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EDUCAR LA IMAGINACIÓN PARA EDUCAR LA INTELIGENCIA

«Según propongo, la distinción entre inteligencia y voluntad de- pende de los trascendentales personales: la inteligencia deriva del intellec-

225. Ibidem. 226. Ibid., p. 117. 227. Ibidem. 228. Ibidem.

tus ut co-actus y la voluntad del amar donal –que es el respaldo del bien–.

De aquí la mediación de la sindéresis según ver-yo y querer-yo» (Antropo-

logía, II, p. 130).

«Por eso también se ha de decir que la luz iluminante manifestativa de la persona lo es en cascada. Eso significa que lo que ilumina también es luz iluminante, hasta el grado mínimo de iluminación que corresponde al objeto intencional, el cual ilumina lo que ya no es una iluminación. Con otras palabras, el límite de la iluminación es iluminante, pero su tér- mino intencional no lo es. De esta manera se logra otra descripción del lí- mite mental, de acuerdo con la cual el límite se describe como guarda de

la iluminación, es decir, de la manifestación esencial» (Antropología, II,

p. 21).

En este apartado se trata la educación de la inteligencia. Ésta depen- de del trascendental denominado intelecto personal, que actúa a través del hábito de la sindéresis como luz iluminante.

También se estudia la imaginación, pues es la base del conocimien- to intelectual.

1. EDUCAR LA IMAGINACIÓN

Nos encontramos con la cuestión de cómo podemos ayudar a de- sarrollar la imaginación. Vuelve a aparecer la noción de ayuda al desarrollo de otro. Educar es ayudar a crecer: «La mejor definición de educar es: ayu-

dar a crecer, que, como ya se dijo, es la definición dada por un gran peda-

gogo: Tomás Alvira (...) La educación consistiría en decir algo así como “yo te voy a ayudar a ver si llegas, pero tienes que llegar tú”. El aprendiza- je casi es utópico porque es difícil ayudar a crecer»229.

Para resolver este tema, Polo recurre a la comparación con el creci- miento corporal: «¿Cómo se ayuda a crecer corporalmente? Proporcio- nando al niño una buena alimentación. Pero el encargado de crecer es él mismo; uno desde fuera no lo puede hacer crecer, lo cual sería crear el crecer. Sin embargo, uno sí puede ayudar al crecimiento proporcionando una alimentación balanceada. Pues bien, la imaginación es más suscepti-

ble de crecimiento que el cuerpo, y su crecimiento depende de su educa- ción»230.

Como bien sabemos el crecimiento está sujeto a un proceso, uno no crece todo lo que puede en un instante. De igual manera ocurre con la ima- ginación, también está sometida a un proceso gradual.

229. Ibidem. 230. Ibidem.

Según Polo el paso de la imaginación a su nivel superior tiene lugar en la adolescencia y sigue creciendo hasta los veinte o veintidós años. «Este crecimiento tiene lugar, precisamente, en una fase de la existencia humana: en la adolescencia. Hacia los 20 ó 22 años, la imaginación ha crecido todo lo que debía crecer, y ya no crece más»231.

De aquí podemos deducir que por un lado, debemos aprovechar el tiempo para desarrollar todo lo posible nuestra imaginación y, por otro, que esta tarea no sólo es una labor cognoscitiva, sino que también la voluntad cuenta en su crecimiento232.

Polo considera que, uno los elementos educativos de la imaginación, de los que podemos disponer hoy en día, es el buen cine. El montaje de una película exige que el espectador pueda seguir el hilo argumental en el espacio y en el tiempo; sin que sea preciso las escenas transcurran en tiempo real: «El montaje consiste en lo siguiente: en contar la historia en un tiempo inferior al real para lo cual, obviamente hay que cortar y saber enlazar los cortes»233.

Para que la película sea comprensible, desde el punto de vista per- ceptivo, es necesario el ejercicio correcto de la imaginación que añade lo que falta de forma adecuada. «Las buenas películas exigen que la imagina- ción se ponga en marcha, que funcione la imaginación proporcional y no simplemente la imaginación eidética. Una película puramente eidética no es una buena película; no tiene un buen director»234.

El crecimiento de la imaginación puede ser el correcto o no. Depen- derá en gran medida de la educación que proporcionan los padres y profe- sores. Polo realiza unas recomendaciones, llenas de sentido común:

– no conviene que los hijos sueñen despiertos demasiado, pueden convertirse en personas irrealistas235;

– el maestro debe ocuparse de educar según los niveles de la imagi- nación y procurar que unos niveles vayan abriendo paso a los si- guientes. De ahí que, antes de los trece o catorce años ya se debe haber enseñado geometría euclídea. El álgebra en cambio a partir de los trece236;

231. Ibid., p. 149.

232. «Por eso, si a lo largo de los años se aprovecha el tiempo, la imaginación queda en un nivel apropiado. Por tanto, más allá de una cierta edad no es posible ayudar a crecer la imaginación. Por eso se puede decir que la educación de la imaginación tiene un sentido cog- noscitivo, pero también tiene un sentido voluntario desde el punto de vista práctico». Ibidem.

233. Ibid., p. 151. 234. Ibidem.

235. «No conviene dejar que los hijos sueñen despiertos demasiado, pero tampoco se puede constreñir su actividad. Es mejor tratar de distraerlos, de sacarlos de esa situación de ensimismamiento, ya que de lo contrario, la persona se vuelve irrealista». Ibid., p. 150. 236. «La segunda observación es que se debe educar de acuerdo al nivel –eso les corresponde a los maestros–. Así por ejemplo, los problemas de geometría euclídea no se deben proporcionar antes de los 13 ó 14 años». Ibidem.

– la televisión se mueve en un nivel eidético, y perjudica el desarro- llo de la imaginación a niveles superiores; los programas no están organizados armónicamente, hay discontinuidad en ellos. La tele- visión fascina, pero no ordena las imágenes237. Tal es así, que mu-

chos padres y profesores utilizan la televisión como niñera que entretiene a los niños y así no ocasionan molestias, mientras los adultos charlan tranquilamente.

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