que el desarrollo aportado es suficiente y por supuesto harto escueto. Intento hacer llegar al lector, que las comprensiones de la realidad de la vida, existencia, viven-cia o como quiera llamarse a esto que nos pasa, son (desde la filosofía) sólo conjeturas que han ido evolucionando a través del tiempo, si es que la filosofía evoluciona.

Hemos visto cómo unos autores refutan a otros, cómo un pensamiento hace nacer a otro, sin que el anterior muera del todo, cómo en realidad todos aportan razones suficientes y ninguno es lo bastante sólido para eliminar a los demás.

Solo hay que esperar algunos años más para que todo cambie nuevamente. Estamos en un momento social mundial, donde se privilegia la existencia, lo bio-lógico, «lo que es mejor para mí», de forma cruel y despiadada, sin tener en cuenta el bien para los demás. La vulgarización de lo que es bueno para mí, lleva al reduccio-nismo de vivir sin importar lo que al otro le sucede. Es necesario volver a los precep-tos del Bien común, como que el bien es el Bien para todos. Sin olvidar los excesos que llevan al error y a la destrucción.

La sociedad se eliminará si se sostiene «lo que es mejor para mí», sin sustentar lo que es bueno para todos. Si este extremismo sigue, llevará a la desaparición de la esencia de la civilización, que es gregaria en sí, para dar paso a lo que ya estamos viviendo, la era del Sí mismo, vulgarizada.

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Y ahora, desde la filosofía, me deslizaré tenuemente hacia la biología y luego a la física. Tengan paciencia.

La «teoría de la mente» habla de la habilidad de un individuo para atribuir-le a otros semejantes estados mentaatribuir-les propios y, a partir de ellos, predecir su comportamiento.

«En la mitología griega, Mente (también Menthe, Menta o Minte) era una ninfa aso-ciada al río Cocito. Fue el amor ilícito de Hades, el dios del inframundo, hasta que lo descubrió Deméter, madre de la celosa esposa de Hades, Perséfone. Una de estas dos diosas la golpeó tan terriblemente que Mente se desintegró. De sus restos Hades (o según otras fuentes, la propia diosa) creó entonces la planta de la menta».

(de wikipedia)

«Del latín mens, el término designa aquella entidad o sustancia distinta del cuerpo que se supone la causa de los procesos cognoscitivos del sujeto. El término se ha con-siderado a menudo sinónimo de alma, espíritu o intelecto, a los que en ciertos contex-tos ha ido sustituyendo, aunque subrayándose su carácter de agente intelectual. En la actualidad el dualismo psico-físico mente/cuerpo tiene pocos defensores, con-siderándose que los llamados procesos mentales pueden ser explicados apelando ex-clusivamente a la actividad del sistema nervioso, y especialmente del cerebro».

(de www.webdianodia.com - 2006)

«Constituye los procesos y las memorias dentro del cerebro del sistema inteligen-te. Los procesos principales son los que transforman las sensaciones en conceptos, representando la situación actual por medio de conceptos, eligiendo una regla de actuación y respondiendo de acuerdo a ella. La creación de conceptos de un nivel superior y de reglas de actuación son otros procesos involucrados. Las memorias son los conceptos y las reglas de actuación que han sido archivados».

(de www. inteligentt–sistem.com.ar - 2006)

«En psicología, mente puede definirse como una propiedad diferente del cerebro pero que emerge de este (Emergencia) y cuyo funcionamiento explicaría la conducta ma-nifiesta de los seres humanos».

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Percibir, pensar, imaginar, razonar, tener ideas, y después recordar y actuar en consecuencia, es más o menos lo que se considera vulgarmente propio de la mente.

Para algunos, mente y conciencia son la misma cosa, para otros, van de la mano. Desde la psicología objetiva, la mente es (o fue) una caja negra, es decir, que se des-conocía lo que sucedía dentro de ella, sin interesar más que la conducta objetiva de la persona.

La mente psicodinámica es conformada por Sigmund Freud, que considera el apa-rato psíquico como un instrumento que tiende a mantener la homeostasis, tratando de eliminar las tensiones internas, considerando esencial las pulsiones sexuales, y esgrimiendo la libido, como una energía que pugna por salir. Hay una constitución de instancias, inconsciente – consciente y luego, en su segunda tópica, un yo, superyo y ello, en constante movimiento y comunicación.

La mente computacional, venida de la teoría del procesamiento de la información, considera la mente similar al funcionamiento de una computadora, con procesos se-mejantes de memoria ram y rom, hardware y software, con entrada y salida de la información, con elementos aptos para realizar programas, entendido como conoci-miento general. Una mente y un computador son símiles.

La mente afectiva tiene su origen en las relaciones vinculares, y considera estos vínculos como generadores de conocimientos afectivos que comienzan a organizar procesos internos que terminan siendo a su vez cognitivos.

La mente narrativa sigue la idea de que vivimos en un mundo donde se narran historias, y estas historias cobran sentido en la persona en sí. La mente es generadora de estas historias a la vez que se las significaría para sí mismo y los demás.

Vemos que teorías de funcionamiento mentales hay varias, solo enumero escasa-mente algunas, que son las más utilizadas por los terapeutas.

Sigamos con una divergencia. A un paciente en coma o desmayado, si bien tiene cerebro humano, no pueden atribuírsele capacidades de la presencia de la actividad del mismo, o de las mentes, como las citadas anteriormente, de donde se desprende que a esta altura de los conocimientos pragmáticos o empíricos, asociamos ya el funcionamiento cerebral a una resultante o consecuencia, que son los fenómenos que llamamos mentalismo.

Sencillamente, las ciencias duras, el empirismo o el pragmatismo, adjudican al cerebro la capacidad de generar los fenómenos mentales.

Sin embargo, desde el idealismo, el misticismo y otras propuestas menos carnales, no consideran a la mente como resultante de la actividad cerebral, sino más bien que la idea, el ente, el ser, la inteligencia o el alma es en realidad lo primero y que ante-cede a todos los fenómenos que se mensuran por la existencia o a través del cerebro.

No se puede dejar de hacer algo de metafísica.

Desde la teología algunos de estos aspectos son esgrimidos de esta forma, por ejemplo, la rama teológica apoyada en la filosofía procesual, adecuada a este pensa-miento, considera a la mente y a Dios como un proceso en devenir que se adapta a la necesidad del hombre.

Nosotros nos preguntamos porqué se sustenta aún hoy, después de más de 2500 años de diversidad de autores, a saber, filósofos sustancialistas, atomistas, monistas, dualistas, panteístas, escolásticos, empíricos, mecanicistas, escépticos, pesimistas, fisicalistas, médicos, psicólogos, físicos, y sigue la lista hasta llegar a lo más duro

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 de la ciencia, como la teoría de la gran unificación (relativismo y cuántica), insisto, cómo aún, después de tantos pensadores y pruebas, incluso en nuestra modernidad contemporánea llena de exigencias hacia la demostración y evidencia, sigue el ser humano sintiendo esa sensación tan particular de que algo hay, un algo más allá de esta vida, de este cuerpo.

Pero vamos a ver qué sucede si nos ponemos duros, científicamente hablando; recordemos, que se soslaya en psicología esta tendencia de hacer demostrable a la manera de lo «que toco, veo y mensuro» en función de que lo que se considera cien-cia, es aquello que es complejo metodológicamente.

Después de esta digresión desde donde algunos autores no están de acuerdo, otros llevan al hartazgo tal consecuencia, creando inverosímiles como interesantes pro-puestas, arrojaremos un supuesto:

En momentos difíciles, o en momentos de meditación, a Ud. que sólo cree en lo que toca y ve, ¿nunca le pasó sentir que es absurdo estar vivo sin otra finalidad que el azar mismo, o que el cuerpo que sustenta se terminará y ya nada más?

¿O quizá un familiar enfermo, desahuciado por la medicina, un hijo o una madre por ejemplo, le urgió a Ud. esa sensación de hacer algo y en su desesperación, va al sacerdote de turno, curandero, brujo, chamán, o consulta a cualquier tipo terapia alternativa, esa misma que las ciencias duras y hasta la ley prohíbe, o compra y toma hierbas, píldoras u hongos cualesquiera o paga consultas a todo tipo de míticos sana-dores o videntes, eso quizás le sucedió?

En fin, ya le va a suceder. No conozco un solo ser humano que no haya sufrido alguna vez de tal padecimiento o desesperanza.

El empirismo es hermoso, soy médico, y si la medicina no es pragmatista, pues quién si no, pero como estamos en una dimensión algo más enigmática, como la de la mente, la fascinante Empiria, que necesita de la experiencia demostrable, queda en cuestionable evidencia.

Con sencillas expresiones el empirismo da por sentado las experiencias compar-tidas, como para que se consientan de modo de poder recapacitar, verbigracia: en psicología.

Por ejemplo: «Es innegable la existencia del pensamiento, así como el amor o la tristeza, ¿quién no la ha sentido?»

Esta sentencia consensuada, puede iniciar una enciclopedia de conocimientos par-tiendo de una premisa discutible, ya que es un apriorismo.

Siguiendo este juicio, podemos argumentar preguntando:

¿Quién no ha sentido que la vida no sólo termina aquí nada más? ¿Quién no ha creído en que algo mágico le salvaría la vida, lo curaría de una enfermedad? ¿Quién no ha experimentado que algo más allá (como Dios, el alma, la vida después de la muerte, los mundos paralelos, etc.) debe de existir?

¿Pues quién no?

Observemos que estas sensaciones pueden ser consideradas también, a priori, como un hecho compartido por todos en la experiencia del sentir y debe, por lo tanto, también ser sostenido como innegable, así como lo hicimos en la premisa previa, con el pensar, el amor o la tristeza.

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Ahora bien, parece que la experiencia (percibir, el darse cuenta) es sólo una cua-lidad, no una cantidad pues es algo que le sucede sólo al que lo percibe, algo que no se puede compartir, no es mensurable, es intransferible, por lo tanto sólo existe para aquel que lo vivencia.

Pero, entonces cabe la pregunta: si sólo existe para uno y no para el resto, ¿existe? ¿Es demostrable?

Simplemente, no.

Es indemostrable porque es irrepetible y no mensurable. Y la ciencia pragmática exige poder repetir la experiencia para evidenciar.

Pero no se puede medir la mente más que por consenso, porque por ejemplo, deci-mos que todos compartideci-mos la experiencia del miedo, del amor, del dolor, del pensar, pero en realidad no son entidades asibles, sino que son entelequias insustanciales alguna vez experimentadas, sentidas o percibidas por la mayoría de las personas que consienten dicha percepción.

Por lo tanto si la experiencia personal es indemostrable, no se puede repetir y no se puede evidenciar; entonces la empiria o el pragmatismo en función de la experiencia mental cae en un contrasentido y se autodestruye por las mismas razones con las que se sostiene.

La única forma de trabajar con esta manera de pensar es generando cómplices y coautores, que toleren que lo propuesto es válido.

Y volvemos al apriorismo. Es así porque así nos parece.

Pero, calma, podemos sostener el empirismo para una teoría mental con los alfi-leres que nos presta a todos la filosofía, pues al existir la palabra experiencia, ya es una entidad.

La empiria adolece, para lo psíquico, de la demostración de la experiencia interna personal o visceral.

La experiencia como cualidad adjetivante, ¿es sólo lenguaje articulado, o es sus-tancia? Si no es sustancia, ¿es insustancial?

¡Pero claro! No debemos caer en ese debate metafísico pues es solo una cualidad, una condición. ¿Cualidad de qué? ¿Cualidad del cerebro?

Y aclaremos que al hablar de experiencia o percepción, ya notamos que citamos claridad, darse cuenta, ser concientes.

Hablamos de CONCIENCIA, que debemos suponer como cualidad del cerebro.

Prosigamos.

Si es así, y el cerebro es materia, podríamos defender desde la física, nuestro concepto de ser concientes, como resultado del funcionamiento del cerebro, que es materia, pero, enseguida surge el interrogante ¿cómo puede ser que la experiencia (ser concientes) se perciba por la materia, por ejemplo, la materia orgánica cerebral, y sólo por ésta, y no por los huesos, los cabellos o la vejiga? ¿Acaso la materia de la que están compuestas todas las cosas orgánicas no están constituidas por los mismos átomos (hidrógeno, oxígeno, carbono, calcio, magnesio, fósforo, etc.) que lo inorgá-nico, y éstos a su vez de electrones, protones y neutrones, quarks, gluones y también los leptones, con un número de partículas elementales que siguiendo a la física, lle-garían a sesenta?

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¿Cómo puede ser que sólo las partículas cerebrales sean capaces de conciencia

y no las del resto del organismo o del universo, si están constituidas por las mismas cosas?

Tratemos de entender (o hacer más complejo) a ver si logramos captar algo más desde la física.

Estas sesenta partículas son imaginadas como pequeños puntos. No dejan de ser puntos matemáticos, pequeñas esferitas pero que complican demasiado las explica-ciones físicas, hasta llevarlas a casi un absurdo.

Una propuesta, en 1974, de Scherk y Schwuarz, fue la de plantear las teorías de las cuerdas, que reemplazarían simplemente los puntos por comas, que según su calidad de vibración, producirían las partículas (como si la parte libre de la coma vibrara).

Si hablamos de la longitud de la cuerda, en extensión, es pequeñísima. Tan peque-ña, que en proporción, su relación de tamaño con el núcleo atómico es equivalente a la de un átomo con el sistema solar completo.

Como dije antes, la cuerda puede vibrar. Y al hacerlo de muchas maneras, cada modo de vibración representa una partícula diferente. Así, una misma cuerda puede dar origen al electrón, al fotón, al gravitón, al neutrino y a todas las demás partículas, según cómo vibre. De todos modos trae un sinnúmero de problemas que se trataron de solucionar luego con la explicación de las supercuerdas por donde se deslizarían las ondas y una diversidad de dimensiones, no solo las tres conocidas, sino de 22 más. A partir de éstas se predice la existencia de 496 fuerzones. ¿Complicado, no?

Afirmaciones como éstas, no comprobables por la imposibilidad de hacer experi-mentos, plagan la teoría de las cuerdas y las hacen tan creíbles como que los «angelitos están en cielo con alas doradas» o que Caronte aumenta el peaje para cruzar el Cocito.

En fin, sigamos: La Mecánica Cuántica describe la realidad física a su nivel más fundamental como un conjunto de posibilidades y probabilidades, donde el observa-dor juega un papel activo en el resultado final de cada medición que se realice.

Pedro J. Hernández González: licenciado en Física y Astrofísica por la Universi-dad de la Laguna de las islas Canarias, España y Master en Ciencias nos cuenta:

«La Física contemporánea a través de la Mecánica Cuántica ofrece una descripción de la realidad física muy diferente a la que estamos acostumbrados a percibir en la vida cotidiana a nivel macroscópico. Según la Mecánica Cuántica, los conceptos de dualidad onda-partícula, la indeterminación entre la energía y el tiempo y el carácter no-local

de la realidad que consiste en que los objetos físicos pueden interactuar e intercambiar

información instantáneamente aunque estén separados a distancias prácticamente infi-nitas, son parte esencial de la naturaleza del mundo físico.

Dado que el observador final de la realidad física es la conciencia y dadas las pe-queñas distancias donde ocurren los fenómenos físicos que soportan la existencia de la conciencia, resulta entonces plausible que exista una teoría de la conciencia donde se apliquen las mismas leyes de la Mecánica Cuántica que han tenido tanto éxito ex-plicando la realidad física a nivel atómico y subatómico.

Roger Penrose junto a Stephen Hawking han exprimido la Relatividad General

hasta sus últimas consecuencias con sus teoremas de las singularidades espacio-tem-porales (Hawking y Penrose 1993 y 1996).

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Actualmente trabaja en la teoría de los operadores de torsión (twistors en inglés), objetos geométricos abstractos que operan en un espacio complejo multidimensional y que subyacen el espacio-tiempo (Hawking y Penrose 1996) que es una tentativa para la tan ansiada reconciliación entre la Mecánica Cuántica y la Relatividad Gene-ral. En contra de la mayoría de físicos, Penrose piensa que es la Relatividad General la que terminará por modificar la estructura de la Mecánica Quántica.

Según su punto de vista, tiene que haber algo de naturaleza no computable en las leyes físicas que están por venir. Este argumento tiene como base el ya famoso teore-ma de Gödel que implica que la indemostrabilidad forteore-mal de una cierta proposición matemática es señal de que de hecho es verdadera. De ahí concluye Penrose que nuestro pensamiento –al menos nuestro pensamiento matemático– tiene componen-tes no computables. Este argumento ha sido ampliamente criticado por su debilidad (Dennet 1995) y de hecho, Penrose escribió Las sombras de la mente (1994) princi-palmente para replicar a sus críticos.

Admitiendo que existen procesos físicos no computables, tenemos todavía que ver cómo el cerebro podría hacer uso de éstos. En primer lugar, Penrose cree que existe una relación directa entre esta no-computabilidad y el puente entre el nivel cuántico y el nivel clásico que a su vez se relaciona con el proceso de medida cuántica antes mencionado. Por lo tanto, habría que buscar un lugar en el cerebro que pueda apro-vechar los efectos de coherencia cuántica para acoplarlos a la actividad neuronal que se observa a gran escala en el cerebro. El lugar más prometedor parece ser los microtúbulos de Stuart Hameroff y sus colegas de la Universidad de Arizona, que forman parte del citoesqueleto celular. Sus consideraciones a favor de estas entidades celulares se apoyan en varias sugerencias que no están basadas en evidencias dema-siado sólidas.

• Estas entidades existen en todo tipo de células con lo que habría una explicación para los comportamientos complejos de seres simples sin sistema nervioso neuro-nal tal y como el paramecio.

• Debido a que cada neurona contiene una cantidad enorme de microtúbulos, el poder de computación del cerebro se incrementaría en un factor de 1013.

• Dentro del microtúbulo podría existir un estado especialmente ordenado del agua (agua vicinal) que podría ayudar a mantener el estado de coherencia cuántica buscado.

• La acción de los anestésicos generales podría interferir en la actividad micro-tubular, hipótesis apoyada por el hecho de que estos anestésicos también actúan sobre seres simples como amebas o paramecios.

(Hay que destacar que todas las células del organismo y no sólo las neuronas, tienen microtúbulos – opinión del autor.)

La cuestión final es, ¿hay necesidad de todo este escenario para explicar el origen de la conciencia? Quizás sí y quizás no. Si uno está preocupado por explicaciones de fenómenos concretos de alto nivel de la conciencia como el lenguaje, el reco-nocimiento de rostros, la memoria a corto plazo, etc., se está haciendo un progreso bastante adecuado (si consideramos la complejidad del problema) con hipótesis más

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 Si lo que se quiere es buscar las leyes físicas que están en el fondo de todo esto, la propuesta de Penrose no deja de ser interesante. Por eso, el ataque de los Francis-co Varela, Daniel Hillis, Marvin Minsky o Roger Schank (ver Brockman 1995) va desencaminado en el sentido de que lo único que se puede achacar a Penrose es que sus especulaciones, al igual que las de ellos mismos, tienen muchos puntos débiles y explican muy poquito, si lo que estamos buscando es dar cuenta de la fenomenología de alto nivel que presenta nuestro cerebro. Penrose trata de explicar los fenómenos físicos que subyacen a la actividad cerebral básica. Desde luego que es bastante cues-tionable que éstos no vayan a ser la física y química ortodoxa que aplicamos en la actualidad. La intención de Penrose no es muy diferente de la de un bioquímico que intenta explicar el mecanismo de neurotransmisión a lo largo de un axón. ¿Acaso pretendería este último explicar las características del lenguaje humano basándose en esa explicación?»2

La teoría cuántica de la conciencia no goza de unanimidad en la comunidad cien-tífica, ya que más bien es minoritaria. La interpretación clásica de la conciencia la

describe únicamente como una función más de la actividad neuronal, pero no llega a

explicar tampoco algunos de sus enigmas.

Transcribo algunos fragmentos, de un artículo de divulgación de Eduardo Martí-nez, bastante interesante:

«La gran constatación es que las ondas y partículas que componen el universo cuán-tico intercambian su naturaleza constantemente, siendo ondas por la mañana y partículas por la tarde, o viceversa. Además, pueden realizar funciones contradictorias en tiempo real. Por ejemplo, si nosotros llegamos a un semáforo que se va a poner en rojo, tenemos dos opciones: o aceleramos y pasamos o nos detenemos.

Si fuésemos partículas cuánticas, nos detendríamos y al mismo tiempo pasaríamos. Por partícula se entiende un objeto real identificado en forma de punto, con una posición determinada. También puede representarse como trayectoria en una sucesión de puntos. Por onda o campo se entiende no el movimiento de la materia, sino en la materia, como es el caso de las olas del mar. Las ondas son por definición transmisoras de energía. La física clásica entendía que estos conceptos agotaban la noción de realidad, pero una serie de experiencias derivadas de la así llamada catástrofe ultravioleta (1880), llevaron a establecer (Schrödinger, 1926) que las partículas, en realidad, no son sino ondas

agrupa-das en paquetes que emergen a los ojos del observador como partículas puntuales.

Además, añade Heisenberg (Principio de incertidumbre, 1925), en el mundo cuántico es imposible atribuir a una partícula, en un instante dado, una posición y velocidad determinadas, ya que cuanto más definida está la posición, menos es po-sible conocer la velocidad y viceversa. Esta imprecisión cuántica se debe más a la propia naturaleza de las partículas que a la imperfección de los sistemas de medición. Bohr (1916) complementa estas paradojas al señalar que, en realidad, no existen ondas y partículas, sino que ambas son dos representaciones de una misma realidad: esa

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