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USERS' ACCEPTANCE and BEHAVIOUR

3.2.3. Accurate positioning and mapping

El Evangelio, que es siempre el mismo, se nos presenta en la Biblia inmerso en la cultura de entonces, la cual, a su vez, estuvo sometida a grandes cambios desde tiempos inmemoriales, pasando por la época de los patriarcas, el antiguo Israel, hasta el temprano judaísmo. Por eso, de afirmaciones bíblicas singulares no se puede deducir, de modo fundamentalista, un orden concreto vinculante para hoy. Sin embargo, no sin fundamento el canon veterotestamentario anticipa en los dos primeros capítulos del Génesis, en forma en cierto modo programática, el plan originario de la creación de Dios. También estos dos capítulos contienen de modo diferente tradiciones antiquísimas de la humanidad que, a la luz de la fe en Yahvé, fueron interpretadas críticamente y profundizadas. De este modo, de ellas se deriva algo así como un modelo y sentido vinculante, en el que se nos presenta el plan de Dios sobre la familia.

La afirmación fundamental reza: «Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1,27). El ser humano, en su dualidad de sexo, es creación de Dios: buena; más aún, muy buena. Aquí no hay ni pizca de aversión al cuerpo o menosprecio de la sexualidad, como por desgracia sucede en muchas tradiciones eclesiales posteriores. Aquí tampoco hay ningún lugar para la discriminación de la mujer. Según la Biblia, varón y mujer, como imagen de Dios, tienen la misma dignidad. Pero varón y mujer no son simplemente iguales. Tanto su igual dignidad como su diferencia tienen su fundamento en la creación. Ni nadie se las ha dado, ni ellos se las dan a sí mismos. Uno no llega a hacerse varón o mujer por la cultura de turno. Ser-varón y ser-mujer tienen su fundamento ontológico en la creación.

La igual dignidad de su diversidad fundamenta entre ambos la atracción que cantan los mitos y los grandes poemas de la humanidad, como el veterotestamentario Cantar de los Cantares. Artificiales igualaciones ideológicas destruyen el amor erótico. La Biblia entiende ese amor como el hacerse «una sola carne», es decir, una comunidad de vida que incluye sexo, eros, así como amistad humana (Gn 2,24). El ser humano no es creado por Dios como individuo aislado. «No está bien que el hombre esté solo. Voy a hacerle el auxiliar adecuado (es decir, una compañera)» (2,18). Por eso, Adán saluda a la mujer con una entusiasta exclamación de bienvenida (2,23). Varón y hembra son creados el uno para el otro y son dados por Dios como regalo del uno para el otro. Deben complementarse y apoyarse mutuamente, encontrar placer y gozo el uno en el otro. Varón y mujer son creados para el amor, y en eso consiste ser imagen de Dios, que es amor (1 Jn 4,8).

El amor entre varón y mujer no gira en torno a sí mismo: se trasciende y tiene que hacerse fecundo en los hijos nacidos de su amor (Gn 1,28). El amor entre varón y mujer y la transmisión de la vida forman un todo. Esto vale no solo para el acto de la procreación. El primer nacimiento se prolonga en el nacimiento segundo, social y cultural, en la iniciación a la vida y mediante la transmisión de los valores de la vida. Para ello, los hijos necesitan el espacio protector y la seguridad afectiva en el amor de los padres; a la inversa, los hijos fortalecen y enriquecen el lazo de amor entre los vínculos de los padres.

De este modo, la fecundidad no es para la Biblia una realidad únicamente biológica. Los hijos son fruto de la bendición de Dios. Dios da a la responsabilidad de varón y mujer lo más valioso que puede dar: la vida humana. Les es lícito decidir responsablemente sobre el número y ritmo del nacimiento de los hijos. Esto deben hacerlo con responsabilidad ante Dios y con respeto a la dignidad y al bien del compañero, con responsabilidad para con el bien de los hijos, con responsabilidad para con el futuro de la sociedad y con respeto reverencial a la naturaleza del ser humano. De aquí no se deduce ninguna casuística, pero sí un modelo y un sentido vinculante, cuya realización concreta está confiada a la responsabilidad del varón y de la mujer. A ellos está confiada la responsabilidad por el futuro de la humanidad. Sin familia no hay futuro alguno, sino un envejecimiento de la sociedad –un peligro al que están expuestas las

sociedades occidentales–. Para la Biblia, los hijos no son un lastre, sino una riqueza, un gozo y una bendición.

Todavía en un segundo sentido, el amor entre varón y mujer se proyecta fuera y más allá de sí. No es un sentimentalismo que gira en torno a sí mismo. A ellos conjuntamente se les confía la tierra (Gn 1,28). Las palabras empleadas en este pasaje –«someter», «dominar»– no se pueden entender en el sentido de una sumisión violenta y de una explotación. El segundo relato de la Creación habla de «guardar y cultivar» (Gn 2,15), y con ello significa el cometido cultural de cultivar y cuidar la tierra como un jardín. Varón y mujer deben ser pastores del mundo y configurarlo como un mundo de vida digna del ser humano. Esto es, al mismo tiempo, una misión política. Porque la familia, como célula básica y célula vital, es escuela de humanidad y de virtudes sociales necesarias para la vida y para el desarrollo de la sociedad4. En este orden, la familia es anterior al Estado y es titular de derechos propios frente a él. Los derechos de la familia, enumerados en la Carta de la Familia, tienen su fundamento en el orden de la Creación5. El Estado no puede inmiscuirse en esos derechos; más bien, debe protegerlos y fomentarlos según sus posibilidades.

Finalmente, el amor humano es, como imagen de Dios, algo grande y bello, pero no es en sí mismo divino. Si un miembro idolatra al otro y espera de él que le proporcione el cielo en la tierra, necesariamente le está exigiendo algo superior a sus fuerzas; en ese momento, el otro no puede menos de defraudarle. Por estas desmedidas expectativas fracasan muchos matrimonios. La comunidad de vida de varón y mujer, junto con sus hijos, solo puede ser feliz si se concibe como un don que se proyecta por encima y fuera de sí mismo. Así es como la creación del ser humano desemboca en el séptimo día de la creación, en la fiesta del sábado. El ser humano no es creado como animal de carga, sino para el sábado. El sábado, como día libre para Dios, debe ser también un día libre para la fiesta y la celebración común: un día de tiempo libre, del uno con el otro, del uno para el otro (cf. Ex 20,8-10; Dt 5,12-14). La familia debe ser lugar de fiesta y de celebración y de gozo común, cosa que sigue siendo hoy para muchas personas.

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