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PART 1: INDUCTION OF A PROTECTIVE ANTIBODY RESPONSE

1.4. A “Second generation” of MACV∆GP1 constructs

ta. Este no era el caso del cultivador de algodón del Sur. La venta de algodón en bruto, no planteaba problema alguno. La ropa de seda, lana o lino costaba mucho, pero la de algodón resultaba lo bastante barata como para venderla a los más pobres de entre los pobres. Las nuevas máquinas textiles instaladas en Inglaterra, Francia y el norte de los Estados Unidos, se mostraban ávidas de algodón en bruto. Los sureños consagraron prácticamente todo su tiempo y toda su energía a lo que prometía ser el más lucrativo negocio, el cultivo de algodón en bruto para alimento de las máquinas que confeccionarían prendas de vestir para todo el mun- do. Hacia 1860, el algodón era el rey del Sur.

Y con toda razón. No había en la tierra entera lugar mejor indi- cado para el cultivo del algodón. ¿Requería la planta un clima cáli- do? El Sur contaba con una larga temporada de crecimiento, calu- rosa en verano, así en el día como en la noche. ¿Era menester tiem- po seco en la época de recolección? El Sur ofrecía otoños secos. ¿Padecía el agricultor la plaga ocasionada por los insectos? El Sur se caracterizaba por inviernos cortos, de fuertes heladas que destru- ían esas pestes. Todo era ideal, un clima perfecto, un suelo fértil y abundancia de precipitaciones pluviales, en el momento preciso. ¿Resultado? Los dos millones de libras de algodón, producidos en el Sur durante el año 1789, habían saltado a dos mil millones en 1860. El algodón era el rey del Sur.

El arroz y el tabaco, antaño los dos grandes renglones, del Sur, continuaban cultivándose. Se había ensayado también, exitosa- mente, el cultivo del azúcar en Luisiana, en las proximidades de la boca del Mississippi. Pero la mayoría de los plantadores concentra- ron su atención en el algodón. Un viajero que pasó por el Sur en el año 1827, advirtió con tanta asiduidad la presencia del algodón, que jamás logró olvidarlo. Escribió a un amigo, describiéndole su viaje:

Cuando di mi último paseo por los muelles de Charleston (Ca- rolina del Sur) y los contemplé abarrotados con montañas de al- godón y vi a todos vuestros depósitos, vuestros buques, vuestras

embarcaciones a vapor y las que recorren los canales, atestados y crujiendo bajo el peso del algodón, regresé al hotel de Plantadores donde me encontré con que los cuatro diarios, así como la conver- sación de los huéspedes, rezumaban algodón1 ¿Algodón! ¡Al- godón! ... A partir de esto continué mi itinerario topándome casi exclusivamente con campos de algodón, demotadoras de algodón, carretones que transportaban algodón... Arribé a Augusta (Georgia)

y al ver carros de algodón en Broad Street, ¡lancé un silbido! ... Pe-

ro esto no fue todo; había más de una docena de barcos a remolque en el río, con más de mil balas de algodón en cada uno y varios va- pores que llevaban un cargamento aún mayor. Y Hamburg (según dijo un negro), teniendo en cuenta su tamaño, era peor, pues me costó determinar qué era lo más grande: si las pilas de algodón o las casas. Al abandonar Augusta, sorprendí una multitud de planta- dores de algodón provenientes de Carolina del Norte y del Sur y de Georgia, junto con numerosas cuadrillas de negros que se dirigían a Alabama, Mississippi y Luisiana, "donde no están agotadas las tierras del algodón". Aparte de esta gente, sorprendí una cantidad de carretones para el transporte de algodón, ya vacíos, de regreso al punto de partida y muchísimos, cargados de algodón, camino a Augusta2

En la década de 1790, el rico plantador que se proponía cultivar algodón en gran escala, enfrentaba el problema de la obtención de El remitente de la carta prosigue su relato. Atraviesa Alabama, Mississippi, Luisiana y Arkansas y en todas partes ve algodón, oye hablar de algodón y sueña con algodón, ¡por espacio de setenta días con sus correspondientes noches! El algodón era el rey del Sur.

1 Helper, Milton Rowan, The Impending Crisis of the South, pág. 22. Nueva

York, Burdick Bros., 1857.

2 Del Georgia Courier, 11 de octubre, 1827, según cita en Phillips, Ulrich B., Plantation and Frontier, Vol. 1 do Documentary History of American Indus-

trial Society editada, por Commons, John R, págs. 283-285. Cleveland (Ohio), Arthur Clark Company, 1910.

mano de obra, lo mismo que el capitalista del Norte. Había muchos hombres pobres que deseaban cultivarlo, pero no en beneficio de otra persona. Mientras abundaran tierras desocupadas, a su disposi- ción, prácticamente con sólo tomarlas, no tenían voluntad de tra- bajar en calidad de peones, bajo las órdenes de otro hombre. Mien- tras que el manufacturero del Norte solucionó el problema que le planteaba la mano de obra con el empleo de mujeres, niños, hom- bres en su temporada libre, y máquinas en reemplazo de obreros e inmigrantes, el plantador sureño recurrió a los esclavos negros.

El primer cargamento de esclavos de color había llegado a nues- tro país en 1619. Durante muchos años el suministro no fue sobre- abundante. Los negros y los sirvientes escriturados de raza blanca, trabajaban en los campos, a la par de sus amos blancos. Hasta el año 1690, había más sirvientes blancos que esclavos de color en el Sur. En esa época, muchos plantadores de Carolina del Sur se dedi- caron a la producción de arroz en los pantanos que bordeaban la costa. El cultivo de arroz demandaba una extenuante labor, bajo la acción de un tórrido clima que, con frecuencia, incubaba el germen de la malaria. Se juzgaba lo más apropiado para la firme rutina de todo el año en los arrozales, el uso de cuadrillas de negros, condu- cidas por un sobrestante o capataz blanco. Importáronse, de consi- guiente, más y más negros. Los cultivadores de tabaco también habían recurrido a la mano de obra aportada por esclavos negros, ante la falta de obreros blancos duraderos. Hacia fines del siglo XVIII, había en el Sur muchos más esclavos de color que escritu- rados blancos.

Los tenedores sureños de esclavos cultivaban arroz, tabaco, azú- car o algodón porque, al igual que los capitalistas del Norte, que- rían hacer dinero. Contaban, por una parte, con una producción fácilmente vendible y, por otra, con un tipo especial de mano de obra para obtener esa producción. Ello dio por resultado natural que incrementasen el sistema de la plantación.

¿De qué modo difería una plantación de un establecimiento agrícola? En la plantación se cultivaba un solo producto principal,

tabaco, arroz, azúcar o algodón, que se ponía a la venta en su tota- lidad. En una granja podía producirse una variedad de cosas, tales como trigo, maíz, heno, queso y cerdos, algunas para la venta y otras para uso de la familia. En la plantación, el cuerpo de trabaja- dores era numeroso, cuanto más numeroso mejor. En la granja ha- bía pocos peones que ayudaban al agricultor en su faena personal. En la plantación, la nutrida cuadrilla de obreros trabajaba de sol a sol, día tras día, cumpliendo una sostenida rutina que se prolongaba todo el año, siempre bajo cuidadosa supervisión. En la granja, no era tan regular la rutina y solían advenir semanas enteras en que mermaba la labor.

Los sureños habían adoptado el sistema de la plantación porque se adecuaba mejor a la combinación de sus particulares monoculti- vos con la mano de obra que proporcionaba el esclavo.

Los negros recien venidos de Africa demoraban en aprender la modalidad del hombre blanco; sus descendientes en los Estados Unidos no recibían educación. Dado que no se otorgaba a los ne- gros la oportunidad de aprender, sus amos creían, erróneamente, que no eran capaces de ello. Los dueños de esclavos coincidían con el parecer de Cairnes, el economista inglés, quien escribió en 1861:

"...la dificultad de enseñar algo al esclavo es tan enorme que la única posibilidad de tornar provechosa su labor estriba, cuando ha aprendido una lección, en aplicarlo a esa lección toda su vida. En consecuencia, allí donde se empleen esclavos no puede haber va- riedad de producción. Si es tabaco lo que se cultiva, éste se con- vierte en el renglón exclusivo y es tabaco lo que se produce, sea cual fuere el estado del mercado y la condición del suelo".1

La mano de obra del esclavo tendió a imponer en el Sur el cul-