Habitábamos uno de los desconchados y tristes inmuebles de la avenida Hus de Zizkov. Uno de los que estaban condenados a la demolición, como lo estaban casi todos los demás edificios de aquella parte de la ciudad. La vida en él era bastante difícil y agobiante. El único conducto de agua corriente, que estaba en el pasillo, era utilizado por los siete inquilinos, y cuando hacía un invierno un poco duro y alguien dejaba por la noche el grifo mal cerrado, por la mañana, en el pasillo, encontrábamos una pista de patinaje y teníamos que desparramar ceniza sobre ella. El edificio no tenía lavandería; en invierno se lavaba en las cocinas, y en verano, en la galería o en el oscuro patio. Pero las mujeres tenían miedo de ir allá, porque las ratas, de hasta un cuarto de metro, se deslizaban junto a sus desgastadas zapatillas. ¿El baño? Era algo tan excepcional, tan raro, como hoy lo es un
laboratorio orbital. Y prefiero no mencionar siquiera este último servicio, tan imprescindible.
En la avenida Hus, delante de nosotros, había una barraca que parecía una cabaña rústica. Además, en la casa estaba situada una famosa taberna. De día, era una tasca común y corriente, adonde se iba a tomar una cerveza; pero por la noche el local se convertía en un glorioso centro de peregrinación. Era conocido con el nombre de El ángel dorado. En efecto; sobre la entrada había un relieve dorado con un ángel de tamaño natural. Se encontraba más bien tendido de costado, pero sus alas apaciblemente desplegadas permitían comprender que estaba volando, a punto casi de aterrizar en el mostrador. Servía en ese mostrador una hermosa tabernera, con un blanco delantal lleno de encajes. Me gustaba ir allí, aunque, según decían, detrás de la esquina tenían una smkhovska mejor y ponían una ración más grande.
De niño —pero cuando era muy niño todavía— también rezaba ante aquel ángel dorado. Sin embargo, pronto comprendí que mis oraciones no iban bien orientadas. Que el ángel no era como debía ser.
En cambio, las vistas desde el ventanuco de la cocina de nuestra vivienda y desde la galería eran hermosas. Nos maravillaba ver los campos de Zizkov invadidos por la vegetación silvestre. Cuando llegaba la primavera, florecían allí decenas y decenas de viejos arbustos de botones de oro. ¡Ay, qué bello era aquello! Como si cascadas de agua dorada estuvieran bajando hacia nuestra cocina. Fue en aquella casa donde leí en Cerven los nuevos versos de Srámek sobre el codeso. Los recité en voz baja, acodado en la barandilla de nuestra galería:
Oh tristeza, un día de mayo fui ayer a buscar al poeta: debajo del codeso en flor, y no era un sueño.
Ahora estos versos ya no me gustan tanto. Son de los más flojos del poeta. Pero entonces me hechizaban.
Cuando, bordeando la línea de ferrocarril que corría junto a los campos, florecía la hilera de crespas acacias, un aroma espeso y exquisito invadía por la noche no sólo la galería, sino también las escaleras sin luz, desterrando de ellas los olores de guisos achicharrados. Era delicioso. Por aquel entonces un olor similar estaba de moda y muchas mujeres se lo ponían como perfume. Era el aroma del amor, como el de las rosas, y mi corazón daba un brinco de tarde en tarde.
Sobre las acacias, incluso sobre aquellas que crecían al lado del ruidoso semáforo, habían hecho sus nidos las tórtolas que en verano nos endulzaban la brevedad y la rutina de los días. Las tórtolas eran limpias y blancas. No como esas mugrientas tórtolas balcánicas que hace poco se han instalado aquí; no endulzan los días, sino que lanzan gritos abominables y están grises de hollines, porque para sus juegos amorosos escogen las negras chimeneas de los tejados de las casas.
En la galería del inmueble vecino, donde tenía su comercio Cvikr, un conocido mayorista de Zizkov, vivía mi amigo más íntimo, Ivan Suk. En el colegio estudiaba en un curso superior, porque tenía un año más que yo, pero trabamos amistad rápidamente. El también escribía poesías. A unos pasos detrás de la esquina, en la calle Cimburkova, vivía Frantisek Nemec. Su padre era sastre y su casa parecía aún más lúgubre que la nuestra. Sus ventanas daban a una calle sombría, y la cocina, al oscuro patio del bloque de viviendas. Nemec era más pequeño que nosotros, pero no tardamos en hacernos amigos. También él escribía poesías.
Los tres escribíamos poesías.
Así que, para terminar, no me queda nada mejor que cantar la gloria a la juventud y a la poesía. ¡Por triplicado!
LA CASA DEL PUEBLO
No teníamos más que una escapatoria de la miseria en que vivíamos los tres y de las privaciones que cada vez estaban más a la vista delante de nosotros: la puerta de la Casa del Pueblo en la calle Hybernská. El camino no era largo ni infranqueable.
El ansia por llegar a ser poetas lo más pronto posible, y la loca ligereza que conoce todo joven indolente, se nos subían a los colegiales a la cabeza y poco después nos encontramos en la antigua
librería y sala de lecturas de la Academia Obrera de la Casa del Pueblo. Allí todo era algo vetusto y desvencijado, y la sala de lecturas era más bien tenebrosa; a veces se tenía que encender la luz incluso de día; pero dentro hacía calor, y nos acogían con cariño y naturalidad, por lo que pronto nos sentimos allí como en casa.
«¿Habéis ido ya a ver aquel raro árbol viejo que tienen en el jardín?», me preguntó mi padre. Cuando negué con la cabeza, me aconsejó con insistencia que no olvidásemos ir a verlo.
En la Academia obrera leíamos cuanto caía en nuestras manos: libros, folletos y la prensa. Pero, sobre todo, poesía.
Al cabo de unos días, el viejo bibliotecario Weis nos preguntó si ya habíamos estado en el jardín de la Casa del Pueblo y si nos habíamos fijado en el singular árbol viejo. Se llamaba ginkgo y había sido plantado allí por los antiguos dueños del palacio. ¿No lo habíamos visto? Pues tenéis que ir a verlo cuanto antes.
Por aquellos tiempos encontrábamos en la avenida Hus a un hombre curioso. Nos sacaba una cabeza, lucía un largo abrigo oscuro, un amplio sombrero negro y una corbata negra ondeante, de las que sólo llevaban los artistas y los anarquistas. Corbatas parecidas nos las hacían en casa con viejos trapos deshilachados.
«Es Neumann», nos dijo una vez Némec; y nosotros aceptamos su dudosa afirmación con fervor y a partir de entonces saludábamos, corteses, al desconocido transeúnte. Nuestro sobresalto fue descomunal cuando un día coincidimos con él en la sala de lectura de la Academia. Acercarnos a él y conocerlo, seguramente, no representó para nosotros problema alguno, ni siquiera fue un atrevimiento. Sí que era un escritor, como supimos, y hasta también era un anarquista, pero no era Neumann. Se llamaba Vít Kárník y era un autor de segunda fila ya hace tiempo olvidado. Ni siquiera en su época llegó a ser famoso. Por otra parte, tampoco había escrito mucho. Unos cuantos cuentos publicados en Lumír. Pero nos cayó bien y pronto fuimos amigos. ¡Era de Zizkov y escribía poesías! Pocos días más tarde nos preguntó si habíamos visto en el jardín de la Casa del Pueblo el ginkgo. ¿No? ¡Pues debéis verlo!
En realidad, en la sala de lectura se reunían otros jóvenes visiblemente deseosos de trabar amistades. Entre todos, se destacaba, a causa de su pelo rojizo, un estudiante de Vinohrad. Se llamaba Pavel y escribía poesías. Más tarde nos trajo un cuaderno lleno de poemas. En sus versos daba salída a su pasión con extrañas palabras. Uno de aquellos versos me ha perseguido a lo largo de toda mi vida. A menudo hasta lo digo en voz alta, a pesar mío:
Hace falta regular la degenerada eclíptica de la Tierra,
Por entonces leíamos aquello con auténtica veneración.
Formábamos ya un pequeño grupo y, claro está, hacíamos más ruido de lo que se podía tolerar en una sala de lecturas. Por eso el bibliotecario nos designó un pequeño cuarto aislado de la galería, donde se amontonaban viejas sillas rotas y había un enorme escritorio de tapa inclinada. Lo aceptamos con entusiasmo. Cuando lo ordenaron un poco, para nosotros, y quitaron los copos de polvo, una decena de muchachos, con Kárník a la cabeza, nos metimos en el cuarto y lo animamos en seguida. Desde la galería podíamos observar la vida del primer patio, por el que desfilaban dirigentes del partido, redactores famosos y el personal de la imprenta. Cuando aparecía por allí la famosa Marie Majerova, nos llamábamos el uno al otro.
Fue entonces cuando se nos sumaron dos estudiantes más: Vladimír Gregor y A. Stastny. Stastny ya había terminado sus estudios, a decir verdad. No le gustaba estudiar y aceptó una plaza de oficinista en los Ferrocarriles Nacionales. La inteligencia taciturna de Gregor nos subyugaba. Era ocurrente al hablar, pero se pronunciaba poco y lo hacía con reserva. Eso le confería un verdadero jaez aristocrático, destacándolo entre nosotros, muchachos vivaces y habladores. Al mismo tiempo, era afable con todo el mundo. Fumaba mucho. Los dedos de sus manos estaban manchados de nicotina. También aquello era una particularidad suya. Era anarquista y despreciaba a los socialdemócratas.
luego nos describió, con mucha ironía, el busto de Marx, de tamaño natural que allí tenían, en la sala de conferencias. En realidad era un busto del emperador Francisco José al que le había quitado la cabeza para reemplazarla por la de Marx. Pero la frondosa barba de Marx no llegaba a tapar la casaca del emperador, con su cuello alto. Años después pude ver la escultura. Era verdad.
A propuesta de Gregor, pronto nos declaramos Asociación de Estudiantes Anacionales. No me acuerdo cómo imaginábamos en aquellos tiempos la actividad de la Asociación, pero lo cierto es que la ideología no nos preocupaba gran cosa. Con un letrero provocativo nos bastaba. Nos dijimos que éramos anarquistas y fuimos a ver a St. K. Neumann, al que rodeaban, entre otros, Michael Kácha, Josef Korber y Luiza Stychova.
¡Luizicka Stychova!
Era guapa y atractiva. Tenía el pelo negro, muy corto, unos ojos negros cautivadores y se parecía a las revolucionarias rusas que morían en el exilio. Luiza tenía una sonrisa tierna que se asemejaba a una flor que se iba abriendo poco a poco. No nos cansábamos de mirarla; nos gustaba a todos. Pero Luiza despreciaba todo juego amoroso y ardía en sus ideas revolucionarias. ¡Quería destruir el mundo!
A veces iba a Uniónka. Nosotros también. Con cierta regularidad, se reunían allí los restos del movimiento anarquista de Praga. Que ya no tenía ni líderes ni dirigentes. No, no os riáis de aquellos revolucionarios. En el norte, entre los mineros, las corrientes anarquistas seguían siendo sorprendentemente fuertes. Leíamos con apasionamiento los ejemplares raros y hacía tiempo agotados del Novy kult que había redactado, interesante y agresivamente, St. K. Neumann. Nos los prestaba Kácha.
Michael Kácha era zapatero. Su taller, sin embargo, había cerrado aun antes de que llegase Bata. Sin duda, fue uno de los primeros zapateros con los que Bata acabó. No obstante, se las arreglaba para prestar apoyo a grupos anarquistas desde su minúsculo taller. Por lo menos, cuando empezaban. Kácha acabó dejando el taller para dedicarse a la publicación de libros y periódicos. Pero tampoco se enriqueció con esa nueva actividad. Los restos de ediciones los colocaba en su fastuosa biblioteca, que se vio obligado a vender en los últimos años de su vida para poder comer. El doctor Kamill Resler, un conocido bibliófilo, le compró toda su colección de literatura anarquista, y Halas se enorgullecía de una excelente edición completa de «Las novelas más hermosas del mundo» que, a lo largo de los años, venía publicando Vilímek. Dio por ella mucho más de lo que Kácha le había pedido.
Era una persona magnífica. Estaba cojo, caminaba con dificultad y, sonriendo, decía que lo suyo era todo lo contrario al refrán: «Huye como un zapatero.» Le teníamos respeto no sólo como a un viejo revolucionario intrépido, sino también por ser un fiel custodio de los recursos de los grupos anarquistas. Amaba su libertad y sabía aborrecer con soberbia.
Todos éramos militantes de la socialdemocracia. Tanto Stastny como Gregor. Decíamos que nos hacía falta militar en el partido más izquierdista, aunque fuese aquel partido obrero; pero en el corazón estábamos con Neumann y con los míseros restos de los grupos anarquistas.
Una vez vino a vernos el valeroso anarquista Petránek. Estaba a favor de una libertad total y vivía a salto de mata. Nos llevaba diez años y por aquellas fechas tuvo una hija. Le puso el nombre de Bakunina Satanela. Pero la niña murió pronto.
Por culpa de aquel nombre, como observó Frantisek Némek. LA CARTERA
El miércoles 8 de enero de 1919, por la noche, llamó a nuestra puerta Ivan Suk y desde el umbral nos anunció, atropelladamente, que Stastny acababa de atentar contra la vida del doctor Kramár. Le había disparado un tiro de revólver. La noticia había sido hecha pública en el tablón de Národná politika. Sin embargo, no sabía ningún detalle concreto. Me puse el abrigo y fuimos a toda prisa a ver a Némec. No estaba en casa. íbamos en busca de Kárník, cuando, un instante después, los pelos se nos pusieron de punta. Acabábamos de recordar que, hacía unos días, durante una reunión de la
Asociación, cuando se habló del doctor Kramár, Kárník pronunció una frase fatídica: «¡A ese tipo tendría que cargárselo alguien!» Kárník era incapaz de matar una mosca, pero aquella frase resplandeció delante de nosotros en el aire como un letrero luminoso.
Tampoco Kárník estaba en casa. En cambio, encontramos allí a Némek. Estaba sentado, inmóvil, en una silla, junto a una máquina de coser; por el piso se desplazaban tres hombres extraños, policías, claro está. Nos detuvieron hasta que, como dijeron, Kárník hubiese vuelto. De modo que Suk y yo nos sentamos delante de la otra máquina de coser. Las hermanas de Kárník eran sastras. Kárník vivía en su casa y ellas le daban de comer. Estaba aquejado de tuberculosis y no podía trabajar.
Al dirigirse a casa, Kárník supo por los vecinos que la policía estaba esperándole. Dio media vuelta y fue a sentarse en la cafetería Proutkov, adonde a veces íbamos a jugar al billar. Por fin, no aguantó más y al anochecer volvió a casa.
Estábamos algo decepcionados. Nos enviaron a casa y a Kárník se lo llevaron a la comisaría. El consolaba a sus hermanas: «Estaré de vuelta antes de que os hayáis tomado el café de la mañana.» Y estuvo. Pero al día siguiente fueron a buscarnos a nosotros. Hasta nos llevaron en tranvía. Una degradación semejante nos enojó; pero cuando regresamos, antes de comer, nos sentíamos perfectamente tranquilos. Aquello fue muy irritante para los cuatro. La espera había sido mejor que el propio interrogatorio. Durante éste tuve que contar la aparición y los objetivos de la Asociación de los Estudiantes Anacionales. Desde luego que conocíamos a Stastny, pero nunca habíamos barruntado nada sobre sus planes.
En casa nos esperaban, para la comida, unas albóndigas en mermelada de ciruelas y condimentadas con semillas de amapola. Cuando volvía de la comisaría a casa, me alegraba por adelantado, me gustaban mucho.
Lo que había pasado en realidad, lo supimos por los periódicos. El parte de la CTK (Agencia Telegráfica de Checoslovaquia) comunicaba al público, con emoción y sucintamente, más o menos esto: «Al salir ayer el primer ministro Dr. Kramáf de su salón de recepciones de Hrad y al detenerse a hablar con una persona de su conocimiento, el escritor Langer, un joven desconocido disparó contra él su revólver. El Dr. Kramáf se volvió hacia su agresor, pero en ese momento se produjo el segundo disparo, que hirió al primer ministro en la parte derecha del tórax. Sin embargo, la bala quedó atrapada en la cartera que el Dr. Kramáf llevaba en la chaqueta. Mientras tanto, el criminal fue detenido por los guardias de Hrad. Se llama Stastny y es militante socialdemócrata. Ya hace unos días se había visto a Stastny entrar en Hrad. El agresor se negó a hablar del atentado. Reveló únicamente que es miembro de una asociación, pero no quiso precisar nada respecto a su existencia. El atentado había sido preparado por la asociación y él mismo se ofreció a efectuarlo. Se negó a dar más detalles.»
El comunicado publicado por los periódicos añadía que el Dr. Kramáf se encontraba bien y que inmediatamente después del atentado presidió el consejo de ministros.
¡Y luego se dice que el dinero no da la felicidad! Pero eso lo añado yo.
Durante el interrogatorio, me porté de forma tan convincente que me creyeron; al cabo de media hora habían terminado conmigo y me enviaron a casa, para que mi mamá no se asustara. A mis dos amigos les pasó más o menos lo mismo.
La policía de la época posterior a la sublevación no era demasiado escrupulosa. Aunque yo les decía la verdad, parece que me creyeron con excesiva facilidad. Además, no tardaron en sacarle la confesión completa a Stastny, quien confirmó nuestra inocencia. Detuvieron sólo a Vladimír Gregor. A Kárník le interrogaron a fondo, dado su aspecto anarquista algo salvaje.
A pesar de todo, aquellos dos disparos de revólver acribillaron nuestras románticas ocurrencias políticas como dianas de un campo de tiro. De golpe nos volvimos más inteligentes y más astutos, si se puede llamar así. Pero, decididamente, caímos de las nubes a la tierra y el choque no nos hizo daño.
intelectual del atentado. Los dos fueron condenados a muchos años de cárcel. Ya no me acuerdo cuántos. Por lo demás, no tiene importancia. Stastny, por deseo expreso de Kramáf, pronto fue indultado, y Gregor, algo más tarde, murió en el sanatorio carcelario para enfermos mentales. Como se supo después, estaba muy enfermo de tuberculosis.
Después de aquel acontecimiento nos expulsaron de la Casa del Pueblo. No fue por mucho tiempo. Nos llevó allí de nuevo Hora, quien había empezado a imprimir nuestras poesías en su suplemento literario. El cuarto de la galería. estaba, sin embargo, otra vez cerrado y se volvían a almacenar allí las sillas rotas.
Al cabo de algún tiempo encontré a nuestro profesor del gimnasio de Zizkov, J. Entlicher. Como, más que un pedagogo severo, era un amigo y un compañero, le conté, gustoso, nuestro episodio político. Me escuchó, mientras yo le hablaba fogosamente sobre la asociación y el atentado; asentía con la cabeza, pero me di cuenta de que en sus labios estaba aflorando una interrogación. Cuando