CHAPTER 2: Comparing the ecological impacts of native and invasive crayfish: could
2.1 Abstract
— Cagüen, cagüen y cagüen — masculló García—. ¿Por qué tienen que pasarme a mí estas cosas?
Se dirigía hacia el Peugeot de la Conselleria, con tan acelerado paso que a Murals le costaba seguirla.
— Ya se lo dije — declaró la agente dando un saltito para alcanzar a la inspectora—. El expediente de Nuria Capell no deja demasiado lugar a las dudas. La doctora Giménez es tan sospechosa como Karina.
— Ya se lo dije, ya se lo dije... — refunfuñó—. Pues preséntese para inspectora si tanto sabe.
Habían llegado hasta el automóvil. García se situó junto a la puerta de la copilota y, mientras esperaba a que Muráis abriera, le ordenó:
— Llame a comisaría y pida que nos envíen por fax ese maldito expediente. Y averigüe de una puñetera vez a qué coche pertenecen las marcas que encontramos junto al Audi de la
Capel.
En su fuero interno, la inspectora tenía la vaga esperanza de que aquellas huellas apuntaran hacia otra sospechosa.
— ¡Uy! Es verdad, me había olvidado — exclamó Murals golpeándose la frente—. Son de un deportivo.
— Y ¿por qué no me lo dijo antes? — vociferó.
— Se me pasó por alto — se disculpó la agente mientras rebuscaba en los bolsillos del uniforme.
— ¡Joía mosa de escuadra!
— No se altere inspectora, que lo tengo aquí apuntado. — Sacó un papel y se dispuso a leerlo.
— ¿Cómo diantre puede ver algo con esas gafas de sol si es de noche? — rugió de nuevo. — Bueno, inspectora, ahora no la tome conmigo. Las huellas pertenecen a un Saab modelo... espere que no veo... Sí, SE Turbo convertible — leyó enfocando el papel hacia la luz que emanaba de una farola—, como el que tiene la señora Campmany. O sea, que probablemente era el suyo.
— ¡Mierda!
Sus esperanzas de que alguien ajena a la casa hubiera podido intervenir se desvanecieron. La evidencia era cada vez mayor. Aunque lo revisaría de nuevo, recordaba a la perfección el expediente de Nuria Capell. Marisa Giménez tenía motivos suficientes para odiar a la abogada. Parecía una venganza en toda regla. Además, y para colmo, en aquel momento, su aguda memoria le jugó una mala pasada. Dos escenas le vinieron a la mente, dos fotogramas que confirmaban, presuntamente, la culpabilidad de la médica. Uno, el sospechoso cruce de miradas que habían intercambiado ella y Nuria cuando la abogada entró en la casa; otro, la escena en que la gata Cristi había soltado un bufido inesperado a la doctora el día en que encontraron la cucaracha. Era cierto, todo apuntaba hacia ella: la información del expediente, aquella mirada cargada de odio, la reacción adversa de su única testiga y, por si fuera poco, la receta.
El mundo se le cayó encima. La admiración y el deseo que sentía hacia aquella mujer se derrumbaron, heridos de muerte, como se desploma un edificio tras explotarle una carga de dinamita en los cimientos. Aquellos ojos color mandarina se tornaron de un gris almibarado, todos sus encantos se desvanecieron como si una bruja de cuento la hubiera convertido en rana. El desconcierto y la agonía hacían girar su mente igual que un tiovivo. Pensaba, incluso, que los intentos de la doctora por seducirla sólo habían sido una forma de desviar su atención. Se sentía vapuleada, irritada, confusa, dolida, llena de rabia y más golpeada que una pelota de tenis en Wimbledon.
— Lo que me extraña — meditó Murals en voz alta—, es que las marcas del coche aparezcan en dos lugares diferentes, porque la consellera sólo ha venido una vez a la casa.
— ¡Pues debió de cambiarlo de sitio! — bramó abriendo con furia la puerta del Peugeot—. ¡So lista! Que va de sabelotodo por la vida.
Pasado el efecto del tranquilizante y finalizados los preparativos del programa, a Tea le sobrevino de nuevo la crisis de angustia.
— Tómate otro Tranquimacín, Tea, que eso te calma y... La propuesta de Adelaida, fue cortada de cuajo.
— No quiero calmarme, lo que quiero es llorar, llorar como una magdalena, hasta que no me queden lágrimas. —Hundió su prominente nariz en un kleenex.
Margarita Sureda, que se encontraba muy cerca, intentó ayudar a Adelaida en la tarea de sosegar a la periodista. Llevaba encima un frasco de flores de Bach llamado Rescue Remedy o el rescate de los siete remedios.
recomendó con dulzura. Luego, dirigiéndose a Adelaida, añadió—. Tiene que sacarlo fuera, está en fase de catarsis aguda.
Le dio las flores de Bach y a continuación se situó a su espalda y le hizo un masaje en las cervicales que Tea acogió de buen grado. Entre las gotas y los mimos de la una y las poco efusivas palabras de consuelo de la otra, se fue calmando poco a poco.
— Son situaciones muy dolorosas — comentó Marga—, ya se sabe. Ahora pasarás un tiempo durillo, en el que te iría muy bien tener una ayuda externa. ¿Has pensado en hacer terapia? Yo conozco varias que te irían de maravilla. Tienes la bioenergética, la Gestalt, la humanista, el renacimiento, la regresiva, las combinadas, la de la risa... en fin, un montón y todas muy buenas y efectivas. Lo importante es que te pongas en manos de alguien que te ayude a evolucionar positivamente.
— No pienso ponerme en manos de nadie — dijo Tea levantándose a buscar un cigarrillo—. En una terapia los silencios y las lágrimas te salen demasiado caros.
— Sin embargo, un trabajo interior es necesario para el crecimiento personal — explicó Marga y pensaba seguir con una disertación acerca de los beneficiosos resultados que, «a nivel emocional», aportan las terapias alternativas, los ejercicios de autoestima, la medicina sofrológica, el yoga, el taichi, la quiromancia, el tarot y la osteopatía, así como la biodanza, el coaching, la técnica Alexander, el morfoanálisis, la acupuntura, la homeopatía, la reflexología podal, el reiki, el shiatsu, el quiromasaje, el drenaje linfático, la kinesiología, la naturopatía, la fitoterapia o el mismísimo feng shui, pero apenas iniciado su discurso se dio cuenta de que...
— ¡Tea! ¿Dónde te has metido?
El fax empezó a escupir hojas al compás de un zumbido lento y desagradable. La mayoría de las mujeres se había retirado ya a sus habitaciones y la tramontana seguía soplando. Era su segundo día. García rogó que el siguiente fuera el último. Revisó el expediente. En efecto, todo coincidía.
Se le empañaron los ojos. No quería llorar, pero como estaba sola dio rienda suelta a sus lágrimas. Murals había salido a comprobar otra vez las huellas del coche de la consellera. Estaba empeñada en que algo no encajaba. A García sólo le dijo que iba a tomar el aire. Enfocó su linterna hacia el suelo, se quitó las gafas de sol y se puso a analizar de cerca las marcas de los neumáticos. Unas, las que aparecían junto al Audi de Núria Capell, eran más profundas y marcadas que las otras, situadas a unos metros y en posición perpendicular. Aquello podía indicar varias cosas: que aquel día el coche llevaba más peso, o bien, que había hecho una maniobra brusca para salir provocando una presión mayor de los neumáticos, o bien, que el firme estaba mojado y blando, lo que habría hecho que se hundieran más las ruedas. Las otras marcas eran más leves, pero no cabía duda de que el dibujo de los neumáticos era el mismo. En cualquier caso, estaba claro que las huellas correspondían a días diferentes. Gemma Campmany tenía que haber ido a la casa al menos en dos ocasiones. Les preguntaría a las dueñas si lo que sospechaba era cierto y, en caso afirmativo, averiguaría el motivo de la doble visita, pero antes se lo comunicaría a la inspectora, si es que estaba de humor, que, como ya temía, no lo estaba.
— ¡Déjeme en paz! — le espetó—. ¡No ve que estoy liada con el expediente!
— Está bien — aceptó Murals—. Si me necesita para algo o quiere que actuemos esta noche, me llama. Estaré en mi habitación.
No, no iban a actuar aquella noche. Dejaría dormir a la doctora, pensó García, no truncaría sus sueños. Le regalaría una última noche de libertad. Estaba segura de que no escaparía aunque, en algún momento, llegó a pensarlo, y cuando la asaltó esta idea, no pudo evitar sentir cierto alivio. Si, por algún azar del destino, Marisa Giménez sospechaba algo y lograba huir, tanto mejor para ambas. Ella se libraría de la justicia aunque se convirtiera en una prófuga y García se evitaría el doloroso trance de esposarla, pero no en el altar, como
hubiera deseado.
Estaba hundida en un sofá del salón de la chimenea, el escenario del crimen, contemplando el resplandor de la luna a través de la ventana. Con su acostumbrado sigilo, la gata Cristi acudió a hacerle compañía y a velar un sueño que le llegó tarde y desasosegado. Dio un salto y se acurrucó, ronroneando, a su lado. El primer rayo de sol las encontró a ambas tendidas en el sofá, la inspectora en postura fetal y la gata enroscada en el hueco que formaban sus piernas encogidas, con el lomo apretado contra su vientre. Se desperezaron las dos casi al unísono y bajaron juntas a la cocina, donde estaba ya Remei preparando el desayuno. La gata saludó a la cocinera restregándose contra sus piernas. Ella la cogió, le hizo unos cuantos mimos y le sirvió una latita, a falta de restos. Del bacalao con samfaina no había quedado ni una escama.
García bebió el café caliente con la mirada perdida en el infinito. — Buen día, eh, inspectora.
— Buen día — respondió sin entusiasmo antes de dar el último sorbo al café—. Hazme un favor, Remei, cuando las huéspedes acaben de tomar el desayuno quiero reunirme con vosotras en el salón de la chimenea.
— ¿Con nosotras?
— Sí, Gina, Cecilia y tú. Y móntatelo para que esté también la doctora Giménez, sin que sospeche nada.
En su tercer día, la tramontana soplaba con menor intensidad. El cielo aparecía de un azul intenso y límpido. Todo indicaba que aquella iba a ser una mañana calurosa y soleada.
— ¿Y qué va a sospechar? — pensó Remei en voz alta cuando la inspectora había salido ya.
Después del desayuno, Adelaida le propuso a Tea ir a dar una vuelta. Hacía un día precioso, argumentó, y les iría bien cambiar de aires.
— Bueno, pero vamos en mi coche, que no estoy yo para dar paseos bucólicos con lo que llevo encima.
— Tea — protestó Adelaida—, tu coche hace un ruido de lata que no hay quien lo soporte.
— ¡Ah! Pues mira — se le ocurrió de repente—, podríamos aprovechar y acercarnos hasta el servicio de reparación que hay a la salida de la autopista.
— ¿Y estará abierto?
— Seguro, es uno de esos talleres de emergencia que abre las 24 horas y más en vacaciones, con la cantidad de turistas que hay por la zona.
Fueron todo el camino hablando sin parar. Adelaida sabía que la conversación era una de las terapias más eficaces para su amiga, aunque procuraba sacar todos los temas habidos y por haber excepto el de Mati, no fuera a darle otra vez la llorera. Primero hablaron del programa.
— Pienso tratar la reproducción entre homosexuales — anunció Tea. — ¿Y cómo? — preguntó temerosa la escritora.
— Con escarnio — respondió—. Me han pedido que escriba un artículo para el periódico, así que utilizaré el material que tengo y lo lanzaré por antena. Y voy a hablar también de lo que está ocurriendo en Can Mitilene.
En ese punto, se pusieron a analizar lo sucedido en la casa y a opinar sobre la actuación de la inspectora García.
— ¿Tú crees que resolverá el caso? — dudó Adelaida.
— Mucha chulería, mucha pistola debajo de la americana y mucha tontería es lo que tiene ésa encima, pero, para mí que no está por la labor. ¿Te has fijado en cómo mira a la morenita con los ojos de mandarina?
— La misma.
— Con la doctora Giménez no te metas, que es encantadora. Tea puso cara de asombro.
— ¿Ya te tenemos otra vez colgada de una desconocida?
— Sólo he dicho que es encantadora. Intimamos un poco la otra mañana con el tema de los perfumes y le puso uno a Tilita que le sienta fenomenal.
— ¡Ah! Es verdad, que las que tenéis perra ligáis un montón.
— Mentira, las que ligan son ellas, todo el mundo les dice cosas, les rasca la barbilla y les acaricia la cabeza. A las dueñas ni nos miran.
Entre tanto, García se reunía en el salón de la chimenea con Gina, Cecilia y Remei en presencia de la agente Murals, la doctora Giménez y la gata Cristi.
— Creo que ya tengo datos suficientes para detener a una sospechosa —anunció la inspectora.
Hubo un sobresalto general y una expresión de desconcierto en el rostro de la doctora. — Perdone, inspectora — advirtió—. ¿Por qué me ha llamado a mí y no al resto de las mujeres de la casa?
— Usted es médica ¿no? Su información puede serme de mucha utilidad — respondió García conteniendo el ánimo y haciendo gala de una entereza digna de Scully—. ¿Cómo conoció esta casa? —preguntó a continuación.
— Por un anuncio en Internet.
— ¡¡Tenemos una web... — intervino Remei agitando una mano—, que es cosa fina!! García no le dijo nada, sólo le lanzó una mirada asesina.
— Y supongo que ha venido aquí con la única intención de reposar. ¿Me equivoco? — Digamos que con intención de trabajar en un ambiente relajado, aunque está resultando un poco difícil con todo lo que ha sucedido.
En ese momento, García se dejó de rodeos y lanzó una pregunta con efecto. — ¿Por qué no me dijo que conocía a Nuria Capel?
— ¿Y por qué había de decírselo? — Conteste a lo que le pregunto. — Pues... porque no me lo preguntó.
— ¿Conoce usted un medicamento llamado MST Continus?
— Sí, es sulfato de morfina con cobertura de liberación retardada. ¿Por?
— Encontramos una fuerte dosis de ese medicamento en el vaso en el que estaba bebiendo Nuria Capel la noche de su desaparición. ¿Lo ha recetado alguna vez?
— ¡Yo! — se sorprendió—. Jamás. Ya sabe que sigo una línea naturista. Por cierto, ¿cómo está de su teta?
En aquel momento, le entregaron a Tea el Ford Fiesta ya reparado y con una factura que daba escalofríos. Tras una discusión con la encargada por el precio de la reparación, Tea y Adelaida subieron al vehículo renegando e iniciaron el camino de regreso a la casa de turismo rural. Hablaron entonces de la consellera. Ambas opinaban que lo de la expropiación era cosa suya y que probablemente iba a sacar una buena tajada en el asunto del parque temático.
— Esa mujer no es agua clara — afirmó Tea.
— ¡Qué va! Y, por lo visto, su vida privada es bastante confusa. No se le conoce amorío alguno, ni pareja formal, ni tendencia declarada y, cuando eso pasa... ya sabes tú lo que pasa.
Tea malinterpretó este último comentario y se enzarzó en una fogosa discusión con su amiga. Que si eso lo decía por ella, que si no te lo tomes como algo personal, que si ya está bien lo poco humana que eres conmigo con lo que yo te cuidé cuando te separaste de Karina, etc., etc., etc.
Abstraída en la disputa y atolondrada como era ya de natural y mucho más al volante de un coche, a la menor oportunidad, tomó un camino equivocado.
Giraron primero por una carretera secundaria, fueron a dar a una acequia y tuvieron que retroceder. Luego, atravesaron un puente, cruzaron un riachuelo, se internaron en un bosque de pinos, salieron por un camino de carros y fueron a parar a una estrecha carretera de tierra que subía hacia una loma.
— Por aquí no es — gruñó Adelaida.
— Ya lo sé, chica, pero ¿qué quieres que haga? ¿No ves que no puedo girar?
El camino desembocaba en una casa con un portalón de madera, árboles a la entrada y una pequeña explanada.
— Ahí podremos girar — dijo Tea.
Adelaida, en ese momento, la agarró por el brazo y exhaló con un grito sordo.
— ¿No es cierto que tuvo un encontronazo con Núria Capel tras perder el caso de la clínica para mujeres? — inquirió García en un tono cada vez más enérgico, cuya intención no pasó desapercibida.
— Inspectora, espero que no esté acusándome de nada — se lamentó Giménez. García prosiguió, haciendo caso omiso.
— Según tengo entendido, estaba usted muy enojada con ella. — Sí, bueno, pero eso no es motivo para matarla.
— ¿Y cómo está tan segura de que la han matado? Lo único que sabemos es que ha desaparecido.
— Ya, pero...
La furia creciente de la inspectora se manifestaba, sobre todo, en su voz. Interrumpió a la doctora con una rotunda afirmación:
— Según testigas presenciales, usted llegó incluso a amenazarla.
— Yo sólo estaba molesta con ella porque su actuación parecía responder a un soborno. No era digno de una profesional de su nivel y con sus ideas.
— ¿Y no es cierto que usted afirmó, textualmente: «Siendo lesbiana y feminista hay pa matarla»?
— Pero, mujer, inspectora, es una forma de hablar.
A continuación se hizo un tenso y profundo silencio, García respiró hondo, antes de declarar con solemnidad:
— Doctora Marisa Giménez, con g, queda detenida por el asesinato de Núria Capel. Gina, Cecilia y Remei lanzaron una exclamación a coro.
— ¿La doctora Giménez? — Murals, proceda.
— ¡¡Mira!! — exclamó Adelaida—, ¡es el coche de la conselleral
— ¿Cómo lo sabes si a ti los coches te importan un pimiento? — rezongó Tea haciendo maniobras con el volante.
— Me fijé en la marca y el modelo para la novela que estoy escribiendo, la protagonista conduce un deportivo y éste me pareció ideal. Además, la matrícula me llamó la atención porque las letras GCC me hicieron pensar Gemma Campmany Consellera, como si lo hubieran hecho a propósito. A veces juego con las matrículas de los coches.
— ¡Qué afición más chorra!
— Es un entretenimiento como otro cualquiera.
Aparcaron en un recodo del camino, a cubierto de las posibles miradas de la casa y desde allí observaron con atención.
— Desde luego, es el mismo modelo — afirmó Tea.
— No cabe duda de que es su coche, pero ¿qué estará haciendo aquí?
Escritora una y periodista la otra — dos de las profesiones más entrometidas que existen— era superior a sus fuerzas no meter, literalmente, las narices en una ventana para saber lo que ocurría. No imaginaron, sin embargo, que lo que iban a descubrir tras aquellos
cristales iba a cambiar los acontecimientos de esta historia y a dar un giro inesperado incluso a sus propias vidas.
C
APÍTULO16
Sospechas
Le estaba poniendo Lagavulin en el pubis. Directamente del vaso, sin pasar por la boca para calentarlo. De inmediato, se estremeció; las gotas de whisky habían estado en contacto directo con el hielo y cayeron como cristales en la cúspide del clítoris provocándole la sacudida. Cabía pensar que el frío le impediría excitarse, pero en seguida vino la lengua caliente y el contraste la hizo vibrar de efervescencia. La lengua, además, apenas rozaba la piel gelatinosa de su vulva, era el vapor caliente de su boca lo que provocaba aquel efluvio marino, lo que la hacía segregar oleadas de espuma y la retorcía de gozo. La nimia caricia