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A Proposal for Statistical Limits on Benefit

In document The Collective Fiduciary (Page 46-49)

Por

MANUEL JOSÉ SIERRA HERNÁNDEZ

Morfología del humor

MANUEL JOSÉ SIERRA HERNÁNDEZ, arquitecto por la ETSA de

Sevilla

SINOPSIS

S

I la naturaleza es, como dicen, sabia, el humor en- tonces presenta un fi n». Una reivindicación del hu- mor como fundamento de la supervivencia del ser humano, que sirvió en el pasado, sirve en el presente y ser- virá en el futuro hacia un tema tan candente y tan necesario como es la sostenibilidad. A través de distintas concepcio- nes culturales y de las diversas formulaciones del humor, obtener nociones acerca de lo que éste supone para la vida del ser humano y para su relación con un entorno del cual procede, depende y debe proteger, hasta concluir que parte de la fracción del éxito del hombre como especie, descansa en esta cualidad que le ha permitido mantenerse fl exible e inédito ante los constantes vaivenes de la incertidumbre y del devenir, puesto que como se termina “el humor es, ante todo, herramienta del desequilibrio”.

APROXIMACIONESAUNANOCIÓNDELHUMOR

COMOESTRATEGIADESOSTENIBILIDAD.

Si la naturaleza es, como dicen, sabia, el humor entonces presenta un fi n. Como parte integrante de la socialidad de los seres humanos facilita las relaciones, como función cor- poral es expresión de alegría, tonifi ca los músculos y alivia las tensiones producidas en el día a día. Incluso lo encon- tramos cual alternativa medicinal si somos fervientes de la risoterapia. Podemos decir entonces que el humor, la risa, es benefi ciosa, sin embargo no dejamos de concebirla como un maravilloso añadido resultado del algo, objeto secunda- rio, que alegra la existencia, sí, no obstante prescindible.

Y a pesar de ello nos es especial porque nos distingue, porque nos es única, patrimonio exclusivo del ser humano, tanto que en algunas culturas indígenas americanas no se considera al recién nacido una persona, un miembro pleno de la sociedad, hasta que no esboza la primera sonrisa. Para estas culturas la respuesta está clara, reímos porque tenemos alma, el humor es patrimonio diferenciador del animal di- vino, y la divinidad es misterio, por lo que el humor es mis- terio. Apartándonos del camino de la cuestión sin respuesta la pregunta es si el humor además de diferenciarnos podría detentar la función de componente fundamental de nuestra supervivencia, de nuestra sostenibilidad en un entorno que muchas veces nos es ajeno. El humor como sentimiento que confi gura, o como opción vital: amar, odiar, crear, destruir, replegarse, luchar,... reír.

A menudo identifi camos la risa como proyección de la alegría que nos desborda en una determinada situación, al amar, al crear algo, al afrontar con éxito una situación; la risa como un posible resultado de amar con intensidad, crear con intensidad, luchar con intensidad,... Y si la risa hace que nos sintamos bien desearíamos continuar esa situación que la produce siempre. No obstante no es conveniente amar eternamente, ciega la vista, ni alargar un momento creativo hasta el infi nito, agota el entendimiento, ni luchar indefi ni- damente, abona la crispación. Recordamos la imagen del Buda que sonríe, Siddharta no elige vivir con intensidad sino adoptar la vía del medio, eliminar el deseo como fuen- te de sufrimiento. Y sin embargo sonríe, esto es, el humor de repente se independiza de la necesidad de la intensidad. No es necesario amar con intensidad para reír, y de igual modo, porque también reímos como consecuencia de odiar, destruir o replegarnos, no es imprescindible sufrir para reír. Si el sufrimiento es consecuencia del deseo, su opuesto, la alegría, la risa, no depende de él. Obviando al deseo po- dríamos integrar todos los sentimientos en una línea única y defi nida alcanzando un punto medio para todos del tal modo que sea imposible distinguir entre origen, trayecto y destino, y seguir manteniendo el humor intachable.

El humor por tanto puede ser entendido como respues- ta, alternativa y opuesto a una noción del deseo, al menos independiente de él. Al fi n y al cabo el deseo parece proce- der de una necesidad externa, de un estímulo inducido, de una abducción del individuo. Pero en la falta de la creencia, porque al fi n y al cabo el hombre no es un sujeto puramente pasivo, de que el deseo surja exclusivamente de un estí- mulo externo, recuperamos la idea deleuziana de que éste surja por la propia idiosincrasia del sujeto humano; esto es, deseamos porque somos, porque después de todo el deseo nos es natural, al menos tan natural como el humor, de tal modo que podríamos pensar que podemos pasarnos la vida amando u odiando; y sin embargo intuimos que esto no puede ser así. Todo sentimiento y acción debe abrirse al resto para no degenerar en un ente obsesionado incapaz de cualquier relación con el entorno. Al fi nal llegamos a otra posible vía del medio: la de agotar todo sentimiento con intensidad conformando ciclos de amor-odio, creación-des- trucción, lucha-repliegue, alegría-tristeza, humor... bucles en el tiempo y en el espacio que nos hacen retornar a un origen que a la vez es punto de destino. Dice una antigua creencia china que a los espíritus malignos sólo les gusta moverse en línea recta, de este modo se comprende que los tejados de las casas chinas sean curvos, o que los puentes adopten trazados zigzagueantes en planta o en sección, para evitar que estos penetren en los hogares o en las ciudades. La línea recta conforma la distancia más corta entre dos puntos, es más rápida, más directa, se tarda menos tiempo, resulta más efi caz, así como cualquier punto en su trazado es indistinguible del resto. Sin embargo errar resulta más humano, caminar dando tumbos, creando bucles y nodos en el trayecto, puntos de concurrencia, puntos de singularidad, puntos de relación con la naturaleza circundante,... en defi - nitiva errar, pero llenando de contenido el camino. Al fi nal el espíritu maligno no es maligno porque camine en línea recta sino porque muestra una total indiferencia hacia lo que le rodea, indiferencia que se perfi la hacia la completa

apatía de dicho espíritu, una apatía que arrastra a lo que toca hacia el caos, la tristeza y la autodestrucción. El espíritu maligno no es maligno porque tome el camino corto, sino porque se insolidariza con el entorno, no es capaz de tomar un desvío para ayudar a un congénere o para regar a una planta, o tomarse el tiempo necesario para disfrutar de una taza de té, para admirar un paisaje, o para disfrutar de la compañía de un semejante. El espíritu maligno no es malig- no porque camine con rectitud, la línea recta sería coherente si tuviésemos la paciencia de detenernos ante un obstáculo hasta que éste desaparezca por si solo, sino porque no tiene en cuenta el tiempo y el espacio que se ha necesitado para conformar ese obstáculo, el espíritu maligno simplemente avanza, arrasa, como un elefante en una cristalería. Final- mente la malignidad desde este punto de vista de compren- sión de la fi losofía oriental consistiría en la determinación del tiempo y del espacio, la violencia de un proceso que tiene predefi nidas tanto la distancia entre origen y fi nal del proceso como tiempo de duración del proceso sin atender a las necesidades de un medio que late a su alrededor. Esto es, frente a la línea recta la fi losofía oriental propone el an- dar sinuoso, el hombre como componente de la naturaleza, desde lo global conformamos lo local con el eterno mutar como única certeza, inmerso en un campo de dualidades, el ying y el yang, porque no sólo reímos también lloramos, de tal modo que la risa es entendida como un feliz encuentro tras una curva del camino, la maravillosa posibilidad que surge como proyección de una emocionalidad sinuosa.

En cambio, occidente parte desde la posición del obser- vador, en un entendimiento de la concepción griega de la piedad: que aquello llegue a ser lo que tenga potencia de ser; no obstante entendimiento sesgado y antropocentri- zado. Al contrario que oriente que supone lo maligno en toda trasgresión del eterno mutar, occidente lo percibe en aquello que amenace con menoscabar la potencialidad del individuo. Es un paradigma totalmente opuesto, conformar lo global desde lo local, la potencia del individuo como

punto de partida y base de la transformación del mundo, la naturaleza puesta al servicio del hombre. De este modo se comprende que se opte por la línea recta en vez del ca- mino sinuoso y que lo maligno no sea un hecho objetivo sino subjetivo. El sujeto, en pos de una determinación del tiempo y del espacio, gestiona los medios, los instrumentos y los recursos necesarios que le permitan llegar al objetivo propuesto por su individualidad. Y todo lo demás es recha- zado por superfl uo. Llega un momento en que incluso el cuerpo, origen de debilidad y de degradación, es rechaza- do, se imponen como virtudes cualidades morales como la sabiduría, la templanza, la fortaleza y la justicia, y como defectos todas aquellas funciones que nos son naturales, factores del deseo, que descansan en el bajo vientre. Dentro de esta subjetividad los sentimientos entran en la cuestión con intermitencia, unas veces son denigrados, otras son asi- milados puesto que su intermediación permite determinar en un primer instante la dirección a la que debe encami- narse la potencialidad, no obstante una vez hecho esto son apartados en pos del objetivo. Y el humor,... si el amor o el odio permiten vislumbrar caminos, el humor es un acci- dente, no hay nada lógico en el humor, nada que permita a continuación determinar el siguiente paso a dar, reír forma parte del bajo vientre, todavía peor, surge como el producto de un absurdo, lo jocoso, de un hecho inesperado, fuera de control y por tanto vilipendiado, que se sale de la lógica del camino recto.

En defi nitiva, retomando, por un lado tenemos el hu- mor como proyección de una emocionalidad sinuosa, por el otro como producto de un absurdo. Sin embargo no más que nociones anticuadas y que no responden a la verdadera realidad. Ni las sociedades orientales llegan al extremo de dejarse llevar por el eterno fl uir, ni las occidentales de for- zar denodadamente la realidad a sus requerimientos. Existe un elemento de incertidumbre, una realidad inmanente des- conocida que ha conllevado que en numerosas ocasiones tanto el andar sinuoso como la línea recta entren en crisis,

a lo que el humor curiosamente ha salido reforzado. Al fi n y al cabo es patrimonio constituyente del tal modo que se percibe e intuye que no es únicamente una simple proyec- ción, y que detenta algo más que ser consecuencia de una reacción ante un absurdo.

No olvidemos una cuestión, el humor no ostenta la ex- clusividad de las exclusividades del hombre. La facultad de canalizar objetos y usos para esos objetos es, para muchos estudiosos, lo que verdaderamente nos caracteriza respecto del resto de los seres vivos. Adquirir conciencia sobre los objetos del mundo, adquirir conciencia sobre el propio mun- do, fi nalmente adquirir conciencia sobre nosotros mismos, sobre un ser, el sujeto propio individuo que se ve inmerso en una naturaleza que le amenaza y, si aceptamos la defi ni- ción de hombre de Ortega y Gasset, le acaba siendo ajena, por lo que el hombre pasa a ser un extrañado del medio que le vio nacer; o, si preferimos la noción de Heiddeger, le si- gue resultando propia y madre, y como enraizado busca el medio de saberse y realizarse diferente sin separarse de un entorno del cual depende. En cualquier caso, ya sea como extrañado o enraizado en la naturaleza tal cambio funda- mental no puede entenderse sin compañeros en el tránsito.

En algún momento el hecho de adquirir conciencia de sí mismo, del entorno, de sí mismo inmerso en el entorno, de la realidad del entorno, de las aposturas de la propia na- turaleza que le constituye, signifi caría que llegado un nivel el hombre podría extrapolarse a todo esto para comprender la futilidad de todo acto ante la muerte como única certeza. Hemos hablado de los griegos, de la piedad en su concep- ción original tal como estos la entendían, podemos hablar de su concepto de la esperanza, o del deseo. El mito de la “Caja de Pandora” por ejemplo, cuando se abrió la caja y todos los males acometieron a los seres humanos, cuando estos no vieron otra posible postura que morir para dejar de sufrir de la caja surgió la esperanza que les insufl ó ánimos para soportar todas las contrariedades por duras que fuesen. La esperanza de un mañana mejor ¿o más bien el deseo de

esperar a un mañana mejor? El deseo como constitutivo del ser humano, de algún modo como componente que acogió para compensar la mengua del instinto ¿Y el humor? ¿Sería el humor otro compañero acogido durante el tránsito desde la pérdida del instinto a la conciencia de sí mismo?

Hemos hablado del humor como independiente del de- seo, como proyección de una emocionalidad sinuosa o como producto de un absurdo. No hemos hablado del humor des- de sus distintas formulaciones: la ironía, el sarcasmo, la sá- tira, el chiste, el escarnio, la fanfarronada,... la felicidad. La primera acepción de la palabra felicidad en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española indica que ésta es “el estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien” ¿de un bien que se ha deseado? La risa entonces cuan- do se produce a causa de la felicidad no es independiente del deseo, o más bien es un apoyo del deseo, porque si el deseo también puede desembocar en sufrimiento y tan terri- ble es esta realidad que precisamente necesitamos del deseo para afrontarla, el estado de felicidad, la risa proveniente del estado de felicidad, sirve para afi rmarnos en el objeto del deseo, más bien para reafi rmarnos que no todo es nece- sariamente fútil ¿Es entonces la risa –si atendemos desde un punto de vista nihilista– un engaño? ¿Un opiáceo? Si la ironía es una fi gura retórica que da a entender lo contrario de lo que se dice, el deseo y el humor “no” son funciones de un organismo formulado para entablar relaciones con el entorno, y de este modo llegamos de paso al sarcasmo. La crueldad con que acomete el sarcasmo contra algo, la ofen- sa que supone contra la vida de otro, la esencia de otro, el deseo de otro,... un humor mordaz que se ríe de la existen- cia misma o del proceder mismo en la existencia de otro ¿es expresión de un deseo de dañar? Y este deseo ¿provendrá de una necesidad intrínseca del individuo o de una instancia externa? Lo que sí es que este deseo parece ir más allá de lo que la mera necesidad instintiva requiere, dañar el deseo de alguien o la potencia de algo, comportarse como un extraño ante ese alguien o algo; de nuevo estamos ante el hombre

como extrañado de Ortega y Gasset, que canaliza objetos y usos en pos de objetivos que van más allá de la necesidad inmediata; esto es, la línea recta del paradigma occidental de satisfacción de la potencia individual, una línea recta que gestiona medios y procesos, la tecnología como un interfaz que le permite llegar a los objetivos del buen vivir sobre- pasando las necesidades primarias. Ante esta perspectiva es normal que se rechace al cuerpo como fuente de posibles errores, y es normal que la naturaleza, más que actor de una experiencia común, se vea como escenario de una experien- cia propia del sujeto, o incluso teniendo a veces que ex- pulsarla pues sus designios nos son contrarios. Un camino en defi nitiva restrictivo, y arbitrario en parte, pues procede de la subjetividad del individuo, de tal modo que no es de extrañar que una frase irónica, tratando del procedimiento de la línea recta, exprese en realidad la posibilidad de una vía contraria a la elegida. Nueva perspectiva ésta. Podría aun ser que occidente rechace al humor no porque sea el producto de un absurdo, sino porque ridiculiza lo subjetiva- mente necesario de la línea recta. Como la sátira de costum- bres, tan tradicionalmente temida, buen ejemplo tenemos en el “Elogio de la Locura” de Erasmo, que se ríe de las vanas glorias autonombradas de las distintas naciones. Y no obstante, el fenómeno contrario, la fanfarronada, también adquiere rasgos de humor cuando ésta es exagerada y llega a resultar jocosa.

Hay por tanto una contradicción aparentemente intrín- seca, decimos de la risa en la felicidad que afi rma el de- seo, en la ironía que ridiculiza las imposturas, de la sátira que se burla de las imágenes autonombradas en pos de esa impostura, de la fanfarronada que precisamente apoya esas imágenes. Y del sarcasmo, que es la expresión de un deseo de dañar hasta llegar incluso al escarnio o a la difamación; no obstante ¿con qué intención? Si la fanfarronada afi rma una cualidad que se quiere hacer inherente sobre uno mis- mo o sobre el grupo social o étnico al que se pertenece, del escarnio, razón de sentido común es entender que se realiza

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