SIGNIFICANT ASSESSMENTS IN APPLICATION OF ACCOUNTING PRINCIPLES
2010 2009 2010 2009 2010 2009 2010 2009 2010 2009 2010 2009 Acquisition value on the opening date 13 082 12 235 1 365 1 233 51 19 2 457 2 218 1 216 888 18 171 16
En el espacio simbólico del mundo mapuche, las formas (femgey ñi az) y los colores (filke az) cobran especial significado (chumgen), dependiendo siempre del contexto en el cual se utilizan y de las experiencias particulares de cada grupo cultural. Al igual que todo el repertorio simbólico, el significado último dependerá del contexto de interpretación.
Según Pedro Mege (1992), en un contexto de interpretación ritual, se tiene, en primer lugar, el lig (blanco), que señala divinidades celestes o celestiales, benefactoras. Simboliza el bien, la vida, en oposición a la oscuridad de la muerte. Sin embargo, no siempre es vida, sino que puede aparecer asociado a figuras míticas nocturnas y letales, provenientes del infrauniverso.
De modo análogo, el kallfü (azul), se refiere a la luz celeste o celestial
germinadora de la vida, y también a la luz dadora del poder de sanación de las
machi. Representativo de Günechen, del cielo y la fuerza, es el color de máxima
positividad. El negro (kurü), por su parte, es el color base y original donde todos los demás colores se posan, lo que queda de manifiesto en los atuendos que se usan. Representa la estabilidad y es, al mismo tiempo, el color más sólido. El azul y el negro son indisociables, constituyen una unidad, en el entendido de que el buen tiempo y el mal tiempo están integrados y ambos son necesarios. No puede pensarse en el color azul como bueno y el negro como malo, pues ambos son uno y deseables.
El verde (karü), a su vez, da cuenta del bienestar que traen los brotes de los vegetales, y así es asociado por los mapuche al color del territorio que les pertenece. Es el color representativo de la naturaleza.
El rojo (kelü) representa la sangre que brota del cuerpo de los animales
sacrificados como ofrenda al interior del campo sagrado, o de los muertos en la batalla. Es un color poderoso, pero en cierto modo peligroso. Se le asocia con la sangre menstrual, que para las mujeres es germinadora pero para los hombres, impura.
El amarillo (chod) se asocia a la luz y el calor. Identificado con el sol que hace germinar la vida, es necesariamente benigno. Icónicamente representa la luz y, por su asociación con el sol, establece un vínculo con el azul (kallfü), el color del cielo. Las banderas del Gillatun —azules, blancas y amarillas— representan esta confluencia benigna de luz, calor y cielo.
La interpretación de las formas (femgey ñi az) en un contexto no solo de diversidad, sino también de interculturalidad, está sujeta a la observación de los ámbitos en que ellas se generan. Conviene, no obstante, pensar la forma como el resultado material de las prácticas sociales, más que como modelos preconcebidos a la espera de ser aplicados. En este sentido, las formas curvas parecieran ser no solo más frecuentes en la cultura mapuche, sino también más valoradas que las líneas rectas.
Lo anterior puede ser conducente a que los círculos y semicírculos aparezcan frecuentemente tanto en la espacialidad del Gillatun como en la orientación del
purun o baile ritual. El semicírculo es la forma asociada a lo sagrado, mientras
el círculo representa igualdad, la manera como el lof se relaciona y transmite el conocimiento. En la zona williche, las formas curvas también están asociadas al espacio del gillatuwe. La esfera, a su vez, se asocia al Wall Mapu.
Es la representación tridimensional de lo mapuche y remite al sol y la luna. El cuadrado, por contraste, representa lo ajeno, la negación de las formas naturales, del mismo modo que el ángulo recto se vincula al wigka, a su mundo y su modo de vida. Así, el contraste entre los caminos rectos como expresión de la presencia chilena, frente los senderos más bien sinuosos del mundo mapuche, da cuenta de la pertinencia de las curvas en la vida cotidiana local. No obsta ello que la línea recta encuentre expresión en los juegos de palin y en el diseño de la ruka, cuya base ha sido indistintamente circular y rectangular.
1.6 Variabilidad
Prácticamente no hay dos celebraciones idénticas en todo el territorio mapuche. En sus ejercicios rituales, simbólicos y constructivos, cada agrupación responde a un repertorio de recursos de carácter local, aunque respetando un cierto patrón general, que se repite en todas las comarcas. Tanto los relatos acerca de los mitos de origen, los emblemas y los objetos sacrificiales en los rituales y su destino posterior a la ceremonia, como el resto de las prácticas locales, se hacen eco de su entorno. Así, si en un territorio el canelo (foye) desempeña un rol preponderante en el simbolismo religioso, el laurel (txiwe) hace lo propio en otros sectores; y allí donde no quedan árboles nativos, pueden ser aromos u otros los que pasen a cumplir aquel papel. De la misma manera, hay comunidades que prefieren quemar el animal sacrificado, otras sumergirlo y otras compartir la carne para cremar los huesos. Lo mismo ocurre al nivel del lenguaje y de la pervivencia de algunas prácticas funerarias, que se dan en algunos sectores mientras en otros están ausentes, como es el caso del descanso al interior de la comuna de Panguipulli.
Lo significativo en todos los casos es la capacidad de anclar la experiencia indígena en las particularidades locales y, de ese modo, fortalecer la identidad, sin someter los grupos particulares a reglas que les son exógenas. Este criterio resulta especialmente iluminador en la perspectiva de las iniciativas que procuran representar lo indígena de modos universalistas, lo que es antitético con las formas concretas de vivir la cultura propia.
1.7 Vinculaciones interculturales
La discusión sobre las relaciones entre los pueblos indígenas y el Estado está marcada de manera importante por el carácter sea asimilacionista, sea multicultural o intercultural con que se piensen esos vínculos.
La mirada prevalente en el país —y a nivel mundial— ha sido la primera, que implica considerar a los pueblos indígenas como carenciados o pobres y asignar al Estado la tarea de hacerlos progresar hasta igualarlos con el resto de la ciudadanía. Aunque obsoleta, esta mirada persiste entre quienes no reconocen el valor de la pluralidad de culturas que, en sus interrelaciones, hacen posible la convivencia humana en general.
El multiculturalismo surge como un primer reconocimiento de la diversidad cultural a través del cual se protegen los derechos a vivir la cultura propia en el contexto de los Estados modernos. En esta perspectiva, mediante la aplicación de políticas de discriminación positiva se procura nivelar un piso que históricamente ha sido desfavorable a los pueblos minoritarios e indígenas del mundo.
La interculturalidad difiere de las posiciones anteriores, toda vez que
problematiza históricamente la relación entre el Estado y los pueblos originarios, entendiendo que la brecha entre ellos es política y que las transformaciones en las estructuras de poder son insoslayables para resolver las tensiones que se dan de uno y otro lado. Se postula que, más que la discriminación positiva, lo que se requiere para encarar la situación es restituir los derechos de quienes se han visto colectivamente privados de ellos.
Instancia intercultural en contextos públicos. Gentileza Hospital El Carmen, Maipú, Región Metropolitana.
Estas distinciones son importantes, toda vez que de ellas depende no solo el tipo de vínculo que se establezca entre quienes participan de situaciones interculturales, sino también el tipo de soluciones a las que se aspire a través de estos procesos.
Desde la perspectiva mapuche la interculturalidad adquiere sentido, toda vez que los aportes del medio externo proveen de recursos que fortalecen a las comunidades locales y con ello su capacidad de autodeterminación.
Históricamente ha habido una predisposición favorable a acoger a los extranjeros e incluso a cederles terreno en condición de usufructo, práctica que probó ser fatal en los procesos de pérdida de tierra, pues abundaron quienes, por esta vía, reclamaron tierras que no les pertenecían. La disposición, sin embargo, sigue siendo favorable, pero dentro de un marco de autonomía. Ello implica que, en general, la adopción de recursos externos no supone el sometimiento a ellos. Los aportes, capacitaciones y recursos que puedan recibirse quedan sujetos a reinterpretación en términos de lo que las comunidades definen como prioritario. Ejemplo de tal enfoque es el de los subsidios a la vivienda, que encuentran por lo general un uso distinto, pero no por ello menos importante, al que concibió el Estado al otorgarlos.