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A Final Note

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5.1 A Final Note

Preparativos de Persia para una nueva campaña contra Grecia

El fracaso de Atis y Artafernes no bastó para que Darío renunciara a conquistar a Grecia; por el contrario, ese fracaso tuvo más bien la virtud de excitarlo a realizar nuevos esfuerzos con el fin de conseguir ese objetivo. La derrota había hecho vacilar con excesiva intensidad el prestigio bélico de Persia; y demasiado importante eran los motivos que forzaban al «rey de los reyes» a extender su dominio sobre todo el litoral occidental del mar Egeo. Debido a ello, ya en los años 489-488, Darío inició grandes preparativos para una nueva campaña contra Grecia. Mas se dieron tales circunstancias, que esa nueva poderosa campaña sólo pudo ser llevada a cabo en el año 480 a. C.

En el año 486, antes de que los preparativos de Darío, realizados en amplia escala, hubieran podido ser llevados a término, estalló en Egipto una seria sublevación; ese mismo año murió el propio Darío. Le sucedió Jerjes, el mayor de sus hijos, tenido con Atosa, hija de Ciro. El nuevo rey empleó dos años en aplastar la sublevación egipcia y en subyugar a la Babilonia amotinada. A comienzos del 483 logró Jerjes restablecer la tranquilidad interior de su reino y reanudar los interrumpidos preparativos para la campaña griega. Los fracasos de las campañas anteriores habían demostrado de manera harto convincente, que la conquista de Grecia sólo podía realizarse mediante la movilización de todas las fuerzas de la enorme monarquía. En efecto, ninguna de las campañas emprendidas por los reyes de Persia fue preparada tan minuciosa y sistemáticamente como la de Jerjes. Tres años (483-480) fueron invertidos en los preparativos bélicos y diplomáticos. En primer lugar, Jerjes tomó medidas para que los griegos se encontraran completamente aislados, privados de la posibilidad de tener aliados. En este sentido, un peligro, un peligro indudable lo representaban para los persas los griegos

occidentales, especialmente el Estado de Siracusa, en Sicilia, que disponía de considerables fuerzas bélicas terrestres y marítimas. Las informaciones acerca de la existencia de un tratado especial, una especie de alianza, entre Jerjes y Cartago, que hacía a los griegos occidentales enemigos irreconciliables de los griegos, son muy verosímiles. Tal tratado aseguraba para los persas la ayuda de cartagineses, los que operarían con vistas a quitar a Siracusa la posibilidad de acudir en ayuda de Grecia. A ejemplo de Darío, Jerjes procuró hacerse aliados en el interior de Grecia. La diplomacia persa supo conseguir que Tesalia y Beocia reconociesen el poder supremo del «rey de los reyes». Argos, permaneciendo formalmente neutral, se hallaba de hecho de parte de los persas, los cuales además podían seguir contando, como antes, con la ayuda de los elementos persófilos en otros Estados griegos: los muchos desterrados griegos que se hallaban en la corte de Jerjes (entre ellos el ex rey espartano Demarato), suministraron a los jefes persas valiosos informes acerca de la situación en Grecia. De esta manera, los persas efectuaron una preparación diplomática para asegurarse el éxito completo de la campaña.

No menos fundamental era la preparación bélica. Mardonio, el más cercano consejero militar de Jerjes, había ofrecido al rey su antiguo plan estratégico, eliminando del mismo aquellos errores que habían conducido al fracaso en el año 492. Dado que, durante aquella campaña, la flota persa había sufrido una catástrofe junto al promontorio de Atos, Jerjes, por consejo de Mardonio, ordenó trazar un canal a través del angosto istmo que unía el rocoso promontorio con el continente. Para resolver este problema, fue reunida allí una enorme masa de hombres que trabajando empeñosamente durante tres años, bajo la dirección de expertos ingenieros, abrieron un canal por el cual podían pasar, con plena seguridad y en dos filas las naves persas.

Más aún. Para trasbordar el ejército terrestre a Europa a través del Helesponto, se erigieron dos pontones junto a Abidos. Relata Herodoto que una tormenta, que se había desencadenado inesperadamente, hizo añicos esos pontones, y el enfurecido Jerjes ordenó castigar al Helesponto flagelándolo, para lo cual se arrojaron al agua unas cadenas. Los pontones fueron nuevamente construidos y el ejército pudo ser trasbordado a Europa. A lo largo de toda la costa de Tracia y Macedonia fueron instalados depósitos cuya misión era asegurar a las tropas la provisión de todo lo que les fuera necesario durante la prolongada marcha. A los griegos les parecían grandiosas las fuerzas que Jerjes tenía la intención de arrojar sobre ellos. Herodoto dedica varias páginas de su obra a la descripción de los muchos pueblos supeditados al rey persa que habían enviado sus tropas de infantería y caballería, de las cuales describe también indumentaria y armas. En total, según Herodoto, en la invasión a Grecia tomaron parte 5.203.220 hombres.

Hace mucho ya que estas cifras, realmente monstruosas para aquellos tiempos, provocan una justificada desconfianza entre los investigadores. El historiador del arte militar Delbrück, ha hecho cálculos que le permitieron llegar a la conclusión de que, con esa cantidad, el ejército de Jerjes tendría que haberse extendido, durante la marcha, en una longitud no menor de 3.000 kilómetros; dicho con otras palabras: cuando la vanguardia se acercaba a la Grecia media, los últimos destacamentos comenzarían la marcha en las orillas del Tigris. Las cifras suministradas por Herodoto deben ser rechazadas como manifestaciones fabulosas. La más probable es la suposición de que el ejército de Jerjes contaba con cerca de 100.000 hombres; y si la correlación por Herodoto es acertada, otro tanto en el número que correspondía a las tropas auxiliares. Desde luego, aún esta cantidad de hombres armados debió parecer monstruosa a los griegos, y no es de extrañar que exageraran tanto su cantidad. No menos imponentes eran las fuerzas marítimas acumuladas por Jerjes: según Esquilo, la flota persa se componía de mil navíos; y, según Herodoto, eran 1.208. Si se toma en consideración que la flota comprendía gran número de barcos de carga y transportes y naves pequeñas impropias para un combate (Esquilo señala claramente que los persas poseían tan sólo 207 trieres veloces), es factible admitir que Jerjes logró realmente reunir unos mil barcos.

Hacia el invierno de los años 481-480, todos los preparativos para la campaña estaban terminados; el ejército terrestre se encontraba concentrado en la Capadocia y la armada cerca de Fócea, en el litoral occidental del Asia Menor. La terrible amenaza de la invasión para cerníase sobre Grecia.

Grecia, en vísperas de la invasión persa. La actividad de Temístocles

El favorable resultado de la batalla de Maratón no significaba aún, ni mucho menos, el cese de la lucha contra Persia, sin una muy breve tregua. En el ínterin, continuaba en Grecia la ininterrumpida lucha entre las polis autónomas, cada una de las cuales trataba de poner a salvo, en primer lugar, sus intereses estrechamente locales. El peligro persa se dejaba sentir, de manera más aguda, en Atenas. Esparta se hallaba en condiciones de defender su libertad, fortificando el istmo de Corinto; pero el Ática estaba abierta a un golpe persa. Era necesario prepararse para la defensa, poniendo en tensión todas las fuerzas.

A pesar de la victoria obtenida en Maratón, estaba claro que ningún triunfo en tierra podía asegurar la libertad e independencia de Grecia, mientras los persas tuvieran el predominio del mar, puesto que, poseyendo el Helesponto, los persas habrían dificultado las relaciones comerciales de Atenas con el mar Negro, principal fuente en el suministro de cereales para el Ática. De esta manera, el dominio del mar se convertía para el demos en cuestión de vida o muerte.

Pero la creación de una armada marítima y, en consecuencia, el traslado del centro de gravedad del poderío militar ateniense hacia el mar, significaba el crecimiento del poder político de la plebe urbana, ya que en el seno de la misma se reclutaban a los marineros, a los que no había necesidad de proveer de costosas armas. Los representantes de los círculos agrarios conservadores, que no querían elevar el papel político de los artesanos, de los changadores, de los marineros, etc., se resistían tenazmente a la realización del «programa marítimo».

Los opositores a la creación de una fuerte armada ateniense —los Pisistrátidas y los Alcmeónidas— fueron eliminados por la asamblea popular mediante el ostracismo. En el año 486 fue expulsado el alcmeónida Megacles, y en el 485 otro alcmeónida, Jantipo. Al mismo tiempo se democratizó el régimen estatal de Atenas. Los arcontes aún seguían desempeñando un papel importante en el gobierno; y aún cuando Calístenes había abolido todos los privilegios inherentes al abolengo, los arcontes seguían siendo elegidos, casi sin excepción alguna, entre las filas de la aristocracia. A ese baluarte de la aristocracia le fue asestado un golpe demoledor: en los años 488-487 fue introducido el sorteo como medio de proveer el cargo de arconte. Gracias a esta reforma, el cargo dejó de tener, en esencia, ningún valor y el papel conductor comenzaron a desempeñarlo los diez estrategas, que eran elegidos no por sorteo, sino mediante la quirotonía (al levantar la mano); el jefe del colegio de estrategas era elegido por la asamblea popular, también con este método de votación.

El obstáculo más importante para la realización del programa de Temístocles y sus partidarios fue la oposición manifestada por Arístides. Este representaba no sólo a las capas más pudientes de la población urbana y a los terratenientes de origen aristocrático, sino que también le seguían una parte considerable del campesinado ático, que temía una invasión enemiga desde tierra firme, y que evidentemente exigía la fortificación de la frontera terrestre. No obstante, se impusieron Temístocles y sus partidarios. Les favorecía el hecho de que Atenas, como Estado carente de tierras fértiles, ya pisaba firmemente el camino del desarrollo de las artes, los oficios y el comercio marítimo. Y esta situación determinó a su vez el aumento del peso específico en la vida política de las correspondientes capas de la población ateniense.

Entre los años 483-482 Arístides fue desterrado. Al fin, después de una tenaz lucha de diez años, «el partido marítimo», con Temístocles a la cabeza, se dio a la tarea de construir una gran flota. Los medios para lograrlo fueron extraídos de los ingresos producidos por las minas de plata del Laurión, en posesión de Atenas desde hacía muchísimos años. De acuerdo con una costumbre inveterada, la plata extraída de aquellos yacimientos se distribuía equitativamente entre todos los ciudadanos. Y precisamente en el año 483 fueron descubiertos unos yacimientos excepcionalmente ricos, que aumentaron considerablemente la extracción del noble metal. Temístocles propuso, en la asamblea popular, que la plata que se extraía fuera invertida en la construcción de la flota. Llamando la atención con los preparativos bélicos iniciados por Jerjes, apeló a los ciudadanos para que se empleara la plata de Laurión en la construcción de una flota de guerra. El proyecto de Temístocles fue aprobado por la asamblea popular, y la construcción de las trieres de combate se desenvolvió a un ritmo acelerado. Hacia el año 480 Atenas disponía

ya de una flota que contaba con no menos de 180 trieres. Ningún Estado griego jamás había tenido flota tan poderosa. Al mismo tiempo comenzaron a erigirse fortificaciones en el Pireo y a transformar a éste en un puerto militar.

El triunfo del «partido marítimo» y la construcción de una gran flota determinó cambios esenciales en el régimen económico y social de Atenas. Hasta entonces, el papel decisivo en la vida de esa capital lo desempañaban los círculos del ejército, los hoplitas. Con la construcción de la flota, el centro de gravedad de una guerra quedaba trasladado hacia el mar y la fuerza básica militar la tenían ya los marineros reclutados entre la cuarta clase económica, la de los tetes. Todo esto determinó la democratización del régimen esclavista de Atenas.

Alianza de Atenas con Esparta. El congreso de las ciudades griegas

Las noticias que anunciaban el trazado por los persas de un canal junto a Atos y el tendido de puentes sobre el Helesponto, como también otros preparativos bélicos de Jerjes, provocaron profunda conmoción en todas las polis griegas. Los espartanos comprendían que venciendo los persas a las demás polis griegas perderían su independencia.

Ciertamente, contra las fuerzas persas terrestres existía la posibilidad de defenderse creando una línea fortificada en el istmo de Corinto; pero a la armada persa Esparta no tenía nada que oponerle. Además, la aparición de los persas en Laconia provocaría inmediatamente una sublevación de los ilotas, lo cual acarrearía el completo naufragio del régimen social espartano. En virtud de ello, con el vehemente deseo de la clase dominante en Esparta de eludir un choque con Persia, y a pesar de la hostilidad que se sentía respecto a la democracia esclavista ateniense, lo único posible para salir del atolladero era cerrar alianza defensiva con Atenas. Sólo la poderosa armada ateniense, creada en los últimos años, estaba en condiciones de defender las fronteras de Esparta contra los persas.

Frente a lo terrible del peligro, la alianza de Atenas y Esparta no ofrecía una garantía para la independencia griega; era necesario crear una organización más poderosa, atraer hacia esa alianza, dentro de lo posible, a todos los Estados griegos. Sin embargo, un centro tan grande como Delfos, hacia donde convergían los griegos de los Estados más heterogéneos, no se ponía a la cabeza del movimiento de unidad contra los persas, porque compartía la orientación política de los círculos griegos septentrionales, filopersas. Debido a esto, la pitonisa que profetizaba en el templo de Apolo en Delfos, disuadía a las distintas comunidades de participar en la lucha, y auguraba a Atenas el total hundimiento y la ruina absoluta. La alianza del Peloponeso era una unión demasiado estrecha, vinculadas exclusivamente por pequeños intereses locales. Una imperiosa e impostergable necesidad exigía la creación de una nueva alianza panhelénica.

En el otoño del año 481 a. C. casi todas las comunas griegas habían recibido de Esparta una invitación a enviar sus representantes al templo de Poseidón en el istmo de Corinto, cerca de la ciudad de Corinto. No todos los invitados, ni mucho menos, respondieron a esta convocatoria; algunos ni siquiera contestaron. Así y todo, el congreso tuvo lugar. En virtud de las resoluciones tomadas en el mismo, quedaban interdictas todas las guerras entre los Estados griegos y las partes en querella debían hacer las paces entre sí. Atenas se reconcilió con Egina. Más aún: los delegados acordaron la formación de una alianza defensiva, las cantidades de guerreros que tendrían que poner en pie de guerra y el sometimiento a un severo castigo de aquellas comunas que voluntariamente se adhirieran a los persas. Finalmente, se tomaron medidas para establecer con más precisión las escalas y el carácter de los preparativos bélicos de los persas. Embajadas especiales fueron enviadas a Argos, Corcira, Siracusa y las ciudades costeras de Creta, para intentar la alianza de las mismas. Los resultados de este procedimiento fueron bastante tristes: Argos, que ya había formalizado anteriormente un acuerdo con los persas, declaró su neutralidad; Siracusa no podía proporcionar ayuda alguna a los griegos, debido a que sus fuerzas estaban trabadas en hostilidades con los cartagineses; Corcira, aún cuando había prometido ayuda, llegó tarde con su flota para la batalla; las ciudades de Creta contestaron con una franca negativa. Y, no obstante, el congreso se efectuó y tuvo un enorme valor: la finalidad en cuyo nombre se habían reunido los delegados de los diferentes Estados griegos, y que Herodoto expresa con las palabras «la de aunar a todos los helenos y actuar, entre todos, en

pleno acuerdo», fue conseguida, aún cuando no en forma completa. La conciencia, frente al peligro común, de la unión de los intereses panhelénicos, había encontrado su expresión en la alianza o liga panhelénica. Y dado que tal alianza era considerada como una especie de ampliación de la anterior confederación peloponesiaca, Esparta tomó a su cargo la dirección. Los espartanos Leónidas y Euribíades recibieron los cargos de comandantes supremos de las fuerzas de tierra y de mar, respectivamente, de la alianza.

Las fuerzas armadas griegas. Comienzo de las operaciones bélicas

Herodoto no da noción alguna acerca del alcance numérico del ejército griego; así y todo, en base a sus datos sobre la cantidad de los guerreros griegos que tomaron parte en la batalla de Platea, puede suponerse que el ejército terrestre de los griegos se componía de más o menos unos 35.000 hoplitas y un número igual de guerreros de infantería ligera. En cuanto a la flota, los griegos durante toda la guerra no pudieron exponer más de 366 navíos, de los cuales las dos terceras partes eran atenienses. El congreso de la liga, que volvió a reunirse algo más tarde en la primavera del año 480, elaboró el plan de las operaciones bélicas. A propuesta de Temístocles, con la cual, al parecer, los espartanos se conformaron sólo tras largas vacilaciones, se resolvió trasladar el centro de gravedad de las operaciones hacia el mar; el ejército de tierra firme sólo tenía que servir de protección a la flota y hacer más livianas las operaciones de la misma.

En la temprana primavera del año 480, el ejército persa, bajo el mando del propio Jerjes, se puso en marcha; en mayo los persas cruzaron el Helesponto a través de los pontones y, moviéndose por los caminos costeros de Tracia, alcanzaron, a finales de julio, a Terme. A este punto también arribó la flota que acompañaba al ejército, avanzando al comienzo a lo largo de la costa, y luego por el canal de Atos. De acuerdo con el plan aceptado anteriormente, los griegos resolvieron cerrar, ante el ejército enemigo que avanzaba, aquellos pocos pasos que, desde el Norte, llevaban a la Hélade. En consecuencia, en la misma primavera del año 480 el ejército de la alianza helénica marchó al encuentro de los persas a Tesalia. Los tesaliotas estaban desarrollando un doble juego: por una parte, hacía mucho que estaban en relaciones con el rey persa, y por otra, cuando surgió la alianza panhelénica, se dirigieron a ella en busca de ayuda, prometiendo la suya en el caso de que los griegos lograran impedir a los persas que invadieran Tesalia. El ejército aliado ocupó el desfiladero de Tempe, un paso que comunicaba a Macedonia con Tesalia. Sin embargo, muy pronto se puso en evidencia que era imposible retener esa posición. Los generales griegos se enteraron de que existían otros pasos hacia el interior del país, completamente accesibles para un movimiento envolvente por parte de los persas; además, la conducta de algunas tribus tesaliotas era manifiestamente sospechosa. Y, con la retaguardia carente de seguridad, la defensa del paso de Tempe se volvía arriesgada. El ejército tuvo que retroceder hacia el Sur, dejando en poder de los persas la rica Tesalia, con sus fecundas tierras de labranza y hermosos campos de pastoreo.

La defensa de las Termópilas y el combate del Artemisión

Las fuerzas aliadas griegas se concentraron junto al desfiladero de las Termópilas, en la frontera entre Tesalia y la Grecia central. Los altos cerros, bajando verticalmente casi hasta la

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