En este momento de la argumentación es necesario introducir otro concepto fundamental de Wittgenstein, aunque menos conocido que otros, se trata del concepto de “lecho rocoso”: «Si he agotado los fundamentos he llegado a roca dura303 y mi pala
se retuerce. Estoy entonces inclinado a decir: “Así simplemente es como actúo”»304. También en Sobre la certeza se refiere al mismo concepto305. En esta última obra podemos ver que, en el apartado §93, realiza una reflexión acerca de aquella vivencia que todo participante en una determinada forma de vida considera como verosímil306, como cierta o posible. Para hacerlo se refiere al asentamiento que ella debe tener en su 'imagen del mundo' ('Weltbild'). Muy importante es el apartado siguiente donde realiza una afirmación esencial: «Pero no tengo mi imagen del mundo porque me haya
convencido a mí mismo de que sea la correcta; ni tampoco porque esté convencido de su corrección. Por el contrario, se trata del trasfondo que me viene dado y sobre el que
distingo lo verdadero de lo falso307». Este “venir dado” del trasfondo se refiere al fondo común en el que las vivencias no sólo son posibles sino que adquieren su validez, una validez que no le otorga el propio sujeto ni procede de un conocimiento racional sino
303 Resaltado nuestro.
304 Investigaciones filosóficas, §217. 305 Sobre la certeza, Op. cit. §93 - §108.
306 Es preciso citar aquí, en relación a la verosimilitud, el §140 de Sobre la certeza: «No aprendemos la
práctica de los juicios empíricos mientras aprendemos las reglas; lo que se nos enseña son juicios y sus conexiones con otros juicios. Lo que nos llega a parecer verosímil es una totalidad de juicios.» El resaltado es del propio Wittgenstein.
que “esta ahí” solidificado por la práctica, por su propio uso en la comunidad de los que comparten esa forma de vida.
También es importante destacar que Wittgenstein afirma que tales proposiciones (sedimentadas, solidificadas) y que describen dicha imagen del mundo son algo parecido a una mitología308, es decir, una forma de creencia compartida indemostrable pero que moldea y configura la relación de los participantes en el juego entre ellos y para cada uno de ellos en particular. Tal mitología, además afirma, tiene una función similar a las de las reglas del juego, es decir, articula la vivencia dentro de la forma de vida. La participación en ella sólo puede ser producida mediante la práctica, una práctica que no puede ser más que intersubjetiva (y en buena medida añadiremos que narrativa en el sentido que expondremos en el capítulo siguiente).
Finalmente, la manera como se produce esa solidificación no tiene nada que ver con un proceso de construcción racional y deliberado por parte de los participantes. Lo ilustra con su célebre metáfora del lecho del río309: en su fluir, que sería el vivir de los participantes en el juego, el curso fluvial se asienta sobre un lecho rocoso (el fundamento) que permite el movimiento del agua y la arena (lo cambiante que reposa sobre el fundamento). Tal movimiento es perpetuo y genera, a la larga, que el suelo sólido se vuelva fluido y la arena fluida se solidifique convirtiéndose en piedra. De esta manera la base de las formas de vida no puede ser considerada ni universal ni inamovible ni estática sino todo lo contrario, la base de las vivencias humanas es lo suficientemente cambiante como para que no podamos hablar de un suelo rocoso universal, pero lo suficientemente sólida para que nuestras vivencias tengan sentido.
308 Ibid. §95. 309 Ibid. §96.
Las «firmes convicciones» que tiene cada uno, las que corresponden a ese suelo sólido, afirma, no provienen del conocimiento sino que están arraigadas en todas las preguntas (y respuestas) que el participante en la forma de vida puede hacerse310. Aquí podemos volver a referirnos a ese sistema del que hemos hablado anteriormente y al que el mismo Wittgenstein alude en la proposición §105: el entramado complejo en el que las vivencias se unen unas a otras y que, a través del lenguaje en su uso social, entreteje toda la gran variedad de Formas de Vida que podemos encontrar en el mundo humano.
Junto con el propio Wittgenstein podríamos pensar si, después de lo que acabamos de decir, existe alguna verdad objetiva311. La respuesta evidente es que sí, pero esta sólo puede reposar en ese lecho rocoso o, lo que es lo mismo, toda objetividad, como forma de certeza, se da dentro de un sistema que da sentido a una forma de vida a partir de las Reglas de Juego que esta contiene. Lo que ya no puede existir es una objetividad en sí misma, universal y atemporal, que no responda a dicha pragmática lingüística, se trata de una objetividad que podríamos llamar contextual312. Es por este motivo que en el apartado §18 el filósofo vienés puede afirmar, respecto al “saber alguna cosa”: «Muchas veces “lo sé” quiere decir: tengo buenas razones para
mi afirmación. De modo que, si el otro conoce el juego de lenguaje, debería admitir que lo sé. Si conoce el juego de lenguaje, se ha de poder imaginar cómo313 puede
saberse una cosa semejante.».
310 Ibid. §103. En este sentido, los límites de la vivencia, incluida la experiencia y el pensamiento junto
con sus contradicciones y conflictos se encuentran en ese sistema que es su condición de posibilidad. Es aquí donde encuentra pleno sentido a una de las anécdotas más conocidas de Wittgenstein: cuando sus alumnos de filosofía le hablaban de sus problemas filosóficos el respondía que cambiasen de forma de vida.
311 Ibid. §108.
312 Ya hemos hecho referencia anteriomente a la contextualidad, pero volveremos a ella con más
detenimiento en el último capítulo del presente texto.