Tras la consideración histórica, analicemos en sí mismo el tema de las relaciones entre lo espiritual y lo temporal. Tres son las situaciones posibles. La primera se da cuando el poder político se opone a la Iglesia, por considerarla adversaria o al menos molesta para sus designios; estalla entonces la persecución. La segunda se establece cuando el poder político ignora, de hecho, a la Iglesia, como sociedad sobrenatural; a lo más la considera como una agrupación analogable a las sociedades intermedias que hay en la nación; es un régimen de neutralidad. Históricamente, la primera situación se dio durante los tres primeros siglos, mientras que la segunda resultaba simplemente inconcebible para la mentalidad de la Edad Media. Quedaba, pues, la tercera posibilidad, que se da cuando impera una estrecha colaboración entre la autoridad espiritual y el poder temporal. A esta situación se tendió durante el Medioevo, y de alguna manera logró establecerse, por cierto que luego de estruendosos conflictos, como el de las Investiduras, al que acabamos de referirnos, si bien tales desinteligencias no constituyeron la regla general. La gran mayoría de la gente pensaba con S. Bernardo: «Yo no soy de los que dicen que la paz y la libertad de la Iglesia perjudican al Imperio o que la prosperidad de éste perjudica a la Iglesia. Pues Dios, que es el autor de la una y del otro, no los ha ligado en común destino terrestre para hacerlos destruirse mutuamente, sino para que se fortifiquen entre sí».
Pero no se trataba sólo de colaboración sino de jerarquización, es decir, de determinar a quién correspondía la preponderancia, si al poder temporal o a la autoridad espiritual. En líneas generales, la primacía de lo sacro sobre lo profano fue un principio inconcuso, más aún, fue el principio esencial que vertebró a la Cristiandad en su conjunto. Sobre dicho principio se basó la Cristiandad y en el grado en que tal principio es desconocido, la Cristiandad se autodestruye. El problema se hacía, sin embargo, más agudo, cuando se trataba de sacar sus consecuencias prácticas. Con todo hay que decir que de hecho dicho primado nunca fue negado abiertamente, hasta los tiempos de la Reforma. Un símbolo del mismo, referido concretamente a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, lo encontramos en una costumbre aceptada durante la Edad Media: en las ocasiones en que el Papa y el Emperador se encontraban, el Emperador debía sostener el estribo mientras el Papa montaba, y llevar las riendas del caballo pontificio. Cuando hubo enfrentamientos concretos, a nadie se le ocurrió objetar el principio como tal. A lo más se buscaba algún argumento para atacar al Papado, diciéndose, por ejemplo, que el Papa era una mala persona, o un usurpador .
Autoridad espiritual y poder temporal. El Papa llevaba la tiara y tenía en sus manos las llaves de Pedro, símbolos de su autoridad universal («todo lo que atares en la tierra quedará atado en el cielo»). El Emperador, en el momento de su coronación, era revestido con un manto azul, constelado de estrellas, y tenía en sus manos el globo imperial, símbolos de su poder universal. La Iglesia se afirmaba como sociedad perfecta y, como tal, no necesitaba del Estado, si bien el apoyo de este último le era sumamente útil para su defensa y expansión. El Estado, por su parte, se consideraba igualmente sociedad perfecta, y en su orden era autosuficiente; sin embargo necesitaba también de la Iglesia, y de una manera mucho más profunda que ésta de aquél, ya que su fin propio era el bien común temporal, y dicho bien estaba esencialmente ordenado al bien último sobrenatural.
En otras palabras, según la cosmovisión medieval, a la autoridad espiritual le competía, como función suprema, la contemplación, y luego, la enseñanza de la doctrina y la comunicación de la gracia a través de los sacramentos; al poder temporal le correspondía el gobierno político, que incluye tanto el quehacer administrativo y judicial como el militar, salvaguardando así el tejido social. El escalón que descendía de la autoridad espiritual al poder temporal es el que iba de la contemplación a la acción. El poder temporal era de por sí insuficiente para dar al hombre todo lo que necesitaba para el cumplimiento plenario de su vocación, que no sólo era natural sino también sobrenatural, de donde necesitaba que un principio superior, cual era la autoridad espiritual, lo consolidase, infundiéndole estabilidad. Tal era el sentido de la «consagración» del rey, a que nos referimos anteriormente.
La Edad Media nos ha dejado dos expresiones poético- simbólicas de las relaciones entre la autoridad espiritual y el poder temporal. La primera de ellas es la de las dos espadas. El término toma su origen del Evangelio cuando, al término de la Ultima Cena y de las predicciones de Jesús sobre su Pasión ya próxima, los discípulos le dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas» (cf. Lc 22,38). En nuestro caso las «dos espadas» representan la autoridad espiritual y el poder temporal. Según la primera elaboración medieval, ambas pertenecían por derecho a S. Pedro ya sus sucesores, aun cuando el uso de la material se delegase en el Estado. La Iglesia empuñaba la primera, porque lo espiritual era su cometido específico, y entregaba la segunda –el poder temporal– a los reyes, para que éstos la usasen en su nombre y bajo su control. Fue S. Bernardo quien concretó el tema: «Una y otra espada... son de la Iglesia. La temporal debe esgrimirse para la Iglesia y la espiritual por la Iglesia. La espiritual por mano del sacerdote, la temporal por la del soldado, pero a insinuación del sacerdote y mandato del rey» (De Consideratione I. IV, c. 3-7). A Pedro se le dijo: «Vuelve tu espada a la vaina». «Luego le pertenecía –comenta S. Bernardo–, pero no debía utilizarla por su propia mano».
El argumento escriturístico no es muy convincente, que digamos, pero la consecuencia a que arribaba era la aceptada por la generalidad de sus contemporáneos y que los Sumos Pontífices mantendrían durante los siglos XII y XIII. Podríamos sintetizarla así: en el campo espiritual, el Papa, como cabeza de la Iglesia, por ser tal, tiene en primer lugar un poder directo que le permite juzgar a todos los cristianos, incluidos los Príncipes, cuando cometen pecados; pero junto a ese poder directo dispone de otro poder, que llamaban indirecto, por el cual puede hacerse obedecer de los que ejercen el gobierno temporal con el fin de que las leyes por ellos promulgadas se amolden a los principios divinos. Sobre el telón de fondo de este esquema doctrinal se desarrollaron los graves acontecimientos de la querella entre el Sacerdocio y el Imperio a que nos referimos anteriormente (cf. Daniel-Rops, La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada, 232-233).
S. Buenaventura terció en el debate con la competencia que le era propia. La Iglesia –decía– tiene a Cristo por cabeza de un doble orden: sacerdotal y civil, porque El es, al mismo tiempo, sumo sacerdote y rey. Su representante en la tierra, el obispo de Roma, ha recibido de Cristo el carácter sacerdotal, pero tiene, a la vez, potestad del Señor para delegar la espada de la autoridad civil al poder político, confiando al rey la dignidad de su cargo temporal, «cuya razón es porque, siendo el mismo sumo sacerdote, según el orden de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo, y habiendo sido investido Cristo de ambas potestades, recibió de El entrambas el vicario de Cristo en la tierra, a quien competen, por lo mismo, las dos espadas» (De perfect. evang. q.4, a.3, sol. obj. 8).
Junto con la imagen de las dos espadas, se popularizó otra, la del sol y la luna. La Iglesia era comparada con el sol, y la Realeza con la luna. « Así como la luna –enseñaba Inocencio III– deriva su luz del sol, al que es inferior tanto en calidad como en cantidad, en posición y en efecto, el poder real deriva el esplendor de su dignidad del poder del Papa» (PL 214, 377). La imagen del sol y de la luna ayudó a
comprender la misma doctrina simbolizada en la fórmula de las dos espadas.
La conjunción de la autoridad espiritual con el poder temporal fue también comparada con la unión del alma y el cuerpo. Así como el alma da forma y anima al cuerpo, así el orden sobrenatural hace las veces del alma, animando y vivificando el entero orden temporal.
Fácilmente se pensará hoy que esta doctrina suministraba una excusa para que el Papa se entrometiera en el orden estrictamente temporal. Pero no fue así, al menos por lo general. Lo que movía a los Papas cuando se pronunciaban sobre algo temporal no era el orgullo, sino una convicción profunda de su misión sobrenatural y del carácter sublime de dicha misión por sobre todo el orden de las cosas terrenas. Por cierto que hubo Papas y Obispos malos, que abusaron de aquella potestad con fines subalternos. El canónigo Tomás de Chantimpré, en un curioso libro simbólico publicado en 1248 bajo el título de «Las Abejas», cuenta que un predicador que se aprestaba a comenzar un sermón delante de los asistentes a un Concilio, vio que se le aparecía el demonio y le gritaba: « ¿No sabes qué decirles? , pues diles esto: ¡Los Príncipes del Infierno saludan a los Príncipes de la Iglesia!» Pero la Edad Media conoció grandes Papas, varios de los cuales llegaron a la santidad. Algunos de ellos fueron amenazados, insultados, desterrados y hasta encarcelados por ser fieles al Evangelio, mas a pesar de todo no depusieron jamás la profunda convicción de su dignidad pontificia. Y precisamente por ello no se mostraban resentidos cuando algunos de entre sus fieles cuestionaban talo cual de sus procederes que no les parecía correcto. En aquellos tiempos los cristianos tenían mucha más libertad de espíritu que ahora para enrostrar las desviaciones de sus jerarcas.
Destaquemos sobre todo la figura de Gregorio VII (1013- 1085); entre sus numerosos méritos hay que incluir el coraje con que salió al encuentro de los males de la Iglesia medieval, principalmente la simonía y la fornicación, dando comienzo a una auténtica reforma, pero desde adentro de la Iglesia. Otro gran Papa fue Inocencio III (1160-1218), el mayor de los
Papas medievales, cuyo pontificado fue uno de los más brillantes de la historia, apasionado también por el ideal de la reforma que hizo triunfar en el Concilio de Letrán (1215).
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También en este tema de la relación entre los dos poderes, como en tantos otros puntos, fue Sto. Tomás quien expresó la doctrina de manera clara e inequívoca. En su libro De Regimine Principum sostiene que «el fin natural del pueblo formado en una sociedad es vivir virtuosamente, pues el fin de toda la sociedad es el mismo que el de todos los individuos que la componen. Pero puesto que el hombre virtuoso está determinado también para un fin posterior, el propósito de la sociedad no es meramente que el hombre viva virtuosamente, sino que por la virtud llegue al disfrute de Dios». Si el hombre pudiese alcanzar este fin con sus solas capacidades naturales, competería al rey dirigirlo hacia esa meta, y no necesitaría de ninguna instancia ulterior; pero la fruición de Dios o visión beatífica, no es el resultado de la voluntad del hombre ni un término al que pueda arribarse gracias a la dirección humana; pertenece al gobierno divino, al gobierno de Cristo. Ahora bien, «la administración de este Reino ha sido encomendada no a los reyes, sino a los sacerdotes, a fin de que lo espiritual fuese distinto de lo temporal»; y especialmente al Sumo Pontífice, representante del Señor, «a quien todos los reyes de los pueblos cristianos están sujetos como a nuestro mismo Señor Jesucristo» (cf. De Regimine Principum, L. I, cap. 13). El argumento consiste básicamente en que aquellos que tienen a su cargo el logro de los fines próximos han de subordinarse a los que tienen por misión la consecución de los fines últimos.
La doctrina política de Sto. Tomás puso las cosas en su lugar, ofreciendo un sólido fundamento a la legítima autonomía del Estado en el ámbito del orden temporal, pero sin olvidar su ineludible subordinación a los fines últimos que encarna la Iglesia. Ya en el siglo XII, el canonista de Inocencio III había enseñado que «ambos poderes, el del Papa y el del Emperador, proceden de Dios, y ninguno de ellos depende del otro». Pero fue Sto. Tomás quien precisó con más nitidez la
idea de un orden natural y de una ley natural con entidad propia, sobre la base de que el «derecho divino, que es de gracia, no destruye el derecho humano, que es de razón natural» (Summa Theologica II-II, 10, 10, c.) En su Comentario de las Sentencias, parece extraer el corolario político de dicho principio cuando enseña que en materia de bien civil es mejor obedecer al poder secular que al espiritual (cf. II Sent., dist. XLIV, 2,2).
Algunos decenios después de la muerte de Sto. Tomás, Bonifacio VIII, en su Bula Unam Sanctam (1302), expondría de manera sintética el gran tema de las relaciones entre lo espiritual y lo temporal, asumiendo la doctrina tradicional, desde S. Bernardo hasta Sto. Tomás. León XIII, en su Encíclica Immortale Dei (1885) declararía formalmente que el poder temporal y el poder espiritual son soberanos, cada uno en su esfera, si bien conexos entre sí. Distinguir para unir.
IV. Hacia un orden internacional
De la confesada unidad de doctrina, así como del principio de la fraternidad universal, principio antitético al egoísmo de los pueblos, no menos que de las personas individuales, era normal que surgiese el anhelo de una especie de federación universal. Siglos atrás había escrito S. Agustín, refiriéndose a la Iglesia: «Tú unes ciudadanos con ciudadanos, naciones con naciones... no sólo en sociedad, sino en cierta fraternidad». La idea universalista inspiró a Dante su obra De Monarchia. No en vano Dante se confesaba discípulo espiritual de Sto. Tomás.
Por supuesto que el ideal dantesco era una expresión de deseos más que una realidad lograda. Entre las diversas naciones, cada una de las cuales conoció una evolución muy diferente, hubo por cierto choques reiterados y violentos. Sin embargo, como bien señala Daniel-Rops, lo que domina el entero cuadro político de aquella época es que, por encima de los conflictos, existió una unidad de fondo, que se manifestó de mil maneras, e hizo que durante tres siglos Europa viviese un período de concordia, como nunca lo había experimentado desde que con las invasiones bárbaras se dio por terminada la Pax Romana, y como ya no habría de experimentarlo en
adelante. Más allá de las innegables crueldades e incluso brutalidades que mancillan las luchas de la Edad Media, los europeos se sabían miembros de una misma familia suprarregional y supranacional.
¿Cuáles fueron las expresiones de esta comunidad internacional? Sería largo de enumerar. Señalemos, con todo, algunas de ellas. Por ejemplo, la casi inexistencia de burocracia en las fronteras. Un español que pasaba por el reino franco no tenía que presentar ningún tipo de documento o pasaporte. Especialmente los peregrinos que se dirigían a los principales centros de devoción de la época, podían recorrer todos los países que quedaban de paso sin encontrar la menor restricción administrativa. Y ello aun en medio de una guerra.
Más positivamente, podemos observar con cuánta frecuencia los diversos pueblos europeos se aliaron sin vacilaciones para realizar conjuntamente una acción solidaria. Las Cruzadas fueron de ello el ejemplo más pasmoso, no sólo las que se encaminaron a la liberación de Tierra Santa sino también las que se lanzaron a la Reconquista de la España ocupada por los moros, donde numerosos franceses e ingleses se alistaron para auxiliar a sus hermanos españoles y portugueses. En caso de conflictos o malentendidos entre naciones, frecuentemente se vio cómo los Príncipes recurrían al arbitraje de alguna persona de elevados quilates morales, un santo como S. Bernardo, por ejemplo, antes de lanzarse a la lucha entre hermanos cristianos.
La unidad de Europa se manifestaba en todos los campos. Algunas veces el Papa que se elegía era italiano, otras francés, otras inglés. Los Obispos y Abades eran, a menudo, absolutamente extraños a la diócesis o al monasterio para los que eran nombrados. Los religiosos de las grandes Ordenes se intercambiaban de un país a otro con toda naturalidad. El mismo universalismo era también advertible en el ámbito de la cultura. Como lo señalamos en la conferencia anterior, los profesores más eminentes eran solicitados por las diversas Universidades, sin atenderse a su proveniencia, Con lo cual la cultura se universalizaba. Daniel-Rops llega a hablar de una
Teología, una Filosofía, una Literatura de Europa, en las que participaban todos los países y de cuyos logros se beneficiaban todos. Algo semejante sucedía en el campo de las Artes; los maestros más señalados eran apreciados muy lejos de sus países de origen, al punto que hubo franceses que trabajaron en España, e ingleses que se instalaron en Hungría; más aún, talleres enteros de escultores y canteros se desplazaron por toda Europa (cf. La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada... 36-37).
Por supuesto que no todo fue color de rosa. Hubo, según dijimos, numerosos conflictos y guerras. Pero fue precisamente a raíz de ello que surgió la idea de contar con una especie de tribunal supremo, Con capacidad para juzgar a pueblos y monarcas. Como pareció obvio, los ojos de la Cristiandad se dirigieron hacia el que consideraban más adecuado: el Sumo Pontífice. Fue él quien acogería tanto el lamento de las reinas injustamente repudiadas Como el llanto de los pueblos oprimidos, para recordar a los reyes la fidelidad y la justicia, so pena de que quedaran destronados con sólo declarar a sus súbditos libres del juramento de fidelidad. No se olvide que la Iglesia, guardiana de la fe, era también depositaria de los juramentos, base de la sociedad medieval.
¡Qué sensación de fuerza y de humanidad se trasunta en aquellas Bulas Pontificias que comienzan Con estas palabras: «Hemos llegado a saber que N. N. oprime a su pueblo»! y el Papa, inerme, obtenía entonces lo que tantas veces las actuales Naciones Unidas, armadas, no logran conseguir. La intervención del Sumo Pontífice no era reductible a un mero fallo judicial. Detrás de su intervención aleteaba el espíritu de su paternidad universal. Como escribe J. Meinvielle: «La Iglesia –forma divina universal– al informar los diversos Estados de la tierra, los confortaba, en su propia razón de Estados, y, al recibirlos en su seno, los estrechaba también en una hermandad sobrenatural, que robustecía los vínculos derivados del Derecho de Gentes» (Unidad de la civilización cristiana, en «Verbo» 278, 1987, 25). No era una simple Federación de Estados. Era la Cristiandad.
Concluyamos diciendo que, desde el punto de vista que estamos tratando, la Cristiandad podría definirse como la «universidad» de los príncipes y de los pueblos cristianos que, animados de una misma fe, adhieren a una misma doctrina, y reconocen el mismo magisterio espiritual. La paz en la Edad