3.7 Results Exploratory Analyses
3.7.3 A Theoretical Framework
«cómo organizar un gobierno representativo que fuese legítimo fue el tema central en el proceso político que condujo a la independencia» (Valenzuela y Posada-carbó, 2008). doscientos años después de la invasión de la península ibérica (españa y Portugal) por parte de las tropas de napoleón Bonaparte (1808), podríamos decir que aún estamos en ese proceso; en el intento por con-solidar un auténtico gobierno representativo. Los autores sostienen que, desde un punto de vista comparativo, en los orígenes de la democracia en américa Latina habría existido un intento por establecer una forma de «constituciona-lismo democrático», sobre la base del establecimiento del sufragio universal, bajo la influencia de la constitución (liberal) de cádiz (1812). de hecho, en algunos casos, se habría ido incluso más lejos que en los estados Unidos de
américa. así, por ejemplo, la abolición de la esclavitud en las nacientes repúbli-cas hispanoamericanas, entre 1811 y 1830, habría creado condiciones favora-bles para la extensión del sufragio masculino «universal» (a pesar de todas sus limitaciones), especialmente cuando se le compara con los estados Unidos, en términos de la exclusión, en este último caso, de los pueblos originarios (na-tivos) y afro-descendientes. en este sentido, las incipientes democracias de la región no habrían sido necesariamente una «anomalía», al menos cuando se les compara con otros procesos políticos, incluida europa. más aún, la democracia estadounidense del siglo XiX no habría escapado a «patologías» tales como el fraude, la intimidación a los votantes y la violencia. Los incipientes procesos electorales, sobre la base de la extensión gradual del sufragio y las instituciones electorales en hispanoamérica, habrían sido un aspecto «de la democracia antes de la democracia» (Valenzuela, en Posada-carbó, 1996). Si bien este proceso no fue lineal y la historia posterior del siglo XiX dio cuenta de una serie de limitaciones y retrocesos en relación a la extensión del sufragio, este habría correspondido a un intento serio por establecer algún tipo de democracia cons-titucional y representativa en la región.
Hubo sí, inicialmente, y entre los líderes del proceso emancipatorio, un cierto escepticismo en cuanto a la posibilidad de establecer un régimen demo-crático de gobierno, tomando en cuenta algunas de las características de la cul-tura política, las instituciones y las estruccul-turas políticas, económicas y sociales de hispanoamérica, principalmente desde el punto de vista del legado colonial. Uno de los testimonios más elocuentes a este respecto, que da cuenta de un marcado escepticismo en relación a la capacidad de las nacientes repúblicas para darse un sistema de autogobierno, fue el del propio Simón Bolívar, quien, en su famosa carta de Jamaica (1815) mostraba sus propias dudas –casi hasta la obsesión– en relación a la capacidad para asentar el gobierno representativo y la democracia constitucional en hispanoamérica:
«esa es la razón por la cuál resulta tan difícil para nosotros alcanzar el goce de la libertad. en todo lo concerniente a los asuntos públicos, fuimos dejados en estado de una perpetua infancia... Los hechos ya nos han demostrado que un tipo de instituciones completamente representativas no son adecuadas en considera-ción a nuestro carácter, nuestros hábitos y nuestro nivel de educaconsidera-ción… mientras nuestros conciudadanos no adquieran los talentos y las virtudes que distinguen a nuestros hermanos del norte, un sistema de gobierno del pueblo, lejos de ser un bien para nosotros, traerá la ruina» (en Pierson, 1950).
adicionalmente, la militarización de la américa hispánica, asociada a los movimientos en favor de la independencia, pasó a constituirse en una de las
principales barreras en términos de los esfuerzos por establecer la democracia representativa en las nacientes repúblicas (Halperin, 1993, p. 76 y siguientes). de hecho, la carrera militar pasó a constituirse en una de las formas más rápi-das y eficientes en términos de la movilidad social ascendente. otros procesos, en cambio, según Halperin, facilitaron la democratización: la abolición de la esclavitud, en algunos países en forma temprana y en otros en forma más bien tardía; la sustitución del sistema de castas de los tiempos de la colonia y las ma-yores posibilidades de movilidad social de mestizos y mulatos –a pesar de que el orden social, como tal, permanecería bastante intacto–; el surgimiento de nuevas elites urbanas, más cosmopolitas, con intereses que no necesariamente coincidían con los de las elites tradicionales, con una iglesia católica cada vez más a la defensiva, que perdía prestigio y poder –aunque sin perder su arraigo popular–, serían algunos de esos factores.
Podríamos agregar que la alianza entre oligarquías y militares habría de ser, a la postre, y en la experiencia comparada de américa Latina, especialmente en américa central, uno de los principales obstáculos a la democratización de las instituciones. a su vez, la realidad del caciquismo, presente desde la época de las culturas pre-colombinas, y del caudillismo, bajo la influencia hispánica, cobrando aún mayor fuerza tras los procesos de la independencia y a lo largo del siglo XiX y, en general, de un marcado personalismo como forma de ejer-cicio del poder político, hicieron otro tanto para dificultar el asentamiento del gobierno representativo y la democracia constitucional en la región.
Lo dicho anteriormente, sin embargo, no debe llevarnos a subestimar los esfuerzos que, desde los albores de las nacientes repúblicas, y en medio de las luchas por la independencia, tuvieron lugar en la dirección de un gobierno tipo representativo, con diversas exploraciones en torno a la ampliación del sufragio. de hecho, un cierto revisionismo historiográfico más reciente nos ha hecho ver que, a lo largo del siglo XiX, el ideario liberal y republicano –y, potencialmente, el ideario democrático, especialmente cuando se le mira en una perspectiva comparativa– estuvo más presente en el desarrollo político de la región de lo que comúnmente se acepta. Los intentos por ampliar el sufragio cobraron fuer-za, en una primera fase, tras el cautiverio de Fernando Vii, en torno a la idea de que la soberanía volvía al pueblo. La elección de diputados en la américa hispánica para concurrir ante la Junta central de Sevilla, tras la invasión de las fuerzas napoleónicas, y el modelo liberal y democrático de la constitución de cádiz (1812), llegaron a configurar una verdadera «fiebre electoral» en los paí-ses de la región, en medio de las luchas por la independencia. Si bien la oleada autoritaria de las décadas de 1830, y de ahí en adelante, vino a interrumpir y, muchas veces, a revertir muchos de estos procesos, la historia política y elec-toral de américa Latina a lo largo del siglo XiX, especialmente cuando se le
mira de una manera comparativa, teniendo a la vista lo que ocurría en europa y estados Unidos, da cuenta de una serie de episodios, de una abundante legis-lación y de reiterados intentos por abrir paso a la democracia representativa y sus instituciones. a pesar de lo restringido del sufragio, de las múltiples formas de intervención gubernamental y de las formas de fraude electoral, la historia política de américa Latina en el siglo XiX considera también la existencia de «elecciones antes de la democracia» (Posada-carbó, 19962).
en una línea similar y en un muy reciente libro que constituye tal vez el más amplio y sistemático estudio sobre la historia de la democracia en américa Latina, Paul drake (2009) señala que, a pesar de que la historia de la región en-tre 1800 y 2006 transcurre «enen-tre la tiranía y la anarquía» –tomando la expre-sión del propio Simón Bolívar–, ello no debe impedir apreciar la larga historia de luchas por establecer y afianzar la democracia en la región, y las profundas raíces de esta última, desde los procesos mismos en favor de la independencia. de hecho, según el autor, junto con la fama de ser una de las regiones donde ha anidado el despotismo, no debe olvidarse que, paralelamente, américa Latina puede también exhibir una de las historias de experimentos con la democracia más largas, profundas y ricas del planeta. el principal dilema habría consisti-do en «cómo reconciliar sistemas políticos que teóricamente han abrazaconsisti-do la igualdad legal con sociedades que se encuentran divididas por formas extremas de desigualdades socioeconómicas» (p. 2). de allí que, junto con el conocido di-lema entre tiranía y anarquía, los experimentos en torno a la democracia hayan fluctuado entre la «democracia protegida» (elitista) y la «democracia popular», con un predominio de aquella sobre esta última. ninguna de estas dos concep-ciones, sin embargo, habría abrazado el concepto clásico de democracia liberal, como el que se origina en los estados Unidos y thomas Jefferson, a la vez que ambas concepciones, en versiones más hacia la derecha o hacia la izquierda, ha-brían asumido formas paternalistas o derechamente autoritarias, dependiendo de las circunstancias y del período histórico de que se trate.
aun cuando una buena parte de la historia del siglo XiX se caracterizó por la violencia política, en medio de guerras externas y civiles, asonadas militares y anarquía, el período que va entre las décadas de 1880 y 1930 marcó una sig-nificativa prosperidad económica, sobre la base del esfuerzo exportador, apro-vechando las condiciones ventajosas del comercio exterior, y la economía inter-nacional. en ese contexto, a pesar de los intentos por consolidar lo que varios autores denominan una «república oligárquica» (Hartlyn y Valenzuela, 1994,
2 me he beneficiado de los interesantes y abundantes trabajos presentados en el seminario «The
Origins of Democracy in the Americas, 1770S-1870S», celebrado en el Kellogg institute for
Smith, 2005, drake, 2009), la escasa estabilidad política se impuso, las más de las veces, bajo formas autoritarias, desde Porfirio díaz, por el norte, hasta Julio roca, por el sur. Según Hartlyn y Valenzuela, a partir de la década de 1930, la democracia en américa Latina, especialmente en lo que se refiere al desarrollo de los partidos y sistemas de partidos, se habría dado principalmente en ocho países: chile, Uruguay, costa rica, Venezuela y colombia –especialmente en los dos primeros–, con una trayectoria más larga de elecciones y alternancia democrática, y argentina, Brasil y Perú, en forma más débil y difusa. como se puede apreciar, con la sola excepción de costa rica, todos ellos corresponden a países de américa del Sur.
Según los autores, la lucha por consolidar regímenes que fuesen auténtica-mente representativos en la región, habría sido «contínua y desigual», corres-pondiendo los experimentos democráticos de comienzos del siglo XX a casos de «democracias oligárquicas», es decir, «regímenes en los cuales los presidentes y las asambleas nacionales se derivaban de la competencia franca, aunque no totalmente limpia, por el apoyo de un electorado limitado, de acuerdo con las reglas constitucionales que ordenaba la ley y que en gran parte podían compa-rarse con los sistemas representativos limitados de la europa del mismo perío-do» (Hartlyn y Valenzuela, 1994, p. 12). el sufragio universal, establecido en argentina, en 1912, y en Uruguay, en 1918 –chile estableció la primera ley de sufragio universal en 1874, aunque tomaría un buen tiempo avanzar hacia un verdadero sufragio universal– habrían acelerado el ritmo de democratización. a pesar de los avances, los profundos trastornos de la crisis económica de 1929 habrían resentido este desarrollo democrático –bástenos con señalar que en seis de los ocho países mencionados hubo golpes militares durante los difíciles tiempos de la depresión. el fin de la Segunda Guerra mundial habría dado lu-gar a un nuevo «momento» democrático hasta el punto que, en 1946, los ocho países señalados habrían contado, simultáneamente, con una democracia polí-tica (en ese período, américa Latina llegó a contar con once gobiernos cons-titucionales). esta «corta ola» de democracia, con interrupciones desde fines de la década de 1940, fue seguida de una brutal y generalizada ola autoritaria hasta el punto que, hacia fines de la década de 1970, sólo costa rica, Venezuela y colombia celebraban elecciones libres y democráticas. Finalmente, es solo desde la década de 1980 que se puede hablar de un proceso generalizado de democratización en américa Latina, incluida américa central y méxico. de todo ello nos ocuparemos en el capítulo iii.
en todo ese proceso, la democracia, entendida como «democracia políti-ca», en su triple dimensión de competencia, constitucionalismo, e inclusividad o participación, habría encontrado serios problemas de consolidación. a pesar de esas dificultades políticas, ideológicas y de todo tipo, Hartlyn y Valenzuela
sostienen que «la legitimidad de la democracia como el sistema institucional más apropiado para gobernar un país y resolver pacíficamente los conflictos es parte fundamental del patrimonio de la cultura política de américa Latina desde la independencia» (p. 63).
Peter Smith (2005), por su parte, en un estudio para 19 países de américa Latina, a lo largo del siglo XX (1900-2000), referido a la calidad de la demo-cracia política en términos de los ciclos de cambio político, teniendo como eje la incidencia y durabilidad de la «democracia electoral» (elecciones libres y transparentes), señala que el 47% de los casos bajo estudio correspondería a regímenes autoritarios o no democráticos, el 26% a regímenes democráticos propiamente tales (democracia electoral), el 18% a regímenes oligárquicos –es-pecialmente en las primeras décadas del siglo XX– y el 10% a lo que denomina «semi-democracias». en total, habrían existido 155 cambios de régimen polí-tico a lo largo del siglo XX, demostración, a su vez, de la inestabilidad política que habría caracterizado a la región. el período de «competencia oligárquica», principalmente entre 1900 y 1939, habría sido seguido de oleadas de democra-tización y autoritarismo, para establecer la «democracia electoral» como una realidad generalizada en la región sólo a partir de la década de 1980, bajo la llamada «tercera ola» de democratización. Según Smith, solo argentina, chile, colombia y Uruguay habrían formado parte de la «primera ola» de demo-cratización. en la «segunda ola» habría que sumar a costa rica, Venezuela, Bolivia, Brasil, Perú y ecuador, con lo que se llegaría a diez países, de un total de diecinueve. américa central, con la sola excepción de costa rica, y méxico, se habrían incorporado como democracias electorales recién bajo la «tercera ola» democratizadora (Smith, p. 32). aún así, existiría una gran distancia entre la democracia electoral y la democracia liberal propiamente tal, entendida esta última como aquella que garantiza efectivamente un estatuto de libertades civi-les. de ello nos ocuparemos en el capítulo V.
Lo cierto es que el desarrollo político de américa Latina, hasta la década de 1920 –un poco antes en méxico, algo después en el resto de la región, muy tarde en américa central– tuvo lugar sobre la base de un régimen oligárquico, con la dificultad consiguiente de consolidar una forma de gobierno auténtica-mente democrática y representativa, capaz de sustituir el orden oligárquico con un nuevo orden democrático. Las oleadas de democratización y autoritarismos de distinto signo que siguieron a este intento –siempre conflictivo, imperfecto y contradictorio– por procurar respuestas y alternativas a la crisis oligárquica, son la manifestación más elocuente de las dificultades para establecer un nuevo or-den político en la región. Según veremos más adelante, a propósito de la recien-te ola democratizadora en américa Latina, no hay nada «estructural» que im-pida establecer la democracia en la región. a fin de cuentas, la democracia no se
refiere sólo al establecimiento de instituciones sino a la existencia de un proceso político; un proceso de aprendizaje, de ensayo y error, con avances y retrocesos. es por ello que los procesos de re-democratización, como el mismo Peter Smi-th lo señala (2005, p. 38), han sido más efectivos en consolidar la democracia, basados, justamente, en la experiencia acumulada previamente, de intentos, fra-casos, retrocesos y nuevos intentos por consolidar la democracia política. esta realidad de la re-democratización le daría una cierta ventaja a américa del Sur sobre américa central, pero no hay nada escrito ni pre-determinado que impi-da a esta última y a las experiencias de la «primera ola» democratizadora en la historia más reciente de la región, como es el caso de méxico (salvo por el breve experimento democrático de Francisco madero en 1910-1911), consolidar una democracia estable. La inestabilidad política, que ha sido endémica en américa Latina, explica muchas cosas, pero no condena ni predispone a la región en nin-guna dirección autoritaria. como veremos en los próximos capítulos, las olea-das de democracia y autoritarismo, con el trasfondo de los profundos cambios en los paradigmas de desarrollo de la región, constituyen también un proceso de aprendizaje –uno muy doloroso, por cierto, especialmente en términos de la reciente ola de regímenes «burocrático-autoritarios»– en el centro del cual está la revalorización de la democracia política como un valor en sí mismo, al margen de toda concepción instrumental.